Hace pocas semanas, todas las encuestas para las elecciones presidenciales del próximo domingo 23 de abril pronosticaban la victoria de Marine Le Pen en la primera vuelta, y la prensa publicaba artículos mofándose de la izquierda con titulares del tipo ‘La Francia de izquierdas no existe’. Pero en cuestión de días, el apoyo a Jean-Luc Mélenchon se ha disparado del 11% al 20%, sus mítines son los más masivos con una participación de decenas de miles de personas en cada uno de ellos, y los editoriales de esos mismos medios de comunicación capitalistas han hecho sonar todas las alarmas. Actualmente los sondeos dan un empate técnico entre cuatro candidatos: Mélenchon, Le Pen, Fillon y Macron.

Polarización política y giro a la izquierda: el ascenso de Mélenchon

Mélenchon se presenta al frente de La France Insoumise (Francia Insumisa), una coalición en la que participa el Partido de la Izquierda (Parti de Gauche, PG) junto a numerosos colectivos y organizaciones de la izquierda militante, y que cuenta con el apoyo del Partido Comunista (PCF). De no aparecer en las encuestas y de ser ignorado por los medios de comunicación, Mélenchon ha pasado a ser el protagonista de numerosos artículos que intentan explicar su ascenso electoral. Muchos comentaristas señalan que este avance meteórico se debe a que finalmente ha abandonado emblemas de la izquierda como la bandera roja o La Internacional, argumentos tan pobres que no merecen ser comentados. En realidad, Mélenchon ha conectado con amplios sectores de la clase obrera y la juventud que protagonizaron una auténtica rebelión de masas en la primavera de 2016 contra la reforma laboral de Hollande. Aquel movimiento de huelgas y manifestaciones que paralizó la vida cotidiana del país durante semanas, reflejó la honda insatisfacción que recorre a la clase obrera francesa harta de ver como la crisis elimina cientos de miles de empleos, hunde los salarios, mientras la socialdemocracia legisla para llenar los bolsillos de los grandes capitalistas.

La creciente popularidad de Mélenchon obedece a factores similares a los que en EEUU provocaron el extraordinario movimiento de masas de apoyo a la candidatura de Bernie Sanders, la elección de Corbyn al frente del laborismo en Gran Bretaña o el ascenso de Podemos en el Estado español. Mélenchon se ha convertido en el único candidato capaz de expresar la radicalización y el giro a la izquierda de la juventud y especialmente de la clase obrera francesa. Conecta con un sector cada vez más importante que no quiere el triunfo de la derecha ni del Partido Socialista, que desea frenar al Frente Nacional y, por encima de todo, ansia cambiar y mejorar radicalmente sus condiciones de vida.

Mélenchon ha presentado un programa de oposición a la austeridad que incluye la defensa de la sanidad universal; la jornada laboral de 32 horas semanales; jubilación a los 60 años; aumento de un 15% del salario mínimo; un plan de inversión pública de 500.000 millones de euros o la renacionalización de la electricidad. En sus mítines y apariciones públicas habla sobre la necesidad de que el Estado tenga un mayor control de la economía. Defiende la salida de la OTAN y fue el único candidato que se opuso al bombardeo estadounidense de Siria. En sus mítines apela al espíritu de la Comuna de París o al movimiento de Resistencia francés contra los nazis, como ejemplos para luchar contra el Frente Nacional.

Decenas de miles de personas llenan sus actos al grito de ‘Resistencia’. El 17 de marzo reunió a 130.000 personas en la Plaza de la Bastilla de París en un mitin para conmemorar el aniversario de la Comuna de París; en el Puerto Viejo de Marsella reunió a 70.000 personas y en Lille a 25.000. Su campaña incluye la novedad de celebrar actos de masas simultáneos mediante un holograma de su persona, consiguiendo que su discurso llegue a centenares de miles de personas en todo el país.

