¡La revolución vuelve a la escena!

15 años después del estallido de las subprime y el posterior hundimiento del sistema financiero global, nos encontramos ante otra catástrofe que amenaza con hundir el capitalismo en un caos aún peor.

Y de nuevo, los Bancos Centrales, los Gobiernos, los analistas económicos y los medios de comunicación llaman desesperadamente a la calma planteando que la situación no es igual que en 2008. Y tienen razón, no lo es, ¡¡es infinitamente peor!!

En ese momento, tras la quiebra de Lehman Brothers y al borde de la recesión mundial más grave desde 1929, nos repitieron hasta la saciedad que habían aprendido la lección, que pondrían coto a la avaricia de los banqueros y aprobarían estrictas regulaciones para evitar las burbujas especulativas incontroladas. Nos aseguraron que garantizarían la solvencia y estabilidad de los bancos y de las instituciones afectadas. El mensaje fue machaconamente replicado por tierra, mar y aire, de cara a justificar el rescate del gran capital financiero con billones de dólares y euros de dinero público, mientras se imponían planes de ajuste draconianos y una austeridad salvaje contra la clase trabajadora y el gasto social. Fue una socialización de las pérdidas y privatización de las ganancias sin precedentes.

Pero toda la propaganda que nos vendieron era mentira.  Y vaya mentira. Como ahora se está comprobando no cambió nada, ¡al revés! Todos los elementos que provocaron la crisis financiera se han multiplicado exponencialmente generando una montaña especulativa de capital ficticio como nunca ha conocido la historia. Una montaña que, como era inevitable, comienza a resquebrajarse amenazando con arrasarlo todo. Bajo el capitalismo imperialista, en su etapa de decrepitud, tiene que ser necesariamente así.

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Los Bancos Centrales, los Gobiernos, los analistas económicos y los medios de comunicación llaman a la calma planteando que la situación no es igual que en 2008. Y tienen razón, no lo es, ¡¡es infinitamente peor!! 


Nos son unas manzanas podridas, ¡es todo el sistema financiero!

Tras un fin de semana de reuniones maratonianas para rescatar a Credit Suisse de la quiebra total, y tras acordar su compra por el otro gigante bancario suizo, UBS, la situación sigue siendo crítica. El lunes 20 de marzo Credit Suisse se hundía en bolsa un 60% y UBS registraba caídas cercanas al 10%.

La situación es tan grave que la Reserva Federal (FED), el Banco Central Europeo, y los Bancos centrales de Gran Bretaña, Japón y Canadá han acordado una nueva barra libre de liquidez durante siete días para volver a salvar al capital financiero. Pero los desequilibrios han llegado tan lejos que no está nada claro que puedan frenar la sangría.

En el mes de marzo tres bancos norteamericanos han quebrado, y no serán los últimos. La más significativa ha sido la del Silicon Valley Bank, con “activos” por un valor superior a los 200.000 millones de dólares, la mayor quiebra bancaria desde el año 2008 y una de las mayores de la historia de los EEUU. Pero la onda expansiva ya está poniendo en aprietos a muchas otras entidades, destacando el First Republic Bank que, a pesar de haber recibido un plan de rescate de 30.000 millones de dólares continúa hundiéndose, u otra legendaria del tamaño de Credit Suisse.

Tras el estallido del pánico, el presidente Biden, como hizo Bush en 2008 o Herbert Hoover en 1929, compareció ante la prensa para señalar que la situación estaba bajo control: “El sistema bancario es sólido. Sus depósitos están seguros”. Pero la verdad es que esta rueda de prensa organizada a toda prisa ha venido a poner sobre la mesa justamente lo contrario. Como están reconociendo algunos analistas, el problema fundamental es que la espiral especulativa, que ha creado una montaña de deuda impagable y una burbuja financiera colosal, es de tal magnitud que se desconocen realmente las dimensiones del problema. Así lo explica con claridad Manel Pérez, director adjunto de La Vanguardia y periodista económico muy alejado de los postulados del marxismo: 

