Tras 72 horas de escrutinio agónico, Trump ha sido derrotado en las elecciones más polarizadas y con más participación de la historia de EEUU. Los resultados muestran que la mayor potencia capitalista del planeta sufre una herida política que no deja de sangrar. Trump resiste sí, pero al final no ha podido con el levantamiento popular que incendió el país de una punta a otra denunciando la violencia policial racista, ni con una catástrofe sanitaria, social y económica que certifica el fin del sueño americano. Por muchos tuits desafiantes que escriba, en unas cuantas semanas hará la maleta y abandonará la Casa Blanca.

Los resultados arrojan numerosas claves para entender el presente y el futuro de la lucha de clases en EEUU. Primero, la consolidación de una base electoral masiva para el trumpismo y lo que representa, que inevitablemente condicionará los acontecimientos venideros y someterá a una fuerte presión al futuro Gobierno demócrata. Segundo, la prueba de que existe una mayoría de la población dispuesta a presentar batalla a la reacción populista de extrema derecha y a las causas que la alimentan, y que trasciende los comicios del 3 de noviembre.

Biden puede reivindicar ser el candidato más votado de la historia, pero la derrota de Trump se ha logrado a pesar de él y de todo el establishment demócrata. Las lecciones de estos años no han pasado en balde, y el avance en la conciencia de millones de oprimidos constituye un factor movilizador de primer orden.

Polarización extrema

La causa fundamental de la derrota del magnate neoyorkino hay que buscarla en la extraordinaria movilización que se ha multiplicado desde su toma de posesión. Las multitudinarias marchas de las mujeres que recibieron su mandato presidencial, las grandes luchas de la juventud contra la legislación antiinmigración, el cambio climático o la utilización de armas y, destacando por encima de todo, una rebelión social contra la violencia racista y supremacista del aparato policial que ha unificado en líneas de clase a decenas de millones de trabajadores blancos, afroamericanos, latinos y  jóvenes de todas las comunidades, han tenido una traducción clara en las urnas. La irrupción de las masas es lo que ha empujado a Trump fuera de la presidencia, y no la mediocre campaña de un candidato como Biden incapaz de socavar la base social de su contrincante.

Más de 16 millones de norteamericanos que en las elecciones de 2016 no acudieron a las urnas lo han hecho esta vez, situando la participación en torno a un 67% del censo. La candidatura de Biden ha obtenido 75.010.459 sufragios (datos del domingo 8 de noviembre), un 50,63% del total y podría superar los 300 votos electorales al final del recuento. Respecto a los resultados de 2016 (65.853.514) significa un incremento del 14% y de 9,1 millones. Trump logra 70.686.229 papeletas, el 47,71% del total y posiblemente ronde los 230 votos electorales. En relación a 2016 (62.984.828) ha aumentado su votación en 12,2 puntos y 7,7 millones. El candidato del partido verde, Howie Hawkins, al que apoyaban diferentes organizaciones de la izquierda socialista, se queda tan solo con 349.470 votos, un 74,8% menos de lo que obtuvieron en las elecciones de 2016 (1.457.218), y su peor votación desde 2008.

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La irrupción de las masas es lo que ha empujado a Trump fuera de la presidencia, y no la mediocre campaña de Biden incapaz de socavar la base social de su contrincante

Estos resultados hay que mirarlos a través del prisma de una legislación electoral antidemocrática, que incluye un colegio electoral que es el que decide la elección del Presidente (no el sufragio universal directo), y que además puede suprimir los derechos de millones de votantes, como sucede en numerosos Estados con la mayoría de las personas encarceladas y con una parte considerable de las personas excarceladas.

Si señalamos lo más sobresaliente de la campaña, Trump no se cansó de insistir en sus soflamas más incendiarias contra el socialismo. Nunca se habían pronunciado más las palabras socialista, extrema izquierda, comunismo… por boca de un Presidente que aspiraba a la reelección. Trump acusó a Biden de ser igual que Castro y Chávez, utilizó en numerosas ciudades el eslogan “contra el socialismo vota Trump”, emplazó a sus seguidores a organizar la resistencia armada contra la extrema izquierda y, finalmente, impugnó el recuento a las pocas horas de haberse iniciado.

Nada de esto es casual. Trump, como han confirmado estas elecciones, no es un aventurero sin perspectiva, ni un verso suelto que actúa motivado por impulsos que requieren de atención profesional. Su aparente locura tiene una lógica implacable. Su discurso refleja la descomposición de la sociedad norteamericana y la desesperación de amplios sectores de la pequeña burguesía que han perdido las certezas del pasado y son presas de un miedo histérico ante un futuro incierto. Estos sectores, que tradicionalmente han tenido un peso social formidable, no renuncian a un modo de vida que les ha granjeado grandes privilegios, y miran con horror la escalada de la lucha de clases, el crecimiento de la izquierda y la influencia de las ideas del socialismo entre la juventud y los trabajadores. Estas capas han declarado la guerra al actual estado de cosas y Trump les ha proporcionado una bandera por la que luchar.

