Ecuador vive una insurrección popular que ha puesto contra las cuerdas al régimen de Lenin Moreno. En el momento en que se publica este artículo la huelga general paraliza el país, Quito es el escenario de una imponente movilización de masas y el gobierno ha huido a la ciudad de Guayaquil. El martes 8 de octubre los manifestantes lograron ocupar la Asamblea Nacional donde pretendían instalar un “Parlamento popular del pueblo”, aunque finalmente fueron desalojados por las fuerzas antimotines. La batalla contra la agenda neoliberal se ha transformado en una auténtica crisis revolucionaria.

 En el mes de marzo de este año, el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, se jactaba de cerrar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para obtener un préstamo inicial de 4.200 millones de dólares, que se ampliará hasta un total de 10.000 millones (¡casi un 10% del PIB del país!). Pero las contrapartidas de este préstamo no se han hecho esperar. El pasado 1 de octubre Moreno presentó “El Paquetazo”, un plan salvaje de recortes sociales y medidas de austeridad, que incluyen la eliminación del subsidio al precio de los carburantes hasta triplicarlos.

La respuesta de la población no se hizo esperar, y las centrales de los transportistas llamaron al paro general que se extendió rápidamente por todo el país. El contraataque de Moreno, declarando el estado de excepción, encendió la mecha de la insurrección sumando al movimiento campesino y las comunidades indígenas. El empuje de las masas es tal que ha forzado a Moreno a trasladar la sede de gobierno a Guayaquil, mientras la capital es ocupada por decenas de miles de campesinos y trabajadores, a la vez que el Frente Unitario de los Trabajadores (FUT), la mayor central obrera, y la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) han convocado a la huelga general para este miércoles 9 de octubre.

De Correa a Lenin Moreno: no hay salida bajo el capitalismo

La economía de Ecuador esta dominada por el capital imperialista y el mercado mundial. En el año 2000 la clase dominante decidió imponer el dólar como moneda nacional para superar la crisis de inflación, recortando duramente el poder adquisitivo. El 90% del PIB depende de las exportaciones de materias primas y de petróleo. Así mismo, la escasa industria del país se concentra en manos de transnacionales, generando una economía totalmente dependiente y endeudada Las tasas de desempleo y trabajo informal supera el 80% en el campo y el 50% en las ciudades.

La lucha de clases en Ecuador durante la década de 2000 sufrió un gran recrudecimiento, en un contexto de depresión económica y gobiernos entregados. Las masas protagonizaron grandes batallas revolucionarias que acabaron con el derrocamiento de tres presidentes (Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez). A la onda expansiva de los procesos revolucionarios en Venezuela y Bolivia se sumó Ecuador tras la victoria electoral de Rafael Correa en 2007.

Con Correa se abrió el periodo conocido como “Revolución Ciudadana”. Su objetivo era llevar a cabo las medidas que otros gobiernos como el de Evo Morales o Chávez habían puesto en marcha beneficiándose de los altos precios para las materias primas, especialmente del petróleo. Sin duda, la agenda reformista de Correa supuso una mejora parcial en las condiciones de vida de un sector de la población más pobre, pero Correa no tocó lo fundamental de la propiedad capitalista: no nacionalizó la banca, ni los sectores estratégicos de la economía, y tampoco depuró la cúpula militar.

Sin determinación para romper con el capitalismo, Correa se enfrentó a una doble presión. Por un lado, la hostilidad de la oligarquía ecuatoriana, del alto mando militar y policial, del imperialismo norteamericano, que urdieron constantes complots y golpes de Estado para derrocarlo, que fueron frustrados pro la movilización de masas. Por otro, y más importante, el deterioro creciente de la economía tras el colapso del precio del petróleo y que hicieron crecer el endeudamiento del país. El gobierno de Correa no solo renunció a profundizar el proceso revolucionario sino que, nadando entre dos aguas, intentó contentar a los acreedores y especuladores internacionales con medidas de ajuste, se enfrentó a una movilización popular creciente, y no hizo nada por frenar la red de corrupción que se generó en su administración.

