Tras la batalla de Lenin en abril de 1917 por reorientar al partido y señalar claramente como objetivo la toma del poder, los bolcheviques tenían por delante una tarea fundamental: ganar la dirección del movimiento de masas. Los acontecimientos que se desarrollaron en junio y julio de 1917 tuvieron una importancia decisiva en la victoria de Octubre.

El poder del gobierno provisional burgués existía sólo sobre el papel. No tenía la fuerza para imponer la política que necesitaba la burguesía. Por otro lado, los sóviets pasaban de ser órganos de vigilancia y fiscalización a órganos de gobierno, desplazando a los representantes locales del gobierno “oficial” por todo el país. Paradójicamente, al frente de estos organismos se hallaban la mayor parte de las veces los partidos reformistas —menchevique y socialrevolucionario—. En los primeros compases de la revolución, la clase obrera había puesto al frente de los sóviets a esos partidos porque representaban la línea de menor resistencia para conseguir sus reivindicaciones fundamentales: paz, pan y tierra.

Esta dualidad de poder surgida de la Revolución de Febrero expresaba que, por una parte, la clase obrera y el campesinado no eran conscientes de que tenían el poder a su alcance, porque sus dirigentes se negaban a tomarlo, y por otra parte la burguesía no era lo suficientemente fuerte para liquidarlo e imponer de nuevo su dominio absoluto. Una situación así es esencialmente temporal. O vence la revolución o la contrarrevolución, la sociedad no puede soportar esa tensión en su seno mucho tiempo.

Constantemente chocaban las aspiraciones de las masas con la política reformista, justificada teóricamente con el argumento de “dejar hacer a la burguesía porque ésta es una revolución burguesa”. El zar había caído, pero Rusia continuaba participando en la guerra. La burguesía rusa utilizaba a mencheviques y socialrevolucionarios para darle a la carnicería imperialista un barniz de “defensa de la revolución”; necesitaba demostrar a los imperialistas franceses y británicos que controlaba la situación, eran aliados poderosos. La guerra se convirtió en un elemento clave para tratar de debilitar el proceso revolucionario. Todo quedaba subordinado a la victoria en la guerra: consolidar la revolución, la subida de salarios, la reforma agraria y el reparto de la tierra, la convocatoria de una Asamblea Constituyente auténticamente democrática, etc. Los regimientos más revolucionarios eran enviados al frente y apartados del movimiento de la ciudad. Para seguir utilizando el enredo de la guerra, el gobierno provisional y el Comité Ejecutivo de los Sóviets fijaron una ofensiva en el frente de Finlandia para los primeros días de julio.

El I Congreso de los Sóviets y la manifestación del 18 de junio

El intento de calmar el descontento de las masas a través de un gobierno de colaboración, con la inclusión de seis ministros socialistas en el gabinete burgués en junio, fracasará pronto. Los reformistas se movían permanentemente en esa contradicción con la burguesía: al mismo tiempo que le entregaban el poder no podían hacerlo por completo, puesto que un gobierno puramente burgués no sería tolerado por las masas. La situación de doble poder, la convivencia de los sóviets con el gobierno de la burguesía se hace cada vez más difícil de sostener.

Una vez más será en Petrogrado, corazón y punta de lanza de la revolución, donde se exprese el choque entre revolución y contrarrevolución. Se organizan mítines en fábricas y regimientos, que expresan el estado de ánimo de las masas y demandan acción. Obreros, soldados y campesinos intentan resolver sus problemas a través de luchas aisladas, intentando sin éxito suplir el papel que los sóviets deberían jugar y no juegan.

En junio se celebró el primer Congre­so de los Sóviets. En su desarrollo se comprobó el creciente apoyo a los bolcheviques entre los obreros y soldados de Petrogrado y su menor influencia en el resto de Rusia.

El gobierno mandó clausurar un local del sóviet de la barriada de Viborg, la más combativa de la capital y donde los bolcheviques tenían más fuerza. La provocación estalló como una bomba en mitad del congreso, y los bolcheviques anunciaron una manifestación de protesta el 10 de junio. El congreso la prohibió. Los bolcheviques no querían una acción prematura y, ante el veto del congreso reformista, desconvocaron una manifestación que originaría una semiinsurrección sin preparación, no sin protestas de los sectores más radicalizados.