En este magma social participan también millones de trabajadores atrasados, desmovilizados y profundamente desmoralizados por la desindustrialización y el desempleo crónico, los bajos salarios y la pérdida de un estatus que les proporcionaba una estabilidad esfumada para siempre. Absolutamente escépticos con lo que les ofrece el stablishment demócrata, han mantenido su apoyo a Trump con la ilusión de que mejoraría la situación económica. 

Este bloque inflamado por la desesperanza contrarrevolucionaria y el resentimiento ha enseñado su puño. Son realmente una amenaza muy seria para los derechos democráticos, económicos y sociales de los trabajadores, la juventud y de todos los oprimidos que soportan una desigualdad lacerante. Pero este bloque, que ha sido combatido en las calles en una lucha sin cuartel desde hace cuatro años, sale finalmente derrotado a pesar de un sistema electoral monopolizado por los dos grandes partidos de la clase dominante.

Las masas que se han levantado contra Trump no han tenido otra opción para batirle en las urnas que recurrir a la herramienta disponible en este momento, y mucho más después de que Bernie Sanders, al que millones de personas respaldaron en las primarias demócratas, se retirara y capitulara ante el aparato del partido. Sí, las masas en lucha han votado a Biden con la nariz tapada para derrotar a Trump, pero no han depositado la menor confianza en sus políticas. La mayoría sabía perfectamente que el candidato demócrata era parte del problema, no de la solución. 

Es más que evidente que la campaña de Biden no ha generado ilusión. Ha sido un oponente mediocre que ha paseado su servilismo ante las grandes corporaciones, negándose a incluir en su programa ninguna de las propuestas que Bernie Sanders defendió durante las primarias. Esto es lo que explica que Trump haya podido mantener intacta su potencia electoral o incluso reforzarla en algunos estados.

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El discurso de Trump refleja la desesperación de amplios sectores de la pequeña burguesía presas de un miedo histérico ante influencia de las ideas del socialismo entre la juventud y los trabajadores

Una lucha de clases con rasgos revolucionarios

Según revelan las encuestas, el 97% de los votantes de 2016 ha vuelto a hacerlo cuatro años más tarde por el mismo partido. La prensa norteamericana publicaba que el 82% de los que votaron por Biden piensan que “Trump probablemente transformará su país en una dictadura” y el 90% de los votantes de Trump que los demócratas quieren convertirlo en “un país socialista”.

La extrema polarización en las urnas refleja mucho más que el “simple” apoyo a dos candidatos del sistema. Una lectura semejante, después de todo lo que ha acontecido en estos cuatro años, además de sectaria enmascara la realidad: las masas no han dejado de buscar un camino independiente en su acción.

Las elecciones son una parte del conjunto de factores que miden la temperatura del conflicto entre las clases, y teniendo en cuenta el carácter antidemocrático del sistema electoral de los EEUU y la ausencia de un partido de los trabajadores, la auténtica correlación de fuerzas y el enorme potencial existente para cambiar la sociedad solo puede reflejarse de manera muy distorsionada.

Lenin planteó la cuestión de este modo: “A un marxista no le cabe duda de que la revolución es imposible sin una situación revolucionaria; pero no toda situación revolucionaria desemboca en una revolución. ¿Cuáles son, en términos generales, los síntomas de una situación revolucionaria? Seguramente no incurriremos en un error si señalamos estos tres síntomas principales: 1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación (…) Para que estalle la revolución no suele bastar con que ‘los de abajo no quieran’, sino que hace falta, además, ‘que los de arriba’ no puedan seguir viviendo como hasta entonces. 2) Un agravamiento, fuera de lo común, de la miseria y los sufrimientos de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por estas causas, de la actividad de las masas, que en tiempos de ‘paz’ se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los de ‘arriba’, a una acción histórica independiente”.[1]

¿La situación objetiva en EEUU contiene elementos revolucionarios? La respuesta es afirmativa. La catástrofe por la que atraviesan amplísimos sectores de trabajadores afroamericanos y blancos, y también la juventud de las capas medias empobrecidas, explica el carácter de la explosión social que hemos vivido. El levantamiento popular que estalló tras la muerte de George Floyd, con todo lo que puede tener de espontáneo, se ha ido incubando durante años de desigualdad galopante, ataques a los derechos democráticos, brutalidad policial y racismo sistémico. El movimiento se ha unificado apuntando directamente a la oligarquía económica, al establishment político y al aparato del Estado.

