La legislatura de Pedro Sánchez ha terminado. Un gobierno formado hace tan sólo ocho meses tras el triunfo de la moción de censura, se ha estrellado contra el voto negativo a los presupuestos generales. Más allá de la aritmética parlamentaria, lo que refleja el adelanto electoral es la completa inestabilidad que corroe al régimen del 78 y la gran polarización política que se ha instalado en la sociedad.

Las elecciones del 28 de abril van a ser trascendentales y eso es algo que se palpa en el ambiente. Después de lo ocurrido en los comicios andaluces, la amenaza de un gobierno reaccionario encabezado por el PP y Cs, y sostenido parlamentariamente por la ultraderecha de Vox, está impactando en la conciencia de millones de trabajadores y jóvenes.

Un eslabón débil de capitalismo

A pesar de los constantes intentos por insuflar confianza en el sistema político, las tensiones derivadas de la lucha de clases lo han hecho imposible. La convulsión abierta por el movimiento de masas a favor de la autodeterminación y la república en Catalunya, el avance de la extrema derecha —aupado por la ofensiva españolista y la crisis del PP—, y una movilización que se mantiene desafiando los esfuerzos de la burocracia sindical y la socialdemocracia por desactivarla, son las expresiones más llamativas de este nuevo periodo.

Pero estos fenómenos no surgen casualmente, se explican por la grave crisis del capitalismo español y por una catástrofe social que sigue profundizándose. Los datos son estremecedores: más del 90% de los contratos firmados este año son temporales y 9 millones de asalariados cobran menos de 800 euros al mes, cifra que se reduce a una media de 600 entre los jóvenes menores de 25 años que trabajan. El desempleo afecta a más de 3,5 millones de personas, y el 26,6% de la población —12,4 millones— vive en riesgo de pobreza. En estas condiciones no es posible la estabilidad política.

No son pocos los políticos burgueses, de derechas y socialdemócratas, que añoran los años de la Transición. No es de extrañar, pues la capitulación de las direcciones de los partidos de la izquierda (PCE y PSOE) permitió establecer una peculiar “democracia burguesa” que dejó intacto el aparato del Estado franquista y sus crímenes. El reflujo del movimiento de masas y el boom económico de finales de los años ochenta y de la década de los noventa, junto a las cuantiosas ayudas obtenidas de la UE, lograron estabilizar la alternancia en el gobierno entre la socialdemocracia y la derecha mediante legislaturas más o menos duraderas.

La situación presente tiene muy poco que ver con aquellos años. A partir de la gran recesión de 2008, la ofensiva salvaje contra los derechos económicos y laborales de la clase obrera, el desmantelamiento del estado del bienestar, los recortes infames a la dependencia, la educación y la sanidad públicas, o la falta de horizonte para la juventud, han creado un escenario explosivo.

De este cambio profundo en la situación objetiva emergió una rebelión social sin precedentes desde los años setenta: huelgas generales, movimientos de masas como el de la Marea Verde y Blanca, las Marchas de la Dignidad, Gamonal, las grandes huelgas estudiantiles, las movilizaciones multitudinarias por la autodeterminación y la república en Catalunya…Y, en el plano político, las consecuencias no fueron de menor alcance, empezando por la irrupción de Podemos.

La moción de censura

Pedro Sánchez ganó la moción de censura gracias a este clima de movilización que en 2018 volvió a tomar grandes dimensiones. La gran huelga general feminista del 8 de marzo, con millones en las calles, las multitudinarias manifestaciones de la Marea Pensionista, la continuidad de las protestas masivas en Catalunya desafiando el 155 y la represión, o las jornadas de lucha en Nafarroa por la libertad de los jóvenes de Altsasu, con más de 100.000 personas llenando Iruñea el 14 de abril, marcaban el tono de una ola ascendente.

La escandalosa sentencia del juicio de la Manada supuso otro hito importante. Cuando el 26 de abril se conoció, cientos de miles de mujeres, trabajadores y jóvenes volvimos a ocupar las calles de manera espontánea. El 10 de mayo, más de un millón de jóvenes hicieron huelga educativa contra esta sentencia infame y más de 100.000 se manifestaron convocados por Libres y Combativas y el Sindicato de Estudiantes. Y a todo esto hay que añadir numerosas movilizaciones y luchas sectoriales que involucraron a decenas de miles en diversos territorios.

