316 páginas • 15 euros

La Fundación Federico Engels acaba de publicar la gran obra de Alfred Rosmer, Moscú bajo Lenin, un testimonio extraordinario de los primeros años del poder soviético, de sus dirigentes principales y de los grandes debates que recorrieron la Internacional Comunista en su época heroica. A continuación publicamos la nota escrita por Antonio García Sinde como introducción al libro.

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Las noticias que a partir de febrero de 1917 empezaron a llegar desde Rusia sacudieron y emocionaron a los trabajadores de todo el mundo. De forma muy especial, los trabajadores de los países europeos partícipes en la guerra imperialista iniciada en 1914, y que durante más de tres años había sembrado el continente de desolación, destrucción y muerte, celebraron con alborozo el levantamiento de los soldados y los obreros rusos en San Petersburgo.

Primero fue el asombro de saber que el todopoderoso zar de todas las Rusias había sido depuesto y arrestado junto con su familia. Inmediatamente después llegaron noticias de que el gobierno ruso estaba entonces en manos de socialistas. Y nuevas noticias, que electrizaban a los trabajadores de todos los países, informaban de que los obreros de las ciudades rusas habían formado consejos (sóviets en ruso) para decidir por sí mismos sobre todos los asuntos que les afectaban, y que su ejemplo era seguido por los soldados y los campesinos.

Tras algunos meses de incertidumbre, marcados por los golpes de la reacción y las continuas concesiones de los ministros mencheviques y socialrevolucionarios que, presididos por Alexander Kerenski, intentaban frenar el avance incontenible de la ola revolucionaria, al fin la gran noticia alcanzó todos los rincones del mundo: los oprimidos de todo el Imperio Ruso, encabezados por el Partido Bolchevique, habían tomado definitivamente el poder e iniciaban con audacia y decisión la construcción de un mundo nuevo.

El movimiento obrero de Europa —los grandes sindicatos y partidos socialdemócratas y laboristas— recibieron las noticias profundamente divididos. Sus afiliados, millones de trabajadores y trabajadoras que habían construido pacientemente los grandes partidos de la Segunda Internacional, simpatizaban plenamente con la Revolución de Octubre, con Lenin, Trotsky y la Internacional Comunista, anhelando seguir los pasos del proletariado ruso. Pero los dirigentes, que habían traicionado abiertamente los principios socialistas apoyando la matanza imperialista y cerrando filas con la burguesía de sus países, veían con desconfianza a los bolcheviques. Y aunque en un primer momento esos mismos dirigentes, ante el entusiasmo generalizado de sus propias bases, tuvieron que refrenar sus críticas al nuevo gobierno soviético, pronto conspiraron junto a la burguesía para derrotar militarmente a la revolución.

El impacto de la Revolución Rusa llegó mucho más allá de las filas de los partidos y sindicatos que se reclamaban de la tradición marxista. También el movimiento anarcosindicalista y sindicalista revolucionario sufrió una profunda conmoción ante los acontecimientos rusos. La tradicional posición anarquista contra el Estado —que negaba la necesidad de la construcción de un poder proletario organizado sobre unas bases radicalmente distintas a las del Estado burgués— se vio desafiada por la fuerza aplastante de los hechos: sin el poder de los sóviets y sin el Ejército Rojo, la revolución hubiera sido borrada del mapa en cuestión de semanas por la acción combinada de la intervención militar imperialista y el boicot económico.

La CNT en el Estado español, sectores de la CGT en Francia y una importante capa de los anarquistas rusos, mostraron desde el primer momento no solo un apoyo sincero a la Revolución Rusa, sino una firme voluntad de seguir los pasos de la clase obrera rusa. Muy pronto, destacados dirigentes de estas organizaciones hicieron todo lo posible para viajar a la Rusia revolucionaria y poder así participar en primera línea en la construcción de una nueva organización internacional del proletariado que se plantease como su primera y prioritaria misión extender la revolución por toda Europa.

