“¡Enough is enough!” ¡Basta ya! El mismo grito de guerra de la clase trabajadora británica es el que a uno le sale de las entrañas al ver esta película. Y es que durante 60 minutos asistimos pegados a la pantalla a un retrato magistral de la explotación que Amazon y otras tantas empresas imponen hoy para hacer de oro a multimillonarios como Jeff Bezos.

La película Vida y muerte en un almacén arranca con un ritmo frenético. Aysha Rafaele y Joseph Bullman dirigen este mediometraje acompasándolo con el mismo ritmo de trabajo imposible que marcan los empresarios, gerentes y capataces. Todos los elementos visuales y sonoros de la película se combinan maravillosamente para recrear esta atmósfera. Todos: las técnicas y el lenguaje de falso documental, el montaje, así como la música y la voz en off de los mandatos que se trasmiten a través de los pinganillos de los trabajadores.

No hay tregua ni respiro. Solo el poder autoritario de una machacante trituradora de vida, de todo lo humano. Se trata de una descripción gráfica, una escenificación sobresaliente de lo que Marx explicó con el concepto de alienación.

Todo el esfuerzo imaginativo que Orwell desplegó en su clásica novela 1984, el mismo Gran Hermano, se nos queda corto, casi edulcorado. No hay necesidad de recurrir a la fantasía o a escenarios de futuros apocalípticos, la distopía más horrible la tenemos aquí y ahora.

Esta película no se sitúa en un lugar recóndito de Asia, África o América Latina, donde la brutalidad de la explotación de nuestra clase es muchísimo más salvaje; tampoco en la época victoriana, hace doscientos años. Estamos ante lo que ocurre hoy en un almacén de Amazon —se puede entrever— del Reino Unido, en el corazón del capitalismo; perfectamente podría ser Estados Unidos o cualquier almacén de nuestras ciudades, con la gente que vive en nuestros barrios y con nosotros mismos.

En 1842, Friedrich Engels empezó a escribir su primer libro, La situación de la clase obrera en Inglaterra, empujado por la necesidad de describir la barbarie que presenciaba en las barriadas obreras de Manchester. Vida y muerte en un almacén podría ser, en parte, la actualización de esta obra. ¿Tan diferente es hoy la situación?

Tantos años de supuesta civilización y democracia, tantos avances tecnológicos… no han cambiado en lo fundamental la base sobre la que se asienta el sistema capitalista: robar la mayor plusvalía posible a la clase trabajadora para engordar el capital. Hoy también se dispone todo para alcanzar este objetivo, desde la política y el Estado burgués que legalizan esta explotación e ilegalizan las huelgas —como está ocurriendo en Reino Unido— hasta la tecnología que, en vez de usar su potencial para facilitarnos la vida, se usa para esclavizarnos aún más; en palabras de Marx en El Capital, “para poner bajo mando y vigilancia” y “secuestrar la capacidad del trabajador”.

En esta película se reflejan de forma simultánea varias de las lacras que cotidianamente sufre la clase trabajadora: la imposibilidad de la maternidad, recurrir a las drogas para aguantar la jornada laboral, la presión de la vivienda y las deudas, no poder ir al baño. Sí, los trabajadores de Amazon empezaron a trabajar en varias plantas con pañales… Hasta ese punto hemos llegado. Pero también aparece un tema crucial: el miedo de la multinacional a los sindicatos. Miedo que la empresa intenta combatir instaurando el terror, valiéndose de la desesperación de la pobreza y machacando con el discurso de “todos estamos en el mismo equipo”.

Es entonces cuando apreciamos que la realidad no es tan desoladora como se describe en la película. Amazon es muy famoso por hacer todo lo posible para evitar la organización sindical. Pero incluso con todos los mandos a su favor, este monstruo es impotente para frenar la organización. El ejemplo del primer sindicato de trabajadores de Amazon en Staten Island, Nueva York, recorrió todo el mundo y seguramente inspiró la película.

En el Estado español ha habido huelgas ejemplares en San Fernando (Madrid), Martorelles (Barcelona), Bilbao… La clase trabajadora entiende instintivamente, y pese todas las dificultades, que el único camino es la lucha colectiva. Organizar sindical y políticamente toda esta fuerza para trasformar de raíz la sociedad, esa es la tarea que enfrentamos.

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