En las semanas previas a la votación de la moción de censura se respiraba un ambiente semejante al del 15M; la Confederación Intersindical Galega (CIG) llamó a la huelga general para el 19 de junio en Galiza, e incluso los aparatos sindicales de CCOO y UGT especulaban abiertamente con la posibilidad de una huelga general.

El triunfo de la moción de censura no obedeció a la sentencia judicial del caso Gürtel —ésta no hizo más que precipitar la situación—, ni fue el fruto de un guión preestablecido por la burguesía y el aparato del Estado. No, el caos institucional y los volubles posicionamientos que convirtieron la escena parlamentaria en un vodevil durante varios días, fueron la viva expresión del ambiente descrito más arriba. La lucha de clases determinó el éxito parlamentario de Pedro Sánchez.

Polarización creciente

La convocatoria anticipada de elecciones supondrá una nueva escalada en la polarización política. La disyuntiva entre un gobierno del bloque reaccionario de PP, Cs y Vox o una posible coalición entre el PSOE y Podemos con apoyos parlamentarios del nacionalismo catalán y vasco, hacen volver la vista inevitablemente a los acontecimientos de los años treinta del siglo pasado.

Los intentos de rebajar la crispación política han fracasado, y los viejos demonios han vuelto a hacer acto de presencia, en el lenguaje, en los gestos y en el programa del PP, Cs y Vox. La ridícula propaganda de la socialdemocracia de que vivimos en un “Estado democrático y de derecho”, no puede camuflar el ADN franquista de la derecha y las taras reaccionarias que marcan la actuación de un aparato del Estado heredado de la dictadura.

En las elecciones andaluzas vimos los efectos desmovilizadores de la política continuista con los recortes y la austeridad del PSOE, sus promesas incumplidas y su aceptación de la lógica del capitalismo. Pero el batacazo no fue sólo de Susana Díaz, también Unidos Podemos sufrió una fuerte sangría. El ansia de llegar al gobierno al precio que fuera, abandonando la confrontación con el sistema y la movilización, ha desdibujado las diferencias que podían existir entre el PSOE de Pedro Sánchez y el Podemos actual. La política institucional sin otro horizonte que lograr algunas migajas de la mesa de los poderosos no tiene nada que ver con el discurso original de barrer a la casta y al régimen del 78.

Derrotar al bloque reaccionario en las calles y en las urnas

Pero los acontecimientos de Andalucía y el ascenso de Vox han recordado a amplios sectores de la clase obrera y la juventud que lo visto en otros países de Europa se puede repetir aquí. Para miles de familias trabajadoras la pregunta es muy concreta: ¿Podemos permitir que la derecha se alce con el triunfo?

Existen poderosos factores para vislumbrar que el próximo 28 de abril —a diferencia de lo ocurrido en Andalucía— la movilización de la izquierda se visibilice con fuerza. Si esta hipótesis se produce, la recuperación electoral del PSOE agrupando el “voto útil” es muy probable no sólo entre capas amplias de la clase trabajadora, también de la juventud. Teniendo en cuenta además la crisis por la que atraviesa Podemos, una parte nada desdeñable de sus votos pueden retornar a la socialdemocracia tradicional.

Se dan otros factores que pueden reforzar esta previsión. Pedro Sánchez no tiene la imagen entre las masas de Felipe González, ni aparece como un dirigente fusionado con lo más rancio de la oligarquía. Los duros ataques que ha recibido en las últimas semanas por parte de la derecha, como “jefe” de un supuesto Frente Popular (por su pacto con los “comunistas” de Podemos), le han concedido una credibilidad entre sectores de la clase obrera mucho mayor de la que merece. Y eso lo sabe muy bien Pedro Sánchez, que comenzó su campaña en Francia para homenajear a Antonio Machado y Manuel Azaña, y a los cientos de miles de republicanos que padecieron los tortuosos años del exilio.

Algo semejante ocurre con su posición sobre Catalunya: aunque ha respaldado la aplicación del 155, manteniéndose firme en el rechazo al derecho de autodeterminación y defendiendo la infame actuación de la Fiscalía contra los dirigentes independentistas encarcelados y enjuiciados, la derecha le ha considerado el mayordomo del “separatismo” y un “traidor a la patria”. ¿No hay enormes similitudes entre la histeria política de la reacción en 2019 con su comportamiento en los años treinta?

