Una de las ideas más absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII es la opinión de que en el origen de la sociedad la mujer fue la esclava del hombre. Entre todos los salvajes y en todas las tribus que se encuentran en los estadios inferior, medio y, en parte, hasta superior de la barbarie, la mujer no sólo es libre, sino que está muy considerada” [1]

Engels señalaba hace más de cien años que, en contra de la ocultación interesada por parte de la filosofía burguesa, la mujer no siempre ha sido la oprimida en las sociedades humanas. Precisamente, el origen de esta opresión está estrechamente ligado al desarrollo de la sociedad dividida en clases y la propiedad privada. Al igual que hizo con el resto de materias, el sistema capitalista adaptó la filosofía a sus propios intereses, los intereses de la clase dominante. Presentar la opresión de la mujer como algo que históricamente ha sido así desde el comienzo de los tiempos obedecía a unos objetivos muy claros: mantener a la mujer entre las cuatro paredes del hogar y, cuando estas se rebelasen contra su opresión, asimilar su lucha al sistema capitalista y domesticarla, despojarla de todo carácter revolucionario. Durante siglos, la Iglesia Católica jugó un papel central en esta tarea.

El propio Engels, junto a Marx, dedicó una parte importante de sus textos a refutar esta falsedad y a defender una posición que ha sido confirmada posteriormente gracias al avance de las técnicas en la ciencia, la arqueología y toda otra serie de disciplinas.

El origen del patriarcado. La mujer no siempre ha sido la oprimida

El marxismo revolucionario –tan endemoniado no sólo por la burguesía sino también por las defensoras del feminismo burgués y pequeñoburgués– sostiene que la opresión de la mujer surge sobre bases económicas. Esta discriminación no tiene su origen en características biológicas, sino que es el reflejo de la organización de la sociedad en un determinado estado de desarrollo: el patriarcado nació con las clases sociales. Esta es precisamente la conclusión a la que llega Engels tras años y años de estudio de las sociedades precapitalistas, plasmado en una de sus obras centrales: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

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El marxismo revolucionario sostiene que la opresión de la mujer surge sobre bases económicas. El patriarcado nació con las clases sociales.

A pesar de las limitaciones en las investigaciones de la época, Engels disemina cuál fue el verdadero papel que jugó la mujer en dichas sociedades, y también ofrece una explicación a cómo la división de tareas en base al género fue una consecuencia directa y lógica de la introducción de elementos como las primeras apropiaciones capitalistas o el comercio.

Cuando, después de millones de años de existencia, la mano del hombre fue capaz de comenzar a domesticar especies animales y a obtener los frutos de las mismas, se comenzaron a dar las primeras formas de acumulación de capital (entendido por supuesto como acumulaciones extremadamente limitadas) y fruto de ello nació el comercio. Estudios muy recientes sobre el período en el que la domesticación de animales comenzaba a desarrollarse han descubierto incluso cómo las mujeres también realizaban la tarea del pastoreo [2]. A medida que todos los sistemas de explotación (agricultura, ganadería, etc.) destinados a ese reducido comercio fueron desarrollándose, el ser humano empezó a ser capaz de producir más bienes y a emplear su fuerza de trabajo durante más tiempo para así satisfacer ese comercio. Como explica Engels, es en este momento cuando se gesta el cambio fundamental hacia una sociedad capitalista: la acumulación de riqueza en base a la explotación ajena. En este hecho histórico se fundamenta también la primera división del trabajo.

Esta primera división del trabajo tiene un rol crucial a la hora de explicar el nacimiento de la sociedad patriarcal [3]. Desde ese momento, el trabajo productivo de la caza, la agricultura, etc. se convirtió en una tarea puramente masculina, mientras que la mujer se empezó a ver limitada a realizar los trabajos domésticos (y no productivos, desde el punto de vista del comercio). Tal y como defiende el antropólogo Carel van Schaik, el sistema patriarcal sólo ha existido en un porcentaje de tiempo ínfimo respecto al total de la evolución del Homo Sapiens, lo que significa que el patriarcado es una anomalía desde el punto de vista histórico [4]. Van Schaik no es el único científico que ha defendido esto. El también antropólogo Mark Dyble asegura que la primera diferenciación de las tareas entre sexos llegó junto con el desarrollo de la agricultura [5]. El desarrollo de la familia moderna está por lo tanto ligado completamente a esta división de la sociedad en clases. Más recientemente, la investigadora Marylène Patou-Mathis plantea en su obra El hombre prehistórico es también una mujer cómo la aparición de las primeras acumulaciones primitivas y del fenómeno de las herencias supuso un cambio fundamental en la división del trabajo por sexos [6].

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Distintas investigaciones científicas señalan cómo la aparición de las primeras acumulaciones primitivas y del fenómeno de las herencias supuso un cambio fundamental en la división del trabajo por sexos.

La principal dificultad a la hora de realizar un estudio sistemático y pormenorizado en la época se encontraba en quien había sido la principal defensora de la familia burguesa monolítica, y de la idea de que la familia no había sufrido ninguna transformación a lo largo de la historia: la Iglesia Católica.

