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¡No hay salida para el pueblo griego bajo el capitalismo! ¡Socialismo o barbarie!

Los acontecimientos en Grecia han sufrido un giro dramático. Después de que los trabajadores y la juventud griega propinaran una fuerte derrota a la troika en el referéndum del pasado 5 de julio, la burguesía europea ha respondido con la máxima dureza posible. Dejando claro que los pronunciamientos democráticos no valen nada cuando lo que está en juego son los intereses de la clase dominante, el capital financiero y los políticos a su servicio se han desquitado imponiendo al gobierno de Tsipras unas condiciones humillantes para que Grecia siga dentro del euro.

El núcleo dirigente de Syriza ha aceptado un nuevo rescate que empeora claramente las condiciones del acuerdo que sometieron a votación. Tsipras y sus colaboradores han traicionado el mandato del pueblo griego, han renunciando a dar la batalla contra la política de ajustes y austeridad que ha llevado al país a una situación catastrófica, y se han echado vergonzosamente en brazos de Nueva Democracia y el PASOK para sacar adelante las draconianas condiciones impuestas por la troika.

La rapidez con la que Tsipras ha dilapidado el enorme apoyo que cosechó en las elecciones del 25 de enero, y que incrementó en el referéndum, ha conmocionado a millones de trabajadores en Grecia y en el mundo. Pero sobre todo, la forma de conducirse en las horas posteriores al magnífico triunfo del 5 de julio —que fue celebrado como una victoria de todos los oprimidos— ha dejado al descubierto que la dirección de Syriza carece de cualquier estrategia coherente para enfrentarse a la lógica implacable del capitalismo. Todas las vacilaciones de las que Tsipras hizo gala en los días previos a la votación y que se profundizaron con el cese del ministro Varoufakis, todas las muestras de buena voluntad hacia la troika para alcanzar un acuerdo mejor, no fueron más que el prolegómeno para una rendición humillante una vez que la burguesía alemana, y el resto de sus secuaces europeos, decidieron llevar las cosas hasta el límite.

Anteriormente señalamos que los capitalistas tratarían de revertir el triunfo del NO con una sonora victoria en la mesa de negociación. Tenían que demostrar que ninguna votación les haría cambiar de curso, sino todo lo contrario; que harían pagar a las masas griegas su osadía, aprovechándose precisamente de las debilidades y el oportunismo político del núcleo dirigente de Syriza. A la hora de la verdad, los capitalistas de Europa y de Grecia han actuado de manera decidida y sin ningún tipo de consideración. No sólo no han dado su brazo a torcer después del 5 de julio, sino que han exigido y logrado un acuerdo que va mucho más allá de las brutales condiciones económicas que impone. Lo firmado es un auténtico diktat, una humillación que recuerda a la pax romana o al Tratado de Versalles con el que los vencedores de la Primera Guerra Mundial, especialmente Francia, trataron de aplastar al pueblo alemán.

El desarrollo vertiginoso de estos acontecimientos encierra grandes enseñanzas. La clase trabajadora, la juventud, los oprimidos de Grecia y de Europa tenemos que entender lo sucedido. Necesitamos que esta derrota política de la dirección de Syriza sirva para reagrupar las fuerzas de todos los revolucionarios, tanto de dentro de Syriza como del conjunto de la izquierda, del KKE y de los sindicatos, para levantar un programa, una táctica y una estrategia revolucionaria que rompa con la barbarie capitalista. Es necesario comprender que el discurso en el que se ha instalado un sector de la izquierda, liderada por figuras mediáticas de la pequeña burguesía ilustrada, que insisten una y otra vez en que con maniobras e ingenio se puede engañar a la burguesía o convencerla de que afloje en su ofensiva, de que podemos lograr un capitalismo más amable sin necesidad de luchar por transformar la sociedad, es completamente pernicioso. La lección de Grecia demuestra, una vez más, que para enfrentarse al enemigo de clase no valen ni el oportunismo, ni las argucias semánticas, ni las apelaciones democráticas, sino la acción contundente de las masas con medidas revolucionarias audaces.

Reformismo de izquierdas, cretinismo parlamentario y maniobras

La llegada al gobierno de Syriza marcó un punto de inflexión en el proceso de la revolución griega. Por primera vez en la historia contemporánea del país, una formación en teoría a la izquierda de la socialdemocracia y con corrientes internas de tradición comunista, se hacía con una mayoría parlamentaria casi absoluta. Un triunfo que refleja el profundo avance de la conciencia de millones de trabajadores y jóvenes dispuestos a llevar el combate hasta el final, y del giro a la izquierda de amplios sectores de las capas medidas empobrecidas. Una victoria que es el fruto de años de enconada lucha de clases en los que el movimiento obrero ha protagonizado más de treinta huelgas generales y oleadas de ocupaciones de fábricas. De movilizaciones de masas contra las políticas serviles con el gran capital europeo y nacional puestas en marcha por los sucesivos gobiernos del PASOK, de Nueva Democracia y de unidad nacional. Un periodo corto de la historia de Grecia, que se ha convertido en una gran escuela para las masas oprimidas. Esta sacudida, que hunde sus raíces en la profunda crisis del capitalismo mundial, ha abierto los ojos al pueblo para entender quiénes son los verdaderos responsables de la catástrofe en la que se ha sumido Grecia.