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Según The New York Times, más de 30 millones participaron en las manifestaciones que se sucedieron ininterrumpidamente en cientos de ciudades de ese gigantesco país. ¡No hay nada igual en la historia reciente!

Este abismo social es el combustible que ha inflamado la lucha de clases y propulsado el giro a la izquierda. Esta dinámica ya se inició hace cuatro años, cuando irrumpió la candidatura de Bernie Sanders y su discurso por una “revolución política” contra el 1% de Wall Street, y se afirmó con la elección de candidatos a la izquierda del aparato demócrata. Lo que realmente es asombroso, y pocos lo han resaltado, es que a pesar de de la capitulación de Sanders el movimiento continuó creando nuevos cauces para expresarse. El levantamiento contra la violencia policial racista es mucho más que un fenómeno puntual. Representa esa acción histórica independiente de las masas a la que se refería Lenin.

Trump y el sector de la burguesía que lo respalda identificó correctamente la esencia de los acontecimientos, y por eso desataron su hostilidad abierta contra los impulsores de una lucha que empuja con fuerza la conciencia hacia ideas socialistas. Frente a la política de la Casa Blanca, el aparato del partido demócrata trató por todos los medios de encauzar la rebelión hacia el terreno electoral vacitándola de contenido revolucionario y clasista. Sobre estas bases lanzó a su candidato Joe Biden, consiguiendo además el apoyo de Sanders para rodearle de una credibilidad de la que carece. Pero no engañaron a millones de trabajadores y jóvenes, que saben perfectamente que el establishment demócrata comparte el mismo punto de vista que los republicanos en los asuntos fundamentales, tanto en la guerra comercial, en el rescate a la banca y Wall Street o en su inexistente política social. Su voto no ha sido a favor de Biden, sino contra Trump.

Sería un error hacer una lectura mecánica y reduccionista de los resultados electorales. Cabe recordar que hace apenas unos meses, el presidente se encerraba en el búnker de la Casa Blanca y llamó a disparar a los manifestantes decretando el toque de queda. ¿Qué pasó entonces? A pesar de la violencia policial y del despliegue la Guardia Nacional, el movimiento no se arredró, todo lo contrario. Según las estimaciones que publicó The New York Times, más de 30 millones participaron en las manifestaciones que se sucedieron ininterrumpidamente en cientos de ciudades de ese gigantesco país. ¡No hay nada igual en la historia reciente!

¿Acaso se puede comparar la fuerza de este movimiento con las protestas callejeras de la ultraderecha, de los proud boys y el resto de grupos a los que Trump ha jaleado sin descanso? Por supuesto no queremos infravalorar los peligros que representan estas organizaciones. Pero son mucho más débiles que las masas en acción, sobre todo si estas se basan en el programa del socialismo revolucionario.

Precisamente esta amenaza, percibida por millones de jóvenes, de mujeres, de inmigrantes, de afroamericanos, de trabajadores y trabajadoras es lo que explica que, a pesar de ser un candidato mediocre y estar completamente desconectado de las aspiraciones radicales que esta lucha ha colocado en primer plano, Biden haya logrado la mayor votación presidencial de la historia (y Trump la mayor de un candidato derrotado). 

La gran distorsión en EEUU es que no existe un partido independiente de la clase trabajadora, y ese espacio quedó históricamente cautivo por los demócratas. Aunque son un partido burgués, siempre cuidaron sus relaciones con la burocracia sindical y la del movimiento comunitario y por los derechos civiles, a fin de domesticarlos y asimilarlos a la política de colaboración de clases. Dicho esto, la dialéctica del proceso de toma de conciencia y de la organización obrera no se agota en este punto.

La brutal irrupción de Black Lives Matter y de la candidatura de Bernie Sanders, o el crecimiento de los Socialistas Democráticos de América (DSA) que se aproximan a los 70.000 adherentes, muestra que las condiciones para crear ese partido de los trabajadores han madurado. La derrota de Trump lejos de frenar este proceso lo alimentará.

Trump resiste con fuerza

Como hemos señalado, la polarización es un proceso objetivo que se expresa en dos direcciones. La cúpula del partido demócrata confiaba en que se beneficiarían de la inercia generada por las extraordinarias movilizaciones contra el racismo, y de la terrorífica gestión que Trump ha hecho de la pandemia. Igual que con Hillary Clinton hace cuatro años, esperaban una gran oleada azul. Pero la campaña electoral de Biden lejos de herir al candidato republicano le ha seguido entregando apoyos.

