Las elecciones al Parlamento Europeo se han dado en mitad de la mayor crisis de la Unión Europea desde su creación y con la perspectiva de una nueva recesión en el horizonte. La crisis persistente de la socialdemocracia europea y de los partidos conservadores tradicionales —pilares fundamentales del sistema desde la Segunda Guerra Mundial— el Brexit, la amenaza del ascenso de formaciones xenófobas, nacionalistas y de extrema derecha o el fracaso de la “izquierda alternativa” en ofrecer una alternativa marcan el panorama general. La polarización e inestabilidad que se deriva de todo esto son ingredientes que no hacen más que agrandar el interrogante que sobrevuela el futuro de la UE.

Fin del bipartidismo

El nuevo Parlamento Europeo conformado tras estas elecciones será el más fragmentado de su historia. El castigo a las opciones tradicionales ha provocado el fin del dominio del bipartidismo entre el grupo popular europeo y la socialdemocracia: por primera vez en cuarenta años no alcanzan el 50% de la representación, pasando en conjunto del 54,86% en 2014 al 43,41% en 2019. Pasan, respectivamente, de 216 a 180 eurodiputados y de 185 a 146, perdiendo su hegemonía histórica.

El batacazo de la socialdemocracia es generalizado, salvo en el Estado español donde la ha sido vehículo del voto contra el bloque reaccionario. Especialmente significativo es el golpe recibido por el SPD en Alemania, que con un escaso 15,8% de los votos pierde 11 escaños, siendo superado por Los Verdes. Esta es la consecuencia de años de llevar adelante políticas de recortes y formar parte de gobiernos de coalición con la derecha. Estos resultados han provocado la dimisión de la presidenta del partido, Andrea Nahles, firme partidaria de los pactos con Merkel. También la CDU, a pesar de ser la fuerza más votada, recibe un fuerte revés, perdiendo cinco escaños. Entre ambas formaciones pierden 18 puntos porcentuales respecto a las anteriores europeas: la debilidad de la gran coalición cada vez es un problema mayor para la burguesía alemana.

La extrema derecha consolida sus posiciones pero frustra sus objetivos

El avance de las formaciones xenófobas, de ultraderecha y que abogan por la salida de la UE era uno de los grandes temores que planeaban sobre estos comicios. Este factor y la polarización política interna existente en algunos países han generado un aumento significativo de la participación, alcanzando el 50,5%. Un porcentaje bajísimo que refleja la enorme crisis de credibilidad aqueja a las instituciones burguesas europeas. El incremento se ha notado especialmente en países donde la amenaza reaccionaria era especialmente sentida como el Estado español, donde pasa del 45% al 64%, —aunque aquí ha influido decisivamente la coincidencia con las elecciones municipales y autonómicas— y Vox solo consigue 3 europarlamentarios; en Francia, donde se pasa del 42% al 50% y Marine Le Pen consigue alzarse con la victoria; o Alemania, que pasa del 48% al 61%, beneficiando fundamentalmente a Los Verde y con un avance contenido de la extrema derecha, AfD roza el 11% del voto y crece 4 puntos respecto a 2014.

En total estas formaciones reaccionarias suman 168 escaños (el 25%), lejos del 33% al que aspiraban y que les auguraban algunas encuestas. No obstante, sus resultados no son desdeñables y consolidan su posición en países importantes como Francia, Italia o Reino Unido.

Marine Le Pen logra por segunda vez en las europeas la victoria con su nueva marca Reagrupamiento Nacional y lo hace aparcando el discurso del “Frexit”. Ahora que pretendían aumentar significativamente los resultados de estas formaciones, su objetivo se ha transformado en “tomar la UE para cambiarla desde dentro”. Vence tan sólo por un punto y 200.000 votos a la formación de Macron que ha sufrido un serio castigo electoral por la política que ha aplicado en Francia, y el ambiente social creado por la rebelión de los chalecos amarillos.

Los comentaristas burgueses han destacado con insistencia la victoria de Salvini en Italia y del recién nacido Brexit Party en Reino Unido, como ejemplo del “arrase” de estos partidos ultraderechistas, dando a entender la inexistencia de cualquier tipo de resistencia. Pero para poder valorar con rigor sus resultados es necesario mirar el cuadro completo.

Es cierto que La Liga gana contunden­temente con el 34% de los votos y 28 escaños, y confirma a Salvini como el hombre fuerte del bloque ultra en Europa y en su gobierno, reforzando su posición en él, en detrimento de sus socios del M5S, que cosechan una dura derrota: pierde casi 17 puntos respecto a las elecciones legislativas. Pero también hay que tener en cuenta que estas elecciones han estado marcadas por la baja participación, 3 puntos por debajo que las anteriores. Y, al mismo tiempo avanza el voto al Partido Demócrata, que se coloca como segunda fuerza, con el 22,69%.

En el Reino Unido la participación es menor al 37%. En este contexto el voto que apoya el Brexit en líneas reaccionarias y xenófobas se ha agrupado en torno a Farage. Pero una amplia capa que votó en su día por abandonar la UE como una forma de rechazo a sus políticas capitalistas ha mostrado su hartazgo a través de la abstención. Esto ha perjudicado a los laboristas que bajan 13 puntos respecto a 2014 y pagan sus titubeos y su falta de decisión a la hora de impulsar la movilización para echar a la derecha del gobierno.

La “izquierda alternativa” paga el precio de su giro a la derecha

Hay otro elemento importante que se desprende de estas elecciones. El fracaso de la izquierda surgida a la izquierda de la socialdemocracia, que ha pasado de 52 a 38 representantes. Esta izquierda “alternativa” ha mostrado en los hechos no diferenciarse fundamentalmente respecto a la socialdemocracia e incluso, en algunos casos, ha aplicado las políticas de la troika y del FMI una vez en el gobierno.

El ejemplo paradigmático es Grecia. La respuesta de Syriza a la fuerza del pueblo griego frente a la troika fue una ignominiosa claudicación, convirtiéndose en el ejecutor de un nuevo memorándum. Esta línea ha sido la que ha marcado las políticas del resto de partidos de la izquierda europea. Formaciones como Podemos o Die Linke, ni siquiera han necesitado llegar al gobierno para traicionar sus promesas, abandonar la calle y aceptar la lógica del sistema, dando la espalda al maravilloso movimiento que explicó su nacimiento y desarrollo.

En algunos países, especialmente en Alemania, Los Verdes han irrumpido con fuerza, al calor de las movilizaciones contra el cambio climático en Europa, y permite que su grupo parlamentario europeo pase de 50 a 69 diputados. Sin embargo, estos partidos no plantean ninguna alternativa al capitalismo y una vez que han llegado a gobiernos han aplicado las mismas políticas de recortes ni han mejorado un ápice la crisis climática. El Partido Verde sueco votó a favor de los cupos para refugiados o el Partido Verde irlandés, aplicó los planes de austeridad de la troika.

La Unión Europea atraviesa una enorme crisis de legitimidad. El espacio para un programa revolucionario que convierta el descontento social en una ­fuerza material existe. Por eso es necesario construir una izquierda revolucionaria y levantar una Europa socialista, en la que los medios de producción, las grandes em­presas estratégicas y la banca sean nacionalizados para poder planificar de forma democrática la economía por parte de los trabajadores. Sólo así será posible acabar con la pobreza, el sufrimiento y la opresión.


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