La huelga general del 20-J fue un auténtico punto de inflexión que cambió totalmente la situación política en el Estado español. No han pasado ni doce meses y parece que vivimos en otro país: movilizaciones de masas, polarización izquierda-derecha, eLa huelga general del 20-J fue un auténtico punto de inflexión que cambió totalmente la situación política en el Estado español. No han pasado ni doce meses y parece que vivimos en otro país: movilizaciones de masas, polarización izquierda-derecha, escenas de represión como no se veían desde el franquismo y la Transición, creciente politización, etc. Todo esto repercute también en los sindicatos, y repercutirá todavía más en el futuro.

La movilización contra la guerra creó tensiones en ambos sindicatos, particulamente en relación a la convocatoria o no de una huelga general, en un ambiente en el que una acción de ese tipo era cada vez más demandada. La huelga general de dos horas convocada por UGT el 10 de abril fue producto de una presión desde abajo en mucha mayor medida que el resultado de una orientación de la dirección del sindicato en el sentido de que la clase obrera jugase un papel determinante en la lucha contra la guerra. Aunque insuficiente —una huelga de 24 horas era perfectamente factible y hubiese tenido una repercusión política y social mucho mayor— y convocada tardíamente, la huelga del 10 de abril resultó un éxito.

En CCOO la convocatoria de huelga provocó un terremoto. Muchos cuadros oficialistas no entendieron la posición de sus máximos dirigentes. El profundo abismo abierto entre la base y la cúpula tendrá importantes efectos de cara al VIII Congreso Confederal, a celebrar en la primavera de 2004.

La oposición de Fidalgo y compañía a la huelga, dando un balón de oxigeno a Aznar en un momento decisivo, puso de relieve ante todos los afiliados, sin margen para la duda, la auténtica naturaleza del sector oficialista de CCOO. La politización creciente también implicará que muchos afiliados empiecen a pensar sobre qué intereses está defendiendo la actual dirección de CCOO y cuáles debería defender, cómo defenderlos y cómo conseguir que la dirección responda a los deseos de la base.

Se preparan nuevos ataques contra los trabajadores

Estas reflexiones se van a ver impulsadas por la realidad laboral, que sigue deteriorándose, como demuestra el aumento del número de muertos en accidentes de trabajo, especialmente entre los trabajadores jóvenes. También aumentan el paro y los expedientes de empleo, lo que hará más apremiante para la burguesía el intentar introducir más recortes en los derechos de los trabajadores. Ahí está ese anuncio de reforma laboral europea, que podría ser discutida por la UE dentro de un año y cuyo eje será la facilitación del despido. Además, la inflación está disparada, lo que estimulará la lucha en los convenios y dejará las limitaciones salariales recogidas en el Acuerdo de Negociación Colectiva 2003 convertidas en papel mojado, como ya pasó con el ANC 2002.

Todo esto abre una perspectiva de aumento de los conflictos laborales, y consiguientemente de una mayor necesidad de un giro sindical a la izquierda. Aunque el 20-J —y el ambiente social de lucha y contestación a la derecha que ha generado— estrecha el margen de los dirigentes sindicales para practicar una política de pactos y consensos, que sólo cosechó retrocesos para los trabajadores, ese giro a la izquierda, hacia un sindicalismo de clase y combativo, es algo que requiere un participación activa y consciente de la base. La presión de la burguesía hacia los dirigentes es muy fuerte y, en la medida que su acción sindical está limitada por la perspectiva de “lo posible” bajo este sistema, la tentación de volver a la “paz social” estará presente.

Por tanto, hay que seguir reforzando las organizaciones de clase, empezando por los sindicatos, que son la primera trinchera frente a la burguesía. Aumentar la afiliación o disminuir el número de empresas sin representación sindical redundará en unos sindicatos más fuertes. Pero esto no es suficiente. El primer requisito para afrontar una situación de más ataques contra los trabajadores es que los sindicatos adopten una acción sindical más combativa y con una perspectiva sociopolítica de transformación de la sociedad y que tengan un funcionamiento interno más democrático, lo que en la práctica significa obligar a los actuales dirigentesa cambiar de política o cambiarles por otros que estén a la altura de las circunstancias.

Las lecciones de la huelga general del 20-J y todo el ambiente social creado a raíz de dicha huelga y de las movilizaciones por el Prestige y la guerra van a tener repercusiones en el movimiento obrero. Por un lado, desarro-llarán una tendencia a una mayor combatividad en el frente laboral, pero también la demanda de que los dirigentes sindicales escuchen, que las opiniones de los trabajadores sean tenidas en cuenta, que la base pueda participar de verdad en la toma de decisiones. Fidalgo y compañía ganaron el anterior congreso de CCOO, pero eso no legitima todas sus decisiones. Qué duda cabe de que si a la hora de decidir sobre el 10 de abril se hubiese tenido en cuenta a las bases, la decisión de CCOO hubiese sido otra.

Todo estos años de sindicalismo pactista generaron una inercia, una acomodación. Los actuales dirigentes sindicales tienen ante sí dos opciones: sintonizar mejor con los afiliados o enfrentarse con ellos. Si optan por lo primero, tendrán un respiro hasta que una mayor profundización de la lucha de clases los coloque de nuevo en una disyuntiva similar, pero a un nivel superior de enfrentamiento entre las clases. Si optan por lo segundo, serán barridos. Veremos ejemplos de ambos casos, aunque a priori no se pueda saber qué evolución seguirá cada individuo. En cualquier caso, hemos entrado en una nueva etapa y nada podrá seguir como hasta ahora.

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