2018 es un año de gran trascendencia política y económica para México. El proceso electoral que se desarrolla actualmente, en combinación con la gran debilidad y desaprobación que tiene los partidos tradicionales de derecha (PRI y PAN), plantea la posibilidad de que, por primera vez en la historia de nuestro país, gobierne un partido considerado por las masas como una opción de izquierdas.

Pero más allá de las elecciones, lo más importante radica en el contexto de lucha de clases en que se realiza dicho proceso electoral: estancamiento de la economía, la inflación más alta desde hace 17 años, aumento de la pobreza y la desigualdad, un clima de violencia insostenible y, al mismo tiempo, un ambiente de hartazgo y descontento creciente entre la juventud y las masas oprimidas.

Todo esto en el marco de una crisis capitalista a escala mundial, de giro al nacionalismo económico por parte de las principales potencias, de polarización social y política, deslegitimación de las instituciones de la democracia burguesa, de auge de las movilizaciones y crisis de la socialdemocracia, y también de desarrollo de tendencias autoritarias y bonapartistas en numerosos gobiernos europeos, en EEUU y China.

El estancamiento de la economía mexicana

El crecimiento económico durante los últimos dos sexenios ha oscilado entre un 2.0 y 2.5%; y la perspectiva de crecimiento para el 2018, según la Secretaria de Hacienda, será del 2.5%, aunque algunas instituciones internacionales, como el FMI, ha, planteado un aumento del PIB de sólo el 1.9%.

La realidad es que la economía está estancada, aún a pesar de las llamadas reformas estructurales, y la supuesta inversión, crecimiento y empleos que generaría. Nada de esto ha funcionado, incluso para la misma burguesía. Mucho menos ha funcionado para la clase trabajadora y las capas más oprimidas de la sociedad, que tenemos que soportar el gran aumento de los precios. Con la inflación más alta en los últimos 17 años, ubicándose en un 6.7%, y afectando a los combustibles y a productos fundamentales de la canasta básica como el huevo, el jitomate, las tortillas o el limón, la pérdida de poder adquisitivo es tremenda. Aunque el gobierno mexicano plantea que los salarios subieron durante el 2017 un 4.4%, la caída de poder de compra sigue siendo del -2.3%.

Polarización política

El ambiente político está marcado por la inestabilidad y la volatilidad. Por un lado, tenemos un ambiente de mucha rabia y descontento entre amplios sectores de la población. La gran precariedad laboral, los bajos salarios, el clima de violencia permanente, los feminicidios… han golpeado con fuerza la conciencia de la juventud y los trabajadores, oprimidos por una realidad desalentadora que se ha convertido en un callejón sin salida. En general, la clase trabajadora ha sido brutalmente golpeada por el gobierno de Peña Nieto, a la que se le ha arrebatado conquistas históricas a través de la reforma laboral, la privatización de sectores estratégicos como el petróleo o la electricidad, y los recortes sangrantes en los sistemas de salud y educación.

Como respuesta a esta ofensiva, en el último año se han desarrollado movilizaciones contra los gasolinazos, contra del narcotráfico mediante la organización de grupos de autodefensa en distintos pueblos del país, por los derechos de los pueblos indígenas, en contra de los proyectos de muerte y de defensa del agua, paros en maquilas del norte del país o de maestros de educación básica (CNTE), ahora mismo vemos avivarse la lucha contra la construcción del aeropuerto en Texcoco en cabezada por los compañeros de Atenco y también vemos a los largo y ancho del país huelgas en plantas industriales por mejoras en los salarios y por la conformación de sindicatos independientes a la CTM. Por otro lado, la opresión de la mujer, la violencia sistémica que sufrimos y que alcanza las dimensiones de una epidemia, constituye un elemento que refleja la terrible degradación del capitalismo mexicano: siete mujeres son asesinadas cada día y esta cifra va en aumento. La respuesta del movimiento feminista refleja el grado de radicalización entre capas de la juventud.

Una de las luchas más destacada del último periodo fue la de Mexicali, donde los habitantes de esa región se movilizaron en la que se conoció como “la guerra del agua”, en contra de la cervecera estadounidense Constellation Brands: la lucha logro impedir la construcción de la cervecera.

La mayoría de estas movilizaciones han tenido un carácter semi-espontaneo, y se han basado en la autoorganización, rebasando por la izquierda a las organizaciones tradicionales de los trabajadores y expresando la necesidad de la unificación y extensión de la lucha bajo un programa anticapitalista.

Los grandes sindicatos independientes o que se hacen llamar democráticos, como la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), así como Morena, han estado ausentes de estas grandes batallas. Las principales dirigencias sindicales no han hecho ningún llamado serio a la lucha. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), es la única estructura sindical que se ha mantenido movilizada contra la reforma educativa, lo que ha impedido al gobierno aplicarla como lo planeaba. La lucha magisterial también ha sido una de las más emblemáticas en los últimos años.

Lo importante desde un punto de vista marxista es destacar que, a pesar de las derrotas que han supuesto la imposición de muchos de los planes privatizadores, el gobierno no ha logrado estabilizar la situación del capitalismo mexicano: los trabajadores y campesinos no están paralizados a pesar de las medidas represivas de Peña Nieto, que ha supuesto el encarcelamiento de cientos de jóvenes y activistas, muchos muertos y desaparecidos, y su descrédito ha llegado al punto de que pueden sufrir una grave derrota electoral.