“Dos episodios desconectados uno del otro, el del banco californiano y el del gigante de Zurich, pero que provocan el mismo sentimiento en los inversores, desconfianza: la banca y las finanzas no son lo que dicen ni lo que parecen. Por no saber, ni los banqueros centrales conocen a ciencia cierta cómo son las tripas de los gigantes bancarios y, sobre todo, qué se esconde tras su larga sombra de actividades que no aparecen en sus balances públicos. Se trata de más de 230 billones, tres veces el producto interior bruto (PIB) mundial, que prácticamente se mueven sin control de Gobiernos ni reguladores. Y la fiesta ya está servida en los mercados, ventas de acciones bancarias sin discriminación. ¿A quién arrastrará la crisis del Credit Suisse?

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En el mes de marzo tres bancos norteamericanos han quebrado, y no serán los últimos. La más significativa ha sido la del Silicon Valley Bank, la mayor quiebra bancaria desde 2008 y una de las mayores de la historia de los EEUU. 


La banca global ha seguido a su aire, especulando con el dinero barato y colocando sus bombas financieras retardadas debajo de cualquier actividad especulativa susceptible de ofrecer rendimientos elevados. Tras una década de vino y rosas con los tipos de interés negativos, la montaña especulativa ha alcanzado dimensiones colosales. Pero nadie, incluyendo a los grandes banqueros centrales, es capaz de saber por dónde discurre esa serpiente de deudas encadenadas, cuyo destino final ha sido la orgía piramidal de las criptomonedas; o la actividad inmobiliaria en centros comerciales que provocó el colapso de un fondo de Blackstone; o los LDI (liability-driven investing), que tumbaron en la lona a los fondos de pensiones privados del Reino Unido, lo que obligó al Banco de Inglaterra a organizar su salvamento con un plan de emergencia”[1].

No se trata por tanto de unas cuantas manzanas podridas, sino del sistema en su conjunto. El propio Gobierno norteamericano, a través del presidente de la Corporación Federal de Seguro de Depósitos[2], lo reconocía el 6 de marzo, pocos días antes de la quiebra del Silicon Valley Bank: “…la mayoría de los bancos tienen alguna cantidad de pérdidas no realizadas en valores. El total de estas pérdidas no realizadas, incluidos los valores disponibles para la venta o retenidos hasta el vencimiento, fue de aproximadamente 620.000 millones de dólares a fines de 2022”[3]. Es decir, que en los balances contables de los bancos norteamericanos hay, al menos, 620.000 millones de dólares en pérdidas que aún no han emergido.

La situación es tan crítica que todos ellos han acudido en masa a la Reserva Federal (FED) para pedir 164.800 millones de dólares. Una cifra que supera el récord histórico anterior, de 111.000 millones de dólares, solicitada en los peores momentos de la crisis financiera de 2008. A esta astronómica cantidad habría que añadir los 142.800 millones de dólares que la Corporación Federal de Seguro de Depósitos ha facilitado a los bancos que han asumido los depósitos de los bancos quebrados. Es decir, una inyección de liquidez de 300.000 millones de dólares en solo una semana[4]. Sin duda, está todo en orden, pero como siempre en beneficio exclusivo de los plutócratas financieros.

Aunque la contundencia de los hechos y los datos son inapelables, la maquinaria propagandística vuelve a vomitar las mismas patrañas y mentiras  para tratar de sortear el pánico, señalando que el sistema financiero internacional es solvente, que no habrá una crisis como en 2008, y que los bancos centrales tienen numerosas herramientas para hacer frente a la situación.

Una campaña de distracción a la que se han sumado dirigentes de la izquierda, como Bernie Sanders, o economistas keynesianos como Krugman o Eduardo Garzón, hermano del ministro de Consumo de IU, culpando de esta situación exclusivamente a Trump, por relajar las normas de control financiero aprobadas por Obama, o intentando  explicar estas quiebras como un problema típicamente norteamericano, ajeno a la banca europea, supuestamente muy saneada y perfectamente equilibrada. Pobres análisis que buscan exculpar de la orgía especulativa al propio sistema, insistiendo en que un capitalismo de rostro humano es posible.