Sin embargo, Engels, basándose en el método dialéctico, trata de desmentir ese mito católico de que la monogamia es algo inherente por naturaleza al ser humano, y que cualquier otro tipo de familia es una desviación antinatural. Por ello Engels describe a la familia como un elemento en constante cambio, que no permanece inalterable independientemente de las condiciones materiales con las que convive sino que, por el contrario, cambia como reflejo del cambio en las condiciones materiales y económicas en las que se desarrolla. De esta forma, consigue llegar a la conclusión de que la aparición y el desarrollo de la familia monógama es “uno de los síntomas de la naciente civilización”, así como a un principio básico del patriarcado, el predominio del hombre en toda una serie de cuestiones: la ruptura de la pareja, la infidelidad, etc. [7]

De hecho, Engels señala que la familia monógama no es ni mucho menos la forma más avanzada de matrimonio. En esta misma línea se han pronunciado no sólo antropólogos, como anteriormente mencionábamos, sino incluso estudiosos de la historia de la psicología [8]. Al contrario, la familia monógama introduce por primera vez en la historia un elemento totalmente reaccionario, la opresión sistemática de un sexo por el otro [9]. De la misma forma, otra de las lacras vinculadas de forma estrecha al patriarcado, como es la prostitución, es introducida también en el momento en el que la familia monógama comienza a predominar.

Los avances en el ámbito de la familia representan otro ejemplo de lo que supone cualquier avance bajo el sistema capitalista y lo explica muy bien también Engels, cualquier avance en estas circunstancias conlleva además un retroceso, en la medida en la que todos los desarrollos para algunos en una sociedad capitalista se basan en el sufrimiento y la explotación de millones, lo que significa que cualquier avance es relativo.

Los avances científicos confirman el análisis marxista

Precisamente los numerosos hallazgos arqueológicos de los últimos tiempos han venido a confirmar la veracidad de las tesis del marxismo respecto a la cuestión de la opresión de la mujer. La historiografía defendida por la clase dominante ha tergiversado abiertamente las tareas fundamentales que la mujer prehistórica desarrollaba de igual a igual junto a los hombres.

El hallazgo a finales de 2020 de los restos de una mujer de hace 8.000 años con todo un arsenal para cazar consiguió dar una fuerte sacudida a la arqueología. Que una chica de 17 a 19 años cazara grandes animales con lanzas en los Andes cuestiona abiertamente la imagen de que la caza era cosa de hombres –la caza representaba además sólo el 10% de la dieta de las tribus prehistóricas [10]– y que las mujeres, en todo caso, se encargaban de limpiar y preparar las piezas. Es más, diferentes análisis confirman que el único período en el que las mujeres no realizaban este tipo de tareas era durante la gestación avanzada y los primeros momentos tras el parto.

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El hallazgo de los restos de una mujer de hace 8.000 años con todo un arsenal para cazar dio una fuerte sacudida a la arqueología y cuestionó abiertamente la imagen de que la caza era cosa de hombres.

Este descubrimiento, y muchos otros, apuntan en la misma dirección: en las tribus precapitalistas, cuando no existía la propiedad privada, no existía la división de tareas “productivas” y tareas domésticas. El conjunto de la tribu se encargaba de las tareas de la caza y de la recolección, así como del cuidado de ancianos y niños, que eran educados en comunidad. Incluso, desde el punto de vista de la libertad sexual, las relaciones afectivas eran mucho más libres y diversas, ya que, al no existir una dependencia –ni de sustento ni económica– de un género hacia otro, éstas se ejercían en plena igualdad [11].

La maquinaria capitalista, con la gran colaboración de la Iglesia Católica, trata de ocultar nuestro pasado, desde el más remoto al más reciente, para mantener a las mujeres trabajadoras sometidas a sus verdades absolutas y a la idea de que “siempre ha sido así” y “siempre será así”.

Machismo y capitalismo van de la mano

Hubo un momento histórico en el que la mujer no estaba relegada a las cuatro paredes del hogar ni a la esclavitud de los cuidados. Ahora, miles y miles de años después, en un momento en el que la precariedad, la violencia machista y la desigualdad se están recrudeciendo, es fundamental extraer todas las conclusiones del método marxista, de los avances científicos y de la propia lucha de clases. Para terminar con el patriarcado y el machismo hay que terminar con el sistema capitalista. Al acabar con la propiedad privada —dice Engels— se acabará a su vez con el trabajo asalariado, la división de la sociedad en clases y “por consiguiente, la necesidad de que cierto número de mujeres (...) se prostituyan”.

La experiencia de todos estos años de lucha, donde en todo el mundo las oprimidas han levantado una bandera por sus derechos, nos deja grandes lecciones. La mujer no siempre fue la esclava del hombre, y hoy millones se rebelan para romper las cadenas del sexismo. El machismo es una gran cárcel para la mayoría de las mujeres. Sólo construyendo una sociedad socialista, armados y armadas con las ideas y el programa del marxismo revolucionario, podremos arrancar uno a uno esos barrotes y vivir en genuina libertad.

Notas

[1] Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Fundación Federico Engels. Madrid. 2006, p. 17.
[2] El ADN de tres uros hallados en Galicia junto a la pastora Elba abre un nuevo enigma para la paleontología
[3] La igualdad entre sexos predominaba en las sociedades prehistóricas
Roles de género de la prehistoria: el pasado tampoco fue como creemos
Sex equality can explain the unique social structure of hunter-gatherer bands
[4] "El patriarcado es una anomalía de la historia de la Humanidad"
[5] Los primeros hombres y mujeres eran igualitarios, afirman científicos
[6] Marylène Patou-Mathis: “No hay pruebas científicas que respalden que el hombre prehistórico era superior a la mujer”
[7] Friedrich Engels, op. cit., pp. 70-71.
[8] "La monogamia no está en nuestra naturaleza"
[9] Federico Engels, op. cit., p. 72.
[10] Menos trabajo y más cooperación: la Prehistoria no fue tan miserable como nos la contaron
[11] Mujeres en la Prehistoria: mitos, estereotipos y roles de género