El 9 de junio por la noche, cientos de delegados reformistas del Congreso se habían repartido en grupos de diez por barrios obreros y cuarteles para evitar la manifestación. Lo que se encontraron fue una buena dosis de realidad: hartazgo hacia la política del Sóviet y apoyo masivo a los bolcheviques. En esta situación, sectores de los reformistas plantearon la guerra total contra el bolchevismo y así, el ministro menchevique Tsereteli pidió desarmar a los bolcheviques, lo que en la práctica significaba desarmar a los obreros. En palabras de Trotsky: “se acercaba el momento clásico de la revolución (...) la democracia burguesa, acosada por la reacción, pretende desarmar a los obreros que han asegurado el triunfo de una causa revolucionaria”. Sin embargo, ante el riesgo de separarse por completo de su base social, maniobraron convocando una manifestación para el 18 de junio, con el objetivo de recuperar su vínculo con las masas.

La manifestación del 18 de junio dejó claro de qué lado estaba el movimiento en la capital revolucionaria. Más de 400.000 participantes, obreros y soldados, columna tras columna, portaban en sus carteles y pancartas todas las consignas bolcheviques: “¡Abajo los diez ministros capitalistas! ¡Abajo la ofensiva! ¡Todo el poder a los sóviets!”. Como relata Trotsky: “la manifestación del 18 de junio produjo una tremenda impresión sobre los propios manifestantes. Las masas vieron que el bolchevismo se convertía en una fuerza, y los vacilantes se sintieron atraídos hacia él. En Moscú, Kiev, Jarkov, y otras muchas ciudades las manifestaciones pusieron de relieve los avances del bolchevismo”.

Después de la manifestación del 18 de junio, la vanguardia del movimiento —obreros y soldados revolucionarios— no entendía por qué no se iba más allá si habían demostrado que el gobierno no tenía apoyo en la calle, por qué no se derribaba al gobierno provisional igual que se había derribado al zar meses antes.

Los obreros avanzados no esperan. Estallan las Jornadas de Julio

El 3 de julio, el día antes de la partida de las tropas a la nueva ofensiva militar, varios miles de ametralladores irrumpen en la reunión de los comités de compañía de Petrogrado, eligen un presidente propio y exigen que se discuta inmediatamente la cuestión de la insurrección. Rápidamente se eligen delegados encargados de recorrer fábricas y regimientos en demanda de apoyo. Los obreros deciden en diferentes asambleas de fábrica apoyar a los soldados. La manifestación, en la que la espina dorsal son los ametralladores armados, va creciendo en la medida en que se incorporan fábricas que paralizan su actividad y nuevos regimientos.

Una parte de los regimientos envían una delegación al Comité Central Ejecutivo de los bolcheviques con las siguientes demandas: separación de los diez ministros burgueses, todo el poder al Sóviet, suspensión de la ofensiva, confiscación de las imprentas de los periódicos burgueses, nacionalización de la tierra, control de la producción. A las siete de la tarde se paraliza completamente la actividad industrial de la ciudad y avanza una multitudinaria manifestación. Se han iniciado las Jornadas de Julio. ¿Cuál era la actitud de los bolcheviques? El 21 de junio se podía leer a Lenin en Pravda: “Nos hacemos cargo de la amargura, de la excitación de los obreros de Petrogrado. Pero les decimos: compañeros, en estos momentos la acción sería nociva”. ¿Pero no era acaso esto lo que estaban esperando los bolcheviques, que las masas rompieran definitivamente con cualquier esperanza con el gobierno de la burguesía? Además, la influencia de los bolcheviques había crecido, si en abril llegaba a una tercera parte de los obreros, a principios de julio tenían en la sección obrera del sóviet cerca de las dos terceras partes de los delegados.

Pero la revolución no era sólo Petrogrado, los obreros y soldados de la capital no tenían en cuenta que para la victoria de la insurrección era necesario el apoyo de las provincias y del frente. Los bolcheviques comprendían que hacía falta más tiempo, que la experiencia hecha por el movimiento en Petrogrado no era comparable a la de otras partes del país. Y hablaron honestamente a las masas. Junto con los artículos de Pravda, agitadores bolcheviques recorrían fábricas y regimientos haciendo un llamamiento a la calma esperando el mejor momento para garantizar el éxito de la insurrección. Eran recibidos incluso con abucheos por obreros y soldados, que se preguntaban si no serían iguales que mencheviques y socialrevolucionarios. Sin embargo, llegado el momento decisivo, cuando las masas se pusieron en marcha, no eludieron su responsabilidad. En palabras de Kámenev, dirigente bolchevique: “Nosotros no hemos incitado a la acción; pero las masas populares se han lanzado a la calle por propia iniciativa… Y puesto que las masas han salido, nuestro sitio está junto a ellas… Nuestra misión consiste ahora en dar al movimiento un carácter organizado”.

