Hay un nuevo producto en Netflix que ha vapuleado el récord de la serie más vista de la plataforma acumulando 111 millones de visionados en apenas 17 días. El Juego del Calamar ha cautivado al público de todo el mundo, colocándose en el número uno en más de 90 países.

Tratándose de una ficción surcoreana que no ha sido precedida por grandes campañas publicitarias, merece (y mucho) la pena analizar qué hay detrás de este éxito explosivo.

El punto de partida de esta ficción de nueve capítulos es el siguiente: 456 personas deciden participar en un misterioso y macabro juego de supervivencia, basado en juegos infantiles surcoreanos, que tiene como premio la enorme cantidad de 45.600 millones de wones (unos 32 millones de euros). El juego puede ser detenido en cualquier momento si la mayoría de los concursantes así lo deciden, pero si siguen adelante, quien caiga eliminado en cada una de las seis pruebas será fulminantemente asesinado, y sólo puede haber un ganador.

Todos los jugadores tienen en común ser víctimas de la desesperación, la pobreza o la depresión, y son golpeados por deudas económicas inasumibles y lacras como el alcoholismo o la ludopatía. “Las historias y los problemas de los personajes reflejan los problemas y las realidades de la sociedad coreana”, explicaba Hwang Dong-hyuk, el director de la serie al New York Times. Y añadía: “quería crear una alegoría acerca de la sociedad capitalista moderna, algo que representase una competición extrema por la vida”.

Y precisamente aquí es donde se encuentra el porqué esta serie se ha convertido en un fenómeno mundial: por el crudo retrato de las condiciones de vida de la clase trabajadora surcoreana, extrapolables al conjunto del mundo, y los temas sociales tan profundos que aborda. ¿Existe la verdadera libertad cuando los bancos te ahogan con deudas, cuando tienes que pagar una operación de vida o muerte a un familiar y no tienes dinero, cuando dependes económicamente de otra persona por estar desempleado, cuando eres un inmigrante indocumentado al que su jefe no le paga? La serie es contundente al respecto: bajo el capitalismo, cuando apremia la desesperación por las asfixiantes condiciones de vida, la libertad individual es una ilusión reaccionaria.

Al igual que la exitosa película Parásitos (2019, Bong Joon-ho), El Juego del Calamar es una aguda crítica a la desigualdad social que plaga la vida de millones de personas en Corea del Sur y, en concreto, de la profundización de la crisis de la deuda en los hogares que afecta de lleno a los trabajadores y jóvenes. Mientras el 20% de la población más rica tiene un patrimonio neto 166 veces mayor que el 20% con menos ingresos, la deuda de las familias surcoreanas ha aumentado en los últimos años hasta superar el 100% de su PIB, el más alto del continente asiático.

El creciente desempleo juvenil, la subida de los precios de la vivienda, poder acceder a la educación o sanidad… está provocando que millones de familias se vean abocadas a recurrir a prestamistas. Estas deudas abrumadoras son la principal causa de suicidio en Corea del Sur, que el sexto país con el mayor número de muertes de este tipo en el mundo.

Uno de los aspectos más interesantes, que se va desgranando episodio tras episodio, es el papel represivo que ejercen distintos personajes y grupos dentro de la serie. El Líder (quien controla los hilos del juego), los soldados (encargados de ejecutar las órdenes, controlar a los jugadores y disparar el gatillo cuando toca), o los empresarios VIP. Estos últimos, repugnantes representantes de la clase capitalista, financian el juego como una forma de entretenimiento y diversión para ellos mismos “como si fuera una carrera de caballos”. Un claro ejemplo de cómo la vida de la clase trabajadora no vale nada para los capitalistas.

Todos estos temas, tan conocidos por todos y a la vez tan tradicionalmente silenciados en las películas y series, saltan a la pantalla no por un supuesto progresismo de las productoras cinematográficas, sino porque forman parte de la conciencia colectiva de las masas. En un momento de crisis social y económica galopante, de desempleo y de recortes, de corrupción del sistema o de la obscenidad de la burguesía, los problemas reales de la juventud y la clase obrera encuentran también su reflejo en las piezas audiovisuales en medio de un proceso de toma de conciencia generalizado tras años de lucha.

El Juego del Calamar es una historia de violencia, de traiciones, deshumanización, pero sobre todo de supervivencia. El gran acierto de la serie es exponer cómo este sistema se basa en la explotación, en la división de los oprimidos, en el miedo; y cómo la libertad en una sociedad de clases es un privilegio sostenido en la opresión de una clase sobre la otra. Ellos, nuestros enemigos, están organizados tanto dentro como fuera de la pantalla. Y para terminar con su poder y su barbarie no sirven salidas individuales, sino la organización colectiva y la lucha.