La huelga indefinida de las compañías auxiliares de Navantia tiene gran importancia. Es la lógica respuesta a la degradación de las condiciones laborales, tanto en el aspecto económico como en el de la seguridad en el trabajo. Pero también es relevante por un aspecto más de fondo: marca el inicio de una nueva etapa en el movimiento obrero en los astilleros de Ferrol.

La primera etapa se caracterizó por la total unión entre los trabajadores de la principal y de las compañías. El poder sindical de la principal también velaba por los intereses de los trabajadores subcontratados, que tenían su propia organización (CCOO tenía sección sindical de compañías). El enfoque era que esos empresarios eran unos intermediarios que debían desaparecer. Así, en 1978 se logró el derecho a la integración en la principal de todos los trabajadores que en aquel momento estaban dentro del recinto.

Esta realidad sindical cambió en una segunda etapa, caracterizada por todo lo contrario: los de compañías son tratados como trabajadores de segunda por el comité de empresa de la principal, que mira para otro lado ante el paulatino deterioro de sus condiciones. El punto de inflexión fue el plan de 1999, que redujo la plantilla principal y marcó el inicio de un proceso de aumento de la subcontratación, agudizado por el plan de 2004. La plantilla principal quedó en minoría en los momentos de más carga de trabajo. A lo largo de esa etapa hubo varios reventones (como el que llevó a la firma de los acuerdos de 2001) e intentos de organización de los trabajadores auxiliares saboteados por el comité de empresa de la principal, que bajo ningún concepto quiere perder su “monopolio” sindical.

Así que teníamos dos factores: por un lado, las condiciones laborales empeoraban (sobre todo a raíz de la crisis capitalista iniciada en 2007) y, por otro, un movimiento sindical de la principal que acepta el modelo de empresa basado en la subcontratación, lo cual conduce a aceptar también sus consecuencias. Era cuestión de tiempo que los trabajadores de compañías tomaran la iniciativa sin “pedir permiso” al comité de la principal. Y esto es precisamente lo que acaba de pasar. Esta huelga es importante porque marca el inicio de una etapa de organización sindical de las compañías sin subordinación a la principal.

Evidentemente, la huelga fue criminalizada por las empresas, empezando por Navantia. El problema es que también contó con la oposición activa de CCOO y UGT. Y lo mismo se puede decir del movimiento sindical de la principal. El comité de empresa de Navantia-Ferrol compatibilizó las declaraciones de apoyo a los huelguistas (“sus reivindicaciones son justas”) con una actuación práctica que desmentía dicho apoyo; incluso colaboró con la campaña antihuelga al difundir en los medios de comunicación que podía haber un cierre patronal, para sembrar la preocupación entre los trabajadores de la principal. También la dirección de la sección sindical de la CIG dio muy poco respaldo a la huelga, para sorpresa de sus afiliados. El único apoyo real a la huelga fue el de GanemosCCOO, que sacamos comunicados, hablamos en las asambleas generales, repartimos octavillas, participamos en los piquetes, etc.

La responsable de esta huelga es Navantia, por el modelo de empresa que ha implantado. Sus trabajadores o bien son meros gestores, o bien están mano sobre mano por la decisión de la propia Navantia de subcontratar. Pero en el pecado va la penitencia: Navantia no es hoy capaz de hacer un barco sin las compañías. En esta realidad reside la fuerza de los trabajadores subcontratados.

Evidentemente, si el comité de la principal, CCOO y UGT hubiesen apoyado la huelga las cosas habrían salido mucho mejor. Al final se llegó a una especie de tablas: la huelga se suspendió sin conseguir su objetivo, pero la fuerza que demostró obligó a los empresarios a anunciar algunas concesiones. Y lo más importante: los trabajadores no fueron ni mucho menos derrotados. Ahora toca ver qué dan de sí las negociaciones y sacar las lecciones de esta huelga en cuanto a la estrategia y la organización, para que la correlación de fuerzas sea más favorable a los trabajadores en la próxima ofensiva, que sin duda habrá.


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