Los medios de comunicación burgueses ocultan conscientemente la grave crisis que recorre a la derecha. Un PP desesperado ante el avance de Vox ha llevado a Casado a un discurso delirante, extremadamente derechista y guerra civilista. También ha descolocado a Ciudadanos: Albert Rivera está viendo como sus expectativas menguan, y ninguna encuesta pronostica que supere al PP. La maniobra de incluir a Inés Arrimadas en las listas muestra su nerviosismo. La Ley D'Hont en esta ocasión puede perjudicar a una derecha dividida.

Los acontecimientos señalan que la correlación de fuerzas en la calle es mucho más favorable para la clase obrera que para la reacción. El fracaso de la manifestación españolista en Colón (Madrid) del pasado 10 de febrero, contrasta con las movilizaciones multitudinarias que los pensionistas siguen organizando en todos los territorios, las protestas masivas a favor de la sanidad pública en Galicia, Valladolid y Teruel, la gran huelga del taxi en Madrid, las manifestaciones de masas en Catalunya contra el juicio farsa del Supremo, o lo que será sin duda una nueva jornada histórica de huelga general feminista el próximo 8 de marzo. Y ésta es una razón de peso para prever una importante movilización electoral de la izquierda.

Las diferentes opciones que se pueden abrir tras unas elecciones tan polarizadas y reñidas sólo profundizarán la dinámica actual. En el caso de que los resultados pudieran hacer viable una coalición gubernamental PSOE-Podemos, con apoyo de los nacionalistas catalanes y vascos, las luchas sociales crecientes incrementarían su presión. No habrá un cheque en blanco para este gobierno, todo lo contrario: la exigencia de medidas concretas para terminar con los recortes y la austeridad será atronadora.

Otra posibilidad, que ya se intentó en la primavera de 2016 y que fracasó, es la de un pacto entre PSOE y Cs, que debería lograr apoyos externos para asegurarse una mayoría parlamentaria. Esta salida supondría un gran desgaste político para Pedro Sánchez y ninguna garantía de estabilidad. Sus efectos en la lucha de clases también serían muy convulsos, teniendo en cuenta el tipo de medidas neoliberales que aplicaría un gobierno de este tipo. Pero es evidente que el aparato del PSOE, y detrás de él la burguesía, quiere dejar abierta esta opción, a pesar de que el escoramiento de Cs a posiciones cada vez más reaccionarias lo dificulta.

Si después del 28 de abril el escenario es el de una victoria del bloque de la derecha, el desarrollo de los acontecimientos puede ser incluso más explosivo. El triunfo de la reacción podría provocar, con un tiempo necesario de recuperación tras el impacto de los resultados, el endurecimiento de la respuesta de las masas y una importante radicalización política de la clase obrera y la juventud. En este sentido, nos podemos encontrar con algunos elementos similares a los que se produjeron durante el bienio negro encabezado por la CEDA (1933-1935).

Desde Izquierda Revolucionaria contribuiremos con todas nuestras fuerzas a la derrota del bloque reaccionario que representan PP, Cs y Vox, sin que eso implique lavar la cara ni hacer seguidismo de Pedro Sánchez ni de un PSOE que acepta la lógica del sistema sin rechistar, y que ha sido incapaz en estos ocho meses de revertir las contrarreformas del PP y enfrentar la espiral represiva de un aparato del Estado franquista cada vez más envalentonado.

Al mismo tiempo es necesario entender que la actual crisis de Podemos, ideológica y de proyecto político, subraya una idea central: votar no basta. Para derrotar a la derecha en la urnas y defender los intereses de los trabajadores, la juventud y de todos los que hemos sufrido las consecuencias dramáticas de la crisis capitalista y los recortes, se necesita continuar con la movilización masiva en las calles y construir una izquierda de combate, con fuertes raíces en el movimiento obrero y los sindicatos de clase, en los centros de estudio y en los movimientos sociales.

Esta es la alternativa que defendemos desde Izquierda Revolucionaria: un programa de ruptura con el capitalismo, por la nacionalización de la banca y los grandes monopolios, por el derecho de autodeterminación y la república socialista.

¡No hay tiempo que perder!

¡Para derrotar a la derecha en las urnas y en las calles, únete a Izquierda Revolucionaria!

 


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