El gobierno ultraderechista de Duda se enfrenta a la movilización social

El pasado 8 de abril comenzaba en Polonia una huelga indefinida del profesorado que, con un apoyo social en continuo ascenso, ha mantenido paralizado el sistema educativo durante tres semanas. La reivindicación de subida salarial para los y las profesoras, en un país donde una maestra recién incorporada cobra unos 510 euros, ha desencadenado un movimiento que va mucho más allá de la cuestión salarial y ha sacado a la superficie el enorme descontento social acumulado contra el Gobierno de extrema derecha del PIS (Partido Ley y Justicia).

Desde su victoria electoral en el año 2.015 los xenófobos y ultracatólicos del PiS, capitaneados por su presidente Jaroslaw Kaczynski, han lanzado una guerra sin cuartel contra la clase trabajadora polaca. Tras años de aparente calma, el movimiento se está reactivando con fuerza. La huelga educativa ha señalado las limitaciones del apoyo social del Gobierno presidido por Andrzej Duda y abre una perspectiva de incremento en la conflictividad social.  

8 de abril, arranca la huelga; el Gobierno criminaliza, pero el apoyo social crece

Los sindicatos venían reclamando hace meses una subida lineal del 30%, unos 220 euros. Tras protestas varias y la negativa del Gobierno a ceder se rompen las negociaciones. Dos de los tres sindicatos, (el Sindicato Polaco de Maestro, ZNP, y el Foro de Sindicatos) respondieron con la convocatoria de la huelga que ha afectado al 70% de los centros educativos públicos. Tal ha sido el impacto de la huelga, que el Ejecutivo, ha intentado romperla utilizando a maestros retirados, bedeles, profesores de religión y demás voluntarios, para poder realizar los exámenes finales de curso. 

La campaña de criminalización no se ha hecho esperar. Utilizando el control que el Gobierno ejerce sobre los medios de comunicación lanza sus mensajes contra el profesorado, acusándolos de privilegiados, de tener muchas vacaciones, de atacar el derecho a la educación de los y las estudiantes, intentando meter una cuña entre huelguistas y familias y ensalzando los valores tradicionales del tercer sindicato presente en las negociaciones, el histórico “Solidaridad”, católico y que se ha posicionado con el Gobierno y contra la huelga. De esta forma han intentado, sin éxito, combatir el apoyo social a este movimiento que aglutina el descontento general contra el reaccionario presidente Duda.

Una muestra es el Comité de Apoyo a la huelga, integrado por sindicatos, activistas y otras personalidades públicas, y que en los primeros cinco días de huelga había conseguido más de 700.000 euros, una parte de los mismos son aportaciones por el valor equivalente a la “paga extra” que el Gobierno ha dado a los pensionistas en un claro intento de comprar votos de cara a las próximas elecciones. Una parte de ellos la “devuelve”, según sus propias palabras, a los huelguistas. La gran fuerza de esta movilización se deja ver en las encuestas; un 53% apoya la huelga, entre ellos un 19% de votantes del PiS, y un 57% la subida salarial exigida. (La huelga de profesores paraliza Polonia y se convierte en símbolo contra el Gobierno conservador, ElDiario.es, 17/04/2019).

 También los y las estudiantes han realizado paros y concentraciones de solidaridad con sus maestros y maestras, así como diversas campañas públicas de respaldo en redes sociales. Una de ellas ha consistido en pintar en las aceras de multitud de colegios mensajes de apoyo con tiza que se han difundidos masivamente.

Las direcciones sindicales ceden, se suspende la huelga hasta nuevo aviso

Finalmente, en la tercera semana de huelga, con un Gobierno acosado socialmente en vísperas de elecciones europeas y en plena ofensiva por romper la huelga, con este aprobando medidas para permitir  la realización de los exámenes de acceso a la universidad sin que  los  profesores tuviesen que firmar las notas, la dirección sindical se echaba atrás y desconvocaba la huelga. “Queremos dar al Gobierno más tiempo para que encuentre una solución a nuestras demandas, por lo que hemos decidido suspender temporalmente nuestra protesta, lo que va a permitir que los exámenes de acceso a la universidad puedan celebrarse”, declaraba Slawomir Broniarz, responsable del ZNP, principal sindicato de Enseñanza polaco, prometiendo reactivarla en septiembre.

