El 2016 ha marcado un punto de inflexión en Gran Bretaña. Ha sido un año caracterizado por la irrupción de las masas en la vida política. La rabia incipiente contra la austeridad, los ricos y sus políticos, contra el establishment, se expresó en el voto a favor del Brexit en el referéndum del pasado junio. También en la segunda oleada de apoyo masivo a Jeremy Corbyn (líder del laborismo, elegido en dos ocasiones por las bases del partido en primarias) para frenar el intento de quitarle de en medio por parte de los blairistas, la derecha del Partido Laborista.

En lo que va de 2017, la situación va por el mismo camino, la tendencia apunta a una agudización de la crisis de la clase dominante en todos los frentes. Según las últimas encuestas, la confianza en el gobierno británico ha pasado del ya bajo 36% en enero del año pasado a tan sólo un 26% en la actualidad; y sólo el 18% de los encuestados confía en que los partidos políticos estén “haciendo lo correcto”. El material explosivo es enorme, como se ha visto recientemente en las masivas movilizaciones en Londres contra Trump.

Aumento de la conflictividad

Tras los terremotos políticos de 2016, el ambiente entre la clase trabajadora y la juventud es más combativo. Esto se ha reflejado en un aumento importante del número de huelgas y conflictos laborales en los últimos meses, caracterizados por su dureza y radicalización. Sectores con larga tradición de afiliación sindical —los trabajadores de ferrocarriles, tanto en el metro de Londres como en la red nacional— han protagonizado una oleada de huelgas, con disputas importantes todavía en curso. Tras años de conflictividad en el sector del ferrocarril (parcialmente privatizado) durante los que no han conseguido aplastar al fuerte sindicato RMT, la patronal y sus cómplices —tanto el gobierno tory como el alcalde laborista de Londres, Sadiq Khan, que realizó duras declaraciones públicas contra la huelga del metro— están intentando imponer duros ataques. Pero la respuesta ha sido igual de contundente: una de las mayores huelgas en 20 años.

Otros sectores con menos tradición sindical también han protagonizado luchas importantes. La huelga de los médicos interinos, casi sin precedentes por su combatividad —negándose a garantizar servicios mínimos en los hospitales—, conmocionó a la sociedad. Estos trabajadores no habían hecho huelga en los últimos 40 años. Es un ejemplo de la proletarización y radicalización de estas capas. Las huelgas también han llegado al corazón de lo que se denomina “nueva” clase trabajadora precaria que trabaja en la llamada gig economy* (tipo Uber, Deliveroo...). Estos trabajadores han adoptado las formas más combativas de lucha, con huelgas indefinidas y piquetes masivos. Además, han ganado en numerosas ocasiones, imponiendo su derecho a la negociación colectiva y a tener verdaderos contratos de trabajo.

El Sistema Nacional de Salud (NHS), cuya calidad y gratuidad ha sido siempre muy valoradas por la clase obrera británica, está sufriendo una auténtica crisis. La situación provocada por los recortes de los últimos años es tan grave (escasez de médicos y de ambulancias...) que, en enero, Cruz Roja calificó la situación del NHS como de “crisis humanitaria” y tuvo que intervenir en las urgencias de varias ciudades para garantizar la atención a los más necesitados. ¡En la octava economía mundial!

Esta situación ha llevado a un florecimiento de campañas y luchas locales en defensa de los hospitales y en contra de la incipiente privatización del sistema de salud. El 4 de marzo está prevista una importante manifestación nacional en defensa del NHS, promovida por los compañeros del Socialist Party y apoyada por diversos sindicatos y plataformas. El potencial para que se dé una movilización de masas es muy grande.

¿Hacia un ‘Brexit duro’?