La posibilidad de que Mélenchon pueda pasar a la segunda ronda de las presidenciales provoca pánico en la clase dirigente francesa. Este miedo es visible en los principales candidatos presidenciales que dedican todas sus energías a atacarle. Macron, un remedo de Albert Rivera francés, le acusa de ser un “comunista revolucionario”. Los medios de comunicación han desatado una rabiosa campaña contra él. El 12 de abril Le Figaro, uno de los principales periódicos franceses, le dedicó toda la portada con el titular: ‘Mélenchon: le délirant projet du Chavez français (Mélenchon: el delirante proyecto del Chávez francés), junto a una editorial titulada ‘Maximilien Illitch Mélenchon’, en referencia a Lenin. En esta última se podía leer: “En el Panteón personal de Jean-Luc Mélenchon destacan personajes poco atractivos, que van desde Maximilien Robespierre a Hugo Chávez, pasando por Vladimir Illich Ulianov, conocido como Lenin, a Lev Davidovitch Bronstein, conocido como Trotsky. Sin olvidar a Fidel Castro, Chávez… Mélenchon, el apóstol de los dictadores revolucionarios”. Desgraciadamente para la burguesía francesa, este tipo de ataques tienen el efecto contrario al que pretenden: fortalecen la imagen de Mélenchon como el candidato de la izquierda que se opone a la austeridad y al sistema.

El Partido Socialista sigue la estela del PASOK

En las presidenciales de 2012 el actual presidente socialista, François Hollande, se hartó de decir que él conseguiría que la Unión Europea abandonara la política de austeridad y el déficit cero, que subiría los impuestos a los más ricos y que su principal enemigo en la sociedad sería el capital financiero. Durante estos cinco años el PS ha tenido el control de la presidencia, el Senado y el Parlamento además de los ayuntamientos más importantes. En este período en todas las instituciones ha aplicado la misma política: ataques a los derechos laborales y sociales, privatizando empresas públicas, recortando miles de millones de euros del gasto público y subiendo los impuestos a la mayoría de la población, mientras los más ricos disfrutaban de todo tipo de beneficios. Lo mismo ha sucedido con los derechos democráticos: utilizando los atentados yihadistas como excusa, decretó un estado de emergencia que dura ya diez meses y ha dado todo tipo de poderes a la policía y los servicios secretos para que actuen con total impunidad.

Era de esperar que el PS sufriera las consecuencias de esta política. El partido está hundido en una profunda crisis y completamente dividido, un proceso que se ha manifestado en las primarias para elegir al candidato presidencial. La dirección del partido ya tenía su candidato Manuel Valls que sólo debía pasar el trámite de las primarias. La sorpresa llegó cuando fue derrotado por Benoît Hamon, que se presentó defendiendo la renta mínima de 750 euros para cada ciudadano mayor de edad y la derogación de las leyes antisociales del gobierno del PS. Hamon abandonó el gobierno por no estar a favor de la política derechista de Valls y Hollande, pero su desgracia es presentarse en un momento que el apoyo del PS cae en picado y todo apunta a un derrumbe histórico como sucedió en Grecia con el PASOK.

Macron, más de lo mismo

El candidato favorito de la burguesía y de la dirección derechista del PS es Emmanuel Macron, un antiguo banquero de Rothschild, colaborador de Valls y ministro de economía con Hollande. Macron se presenta con su propia formación política En Marche!

Aunque pretenda aparecer como un candidato “nuevo”, libre de corrupción y ataduras con la vieja política, su programa apenas se diferencia del defendido por el gobierno del PS y además de contar con el apoyo de la dirección socialista, también tiene el del sector de la derecha que lidera Juppé, que consideran que Fillon ha ido demasiado a la derecha. Los medios de comunicación han hecho una ruidosa campaña para presentarle como el favorito en una segunda vuelta frente a Le Pen, pero también ha ido perdiendo apoyo según aumenta el de Mélenchon.