El Comité Ejecutivo ilegaliza la manifestación y busca batallones leales para aplastar el movimiento. Una tarea nada fácil, puesto que la mayoría de regimientos de Petrogrado se unirán al movimiento o permanecerán neutrales hasta ver el desenlace. El 4 de julio, una multitudinaria manifestación de 500.000 personas recorre Petrogrado. A diferencia del 18 de junio, la manifestación va armada, es más compacta y tiene un marcado carácter de clase, ya no se ven estudiantes, funcionarios, médicos o abogados, que de forma tan entusiasta participaron en anteriores manifestaciones. Bajo la consigna “¡Todo el poder a los sóviets!”, se dirigen al Palacio de Táurida, sede del Sóviet. No se trata de una manifestación contra él, su objetivo es exigir al Comité Ejecutivo que asuma todo el poder. Como explica Miliukov, dirigente burgués, cuando los manifestantes de julio llegaron al Palacio de Táurida, un obrero gritó furioso acercando el puño a la cara de Chernov, ministro de Agricultura del gobierno provisional y miembro del Comité Ejecutivo del Sóviet de Petrogrado: “¡Toma el poder, pues te lo dan!”.

Mientras los obreros y soldados intentan someter al Sóviet a su voluntad, los reformistas siguen negándose a tomar el poder que las masas intentan arrebatar a la burguesía. Todo lo contrario, siguen su búsqueda de destacamentos “leales” que aplasten el levantamiento, que califican de contrarrevolucionario.

La contrarrevolución avanza temporalmente

La reacción, utilizando provocadores, dis­para contra la manifestación, intentando desencadenar un conflicto que justifique la intervención armada de regimientos que venían desde el frente en auxilio de los reformistas. La burguesía y los reformistas necesitan una excusa para ahogar en sangre cualquier expectativa revolucionaria. Pacientemente, militantes bolcheviques consiguieron una disolución pacífica de la manifestación. A las cuatro de la madrugada del 5 de julio termina el movimiento, los últimos obreros y soldados que no han abandonado el Palacio de Táurida son desarmados y en algunos casos retenidos. El movimiento de obreros y soldados, al encontrarse con la resistencia incluso armada del organismo al que querían dar el poder, queda desorientado. La jornada se salda con seis muertos y veinte heridos.

En el resto del país el movimiento fue muy limitado, llegando a unas pocas ciudades. Las guarniciones del ejército fuera de Petrogrado no respondieron salvo en casos aislados, dejando el camino libre a la reacción; en Petrogrado, una vez finalizado el movimiento, los batallones que se mantuvieron neutrales se colocaron del lado del Comité Ejecutivo reformista. La intervención del Partido Bolchevique no evitó esta derrota, pero fue decisiva para que no se convirtiera en una derrota total.

El resultado de estas jornadas, unido al desplome de las tropas en el frente el 6 de julio, fue utilizado por la burguesía y los reformistas para acusar a los bolcheviques de actuar como colaboradores de los imperialistas alemanes, intentando desencadenar una ola de chovinismo para ajustar cuentas con ellos. El local bolchevique en el palacio Tchesinskaya fue asaltado, su imprenta destruida, los redactores apaleados y detenidos. Lenin, Zinóviev, Kollontái, Trotsky, Lunacharski y otros dirigentes revolucionarios fueron acusados de traición y reclamados para ser detenidos y juzgados. Lenin tuvo que pasar a la clandestinidad y Trotsky fue encarcelado.

La contrarrevolución se sentía fuerte y preparaba el alzamiento definitivo para aplastar a la clase obrera y sus organizaciones. Sin embargo, la ola de chovinismo y reacción no duró mucho. Dialécticamente, las Jornadas de Julio, aunque saldadas con una derrota, demostraron a las masas que, por una parte, no era tan fácil tomar el poder y, por otra, que ya no era posible seguir por la senda de febrero y se acercaba el momento decisivo. Había que fortalecer el movimiento y preparar el siguiente asalto.

De nuevo, y en pocas semanas, obreros y soldados volvían a encontrar en los militantes bolcheviques a sus mejores compañeros de lucha, encarnando dirección y audacia revolucionarias. La confianza en las ideas y la capacidad revolucionaria de la clase obrera, la ligazón a los comités obreros y los regimientos de soldados más avanzados, permitieron al Partido Bolchevique superar esta situación y afrontar la siguiente prueba de la revolución: el intento de golpe de Estado de la burguesía, el levantamiento de Kornílov en agosto.

También estas jornadas sellarán la completa fusión política entre Lenin y Trotsky, que ya se había manifestado tras el debate en el Partido Bolchevique que terminó en la aprobación de las Tesis de Abril. La organización Interdistritos —dirigida entre otros por Trotsky— participó, muy activamente y con la misma táctica, en la manifestación de julio. En el VI Congreso del Partido Bolchevique, celebrado en la clandestinidad días después de esta manifestación, se aprobó la integración de Interdistritos.


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