Por otro lado, el Brexit es un factor que supone innumerables problemas para la clase dominante, cuya gran mayoría ni lo quiso ni pensó nunca que iba a suceder. Económicamente, plantea enormes desafíos que el capitalismo británico —desde hace décadas con una decadencia productiva alarmante— tendrá mucha dificultad en superar. La posición de la mayoría de la burguesía todavía es buscar una manera de evitar que el Brexit realmente se consume. De hecho, hay un intento de condicionar la opinión pública —incluyendo declaraciones del ministro de Finanzas sobre la fuerte austeridad que “tendrá” que aplicar si se consuma un Brexit duro—, y preparar las condiciones para un segundo referéndum que lo impidiera. Pero lo tienen muy complicado.

Políticamente, es un factor que agudiza las divisiones —ya muy graves— tanto en el laborismo como en el Partido Conservador, que podría romperse. La primera ministra, Teresa May, tiene muy poco margen de maniobra. Mientras la mayoría de la clase dominante empuja en el sentido arriba mencionado, un sector muy numeroso y poderoso de los tories no aceptará otra cosa que no sea el Brexit y la salida de la UE, el fin de la libre circulación y la recuperación total del control de la frontera, aunque esto suponga un Brexit duro, sin un acuerdo consensuado con la UE. Por otro lado, las otras potencias europeas —que temen el efecto dominó— están sometidas a enormes presiones para mantener una posición firme, e insistir en un Brexit duro para Gran Bretaña.

El Socialist Party señaló que el problema fundamental del referéndum en junio fue la ausencia de una voz clara independiente y masiva de la clase trabajadora en el debate, que interviniera en la campaña explicando y popularizando una oposición de clase, internacionalista y socialista a la Unión Europea racista y capitalista. Este factor sigue siendo la clave en la situación actual. Tanto dentro como fuera de la UE la clase dominante lleva a la sociedad y a la economía hacia la ruina.

La decisión de Corbyn de abandonar su posición histórica de oposición socialista a la UE en ese referéndum fue un grave error, que permitió a los xenófobos y reaccionarios encabezados por el UKIP coger la bandera de oposición a la UE. La defensa de un Brexit socialista e internacionalista, es decir, de una salida de la UE para desarrollar políticas socialistas sobre la base de luchar por una confederación socialista alternativa de Europa, es la tarea fundamental para el movimiento obrero en este debate.

La guerra civil continúa en el Partido Laborista

Esta cuestión también tiene una enorme importancia para la guerra civil que se libra dentro del laborismo. Se está cociendo una nueva rebelión contra Corbyn: diputados laboristas pretenden votar en el parlamento para bloquear el Brexit y desoír la decisión mayoritaria del pueblo. La posición actual de Corbyn negándose a este bloqueo es un paso adelante, pero debe ir más allá y defender con claridad un Brexit socialista, a la vez que se planta cara a los blairistas. Para ello Corbyn tiene que basarse en las decenas de miles que le auparon al frente del partido, algo que desgraciadamente no ha hecho, e impulsar un cambio verdadero en la correlación de fuerzas dentro del partido. Mientras se excluye del partido a militantes y organizaciones socialistas pro-Corbyn como el Socialist Party, los agentes del capital, de la guerra y del capitalismo siguen controlando las estructuras del partido. La inmensa mayoría de la bancada parlamentaria, la maquinaria burocrática y de las estructuras municipales están firmemente en manos de los blairistas. Estos elementos hablan abiertamente de su “operación Anaconda” para estrangular y derribar a Corbyn. A la vez, los ayuntamientos laboristas siguen haciendo recortes salvajes, lo que está dando luz a una importante oleada de luchas y movimientos locales antirrecortes, cuyo odio va dirigido no sólo al gobierno nacional tory, sino a cada uno de los ayuntamientos laboristas.

El Partido Laborista en realidad está dividido en dos. O el embrionario nuevo partido de izquierdas alrededor de Corbyn moviliza a su base en defensa de un programa socialista y echa a los blairistas, o tarde o temprano la “operación Anaconda” acabará imponiéndose.

* Se puede traducir como “economía de los pequeños encargos”, y hace referencia a contratos puntuales para trabajos esporádicos en los que el trabajador aporta todo lo necesario para realizarlo.


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