Trump resiste en muchas de las áreas deprimidas del famoso “Rust Belt” (cinturón del óxido) del Medio Oeste, de composición mayoritariamente obrera. Es cierto que Biden ha recuperado Michigan, Wisconsin y Pennsylvania por la mínima, pero se aleja de las grandes mayorías demócratas del pasado y sigue cediendo Ohio a los republicanos.

Algunos analistas han destacado que Trump obtiene los mejores resultados de un candidato republicano entre la población afroamericana, pero el crecimiento de su apoyo es limitado y sería una exageración considerarlo un fenómeno de fondo. En todo caso sus mejores marcas entre estos sectores se explican por razones similares a las de las capas más atrasadas y desmovilizadas de los trabajadores: la ilusión de que con Trump la situación económica puede mejorar con más rapidez. De todas formas los ejemplos en sentido contrario son abrumadoramente numerosos y relevantes, como la mayoría aplastante contra Trump en Clayton, el suburbio afroamericano de Atlanta que ha sido decisivo para dar a los demócratas su primer triunfo en Georgia en 24 años.

Se ha especulado también mucho sobre los votos latinos, pero los análisis más serios muestran una escisión en líneas de clase. En Florida las encuestas pronosticaban una batalla reñida entre los dos candidatos, pero la balanza se inclinó decisivamente para Trump cuando en el condado de Miami-Dade la diferencia de casi 30 puntos que en 2016 logró Hillary Clinton, se redujo para Biden a poco más de 7. Ese resultado fue clave para que los 29 votos del Colegio Electoral de Florida se fueran a la cuenta de Trump. Según la encuesta que realizó a pie de urna la cadena NBC News, Trump ganó la mayoría del voto cubano, venezolano y colombiano de Miami tras una campaña centrada en denunciar a Biden como socialista. Incluso este hecho no puede ocultar que los votantes de Florida hayan aprobado una resolución para aumentar el salario mínimo a 15 dólares la hora.

El voto de la clase trabajadora latina más humilde, empleada en tareas domésticas, hostelería o en las grandes explotaciones agrícolas, explica el vuelco histórico en Arizona y el significativo retroceso republicano en Texas, aunque es cierto que el candidato democrata ha perdido un poco de terreno en algunos condados de mayoría latina en Nuevo México y California en relación a las grandes diferencias que logró Clinton en 2016.

Lo fundamental, como han señalado los sondeos a pie de urna de Edison Research, es que la base electoral de Trump apenas ha cambiado desde 2016. Obtiene sus mayores apoyos de hombres blancos, de más de 65, rentas altas —superiores a 100.000 dólares anuales—, en zonas rurales, que se declaran católicos, protestantes o evangélicos. Este sector de clase media ha entendido a la perfección su mensaje durante la pandemia: la economía está por encima de la vida y la salud de los trabajadores. Por eso, aunque las cifras de víctimas del coronavirus superen los 240.000 y sean más de 5 millones los contagiados, las fuentes de ingresos de estos sectores han pesado decisivamente en su voto.

Millones de pequeño burgueses, y en EEUU hay muchos, han girado hacia la extrema derecha aterrorizados por el cambio de época que viven, porque sienten que sus privilegios están amenazados por una movilización social que logra conquistas como el salario mínimo de 15 dólares la hora, construye sindicatos y organizaciones sociales combativas contra el ideario reaccionario, machista y racista que siempre ha imperado entre los pequeños y medianos propietarios. Trump consolida una base firme entre estas capas acomodadas, llamadas a rebato en estos comicios como si les fuera la vida en ello, y entre sectores de la clase obrera blanca del interior del país muy golpeadas por la crisis.

Presentándose a la vez como una garantía de supervivencia frente a la amenaza interior y exterior, ¡contra China, América primero!, ha movilizado reservas sociales considerables, pero ha sido incapaz de poner freno a la decadencia del capitalismo estadounidense, traer las fábricas a casa o doblegar el poderío tecnológico y productivo chino. Su demagogia se dirige contra el establishment político o los medios de comunicación, pero la oligarquía financiera se ha enriquecido mucho más bajo su mandato.

Una crisis profunda de la democracia burguesa

El candidato republicano ha jugado con fuego al agitar un discurso extremadamente reaccionario y espolear conscientemente la polarización. Pero no es más que la expresión de un fenómeno objetivo, que refleja un cambio político profundo. La burguesía estadounidense se encuentra dividida sobre la forma de proteger sus intereses, sobre el mejor modo de asegurar su dominación de clase. Ahora que Biden ha triunfado, incluso dentro de los republicanos se alzan voces que piden respeto a las instituciones y la vuelta a un entendimiento que pueda “coser las heridas de un país dividido”.

