Argelia se encuentra en un punto decisivo de su historia. Tras décadas sufriendo la corrupción y la miseria generada por el régimen de Buteflika, un poderoso movimiento tomó las calles de todo el país para exigir la dimisión del presidente y de sus principales aliados. Tras varios meses de movilizaciones, la cúpula dirigente terminó por claudicar y anunció el cese de Buteflika el pasado 2 de abril. Esta renuncia ha sido vista por la población argelina como una importante victoria, pero no les ha pasado desapercibido que para la clase dominante se trata de un sacrificio necesario para intentar salvar los muebles. Quieren evitar a toda costa que se materialicen las verdaderas reivindicaciones de la calle, que se resumen en una de las consignas más coreadas en las manifestaciones:” todo el poder para el pueblo”.

La clase dominante no ha conseguido recuperar el control de la situación. Las protestas se suceden semana tras semana, sin importar las concesiones del Gobierno o que estemos en pleno Ramadán, haciendo saltar todas las alarmas para la burguesía. Su último cartucho pasa por intentar calmar los ánimos con una purga sin precedentes en el aparato del Estado.

Cambiarlo todo para que nada cambie

La enorme presión del movimiento ha obligado al régimen a mover ficha para intentar salvarse. Para ello, han anunciado la convocatoria de elecciones para el próximo 4 de julio. El fin de las mismas es iniciar una transición pacífica y ordenada que permita calmar los ánimos sin realizar cambios de fondo. Para tutelar esta transición se ha puesto al frente del gobierno a la conocida como “triple B”. Este triunvirato está formado por hombres que han sido imprescindibles para mantener el statu quo en las últimas décadas: el nuevo presidente interino Abdelkader Bensalah , el presidente del Consejo Constitucional, Tayeb Belaiz y el primer ministro y antiguo ministro del Interior, Nuredin Bedaui . Poco ha durado este plan. En cuestión de días Belaiz presentaba su dimisión, abriendo una nueva crisis en el gobierno provisional.

El régimen se está viendo abocado a apoyarse en el ejército, el pilar maestro de su estructura desde hace década. El máximo representante del mismo es Gaid Salah, jefe del Estado Mayor y mano derecha durante décadas de Buteflika. Para intentar frenar la movilización y evitar una verdadera revolución Gaid Salah ha encabezado una de las mayores operaciones contra la corrupción de la historia de Argelia. Se han producido importantes detenciones dentro del establishment argelino, entre las que se encuentran altos cargos del ejecutivo, del ejército y empresarios vinculados al gobierno. Han sido encarcelados hombres como Issad Rebrab, considerado el hombre de negocios más rico de la nación. Al que hay que sumar nombres como Said Buteflika, hermano del expresidente o Tufik, jefe de los poderosos servicios secretos durante un cuarto de siglo.

La respuesta del movimiento a esta nueva maniobra ha sido contundente. El pasado viernes 17 de mayo una nueva movilización masiva inundaba todos los grandes núcleos de Argelia: Argel, Orán, Mostaganem, Chlef, Mila, Constantina, Relizane, Bouira, Tizi Ouzou... Todas ellas bajo un mismo mensaje: el rechazo a las próximas elecciones y la caída de todo el régimen.

Corrupción y miseria: el combustible de la revolución

Para entender de dónde surge la fuerza de este fabuloso movimiento que está haciendo temblar los cimientos del sistema, es imprescindible entender las condiciones de vida tremendamente duras que ha sufrido la población durante décadas. Mientras 14 millones viven en la pobreza más extrema, los grandes empresarios y aliados del gobierno viven como auténticos reyes. En Argelia no se puede hablar de brecha entre ricos y pobres, sino de un auténtico abismo: el 80% de la riqueza nacional está en manos del 10% de la población.

La caída de los precios del petróleo y de las exportaciones de gas provocó que el Gobierno comenzara a aplicar duras medidas de austeridad, reduciendo el gasto público desde 2014 en más de un 20%. Estos ataques a las condiciones de vida de millones de argelinos tuvieron una respuesta casi inmediata en los centros de enseñanza, fábricas y en las calles. El movimiento obrero ha jugado un papel crucial en la caída del expresidente Buteflika. Todo el país se ha visto sacudido por un torrente de luchas sin precedentes desde hace años. Huelgas de los trabajadores portuarios, de la industria automovilística, de banca, de la industria petrolera o de la administración pública y un largo etcétera que recorre toda la sociedad argelina. La radicalización de la situación ha llegado hasta un punto tan elevado que se han unido a las huelgas incluso los pequeños tenderos y comerciantes de frutas y verdura.

El terremoto obrero desatado en Argelia tiene sus réplicas en otros países del Magreb y del resto del continente. La ola de protestas que ha sacudido Marruecos en los últimos años, así como el poderoso levantamiento popular de Túnez o la explosiva situación que vive Sudán nos dan la imagen completa de la situación. Una nueva primavera árabe comienza a recorrer el continente a un nivel superior. Las derrotas sufridas en 2011 han sido una dura escuela de formación para las masas, de las que han extraído importantes conclusiones.

El papel de la izquierda y la necesidad de una dirección revolucionaria

Si en estos momentos existiese en Argelia un partido capaz de conectar las reivindicaciones del movimiento con la necesidad de llevar la revolución hasta el final, el capitalismo estaría condenado en el país.

Lamentablemente, la clase obrera argelina se encuentra huérfana en este sentido. El partido que podría haberse constituido como la dirección del movimiento, el Partido de los Trabajadores (PT), un partido que se define como trotskista y revolucionario, está jugando un papel totalmente nocivo en este proceso. En un primer momento, menospreciaron el enorme potencial de la movilización y se negaron a participar en la misma. Por el contrario, hicieron llamamientos a la calma y a apoyar una convocatoria de elecciones que es rechazada de manera rotunda en las calles. La principal dirigente del PT, Louisa Hanoune, se encuentra detenida por haber mantenido reuniones con la camarilla de Buteflika. Hanoune se justifica apelando a su papel de “dignataria del Estado”. Es un auténtico bochorno que mientras millones de argelinos se juegan su libertad y su integridad física participando en huelgas y movilizaciones, la principal dirigente de un partido supuestamente revolucionario sea detenida por hacer acuerdos con la cúpula del aparato del Estado en un despacho a puerta cerrada.

A pesar de la bancarrota ideológica del PT, las tareas fundamentales de la clase obrera en una situación revolucionaria comienzan a ponerse sobre la mesa en Argelia. La ocupación de fábricas, el establecimiento de control obrero de la producción o la creación de comités populares, como organismos de doble poder que sustituyan a las instituciones corrompidas y putrefactas de los capitalistas, se muestran como la única solución para conseguir tumbar de una vez por todas al régimen. La apertura de una situación de este tipo no es ninguna utopía. Las masas han demostrado estar a la altura para poder cumplir esta agenda. El elemento necesario para llevarla a la práctica es una dirección revolucionaria. A pesar de su ausencia, la clase obrera argelina da muestras de una fuerza mayor día a día, como se está comprobando ante la represión que crece también cada día que pasa. Sin duda, vamos a ser testigos del desarrollo de un torrente revolucionario en los próximos meses que marcarán el futuro de Argelia y de los países colindantes.


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