El sector bancario se enfrenta a una nueva oleada de despidos, a pesar de que en 2018 obtuvo 16.681 millones de euros de beneficio neto, un 23,2% más que el año anterior.

Desde 2008 los bancos han sufrido una permanente y profunda reconversión, los despidos y el cierre de oficinas no han cesado. Según datos del Banco de España, en 2008 había 278.301 trabajadores en el sector, al acabar 2018 quedaban 188.826. En ese mismo periodo han cerrado 50.000 oficinas. Y para 2019 los despidos se incrementarán: frente a los 1.667 habidos en 2017 y los 3.800 de 2018, este año la previsión es que 7.500 trabajadores, en torno al 4% del total, acaben en el paro.

En concreto, el grupo Santander, que en 2018 obtuvo unos beneficios de 7.810 millones de euros (18% más que en 2017), pondrá en la calle a unos 3.000 empleados. Por su parte, Caixabank, con cerca de 2.000 millones euros de beneficios (17,8% más que en 2017), anunció a finales de noviembre el cierre de más de 800 oficinas, en el marco de su plan estratégico para los próximos tres años y que afectará a más de 2.150 personas. Pero no serán los únicos. Unicaja ya inició el proceso de despidos el pasado diciembre, poniendo encima de la mesa 960 bajas. Liberbank culminará este año un ERE que inició en 2017 y que afecta a 525 trabajadores, el 13% de su plantilla. A esto habría que añadir que, en el caso de concretarse la fusión entre Unicaja y Liberbank, los despidos podrían incrementarse en otros mil.

Reducir costes e incrementar la explotación del trabajador

El argumento defendido por la patronal del sector para justificar los despidos es el supuesto reto tecnológico y la necesidad de adaptarse a las nuevas realidades. Pero a nadie se le escapa que el principal motivo es el de reducir costes, para ello recortan personal y exprimen más a los que se quedan. Además, la patronal bancaria, pretende convertir al cajero en un comercial cuya función central sea vender planes de pensiones, productos financieros, depósitos a plazo, inversiones en bolsa..., áreas de las que obtienen un porcentaje de beneficio mayor y a las que se pretende dar más peso.

Las consecuencias para nuestros ahorros pueden ser muy peligrosas. La presión sobre los trabajadores de los bancos para que intenten convencernos de invertir nuestro dinero en productos de dudosa rentabilidad y, sobre todo, de una más que cuestionable seguridad se incrementará, sentando las bases para que episodios como el de las preferentes se repitan.

Para el trabajador de banca los efectos de esta política ya están siendo muy negativos. Una encuesta del sindicato del sector financiero FINE (Federación, Fuerza, Independencia y Empleo), realizada el año pasado, mostraba que el 91% de los trabajadores de la banca creen que el clima laboral no va a mejorar en los próximos años, el 44% ha necesitado medicación en algún momento y el 84% de los consultados reconocía padecer sobrecarga de trabajo que le había provocado ansiedad, estrés y problemas para dormir (El Confidencial, 14/01/2019).

Frente a esta situación, los dirigentes de CCOO y UGT se limitan a negociar el número de despidos y la cuantía de las indemnizaciones, renunciando desde el primer momento a organizar la lucha en defensa de los puestos de trabajo. Es necesario plantarse y poner fin a la sangría de empleo en el sector y al endurecimiento de las condiciones laborales de los que se quedan, organizando la movilización contundente, decidida y unificada de todos los trabajadores del sector.


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