Trump sigue en sus trece denunciando el carácter ilegítimo del recuento y prometiendo recurrir a los tribunales para impugnar el resultado. Pero no parece que vaya a prosperar en sus maniobras. Incluso sectores que han estado con él en estos cuatro años dando pábulo a todas sus ocurrencias y apuntalando sus excesos, como la cadena de televisión Fox, han rechazado las acusaciones de fraude, aunque es evidente que la burguesía norteamericana no hace ascos a este recurso como se demostró en las elecciones robadas a Al Gore en 2000, cuando los tribunales pararon el recuento en Florida y dieron la victoria a George W. Bush.

Ahora el contexto es muy diferente. Si respaldan a Trump en su denuncia y paralizan el funcionamiento del sistema electoral, la crisis que sufre la democracia burguesa en EEUU entraría en una fase de caos descontrolado. Las masas no aceptarían algo semejante. Las movilizaciones desatadas tras el asesinato de George Floyd podrían palidecer. El movimiento volvería a escena, no para cantar parabienes a Biden, sino para enfrentarse a Trump y a todo lo que representa con una determinación extraordinaria. Sería una segunda vuelta en las calles que muy pocos quieren.

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Trump sigue en sus trece denunciando el carácter ilegítimo del recuento y prometiendo recurrir a los tribunales para impugnar el resultado. Las masas no aceptarían algo semejante

Desde el punto de vista de los intereses a corto plazo de la clase dominante se impone volver a la normalidad, lograr estabilidad y “consenso” para enfrentar un periodo impredecible, a tenor de las dimensiones de la crisis mundial. Dentro del partido republicano ya han salido personalidades acusando el miedo a despertar nuevamente un tsunami social. Cuando tres cadenas de televisión cortaban la emisión del discurso del presidente en directo, lo hacían siguiendo instrucciones muy precisas. ¡Poner en duda el sistema electoral, las instituciones y la “democracia al estilo americano” no favorece a Wall Street!

La voz de los grandes capitalistas a los que representa el aparato demócrata trata de capear el temporal y calmar los ánimos a marchas forzadas, mandando los mensajes más conciliadores: nuestra democracia es fuerte, nuestras instituciones funcionan. El problema para ellos es que el partido republicano se ha fusionado con Trump, o mejor dicho, el trumpismo se ha convertido en la base social y electoral del partido republicano y, lejos de entrar en declive, ha demostrado su consistencia.

El futuro inmediato, por tanto, se presenta complicado para la clase dominante. Todos los factores que han dado lugar a esta polarización extrema no solo no han desaparecido, se van a recrudecer. Las divisiones y la tensión social no se evaporarán porque expresan la profunda crisis de la forma de dominación capitalista que azota a la primera potencia mundial, pero que se extiende también a otras naciones. La burguesía lucha por mantener el control de la situación, cuando los elementos en los que se han basado para hacerlo pacíficamente durante muchas décadas están seriamente cuestionados y no sirven como antaño. Es el fruto de la decadencia de un sistema enfermo y gangrenado. 

Preparar las fuerzas para nuevos combates. Por un partido de los trabajadores con un programa socialista

La legislatura para el candidato más votado de la historia será mucho más parecida a una pesadilla que a un camino de rosas.

Cuando Barack Obama asumió la presidencia en 2008, en pleno estallido de la crisis financiera, sí existía una enorme confianza en él. En aquel momento había superado por más de 10 millones de votos al republicano John McCain (69,5 millones frente a 59,9 millones), pero sus ocho años en la Casa Blanca supusieron una tremenda frustración por la marcha atrás en las principales reformas que había anunciado, especialmente las referidas a una sanidad pública universal y a la lucha contra el racismo sistémico. En las elecciones de 2012 fue reelegido, pero se dejó en el camino cerca de 4 millones de votos.

La administración Obama sembró el terreno para dos grandes acontecimientos: la impresionante campaña de Bernie Sanders durante las primarias demócratas en 2016 y su “revolución política contra el 1% de Wall Street”, y dejar una herencia envenenada que llevó a la candidata Hillary Clinton a perder las elecciones frente a Trump.

Las cosas ahora son muy diferentes a 2008. La nueva recesión mundial tendrá efectos más calamitosos sobre la economía estadounidense, y agudizará aún más la guerra con China. La destrucción de los servicios públicos en EEUU, la pobreza y la desigualdad es mucho mayor que hace doce años. Biden no tiene ni la credibilidad ni la popularidad de Obama. Es un líder decrépito al que le han colocado al lado una figura como Kamala Harris, de cara a prepararla para las presidenciales de 2024 y mantener el guiño hacia la comunidad afroamericana. Ambos pretenden continuar con las políticas capitalistas evitando nuevos estallidos e intentando coser las costuras sociales desgarradas, pero eso es algo más que improbable en las actuales circunstancias.