Una vez formado gobierno, el núcleo dirigente de Syriza supuso que las cosas podrían cambiar con los socios europeos, pero no tardó mucho en hacerse evidente que el cretinismo parlamentario, que juega un gran papel adornando la fachada democrática del capitalismo, es inservible para quebrar la resistencia de la clase dominante. A la burguesía le es indiferente el color que tengan los gobiernos, mientras estos garanticen su poder en la sociedad. Respetará las votaciones siempre y cuando estas se adapten a sus intereses, y encontrará mil y un maneras de orillarlas si desafían su dominio.

Desde enero, Tsipras ha tenido ocasión de comprobar que sus deseos de realizar una ‘‘revolución democrática’’ respetando la lógica de la economía de mercado, el poder del capital financiero y la propiedad privada de los medios de producción, conducen directamente a traicionar todas las promesas que hizo y que fueron plasmadas en el famoso Programa de Salónica. También habrá podido reflexionar sobre otro aspecto relevante. Cuando los reformistas de izquierda tienen oportunidad de poner en práctica sus ideas, recurren a las maniobras y argucias en lugar de adoptar una política revolucionaria consecuente. Así, careciendo de la coherencia y decisión de los enemigos a los que supuestamente combaten, acaban inevitablemente en el mismo campo que la socialdemocracia de derechas. La historia demuestra que el oportunismo siempre conduce al desastre en los momentos decisivos.

Es manifiesto que los marxistas no rechazamos el valor de las maniobras, pero siempre las subordinamos a la estrategia revolucionaria. Una maniobra, por muy ingeniosa que parezca, nunca puede decidir sobre las grandes cuestiones. Y en la cuestión que nos atañe la contradicción fundamental afecta directamente a los intereses esenciales de la burguesía y de la clase obrera, tanto de Grecia como de Europa. No se puede jugar con la historia y no se puede engañar a las clases. Y esto último es cierto muy especialmente para las clases poseedoras, explotadoras, instruidas, con una gran experiencia en los asuntos mundiales, con un instinto de clase muy desarrollado y que han ejercido el monopolio del poder durante tanto tiempo.

Lo que se somete a discusión no es un asunto de menor importancia: se trata de la continuidad o no de la política de austeridad de la burguesía europea. Aumentar los salarios y la inversión pública, acabar con los recortes y las privatizaciones, defender las pensiones, la sanidad y la enseñanza públicas, terminar con la precarización y con la lacra del desempleo solo es posible tomando medidas radicales contra esa minoría de plutócratas, de oligarcas, de banqueros y grandes monopolios que controlan la economía con mano de hierro y, en consecuencia, a los gobiernos y parlamentos. Se puede hablar todo lo que se quiera de revoluciones democráticas, de gobiernos de los de abajo, de empoderamiento del pueblo, pero al final llega el momento decisivo: o se aplica una política revolucionaria, basada en la movilización de la clase obrera, en su organización y conciencia, o se va directo hacia la capitulación más vergonzosa ante el enemigo de clase.

Cuando las negociaciones con la troika evidenciaron que era imposible conmover la voluntad de los capitalistas europeos —firmes en su objetivo de derrotar políticamente a Syriza para desmoralizar a la clase obrera europea—, Tsipras y sus colaboradores apelaron al referéndum. En ese momento tanto la dirección de Syriza como muchos de sus compañeros de viaje en Europa, que desprecian con desdén la teoría marxista, entonaron una oda triunfal sobre la democracia. Los elogios sobre la valentía del gobierno griego llegaron en cascada desde todos los ámbitos de la izquierda reformista, pero en ningún momento se preguntaron si Tsipras y sus colaboradores tenían un plan para responder a la troika el día después. Y estos mismos sectores ahora guardan un silencio vergonzante ante lo que es una traición descarada al pueblo de Grecia.

Tsipras y todos los que le han acompañado en este hundimiento, desde los de verborrea izquierdista hasta los arribistas y socialdemócratas que copan el aparato de Syriza, han utilizado el respaldo masivo de los trabajadores y la juventud griega para aceptar, tal como lo ha definido el exministro Varoufakis, un tratado de capitulación.