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El presidente Biden, como hizo Bush en 2008 o Herbert Hoover en 1929, compareció ante la prensa para señalar que la situación estaba bajo control: “El sistema bancario es sólido. Sus depósitos están seguros”. 


La realidad siempre supera la ficción y los acontecimientos no han dado tregua. Días después de la quiebra del Silicon Valley Bank le tocó el turno a uno de los mayores y más antiguos bancos europeos, Credit Suisse, que está entre los treinta bancos sistémicos del mundo  (bancos “demasiado grandes para caer”). Con unos activos al cierre de 2022 de 574.000 millones de dólares (al nivel de Lehman Brothers), la situación del banco era tan grave que ni siquiera el rescate por 50.000 millones de dólares planteado por el Banco Central Suizo ha conseguido conjurar el riesgo de quiebra.

A pesar de las llamadas a la calma del Banco Central Europeo, señalando que no ven riesgo de contagio, en el momento de escribir esta declaración los grandes bancos europeos ya se han dejado en Bolsa 50.000 millones de euros. Pretender vender que la quiebra de un banco sistémico como Credit Suisse no va a tener consecuencias en el resto de la banca europea es tomarnos por imbéciles. De ahí que se hayan lanzado a una operación desesperada de salvamento este fin de semana a través del otro gran banco suizo, rescatado en 2008, UBS.

Crisis de sobreproducción y especulación financiera

Para entender la naturaleza de la crisis financiera, y por tanto de la crisis capitalista, es necesario enfrentar toda la propaganda ideológica que trata de arrojar arena a los ojos de la clase obrera. Y para ello, lo primero es entender que el capitalismo, en su etapa actual, en su etapa imperialista de decadencia, adquiere un carácter crecientemente parasitario y reaccionario, fruto del dominio absoluto del capital financiero y de los grandes monopolios, que convierten, en palabras de Trotsky, a “los accionistas en parásitos sociales”[5].

Todas las medidas adoptadas por los Bancos Centrales y los Gobiernos a raíz de la crisis de 2008 han potenciado ese mismo capitalismo de casino que decían combatir, especialmente en EEUU y Europa, impulsando aún más la especulación financiera, y creando nuevas y monstruosas burbujas con la deuda pública, las criptomonedas, la vivienda o cualquier otro aspecto que reporte beneficios rápidos a corto plazo, y si es posible, evitando pasar por el sistema productivo.

Pero la raíz de la crisis no está solo en el ámbito financiero, sino sobre todo en la economía real, productiva. Tal y como explicaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista[6], el capitalismo está abocado a sufrir crisis periódicas de sobreproducción. Las fuerzas productivas se ven lastradas por la propiedad privada de los medios de producción y el corsé del Estado nacional, y en un momento determinado se ven incapaces de avanzar, entran en crisis, se estancan y retroceden, y en consecuencia, las condiciones de vida de las masas se hunden irremediablemente. Pero esto no ocurre porque no haya suficiente abundancia de recursos, porque falten alimentos o mercancías, o porque carezcamos de tecnología y conquistas científicas para acabar con las lacras que padece la mayoría de la humanidad. Al contrario, existen en demasía, y por eso emerge virulentamente la crisis de sobreproducción.

En los últimos años, como hemos venido explicando[7], se están registrando récords de cosechas, en el caso del trigo, la de 2022 fue la más importante de la historia. Y en todos los sectores estratégicos los elevados e históricos beneficios de los monopolios no se deben a ningún tipo de escasez, sino a la especulación concertada por los grandes fondos de inversión que dominan las principales ramas industriales del mundo: en el energético, el petróleo y el gas; en el de las materias primas, con el acero, el aluminio o el carbón; en la industria automovilística, o en el sector alimentario.

Y las medidas que están tomando las diferentes potencias imperialistas en su pugna por la hegemonía mundial, no hacen más que agravar la crisis de sobreproducción, la especulación y la espiral inflacionista. Un buen ejemplo lo encontramos en la industria de semiconductores, con proyectos para aumentar exponencialmente su producción tanto por parte de China, como de EE.UU. y Europa, en su pugna por garantizarse esta materia prima fundamental para gran parte de la industria. La misma historia se repite en todos los ámbitos.