Al referirse a la crisis económica de 1929 Trotsky escribió: “En un organismo con la sangre envenenada, cualquier pequeña enfermedad tiende a cronificarse; en el organismo podrido del capitalismo monopolístico, las crisis asumen una forma particularmente maligna”. Estas palabras se aplican perfectamente al momento actual en EEUU.

La revista Forbes señala que hay 607 plutócratas norteamericanos con una fortuna personal superior a los mil millones de dólares (925 millones de euros), y según datos del Institute for Policy Studies, con sede en Washington DC, en las tres semanas de mayor incidencia de la pandemia, del 18 de marzo al 10 de abril de 2020, estos milmillonarios incrementaron su patrimonio en 282.000 millones de dólares. En ese mismo periodo 22 millones de estadounidenses se apuntaban a las listas del desempleo.

¿Acaso Biden dará marcha atrás en este estado de cosas? Por supuesto que no. La pandemia de la COVID19 además de costar ya más muertes estadounidenses que la Segunda Guerra Mundial y la de Vietnam juntas, ha dejado imágenes insólitas para el país más rico del mundo, como las colas del hambre o los entierros en zanjas de los parques públicos. Pero Biden miró para otro lado y criticó con la boca pequeña a Trump por su gestión sanitaria, sin cuestionar las bases objetivas que han desencadenado esta matanza. Ciertamente la pauperización de la clase trabajadora y de amplios sectores de las capas medias no empieza con Trump, es un legado transmitido por las anteriores administraciones demócratas y republicanas.

Biden continuará ayudando a manos llenas a los grandes monopolios, aprobando los planes de “rescate” y la compra de deuda corporativa que sea necesaria para sostener sus cuentas de resultados, exactamente igual que hizo Obama. Y se olvidará por completo de los millones que le han dado la presidencia. El futuro inquilino de la Casa Blanca ha dejado claro cuales serán sus prioridades: alentará la guerra comercial con China manoseando el nacionalismo económico, igual que Trump, para desviar la atención de los graves problemas domésticos que se acumulan. No llevará a cabo ninguna depuración ni desfinanciación de la policía racista, y no tocará los negocios multimillonarios de la sanidad privada salvo que la lucha de masas lo obligue. Tampoco acabará con una deuda estudiantil universitaria que supera 1,5 billones de dólares, ni con la degradación de la enseñanza pública o la falta de vivienda digna y asequible. En cuanto al racismo se limitará a nuevos brindis al sol, pero mantendrá a los trabajadores y la juventud afroamericana bajo las mismas condiciones de desigualdad.

Por tanto, la pregunta que se pone sobre la mesa ahora es cómo avanzar después de la derrota de Trump. El giro a la izquierda en amplias capas de la sociedad norteamericana está fuera de discusión, pero la ausencia de una organización política de la clase trabajadora y la juventud es un obstáculo para que ese potencial transformador se concrete en una alternativa anticapitalista de masas.

La experiencia ya ha mostrado que el partido demócrata ni ha sido ni será la herramienta que necesitamos para esta batalla. Es un instrumento de la burguesía, está a su servicio y, por tanto, no sirve para derrotar los recortes sociales, el racismo o la violencia policial. Pensar que trabajando dentro del partido demócrata es posible acumular las fuerzas necesarias para levantar un partido de los trabajadores es una utopía reaccionaria. Las lecciones de la candidatura de Bernie Sanders han sido concluyentes sobre este asunto. La cuestión es que, a diferencia de Sanders, que ha malogrado el enorme apoyo que cosechó negándose a construir una organización independiente, la izquierda organizada sí puede dar pasos adelante consistentes para aglutinar a millones de trabajadores y jóvenes. La tarea no se presenta sencilla, pero derrotar a Trump tampoco lo era.

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La irrupción de Black Lives Matter y de la candidatura de Bernie Sanders, o el crecimiento del DSA que se aproximan a los 70.000 adherentes, muestra que hay condiciones para crear ese partido

En esta estrategia se necesita abandonar el cretinismo parlamentario y entender las limitaciones del terreno electoral. Un partido de los trabajadores y la juventud no renunciará jamás a participar en los comicios locales o generales, peleando por utilizarlos como una tribuna para la propaganda y la organización. Pero no se trata de crear una maquinaria electoral sino de construir un partido para la lucha de clases, enraizado en los barrios, empresas, fábricas y centros de estudio, en el movimiento obrero y sindical, en las movilizaciones vecinales y comunitarias, en las organizaciones antirracistas, en el movimiento feminista…, y hacerlo defendiendo un programa de clase, socialista e internacionalista para dar respuesta, y también victorias, a las aspiraciones de millones.