Correa depositó toda su confianza en uno de sus máximos colaboradores, Lenín Moreno, su vicepresidente hasta 2013, y candidato a Presidente en 2017 por la coalición Alianza País. Moreno venció con el 51% de de los votos, pero nada más asumir el cargo propició un enorme giro a la derecha defendiendo la liberalización de la economía, incluyendo una reforma laboral favorable a los empresarios, y marcó distancias públicas con su predecesor. Para congraciarse con el imperialismo norteamericano y establecer sus credenciales de aliado, entregó a Julian Assange a la justicia británica. Este giro, inesperado para las masas, generó un periodo de confusión que ahora se ha disipado.

El FMI, un viejo conocido en Latinoamérica

Las intervenciones del FMI en el continente solo han sembrado pobreza extrema, precariedad, destrucción de la economía y desesperación entre la población. Las políticas neoliberales de los diferentes gobiernos de la región han generado situaciones insostenibles de endeudamiento público dirigido a mantener y fortalecer los negocios de los grandes capitales nacionales y extranjeros. Todas estas medidas han sido respondidas por las masas y reprimidas con una dureza extrema: el Caracazo en 1989, el Corralito en Argentina en el 2001 o la Masacre de Octubre en el 2003 en Bolivia son ejemplos de insurrecciones populares que golpearon duramente la estabilidad capitalista en sus países y solo pudieron ser frenadas a base de sangre y fuego, dejando a su rastro decenas, centenares e incluso miles de jóvenes y trabajadores asesinados por el Estado.

En el caso de Ecuador, el paquete de medidas promovidas por el FMI y aceptadas por el Moreno suponen exactamente más de lo mismo.

La medida que más indignación ha provocado es la retirada del subsidio a los combustibles. Y no es para menos. La red de transporte ferroviario y fluvial en Ecuador es sumamente escasa, tanto por la falta de inversión como por la accidentada cordillera de Los Andes y la densidad de la selva. El más mínimo incremento en el precio del carburante supone un alza en los precios de los productos de primera necesidad.

La reforma laboral también ha espoleado la furia de la población: plantea que los contratos temporales (que cubre al 60% de la población activa) podrán renovarse con una rebaja salarial de hasta el 20%. Por su parte, los funcionarios públicos verán reducidas sus vacaciones pagadas de 30 a 15 días, y tendrán que aportar el sueldo de un día de trabajo en forma de impuesto extraordinario, en un país donde el salario mínimo oficial apenas llega a los 400 dólares y a día de hoy el 35% de la población ingresa per cápita menos de 50 dólares al mes. De llevarse a cabo, estas medidas supondrán un golpe sin precedentes a las condiciones de vida de la mayoría de la población, y sus consecuencias sociales serán catastróficas.

Las masas entran en acción

Respondiendo al anuncio de Lenín Moreno el pasado 1 de octubre, los transportistas se pusieron en paro indefinido, generando una situación de bloqueo en las principales ciudades y carreteras del país, a los que se sumaron de inmediato los principales sindicatos, los estudiantes y decenas de organizaciones de campesinos e indígenas. Las tradiciones de lucha revolucionaria de 1997, 2000 y 2005, que supusieron la renuncia de tres presidentes, han gravado a fuego la memoria colectiva de los oprimidos ecuatorianos y están jugando un papel clave.

En respuesta a la inmensa ola de movilización, Lenín Moreno desató una ofensiva represiva, decretó el Estado de Excepción eliminando el derecho de reunión y manifestación, impuso el toque de queda y movilizó por todo el territorio al ejército para atacar a los manifestantes. El saldo de los enfrentamientos entre la población y los cuerpos represivos es, hasta el momento de escribir el artículo, de más de 500 detenidos y decenas de heridos.

Como ha ocurrido en muchas ocasiones a lo largo de la historia, el látigo de la represión no ha hecho más que encender la insurrección. A pesar del levantamiento del paro de transportistas, las centrales obreras han continuado la movilización empujadas por la fuerte presión de los activistas y las masas, hasta convocar la huelga general del 9 de octubre.

Además, decenas de miles de campesinos indígenas organizados a través de la CONAIE, que se ha sumado a la convocatoria, han marchado a Quito para ocupar la ciudad, bloqueando carreteras y provincias enteras por todo el país. De hecho, la CONAIE respondió a las medidas represivas del gobierno declarando su propio estado de excepción, prohibiendo la entrada de las fuerzas armadas en sus territorios, hasta el punto de capturar a decenas de militares y policías. Tanto en 1997 como en el 2000, el movimiento indígena jugó un papel principal en la caída de los presidentes Abdalá Bucaram y Jamil Mahuad.