Alfred Rosmer y el comunismo

Uno de los sindicalistas revolucionarios que se apresuró a unirse al bolchevismo fue el autor de este libro. Alfred Griot, nombre real de Alfred Rosmer, nació en Nueva York en 1877, hijo de padres franceses emigrados a Estados Unidos. Siendo todavía un niño volvió a Francia con sus padres, que se instalaron en la periferia sur de París.

Empezó a trabajar muy joven, y después de varios pequeños empleos se convirtió en corrector de imprenta, trabajo que desempañó a lo largo de su vida. Sus primeras actividades políticas las desarrolló en el seno del movimiento anarquista francés, aunque muy pronto evolucionó hacia el sindicalismo revolucionario y se convirtió en parte del equipo de dirección de La Vie Ouvriére, el periódico de la Confederación General del Trabajo francesa, fundado en 1909 por Pierre Monattte, otra destacada figura del sindicalismo revolucionario francés que también evolucionó hacia el marxismo tras la Revolución Rusa de 1917.

El estallido en 1914 de la Primera Guerra Mundial fue una verdadera prueba de fuego para las organizaciones obreras. Uno tras otro, los máximos dirigentes de los grandes partidos socialistas y del movimiento sindical cerraron filas con la burguesía de su propio país, apoyaron los presupuestos de guerra e incluso en muchos casos entraron en gobiernos de coalición con las fuerzas de la derecha, traicionando lo que hasta el momento había sido una oposición tajante de las organizaciones obreras a cualquier tipo de guerra imperialista.

Sólo una exigua minoría de dirigentes socialistas se mantuvo fiel al internacionalismo proletario y llamó a los trabajadores de todos los países a luchar sin tregua contra la carnicería imperialista en curso. Entre estos dirigentes, junto a Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo o Karl Liebknecht, figuró desde el primer momento Alfred Rosmer, que, aunque no pudo asistir personalmente a la conferencia de Zimmerwald, fue uno de sus más activos propagandistas en Francia. A raíz de su participación en las actividades antibélicas trabó una profunda amistad con León Trotsky, amistad que mantendrían toda la vida a pesar de que sus caminos políticos no siempre transcurrieron por los mismos derroteros.

Tras el triunfo de la Revolución de Octubre, Rosmer se convierte en uno de los más activos defensores del bolchevismo en el seno de la CGT francesa y forma parte del Comité por la Tercera Internacional de Francia. En mayo de 1920 Rosmer fue elegido por ese Comité como delegado en el II Congreso de la Internacional Comunista, y se trasladó a Moscú. En esta ciudad residiría, en diferentes períodos, hasta 1924.

Rosmer se convirtió en uno de los principales dirigentes del recién nacido movimiento comunista internacional. Formó parte del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y fue uno de los principales impulsores de la Internacional Sindical Roja. Al mismo tiempo participó en primera línea en la tarea de construir el Partido Comunista en Francia, ganando para la causa del bolchevismo a los mejores y más combativos militantes anarcosindicalistas y sindicalistas revolucionarios. Sus responsabilidades como dirigente le permitieron ser testigo de primera mano no sólo de los cruciales debates que marcaron la época inicial del desarrollo del movimiento comunista internacional, sino de los pequeños asuntos de la vida cotidiana en los primeros años de la Unión Soviética. La relación personal de Rosmer con Lenin, Trotsky, Bujarin, Lozovski, Rádek y otros muchos protagonistas de la Revolución de Octubre le permiten dibujar un retrato de estos dirigentes completamente opuesto a la imagen falsificada que nos ha dejado como herencia el estalinismo.

Moscú bajo Lenin

Su experiencia vital en estos años decisivos, su relación con la Revolución Rusa, con sus dirigentes, su participación activa en los debates y en la construcción de la Tercera Internacional, y su opinión sobre los problemas planteados a la revolución socialista en Europa y en el mundo, forman el contenido de Moscú bajo Lenin, el gran libro que Rosmer escribió en 1952 y que constituye una fuente extraordinaria para conocer unos hechos y a unos personajes transcendentales.