Una alternativa así podría arrancar del discurso demagógico de Trump a sectores de las capas medias y de la clase trabajadora que hoy se encuentran en la trinchera equivocada por pura desesperación y porque nadie les ofrece una vía para resolver sus problemas inaplazables. Las condiciones para recorrer este camino son evidentes gracias a la lucha de estos años. El movimiento de apoyo a Bernie Sanders dejó claro que una alternativa así era perfectamente posible, y lo mismo pone de manifiesto el crecimiento en militancia e influencia del DSA.

Los asesores de Biden ya se han lanzado a tumba abierta a proclamar una nueva era de “unidad nacional”, y contarán con un potente eco en los medios de comunicación, incluido sectores del republicanismo más tradicional. Pero la cruda realidad de la crisis dejará en evidencia este señuelo y continuará agitando la conciencia de millones, que avanzarán más en sus conclusiones políticas.

Nada es automático en la lucha de clases. EEUU ha entrado en un periodo convulso y la tarea de las corrientes y organizaciones que se reclaman de la izquierda revolucionaria no es lamentarse de las oportunidades pérdidas, ni adoptar mensajes y enfoques sectarios que los alejen de los activistas. Es necesario establecer un lenguaje común con los millones que se han movilizado en las calles y en las urnas, para elevar su comprensión de las tareas del momento y la necesidad de forjar una organización marxista revolucionaria.

Todo lo que ocurre en la primera potencia mundial tiene consecuencias inmediatas en el resto del mundo. La derrota de Trump envía muy malas noticias a Bolsonaro en Brasil, a Salvini en Italia, a Johnson en Gran Bretaña, a Alternativa por Alemania o a la ultraderecha de Vox. Pero la amenaza del trumpismo sigue viva y puede rebrotar incluso con más fuerza en el futuro, pues se alimenta de la crisis orgánica del capitalismo.

La tarea más importante de nuestra clase en este período es prepararnos para esta batalla, y hacerlo pasa por construir la alternativa revolucionaria que los oprimidos de EEUU y del mundo entero necesitamos para vencer. 

 OBAMA08   McCAINE   OBAMA12   ROMNEY 
Alabama 38,74% 60,32% 38,36% 60,55%
Alaska 37,89% 59,42% 40,81% 54,80%
Arizona 45,12% 53,64% 44,59% 53,65%
Arkansas 38,86% 58,72% 36,88% 60,57%
California 61,01% 36,95% 60,24% 37,12%
Colorado 53,66% 44,71% 51,49% 46,13%
Connecticut 60,59% 38,22% 58,06% 40,73%
Delaware 61,94% 36,95% 58,61% 39,98%
District of Columbia 92,46% 6,53% 90,91% 7,28%
Florida 51,03% 48,22% 50,01% 49,13%
Georgia 46,99% 52,20% 45,48% 53,30%
Hawaii 71,85% 26,58% 70,55% 27,84%
Idaho 36,09% 61,52% 32,62% 64,53%
Illinois 61,92% 36,78% 57,60% 40,73%
Indiana 49,95% 48,91% 43,93% 54,13%
Iowa 53,93% 44,39% 51,99% 46,18%
Kansas 41,65% 56,61% 37,99% 59,71%
Kentucky 41,17% 57,40% 37,80% 60,49%
Louisiana 39,93% 58,56% 40,58% 57,78%
Maine 57,71% 40,38% 56,27% 40,98%
Maryland 61,92% 36,47% 61,97% 35,90%
Massachusetts 61,80% 35,99% 60,65% 37,51%
Michigan 57,43% 40,96% 54,21% 44,71%
Minnesota 54,06% 43,82% 52,65% 44,96%
Mississippi 43,00% 56,18% 43,79% 55,29%
Missouri 49,29% 49,43% 44,38% 53,76%
Montana 47,25% 49,51% 41,70% 55,35%
Nebraska 41,60% 56,53% 38,03% 59,80%
Nevada 55,15% 42,65% 52,36% 45,68%
New Hampshire 54,13% 44,52% 51,98% 46,40%
New Jersey 57,27% 41,70% 58,38% 40,59%
New Mexico 56,91% 41,78% 52,99% 42,84%
New York 62,88% 36,03% 63,35% 35,17%
North Carolina 49,70% 49,38% 48,35% 50,39%
North Dakota 44,62% 53,25% 38,69% 58,32%
Ohio 51,50% 46,91% 50,67% 47,69%
Oklahoma 34,35% 65,65% 33,23% 66,77%
Oregon 56,75% 40,40% 54,24% 42,15%
Pennsylvania 54,49% 44,17% 51,97% 46,59%
Rhode Island 62,86% 35,06% 62,70% 35,24%
South Carolina 44,90% 53,87% 44,09% 54,56%
South Dakota 44,75% 53,16% 39,87% 57,89%
Tennessee 41,83% 56,90% 39,08% 59,48%
Texas 43,68% 55,45% 41,38% 57,17%
Utah 34,41% 62,58% 24,75% 72,79%
Vermont 67,46% 30,45% 66,57% 30,97%
Virginia 52,63% 46,33% 51,16% 47,28%
Washington 57,65% 40,48% 56,16% 41,29%
West Virginia 42,59% 55,71% 35,54% 62,30%
Wisconsin 56,22% 42,31% 52,83% 45,89%
Wyoming 32,54% 64,80% 27,82% 68,64%
U.S. Total 52,93% 45,65% 51,06% 47,20%

