El sábado 13 de junio se vivió una jornada histórica en cientos de ayuntamientos, pero especialmente en las grandes ciudades que han sido vanguardia de la rebelión social de estos últimos años. Las imágenes de miles de personas abarrotando lugares emblemáticos como la Plaza de Cibeles en Madrid, la de Sant Jaume en Barcelona, o la plaza del Ayuntamiento en Pamplona, Cádiz, Valencia, en Santiago y A Coruña, por citar las más relevantes, evocaban a las grandes celebraciones políticas de la clase obrera: el 14 de abril de 1931 o la constitución de los ayuntamientos de izquierdas en 1979 tras la larga noche del franquismo.

La emoción, las lágrimas, la alegría desbordante se reflejaban en el rostro de miles, que no dejaban de gritar Sí se puede, o Que sí, que sí, que sí nos representan, jaleando a las alcaldesas y alcaldes de las candidaturas de unidad popular que han logrado el bastón de mando gracias a la movilización del pueblo. Era el grito del triunfo sobre los poderosos, que sirve de aldabonazo para acontecimientos futuros igual o más trascendentes si cabe. Después de años, y en muchos casos décadas, de gobiernos municipales de la derecha más rancia, más españolista, más carpetovetónica, años de gobiernos infames que han privatizado servicios municipales esenciales y entregado las arcas públicas al saqueo descarado de las grandes empresas, un gran movimiento de masas ha abierto con fuerza las ventanas, permitiendo que el aire limpio entré en unos ayuntamientos viciados por la corrupción, los recortes y el desprecio a los más débiles.

Manuela Camena, Ada Colau

Las dos principales ciudades del Estado, Madrid y Barcelona, serán gobernadas por candidaturas situadas claramente a la izquierda de la socialdemocracia. En la historia, las grandes transformaciones se reflejan en primer lugar en las grandes concentraciones urbanas, donde las contradicciones de clase son más hirientes, y los trabajadores, la juventud, los sectores más oprimidos bajo el capitalismo pueden poner su sello en la vida social de manera más clara y contundente. Madrid, y Barcelona, Barcelona y Madrid, han sido territorios emblemáticos de las grandes luchas sociales y obreras de las últimas décadas, por no remontarnos al combate contra la dictadura franquista. Y en estos últimos años, como no podía ser menos, se han destacado también por ser la punta de lanza en el auge de la lucha de clases.

En estas dos plazas fue dónde el movimiento del 15M tuvo su primera expresión, su mayor duración, y demostró su capacidad para irradiar al conjunto de los territorios el ejemplo de una indignación que asombró a todos y desafió a los poderosos de manera directa. Pero no sólo eso. También han sido el foco de actividad de plataformas que han despertado la conciencia, que han agrupado y permitido organizar el descontento y la rabia de millones de personas golpeadas por la crisis: desde la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH) hasta las Mareas Ciudadanas. En las huelgas generales, la población obrera y los jóvenes de Madrid y Barcelona cumplieron con su labor militante, y además ofrecieron en estos años ejemplos de luchas heroicas, como la de los trabajadores de Panrico en Barcelona, los de la recogida de basuras o de Coca Cola en Madrid, o la de los miles de huelguistas de las subcontratas de Telefónica, donde el nudo de las tradiciones clasistas, asamblearias, participativas y democráticas ha vuelto a reatarse.

El significado de este triunfo también tiene otra vertiente muy importante. Madrid durante años ha sido un expositor del nacionalismo españolista del PP, sede de la burocracia del Estado y del gobierno central, donde las fuerzas de la reacción han vomitado su discurso cedista, han vilipendiado la cultura y los derechos democrático-nacionales de Catalunya recurriendo a los clichés del franquismo, pretendiendo así atizar el fuego del odio sectario y chovinista. Barcelona, como señaló el Presidente Artur Mas en un acto de apoyo al ex alcalde de Barcelona, Trias, es también una pieza clave en la propaganda de la derecha nacionalista catalana. En no pocas ocasiones, el gobierno de la Generalitat, el mismo que recorta hasta el hueso en la sanidad y la educación pública, el que utiliza la represión policial a saco, el que permite los desahucios y mantiene a barrios enteros en la marginación y la pobreza, el que concede sabrosos negocios con las privatizaciones a las grandes empresas del capital catalán y también mete la mano en la caja, esos nacionalistas burgueses que se envuelven en la senyera para ocultar sus auténticos intereses de clase, también han utilizado Barcelona para exhibir fuerza.

Por eso tiene tanta importancia la victoria de Ada y de Manuela y, tal y como ambas han señalado, ligar y vincular el Madrid y la Barcelona de los oprimidos a un proyecto de justicia social, de lucha por la igualdad y de defensa de los servicios públicos. Su triunfo confirma también los vigorosos lazos que unen a la clase trabajadora por encima de las diferencias nacionales. Nunca antes se había visto un arrope y un entusiasmo tan grande por la elección de dos alcaldesas. Una demostración que también señala el gran instinto de la población oprimida, pues estas dos victorias marcan un objetivo mucho más ambicioso: desalojar del gobierno central a la derecha y lograr que la izquierda que lucha, unida, sin sectarismos, con el programa anticapitalista que el propio movimiento en la calle ya ha señalado, llegue al poder. Entonces la posibilidad de abrir la senda a una profunda y auténtica transformación de la sociedad en beneficio de la población trabajadora, de los oprimidos, de los niños que sufren todos los días la barbarie del capitalismo, dará un gran paso adelante.


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