Las imágenes de las protestas, que se viralizan por las redes sociales, son impresionantes. Miles de indígenas llegando a las ciudades mientras son aclamados por trabajadores y jóvenes. Transportistas bloqueando las carreteras principales. Estudiantes y vecinos agolpados en las plazas. La sensación de fuerza y confianza que tienen las masas ecuatorianas es espectacular.

Y esto no escapa a los poderosos: en la tarde del 7 de octubre tras el bloqueo total de la capital, Lenín Moreno trasladó todo su gabinete a Guayaquil, mientras lanzaba acusaciones contra el régimen venezolano de Maduro como “cerebro” en la sombra de la insurrección, y realizaba llamamientos al diálogo y a la paz social.

Es evidente que el gobierno se encuentra en una posición de inmensa debilidad. A pesar del silencio mediático internacional, pocos mandatarios han salido en su defensa. Solo el golpista venezolano Juan Guaidó se ha pronunciado en solidaridad con el gobierno de Moreno.

Correa y sus aliados han mostrado un apoyo tímido al levantamiento, sin encontrar mayor simpatía en éste. Aunque en las ciudades y el campo muchos simpatizantes de Correa participan activamente en las movilizaciones, el aparato agrupado en torno a su partido, Fuerza Compromiso Social, tiene un miedo enorme a no poder controlar la movilización y que ésta se vuelva en su contra. Además, por más esfuerzo que pongan Lenín Moreno y El Universo (periódico de la oligarquía ecuatoriana) en hablar de “injerencias correístas”, amplios sectores del movimiento se han desvinculado del expresidente, tachándolo de oportunista, y manteniendo su negativa a frenar las revueltas.

Hay que llevar la lucha hasta el final: ¡fuera Lenín Moreno y el FMI! ¡Por el poder obrero!

La fuerza de la clase trabajadora, el campesinado pobre, la juventud y los indígenas en Ecuador es enorme. La huelga general de este 9 de octubre puede ser un duro golpe al gobierno de Moreno. Pero no basta con exigir la retirada de “El Paquetazo”. Este gobierno mentiroso, corrupto y neoliberal que defiende los intereses de los ricos y regala el país al FMI no puede tener ninguna confianza. ¡Hay que echarlos!

Así como se ha declarado el estado de excepción en las zonas indígenas, hay que ir más allá: constituir comités revolucionarios de obreros, campesinos e indígenas con delegados elegibles y revocables que se ocupen de la gestión democrática de la economía, la seguridad, el transporte, etc., y que se coordinen a nivel estatal entre estos. Construir y desarrollar estos comités como organismos del poder obrero que debe generalizarse y extenderse por todo el país, para organizar y endurecer la batalla contra el gobierno y el Estado capitalista, incluyendo la organización de la huelga general indefinida para establecer un gobierno revolucionario.

Junto con este plan de acción hay que levantar un programa socialista que rompa con el capitalismo y la dependencia imperialista, y que unifique a las masas: educación pública gratuita y de calidad; trabajo digno, estable y seguro para todos y todas, con salarios decentes; derogación de todas las contrarreformas laborales; nacionalización de la banca, los monopolios y los latifundios bajo control obrero y campesino; plenos derechos económicos, sociales y políticos a las comunidades indígenas; suspensión de los acuerdos con el FMI y anulación de la deuda contraída por el Estado con los poderes imperialistas.

Hemos visto cómo las masas se rebelan en todo el mundo, y especialmente en Latinoamérica. En México el voto masivo contra la derecha del PRI y el PAN, los levantamientos de estudiantes y trabajadores en Brasil contra Bolsonaro, la respuesta masiva en las calles de Argentina al gobierno neoliberal de Macri, la movilización en Puerto Rico que echó al corrupto Ricky Roselló, las jornadas de revueltas que se viven en Haití… Hay que hacer un llamamiento internacionalista para redoblar las luchas y acabar con el capitalismo salvaje que azota y destruye el continente.

Las masas ecuatorianas vuelven con unas fuerzas espectaculares a hacer suya la consigna de que la lucha es el único camino, y pueden llevar ésta hasta el final.

¡Solo el pueblo salva al pueblo!

¡Por el derrocamiento del capitalismo en Ecuador! ¡Por el poder obrero y socialista!

¡Por la Federación de Repúblicas Socialistas de América Latina!

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