Las condiciones impuestas por la troika

A las 8:55 de la mañana del lunes 13 de julio se anunciaba el acuerdo, un texto que no respeta ninguna de las líneas rojas señaladas por Tsipras y que supone, lisa y llanamente, el dominio absoluto de la troika sobre el gobierno de Atenas. Las condiciones para el ‘‘tercer rescate’’, que se prolongará durante tres años y que ascenderá a un máximo de 86.000 millones de euros, son draconianas El gobierno de Syriza está obligado a acometer un plan de recortes salvajes, mucho más duros que el sometido a referéndum.

Para empezar, renuncia completamente a parar las privatizaciones de empresas públicas tal y como prometía el Programa de Salónica, y se ve obligado a crear un fondo de activos públicos privatizables por valor de 50.000 millones de euros. La troika decidirá el destino de este dinero, que obviamente servirá para engordar los beneficios de los bancos alemanes, franceses y británicos, poseedores del principal de la deuda griega. En este capítulo, Merkel y sus secuaces han llegado muy lejos, exigiendo además la privatización de la red eléctrica estatal. Por otro lado, se obliga al gobierno a llevar a cabo una profunda reforma del sistema de pensiones ampliando la edad de jubilación a los 67 años y recortando la cuantía del dinero que recibirán los pensionistas. También se incluye una durísima contrarreforma laboral que limitará el poder sindical en la negociación colectiva, favorecerá a la patronal en lo referido a despidos y recortará el derecho de huelga. Además, se plantean incrementos sustanciales del IVA y la liberalización de los horarios comerciales. Todas estas medidas afectarán muy negativamente a las condiciones de vida de los trabajadores, de los desempleados, de los mayores, en un país sumido en una recesión profunda donde la pobreza se ha extendido exponencialmente.

Los días previos a la firma de esta capitulación, se evidenció la pugna que existe entre los diferentes poderes que compiten por la supremacía en el continente europeo. Mientras Alemania, con Merkel y el ministro de Economía Schäuble, presentaba un documento en el que prácticamente se daba por hecho la salida de Grecia del euro si no se aceptaban sus condiciones, otras voces susurraban las consecuencias dramáticas que podría tener un desenlace semejante. Era el caso del presidente Hollande, que actuaba en esta ocasión como portavoz de los intereses del imperialismo americano. Obama no ha escondido su preocupación por los efectos desestabilizadores que una ruptura del euro y el impago desordenado de la deuda griega podría tener sobre la economía mundial. Hay que subrayar que los acontecimientos de Grecia de las últimas dos semanas han coincidido con el hundimiento dramático de las bolsas en China, lo que a su vez refleja el estancamiento de la economía del país y su posible caída en la recesión. Un panorama global lleno de incertidumbre y problemas potencialmente explosivos que pueden arrastrar al mundo capitalista a una situación todavía peor.

Tsipras y sus colaboradores, al igual que una parte amplia de la izquierda reformista, han hecho de la soberanía nacional una bandera. Todo su discurso ha orbitado en torno a esta cuestión, colocado como eje de lo que ellos entienden por revolución democrática. Un planteamiento que se ha hecho trizas en estos días. Es imposible, en las condiciones actuales del mercado mundial, que ningún país pueda escapar del dominio aplastante del imperialismo monopolista. La soberanía nacional, entendida como el derecho de los pueblos a decidir su destino con igualdad y justicia social, es incompatible con el régimen capitalista. Solo será posible alcanzar la soberanía nacional rompiendo con la dictadura del capital financiero y tomando medidas enérgicas para poner bajo control democrático del pueblo trabajador la riqueza que este crea. Algo que solo es posible con el socialismo.

En el acuerdo firmado por Syriza se incluye el derecho de la troika a revisar y modificar la legislación pasada y futura de los gobiernos griegos si esta impide la aplicación de los objetivos marcados. La soberanía nacional de Grecia es liquidada sin mayor contemplación. En este sentido, las palabras del exministro Varoufakis, en numerosas declaraciones, entrevistas y entradas de su blog, calificando el acuerdo firmado como un golpe de Estado contra la democracia griega y el fin de la unidad europea son completamente ciertas. En realidad, la democracia en Grecia, exactamente igual que en el resto de los países capitalistas, está secuestrada por la oligarquía financiera que dicta las políticas que condicionarán la vida de la mayoría de la población. Una oligarquía que no se somete a ningún escrutinio democrático pero que gobierna la sociedad con puño de hierro.

Las tareas de los revolucionarios

Tsipras y sus seguidores han decidido liquidar todo el crédito político que habían acumulado en estos años. La exigencia de la troika para que el parlamento griego apruebe, en cuestión de días, las contrarreformas que hagan efectivo el acuerdo de capitulación han provocado efectos políticos muy importantes. En primer lugar, la dirección de Syriza se ha echado en brazos de los partidos que llevaron a Grecia a esta situación. Han acordado con Nueva Democracia, PASOK y To Potami, las formaciones del SÍ, un bloque parlamentario para llevar adelante las medidas. En la práctica, una reedición del gobierno de unidad nacional que la burguesía griega tuvo que organizar en el pasado para imponer las medidas de austeridad y que fue derrotado en las elecciones del pasado 25 de enero por Syriza.