El medio que tienen los capitalistas para superar los límites que les impone la crisis de sobreproducción es recurrir al crédito, a la deuda, a la especulación, pero lo hacen un grado tan elevado que crean las condiciones objetivas para “crisis más extensas y más violentas, disminuyendo los medios de prevenirlas”[8]. El capitalismo funciona con el fin de maximizar el beneficio empresarial a corto plazo, y cuando los capitalistas chocan con unos retornos de beneficios insuficientes en el proceso productivo, buscan en la especulación bursátil y en el negocio de la deuda mantener y acrecentar sus ganancias. Es así como se ha elevado hasta un grado superlativo el capital especulativo y ficticio introducido en los engranajes del mecanismo económico. Un peso muerto que tarde o temprano arrastra al conjunto de la economía y la sociedad hacia el abismo a pesar de existir riqueza material de sobra para evitarlo.

Estas leyes inherentes al sistema capitalista, que han sido explicadas una y otra vez por el marxismo, son las que han llevado a los capitalistas, a los bancos centrales y a los Gobiernos occidentales a un auténtico callejón sin salida. Los debates sobre la subida o no de los tipos de interés obvian el punto esencial, que nos encontramos ante una crisis de sobreproducción no resuelta, que se agudiza constantemente por la existencia de dos grandes bloques imperialistas, y en el que EEUU arrastra visiblemente una posición de decadencia imparable.

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Estas leyes inherentes al sistema capitalista son las que han llevado a los capitalistas, a los bancos centrales y a los Gobiernos occidentales a un callejón sin salida. Nos encontramos ante una crisis de sobreproducción no resuelta. 


Todo ello no se puede camuflar con trucos contables o imprimiendo dinero a mansalva aumentando aún más la inmensa masa de capital ficticio. Están completamente atrapados. Cualquier decisión que tomen será negativa. 

La espiral inflacionista que no cesa, y que representa un cáncer agresivo que amenaza con hacer metástasis, es justamente la consecuencia de estas políticas de dinero barato, incluso gratuito, y de las constantes y cuantiosas inyecciones de liquidez en favor de bancos y grandes empresas, muchas de ellas quebradas en la práctica.

Así lo ha señalado con claridad Larry Fink, el presidente de BlackRock, el mayor fondo de inversión del mundo: Años de rebajas en los tipos de interés llevaron a los gestores de activos a incrementar su exposición en inversiones ilíquidas (es decir, puramente ficticias y especulativas) sacrificando parte de la liquidez a cambio de mayores rentabilidades”[9]. Es decir, utilizaron el dinero contante y sonante de los depositantes y el otorgado por Bancos Centrales y Gobiernos, dinero público de los contribuyentes, para llenarse los bolsillos. Al fin y al cabo ¡qué importa!, el Estado capitalista siempre estará ahí para rescatarlos.

La crisis financiera actual se produce en un contexto aún más difícil que en 2008, con una situación de estanflación en Europa y EEUU. Así los señalaban a principios de año las principales instituciones financieras internacionales[10]. En este contexto recesivo, un derrumbe financiero conllevaría una dura recesión o una profunda depresión económica.

La lucha imperialista por la hegemonía

Para añadir más incertidumbre, el contexto internacional es sumamente crítico, en medio de una feroz guerra imperialista en Ucrania que muestra la pugna salvaje entre las grandes potencias y bloques por la hegemonía mundial.

En la crisis de 2008, tanto EEUU como Europa se congratulaban del ascenso de China, y la daban la bienvenida como un factor decisivo para sortear el hundimiento global. No se equivocaban: la potencia económica de China salvó al capitalismo occidental del colapso. El problema ahora es que este factor se ha convertido en su contrario.