Como en anteriores ocasiones, la contradicción entre la disposición a la lucha de las masas, y la actitud pasiva de sus direcciones tradicionales, hace que los movimientos de protesta se expresen de manera explosiva. Esta situación se va a mantener por un largo periodo, y abre grandes posibilidades a los marxistas.

Morena y las elecciones

Los previsibles buenos resultados electorales de Morena van en aumento conforme se acerca las fechas de las elecciones. Las masas, a pesar del giro a la derecha de AMLO y sus permanentes concesiones a la burguesía, identifican a Morena como una formación de izquierdas que puede romper con el actual estado de cosas. Sin embargo, Morena sigue padeciendo las contradicciones de clase que marcan sus orígenes: una dirección cada vez más identificada con la burguesía, y que no está dispuesta a romper con la lógica del capitalismo; y una base social y electoral mayoritariamente formada por trabajadores y campesinos, que no olvidan las luchas contra el fraude, tanto las de 2006 como la de 2012.

Ante la debacle del PRD y la colaboración de clases de los sindicatos, capas muy amplias de los trabajadores y los oprimidos se tomaron muy en serio la formación de Morena como una herramienta de lucha. Sin embargo los intereses de esta base trabajadora han chocado con los de una burocracia reformista que ha girado cada vez más hacia la derecha. Durante los últimos años, y a pesar de las grandes luchas que se han presentado en nuestro país, AMLO no ha convocado a ninguna movilización o acción de masas para impulsarlas, lo cual ha generado una ambiente de critica entre un sector cada vez más amplio de las bases de Morena.

La dirección de este partido ha dejado de lado la lucha social para convertirse en un mero aparato electoral, bajo la política de ganar las elecciones al costo que sea. La consecuencia lógica de esto es el reclutamiento de personajes que provienen del PRI o el PAN, y que impulsaron anteriormente duras políticas anti-obreras. A esto se suma la alianza con el Partido Encuentro Social (PES), un partido abiertamente de derecha que incluso se ha manifestado totalmente en contra al derecho al aborto y a los matrimonios entre personas del mismo sexo.

Este tipo de situaciones han generado escepticismo, confusión y crítica entre las capas más avanzadas de jóvenes, trabajadores e indigenas hacia la dirección de Morena. Sin embargo, no debemos dejarnos impresionar por el estado de ánimo entre la vanguardia. Ahora mismo, millones de trabajadores, campesinos pobres y jóvenes, ven al alcance de la mano la posibilidad de derrotar al PRI y sacar a la derecha del gobierno con el voto a López Obrador. Desde Izquierda Revolucionaria comprendemos la naturaleza de este proceso, y su carácter progresivo, sin sembrar ningún tipo de esperanza y confianza en que la victoria de AMLO signifique que Morena vaya a desplegar una política socialista consecuente en beneficio de las masas.

Como organización revolucionaria, debemos advertir que la política de conciliación de clases de AMLO es una receta acabada para frustrar las expectativas del pueblo mexicano. La idea de un capitalismo con rostro humano, como la experiencia histórica demuestra en Latinoamérica (Bolivia, Venezuela, Ecuador, Argentina…) o en Europa (Grecia), no ha resuelto los graves problemas que padece la clase trabajadora, ni ha eliminado la lógica de explotación y pobreza a la que el sistema nos somete. Incluso en las actuales circunstancias, AMLO ha renunciado de antemano a emprender una política que tenga algo que ver con nacionalizaciones o poner freno a las privatizaciones y los recortes. En el caso de que AMLO pudiera llegar a la presidencia, el choque con su base social y electoral estará servido más temprano que tarde.

Señalamos que votar no basta, que no es suficiente con ir a las urnas y esperar que un candidato apruebe leyes que mejoren nuestra situación, más aún cuando públicamente se ha manifestado una voluntad inequívoca de pactar con los grandes monopolios y empresas, para garantizar la estabilidad del sistema. No basta con el discurso, ni con declaraciones personales de honradez y honestidad. Para enfrentar la crisis del capitalismo mexicano hace falta un programa de clase y socialista, y apoyarse en la fuerza de los trabajadores y la juventud como motor de la transformación social.

El desarrollo de la campaña electoral demuestra que la burguesía no está dispuesta a dar ningún tipo de concesión, y está lanzando una gran campaña de desprestigio contra AMLO, mientras prepara el campo para un gran fraude. Pero están jugando con fuego y ya hay sectores que ven que repetir otra vez una operación semejante a la de 2006 podría provocar una crisis de envergadura y completamente descontrolada.

Es difícil hacer un pronóstico acabado de las perspectivas electorales. En cualquier caso  los trabajadores, jóvenes, indígenas y campesinos pobres que nos hemos mantenido movilizados y los que buscamos realmente una trasformación real y de fondo de la sociedad exigimos a AMLO una definición y la defensa de un programa que rompa con el capitalismo. Nuestra lucha no es o se limita a sacar a la derecha del gobierno, lo que necesitamos es la aplicación de una política socialista basada en la nacionalización de la banca, de los grandes monopolios, la expropiación de los latifundios y las grandes empresas agroalimentarias; la defensa de los derechos de los pueblos indígenas; de la sanidad y la educación pública,  y la derogación de todas las contrarreformas; la renacionalización de los sectores estratégicos privatizados; y la lucha contra la violencia del Estado… En definitiva, debemos ejercer presión para romper con la conciliación de clases y levantar la bandera de la lucha por transformar la sociedad, confiando sólo en las fuerzas de los oprimidos para construir un partido revolucionario con un programa de clase e internacionalista.


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