Esta es la principal debilidad del movimiento, la estrategia sindical de su dirección que vaciló hasta que no le quedó más remedio que convocar la huelga y, a pesar de la fortaleza del movimiento, ha cedido a la presión gubernamental y a la campaña de los medios de comunicación.

Pero si algo ha demostrado esta gran huelga, es que la presión social contra el Gobierno de Duda está creciendo. Esta profunda movilización de la comunidad educativa no cae del cielo. En los últimos años ha protagonizado importantes movilizaciones contra el cierre de institutos, los despidos de profesores, la eliminación de diversas ayudas a la vivienda y otros derechos básicos, muy importantes teniendo en cuenta que el salario del profesorado es bastante inferior al salario medio polaco. También se ha movilizado contra la contrarreforma educativa del PiS, entre cuyos objetivos está “volver a cristianizar Europa” para formar “nuevos polacos”. Una reforma ultracatólica, de exaltación patriótica que, de paso, reduce la duración de la educación secundaria, supone el cierre de 5.000 escuelas y la eliminación de entre 9.000 y 10.000 puestos de trabajo (El plan para crear “nuevos polacos”: más educación militar y menos escuelas. El Confidencial, 26/09/2018). La huelga se ha desconvocado, pero nada de esto se ha resuelto e inevitablemente el conflicto volverá a resurgir.

Los límites del Gobierno ultraderechista de Duda

Precedido por un Ejecutivo de la derecha, en el año 2.015, en unas elecciones marcadas por una elevadísima abstención que rozó el 50%, el partido de extrema derecha “Ley y Justicia” obtuvo el 37% de los votos, y desde entonces gobierna en solitario. La experiencia de estos años ha sido la de un Gobierno completamente reaccionario, autoritario y xenófobo, que, entre otras muchas cosas, se ha hecho con el control directo de la judicatura, de los medios de comunicación, ha lanzado una campaña salvaje contra los refugiados y ha intentado eliminar el ya de por sí restringido derecho al aborto de las mujeres polacas, incluyendo penas de hasta tres años de cárcel. Fue ahí donde topó con el histórico movimiento de las mujeres polacas de 2.016 que le obligó a dar marcha atrás. Sólo un año después de su victoria electoral por mayoría absoluta, una manifestación de 240.000 personas, la más numerosa desde la restauración capitalista hace 25 años, recorría las calles de Varsovia. La aparente calma social, debida a la inacción sindical y de la izquierda en la oposición, se rompía en mil pedazos.

Aliado incondicional del también ultrarreaccionario Gobierno de Viktor Orbam en Hungría, representa, junto con este, a los dos únicos países en Europa en los que la ultraderecha gobierna en solitario. Ambos han sido utilizados hasta la saciedad para tratar de ilustrar un supuesto giro a la derecha en la sociedad que permitía Gobiernos de estas características que hacían y deshacían todo tipo de políticas de recortes, racistas y de restricción de libertades sin oposición social.

Pero la realidad, tanto en Polonia como en su vecina Hungría, es bien distinta de esta imagen interesada que busca desanimar e introducir el miedo y el escepticismo entre la clase trabajadora y la juventud a nivel internacional.  La lucha del profesorado polaco, al igual que las recientes y masivas protestas contra Orbam, han revelado la polarización y la tensión que se está acumulando en los cimientos de estos países devastados tras la restauración capitalista. Superando la debilidad de sus direcciones sindicales y políticas, el movimiento se está reactivando y recuperando y las políticas salvajes de la ultraderecha se están topando con una respuesta en las calles cada vez más fuerte.  


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