Tal y como explicó Lenin, la pugna entre las potencias imperialistas por el control de los mercados, rutas comerciales y cadenas de suministro, alimenta la crisis capitalista a una escala muy superior. Las potencias tratan de exportar su crisis, levantan barreras arancelarias y medidas proteccionistas, y recurren a la guerra y al nacionalismo económico en su lucha por la obtención de mayores beneficios e influencia. Desde 2008 se ha alimentado este proceso, profundizando la decadencia del imperialismo norteamericano y europeo, y generando una nueva correlación de fuerzas a nivel mundial en favor de China, que se ha puesto en evidencia aún con más rotundidad a partir de la pandemia.

El mejor ejemplo de este desarrollo no es solo la superioridad económica de China en numerosos campos respecto a EEUU, sino el papel que desempeña en la política mundial. El reciente acuerdo entre Irán y Arabia Saudí, enemigos irreconciliables hasta hace muy poco, patrocinado por China, supone un golpe demoledor para la diplomacia norteamericana y pone encima de la mesa su marginación en Oriente Medio. La misma dinámica se repite en África, en América Latina o en el Pacífico.

La guerra de Ucrania ha sido otra clara demostración de este cambio en la correlación de fuerzas, y de la irremediable decadencia europea y norteamericana. La incapacidad para aislar a Rusia y el fracaso de las sanciones, solo se explica por la existencia de un bloque cada vez más poderoso encabezado por China, que entre otras cosas ha garantizado sin problemas el funcionamiento de la economía rusa que este año volvería a la senda del crecimiento. Ahora además China se está erigiendo como mediador de cara a dar una salida negociada a la guerra de Ucrania, lo que supondría un golpe mortal para el imperialismo norteamericano.

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Tal y como explicó Lenin, la pugna entre las potencias imperialistas por el control de los mercados, rutas comerciales y cadenas de suministro, alimenta la crisis capitalista a una escala muy superior. 


En este marco concreto la pregunta es, ¿qué efectos tendrá en las relaciones internacionales una nueva crisis financiera? Obviamente, China y su economía tampoco pueden escapar a las contradicciones que atraviesa el sistema capitalista. El incremento exponencial de su deuda, y de las tendencias especulativas, así lo demuestran. Pero está claro que afronta esta crisis en una posición de superioridad, con un fuerte músculo económico basado en un potente y dinámico sistema productivo, y habiéndose convertido en el mayor exportador además de acreedor del planeta.

Una nueva crisis financiera golpeará muy duramente a un Occidente ya muy tocado. Es inevitable un incremento aún mayor de las tensiones entre las potencias y bloques, con un imperialismo norteamericano cada vez más agresivo que se resistirá con uñas y dientes a ser desbancado.

Un colapso que prepara la revolución  

Pero el aspecto central para los marxistas revolucionarios es el efecto de esta nueva crisis financiera en la lucha de clases. El recuerdo de la crisis de 2008 y sus duras consecuencias para los trabajadores y los oprimidos están aún muy presentes, por eso los Gobiernos se afanan en quitar hierro al asunto y ocultar la verdad.

Los intentos de disimular este rescate bancario con dinero público, planteando que los bancos privados van a poner 30.000 millones para salvar al First Republic Bank, ¡tras recibir 300.000 millones! o señalando, como ha hecho Biden, que se modificará la ley para que los directivos devuelvan lo que se llevaron y sean inhabilitados son, como en 2008, pura palabrería. Un intento de contener la enorme rabia social ante un nuevo latrocinio en beneficio de estos parásitos multimillonarios. 

La realidad es que el Gobierno norteamericano ha permitido a los directivos del Silicon Valley Bank hacer y deshacer a sus anchas hasta el mismo día de la intervención. El consejero delegado del banco vendió el 11% de sus acciones días antes por 3 millones de dólares, y los consejeros financiero y de marketing vendieron el 32% y el 28% de sus acciones respectivamente. Todo siguiendo la más estricta legalidad y bajo la atenta mirada de los supervisores.

Sí ha habido un rescate, un rescate a los ricos y a las grandes empresas, al garantizarse, con dinero público, las cuentas de más de 250.000 euros que no estaban garantizadas por el Gobierno, y que representaban el 96% del total, principalmente en manos de empresas tecnológicas. Y en el caso de la modélica Europa, con Credit Suisse, ha sido incluso peor, sin disimulo, con un rescate en toda regla, que ahora tratan de encubrir con la compra del banco por UBS por tan solo 3040 millones de euros. Eso sí, garantizando al comprador una línea de liquidez por parte del Banco Central Suizo de 100.000 millones de dólares. ¡Así cualquiera compra un banco!