Crisis de la derecha tradicional

La gran desgracia para la burguesía francesa es que su propia crisis le impide capitalizar el derrumbe del PS. Ha tenido problemas para elegir a su candidato debido a la implicación o imputación judicial por escándalos financieros o de corrupción de sus principales dirigentes, como Sarkozy o Juppé. Finalmente, su candidato François Fillon, que fue primer ministro bajo la presidencia de Sarkozy, ha sido imputado y sacudido por diferentes escándalos de corrupción. Fillon se presenta como el Thatcher francés, con un programa de contrarreformas salvajes, que incluye el despido de 500.000 empleados públicos, el final de la sanidad pública, la privatización total y la destrucción de los sindicatos.

El gran beneficiario de la crisis de los partidos tradicionales de la derecha, y en parte también del programa de gobierno aplicado por Hollande, es el Frente Nacional. No obstante, si las encuestas le otorgaban hace unas semanas un 26,5% de apoyo, ahora a duras penas supera el 21%.

Una de las causas de esta caída es su vinculación pública con Donald Trump y el rechazo que están provocando las medidas reaccionarias del Presidente norteamericano. Marie Le Pen tomó el modelo Trump haciendo una campaña basada en la demagogia populista, presentándose como la defensora de los “olvidados y desfavorecidos”, al mismo tiempo que exige una política represiva, la expulsión de los inmigrantes o la prohibición de la práctica de la religión musulmana en Francia. El ascenso durante los últimos años del Frente Nacional refleja la bancarrota política de la clase capitalista francesa. Pero el hecho de que haya conseguido una masa de votantes en zonas tradicionales de la clase obrera revela el fracaso de la socialdemocracia en todas sus variantes (incluyendo a la dirección del PCF) frente a la crisis del sistema, y la sumisión de los aparatos reformistas al orden establecido.

El fin de la estabilidad

Es difícil pronosticar con exactitud qué sucederá el 23 de abril. La campaña histérica de la burguesía contra Mélenchon es un síntoma del nerviosismo reinante. También el último atentado en París en el que ha muerto un policía es altamente sospechoso. Igual que ocurrió con el asesinato de una conocida diputada laborista a pocos días de celebrarse el referéndum sobre el Brexit, parece que la policía y los servicios secretos de Francia, a pesar de contar con medios materiales considerables y la impunidad de las leyes de excepción, son incapaces de impedir que individuos que están fichados por su violencia y sus actividades a favor del yihadismo actúen. ¿Es una casualidad o se busca reforzar la campaña del miedo y a los candidatos más reaccionarios?

La situación en cualquier caso es muy volátil. Es difícil pronosticar con exactitud qué sucederá el 23 de abril. Si finalmente el enfrentamiento se produjera entre Mélenchon y Le Pen, la burguesía francesa y la actual dirección del PS se encontrarán ante un gran problema. Se han hartado de hablar sobre el peligro que representa el Frente Nacional para la democracia y el futuro de Francia, pero lo último que desean es a Mélenchon en la presidencia. Si apoyan a Le Pen o de alguna manera favorecen su victoria quedarán retratados, y sin duda lo pagarán no sólo en las elecciones generales del próximo mes de junio, sino también en la lucha de clases que inevitablemente se desataría. Pero esta no es la única opción posible, también podría suceder que en la segunda vuelta se enfrentarán Le Pen y Macron.

Francia entra en una etapa de conflictos e inestabilidad creciente. La polarización política es palpable y las tensiones de clase han alcanzado el punto de ebullición. Las elecciones están dominadas por un ambiente de profunda rabia contra el establishment y los partidos tradicionales. La economía francesa no consigue recuperarse y el capitalismo francés necesita aplicar más “austeridad” para recuperar su margen de beneficio. Al margen del resultado, los capitalistas temen la reacción que los nuevos recortes provocarán entre la clase obrera, porque como vimos el año pasado está muy viva y con confianza en sus fuerzas. Las condiciones para el desarrollo de un movimiento de masas están presentes, y los trabajadores y la juventud francesa volverán a convertirse en una referencia de lucha para los oprimidos del resto del mundo.


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