En esta obra podremos descubrir a un Lenin completamente distinto a la caricatura construida por Stalin. Lenin se nos aparece como realmente era, tal y como Nadezhda Krúpskaya nos lo describe en sus Recuerdos de Lenin: un hombre cordial y sencillo, siempre dispuesto a aprender de las opiniones y experiencias de cualquier militante, un dirigente que comprendía que para hacer avanzar a las fuerzas de la revolución socialista es fundamental escuchar con atención todos los puntos de vista y estar permanente preparado para reconocer los errores propios y rectificar todas las veces que sea preciso. Eso sí, en cuestiones de principio Lenin era implacable. Ante los oportunistas o ante los dirigentes socialdemócratas que habían traicionado los principios del internacionalismo proletario, Lenin no conocía las medias tintas y denunciaba con rigor a quienes se habían convertido en un obstáculo al avance del proletariado revolucionario. Pero ante los militantes que mostraban dudas o que simplemente exponían opiniones discrepantes, Lenin era todo lo contrario.

La situación de Rosmer en la Internacional Comunista cambió radicalmente a raíz de su V Congreso. Rosmer sufrió en carne propia el ascenso de la burocracia estalinista, un proceso que hunde sus raíces en el aislamiento de la revolución y en las dificultades internas de todo tipo por las que atravesó el país de los sóviets. También fue testigo del inicio de la campaña promovida por Stalin contra la Oposición de Izquierda. En Moscú conoció el llamado Testamento de Lenin, un conjunto de notas dictadas por Lenin a sus secretarias, en las que analiza la creciente burocratización del partido y del Estado soviético, y donde denuncia con rotundidad a Stalin recomendando que sea apartado lo antes posible de la Secretaría General. De vuelta en Francia, Rosmer difundió el Testamento entre los militantes del Partido Comunista Francés (PCF) siendo fulminantemente expulsado.

La expulsión del PCF no interrumpió la labor política de Rosmer: inmediatamente empieza a publicar un nuevo periódico comunista, La Révolution Prolétarienne. Tras el exilio forzoso de Trotsky de la URSS, participó en la fundación de la Liga Comunista de Francia, la sección francesa de la Oposición de Izquierda Internacional.

Las dificultades internas en la construcción de las fuerzas trotskistas (bolcheviques-leninistas) en Francia empujaron a Rosmer a retirarse de la militancia política. Pese a ello mantuvo una estrecha amistad y colaboración política con Trotsky, especialmente con la etapa abierta tras los procesos de Moscú y la represión estalinista durante la revolución española contra los militantes trotskistas, anarcosindicalistas y el POUM, que Rosmer denuncia activamente. Viajó en 1937 a los Estados Unidos a recoger testimonios contra la farsa estalinista, y colaboró en la organización de la Conferencia Constituyente de la Cuarta Internacional, realizada en noviembre de 1938 en su casa de las afueras de París.

Rosmer se reencontraría con León Trotsky en México: el viejo revolucionario ruso encargó a su amigo que viajara acompañando a su nieto Esteban Volkov a su residencia de la capital mexicana, tarea que Rosmer y su mujer cumplirían con entusiasmo y dedicación. Los Rosmer pasarían una larga temporada en compañía de Trotsky y Natalia Sedova en la casa de Coyoacán, y abandonarían México poco antes del asesinato del revolucionario a manos de un agente estalinista.

En sus últimos años Alfred Rosmer concentró todas sus fuerzas en escribir una historia del movimiento obrero europeo y conservar así, en beneficio de las siguientes generaciones de revolucionarios, la memoria de unos años decisivos. Este libro es parte de ese esfuerzo. Vale la pena leerlo y revivir con Rosmer aquellos apasionantes acontecimientos, que representan una fuente de enseñanzas muy útiles ante las nuevas oportunidades revolucionarias que abre la actual crisis del capitalismo.

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En la edición de este libro hemos adaptado nombres propios a la forma usada en la actualidad, como en el caso de Andrés/Andreu Nin, y los topónimos en catalán. Las notas de la editorial están señaladas como tales a lo largo del texto. El resto son notas del autor.


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