Aquí se ve con toda crudeza el papel del Estado capitalista. Al tiempo que se piden sacrificios y recortes a la mayoría de la población, como hicieron y hacen con la máxima dureza en Gran Bretaña, Francia, Grecia o en el Estado español, no dudan en movilizar todos los recursos necesarios para salvar los beneficios del gran capital financiero.

Y esto demuestra la bancarrota de los reformistas, y de la nueva izquierda cuando, cerrando los ojos a lo que pasa, siguen insistiendo en la idea de que será a través de este mismo Estado capitalista como podremos corregir las desigualdades y acabar con la pobreza.

La experiencia no pasa en balde para la clase obrera. Lo vemos ahora con total claridad en Francia, con un estallido revolucionario contra la reforma de las pensiones que está poniendo contra las cuerdas no solo a Macron, sino al conjunto del capitalismo francés. De ahí el auténtico terror que recorre estos días a la clase dominante, consciente de que si hay un derrumbe financiero, pedir de nuevo duros sacrificios a la población puede desencadenar procesos revolucionarios en Europa, en EEUU y en el resto del mundo.

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Los acontecimientos vuelven a desmentir a todos aquellos que intentan vender las bondades del sistema, y sobre todo a aquellos que, desde la izquierda, reniegan de la revolución socialista y de una verdadera y profunda transformación social.


Los acontecimientos vuelven a desmentir a todos aquellos que intentan vender las bondades del sistema, y sobre todo a aquellos que, desde la izquierda, reniegan de la revolución socialista y de una verdadera y profunda transformación social. No es posible un capitalismo de rostro humano. El capitalismo es explotación, miseria, opresión sin fin para la mayoría, y al mismo tiempo, riqueza obscena y privilegios para una minoría ínfima de parásitos que se apropian de la enorme riqueza que creamos y generamos las y los trabajadores.

La crisis financiera vuelve a poner sobre la mesa que todo sigue exactamente igual, y que los discursos de esa izquierda del sistema señalando que nos encontramos ante un nuevo paradigma económico y que se han impuesto límites a los capitalistas, son pura palabrería para encubrir que el capitalismo sigue siendo igual de especulativo y salvaje.

No hay ninguna tercera vía. O con el programa de la revolución socialista internacional, exigiendo la nacionalización de los bancos y de los grandes monopolios bajo el control y la gestión democrática de los trabajadores, o con la dictadura del capital financiero aceptando todas sus consecuencias.

¡Es hora de derribar la sacrosanta propiedad capitalista! ¡Es hora de expropiar a los expropiadores! ¡Únete a Izquierda Revolucionaria Internacional!

 

Notas:

[1] La serpiente financiera vuelve a escaparse

[2] Agencia federal de los Estados Unidos formada a consecuencia de la Gran Depresión del año 1929, y que se encarga de garantizar los depósitos bancarios.

[3]Palabras del presidente de la FDIC, Martin Gruenberg, en el Instituto de Banqueros Internacionales

[4] La Fed realiza la mayor inyección de liquidez en la banca de la historia: 165.000 millones de dólares

[5] Leon Trotsky, Fundamentos de economía marxista, FFE, 2019, p. 48.

[6] “Durante las crisis, una epidemia social que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda se extiende sobre la sociedad: la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra súbitamente retrotraída a un estado de repentina barbarie: diríase que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo eso, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio”. (K. Marx y F. Engels, El Manifiesto Comunista, FFE, p. 20).

[7] La crisis que no cesa. La economía mundial ante el abismo

[8] K. Marx y F. Engels, El Manifiesto Comunista, FFE, p. 20.

[9] Larry Fink, el hombre más poderoso de la Bolsa, no descarta una crisis de liquidez tras la quiebra del Silicon Valley Bank

[10] ¿Cómo ven los capitalistas la crisis de su sistema? Es hora de sincerarse

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