En política si dices A, dices B, C y así todas las letras del abecedario. La capitulación de Tsipras frente a la troika es también una completa capitulación ante la burguesía griega, ante la oligarquía que ha saqueado la riqueza del pueblo y del Estado y la ha puesto a buen recaudo en los paraísos fiscales y las cámaras acorazadas de los grandes bancos suizos. Es la liquidación política de Tsipras y la dirección mayoritaria de Syriza como un factor progresista en la lucha contra la barbarie capitalista, contra los recortes y la austeridad, convertidos ahora en un juguete roto, en peleles en manos de la burguesía griega y europea.

La otra consecuencia que ha tenido la rendición de Tsipras es profundizar la crisis abierta en Syriza, donde una mayoría de la militancia de base, la que impulsó el triunfo en enero y la arrolladora victoria en el referéndum del 5 de julio, está indignada por el comportamiento mentiroso y capitulador de sus dirigentes. La oposición interna, que crecerá en las próximas semanas, ya se ha hecho visible con la rebelión de los ministros y diputados adscritos a la Plataforma de Izquierdas. Pero es necesario que estos sectores no se limiten a simples gestos, por muy loables que sean. Al igual que el ministro Varoufakis con sus declaraciones contundentes contra el acuerdo, las palabras deben dejar paso a los hechos. No se trata de quedar bien ante la historia. La obligación del ala de izquierdas de Syriza es dar un combate a fondo, en todas las agrupaciones del partido, en todos los comités, en todas las secciones sindicales, en todas las fábricas y centros de estudios, para organizar la rebelión contra esta capitulación y para expulsar de Syriza a una dirección que ha traicionado los principios que la dieron luz. Es necesario llamar a un reagrupamiento de todos los revolucionarios, incluyendo al KKE y resto de formaciones de la izquierda que lucha, para establecer un Frente Único contra el acuerdo con un programa socialista que defienda la expropiación de la banca, las grandes empresas y monopolios estratégicos (luz, agua, telecomunicaciones, seguros…) para ponerlos bajo el control democrático de los trabajadores; la confiscación de todos los recursos del capital internacional depositados en Grecia, así como la confiscación sin indemnización del patrimonio y activos financieros de todos los grandes capitalistas del país.

Las próximas semanas estarán llenas de giros y decisiones que tendrán una gran repercusión en el futuro de la revolución griega. Parece evidente que Tsipras hará dimitir a los parlamentarios de la Plataforma de Izquierdas que voten contra el acuerdo. Incluso es probable que la burguesía le exija, y Tsipras acepte, la expulsión de los dirigentes y militantes de la Plataforma para controlar el partido de cara a las decisiones que habrá que adoptar en los próximos meses. También se habla de un adelanto electoral para octubre, una hipótesis que está encima de la mesa. Pero un sector de la burguesía vería con buenos ojos implicar a fondo a Tsipras en un nuevo gobierno de unidad nacional, para desprestigiarle lo máximo posible antes de unas nuevas elecciones. Utilizar y destruir, esa es la hoja de ruta de la burguesía respecto a Tsipras y Syriza.

Por supuesto, estos acontecimientos representan un duro golpe para las masas de Grecia igual que para los trabajadores de Europa. El fin último de este acuerdo humillante es transmitir un mensaje inequívoco: no hay alternativa al capitalismo, a la austeridad, a los recortes, al sufrimiento. Y es cierto que las políticas socialdemócratas, y la versión actualizada de las mismas, son completamente impotentes para enfrentar a una burguesía dispuesta a todo para defender sus intereses. Sin embargo, la derrota de una dirección que ha dado la espalda al pueblo, no significa la postración de la clase obrera y la juventud griega. Quien confunda a Tsipras con los trabajadores que han luchado como tigres en estos años, se llevará una gran sorpresa. La reacción del movimiento está por llegar. Seguro que costará un tiempo, pero la habrá, como anuncia la convocatoria de huelga general del sector público del 15 de julio.

El libro que el proletariado y la juventud griega están escribiendo todavía no ha concluido, ni mucho menos. Las enseñanzas de esta traición tienen que ser asimiladas y lo serán. Los trabajadores y la juventud griega se levantarán, y contra todos los obstáculos y adversidades, crearán una dirección revolucionaria a la altura de las circunstancias históricas. Comprenderán que necesitan de cuadros, dirigentes y una organización revolucionaria de acero, armada con el programa de la revolución socialista. Entonces el grito de Rosa Luxemburgo, Socialismo o barbarie, se hará realidad y venceremos.


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