Otra vez soplan vientos de reconversión en el sector naval público. Hacia ahí apuntan las palabras de diferentes responsables del Gobierno. El propio ministro de Industria, José Montilla, dijo que “la actividad, necesariamente, tendrá que reducir su tamaño, no nos engañemos”. Más claro, el agua.

La justificación inmediata hay que buscarla en la pésima gestión del gobierno de derechas del PP en estos últimos ocho años. La financiación ilegal de la empresa, desoyendo los avisos de la UE, ha supuesto unas multas que pueden llegar a sobrepasar los 1.500 millones de euros.

Todo apunta a que se aproxima una nueva batalla y es de vital importancia que los trabajadores tengamos las cosas claras.

Lo primero es no aceptar la excusa que ponen siempre, de que es por “nuestro bien”, que si no la empresa no es viable y esas cosas. No hay que aceptar que tenemos que retroceder un poco en nuestros derechos y conquistas para hacer una empresa viable. Retroceder en nuestros derechos nunca será beneficioso para nosotros, ni a corto, ni a medio ni a largo plazo.

Lo segundo es la defensa del trabajo digno. El cometido de todas las reconversiones es la sustitución de trabajo estable por otro precario y peor pagado. Los trabajadores y los sindicatos, como organizaciones que nos representan, deben dar una batalla firme y clara en este aspecto.

Tampoco hay que caer en el prejuicio de que el Gobierno no puede gastar en empresas públicas no rentables. La rentabilidad social, y no la económica, debe ser el principal criterio. El bienestar de miles de familias obreras que dependen de los astilleros es, desde una perspectiva de clase, motivo más que suficiente para mantener abiertos todos los centros de trabajo.

Además, debemos negarnos rotundamente a la entrada de capital privado en Izar, hay que dar un no rotundo a todo intento de privatización, aunque sea parcial. Esto no sería más que el inicio de una privatización a mayor escala en el futuro, sería la cuña que empezara a abrir el paso. Hay empresarios de compañías auxiliares que dicen que sería una manera de “ayudar a los trabajadores”; no son más que mentiras. Si quieren ayudar, que empiecen por sus propios trabajadores, que cobran unos salarios míseros y trabajan en unas condiciones propias de épocas anteriores. En realidad, sólo están mirando por su negocio y a ver si pueden echarle mano a alguna subvención pública.

Lo tercero y más importante es dar una verdadera batalla de clase. Acabamos de salir de un convenio del que se pueden sacar muchas lecciones; hay que evitar que los errores cometidos por los dirigentes sindicales se repitan. Nada de luchar cada uno por su lado y mirando únicamente por lo suyo. Hay que evitar cualquier tipo de subordinación del movimiento obrero a una estrategia localista o autonómica. Este tipo de estrategias sólo benefician a la burguesía. Debemos unirnos en nuestras reivindicaciones y luchar conjuntamente porque todos tenemos los mismos intereses: un puesto de trabajo digno y mantener los empleos y los centros.

Y un último tema: no podemos aceptar las decisiones de la Unión Europea como absolutas e inamovibles. La experiencia demuestra que todas están sujetas a negociación. Por tanto, lo que tenemos que hacer los trabajadores de Izar es ejercer la suficiente presión política como para que el gobierno socialista busque una salida favorable a nuestros intereses.

La crisis del sector naval es un reflejo más de la crisis del sistema capitalista, que es la causa de fondo de todo el problema. El sector está en crisis porque las grandes navieras europeas, preocupadas exclusivamente por sus beneficios, encargan sus barcos en países con mano de obra más barata. La solución a esto no es que los obreros de astilleros aceptemos trabajar por salarios coreanos, sino obligar a las navieras a construir sus barcos aquí, o sea, ponerle límites a la libertad del capital. Pero también hay que ser conscientes de que, en última instancia, la única manera de limitar de verdad el poder del capital es acabar con él. Y mientras no lo consigamos, los trabajadores tendremos que aguantar los continuos vaivenes de un sistema enfermo en donde sólo importan los beneficios y nada las personas.

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