 

 HILLARY   TRUMP16   BIDEN20   TRUMP20 
Alabama 34,36% 62,08% 37,00% 62,00%
Alaska 36,55% 51,28% 33,00% 63,00%
Arizona 45,13% 48,67% 50,00% 49,00%
Arkansas 33,65% 60,57% 35,00% 63,00%
California 61,73% 31,62% 65,00% 33,00%
Colorado 48,16% 43,25% 55,00% 42,00%
Connecticut 54,57% 40,93% 59,00% 39,00%
Delaware 53,09% 41,72% 59,00% 40,00%
District of Columbia 90,48% 4,07% 93,00% 5,00%
Florida 47,82% 49,02% 48,00% 51,00%
Georgia 45,64% 50,77% 50,00% 49,00%
Hawaii 62,22% 30,03% 64,00% 34,00%
Idaho 27,49% 59,26% 33,00% 64,00%
Illinois 55,83% 38,76% 55,00% 43,00%
Indiana 37,91% 56,82% 41,00% 57,00%
Iowa 41,74% 51,15% 45,00% 53,00%
Kansas 36,05% 56,65% 41,00% 57,00%
Kentucky 32,68% 62,52% 36,00% 62,00%
Louisiana 38,45% 58,09% 40,00% 59,00%
Maine 47,83% 44,87% 54,00% 43,00%
Maryland 60,33% 33,91% 63,00% 35,00%
Massachusetts 60,01% 32,81% 65,00% 33,00%
Michigan 47,27% 47,50% 51,00% 48,00%
Minnesota 46,44% 44,92% 53,00% 45,00%
Mississippi 40,11% 57,94% 39,00% 60,00%
Missouri 38,14% 56,77% 41,00% 57,00%
Montana 35,75% 56,17% 40,00% 57,00%
Nebraska 33,70% 58,75% 39,00% 59,00%
Nevada 47,92% 45,00% 50,00% 48,00%
New Hampshire 46,98% 46,61% 53,00% 46,00%
New Jersey 55,45% 41,35% 58,00% 40,00%
New Mexico 48,26% 40,04% 54,00% 44,00%
New York 59,01% 36,52% 58,00% 40,00%
North Carolina 46,17% 49,83% 49,00% 50,00%
North Dakota 27,23% 62,96% 32,00% 65,00%
Ohio 43,56% 51,69% 45,00% 53,00%
Oklahoma 28,93% 65,32% 32,00% 65,00%
Oregon 50,07% 39,09% 56,00% 40,00%
Pennsylvania 47,46% 48,18% 50,00% 49,00%
Rhode Island 54,41% 38,90% 59,00% 39,00%
South Carolina 40,67% 54,94% 43,00% 55,00%
South Dakota 31,74% 61,53% 36,00% 62,00%
Tennessee 34,72% 60,72% 37,00% 61,00%
Texas 43,24% 52,23% 46,00% 52,00%
Utah 27,46% 45,54% 37,00% 59,00%
Vermont 56,68% 30,27% 65,00% 32,00%
Virginia 49,73% 44,41% 54,00% 44,00%
Washington 52,54% 36,83% 59,00% 39,00%
West Virginia 26,43% 68,50% 30,00% 68,00%
Wisconsin 46,45% 47,22% 49,00% 49,00%
Wyoming 21,63% 67,40% 27,00% 70,00%
U.S. Total 48,18% 46,09% 50,60% 47,70%

 

Notas. 

[1] Lenin, La bancarrota de la Segunda Internacional, p. 21 FFE, Madrid 2019


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