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Fue un fenómeno teatral imparable desde su estreno en Sydney. Se ha erigido como una de las representaciones más aclamadas de la cartelera británica. Arrasó en Broadway y ahora ha llegado a Madrid, agotando todas las entradas de sus funciones en pocos días. No es para menos. Prima Facie es de esas obras que hay que leer y ver. Teatro que conciencia, que remueve y sacude.

Escrita por Suzie Miller, una autora británico-australiana, Prima Facie nos cuenta la historia de Tess, una abogada defensora con un amplio expediente como letrada en casos de agresiones sexuales. La joven proviene de una familia humilde que pudo enviarla a la Universidad, a la mejor escuela de derecho de Gran Bretaña, donde se relacionaba con la creme de la creme, es decir, con niños y niñas pijas nacidas en la opulencia. Precisamente por ese ambiente clasista, Tess se llega a creer que el sistema funciona, que la legalidad es justa y que la ley nos protege a todos y todas por igual.

Hasta que un día todo cambia. Tess es violada por un compañero de trabajo y a partir de ese momento empieza a ser aplastada por la misma maquinaria patriarcal, clasista e despótica de la que ella formaba parte.

Cuesta describir con palabras la emoción, la rabia, la desesperación y el dolor que llegas a sentir viendo esta pieza teatral. Un monólogo de casi dos horas sobre la violencia sexual, el consentimiento, las leyes podridas y arcaicas que son un escupitajo en la cara de las víctimas de este monstruo llamado patriarcado. Es un viaje por el infierno, personal y judicial, que sufren las víctimas de agresiones. Como expresa la protagonista: un proceso que en cada caso es diferente, es confuso, borroso, doloroso. Pierdes tu dignidad, pierdes tu valentía, la confianza en otros seres humanos, la alegría en tu sexualidad. Y encima, el juicio te lo hacen a ti. Quien tiene que protegerte eres tú. Quien tiene que demostrar algo eres tú.

Prima Facie es un grito de auxilio y hartazgo. No es solo una denuncia del sistema judicial londinense, donde se desarrolla el texto. Es un cuestionamiento de todas las instituciones capitalistas a nivel mundial, de ahí su éxito en tantos países: de la judicatura en primer lugar pero también de la policía y su trato inhumano ante una denunciante, de los procedimientos médicos sin acompañamiento psicológico, de los bufés de abogados sin escrúpulos donde quien más paga más posibilidades tiene de ganar.

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Un monólogo sobre la violencia sexual, el consentimiento, las leyes podridas y arcaicas que son un escupitajo en la cara de las víctimas de este monstruo llamado patriarcado. Un viaje por el infierno judicial que sufren las víctimas de agresiones. 

Es una obra muy dura porque cuenta la verdad. Es un texto que pone los pelos de punta porque lo que le sucede a Tess es lo que nos ha ocurrido, ocurre u ocurrirá a la gran mayoría de nosotras. Muchas recordaremos experiencias personales que queremos olvidar, porque la realidad es que una de cada tres mujeres es víctima de una agresión sexual.

La programación de la obra en los Teatros del Canal ha coincidido, además, con todo el debate sobre el caso Rubiales y la ley del Solo Sí es Sí. Ha sido una “simpática” casualidad, porque cada línea de este monólogo es un puñetazo en la boca a quienes han intentado justificar lo injustificable, a quienes nos han llamado histéricas y exageradas por denunciar lo ocurrido, y a quienes agacharon la cabeza y cedieron ante la justicia patriarcal y la derecha franquista, y eliminaron el consentimiento como factor clave para señalar una agresión sexual reformando la ley del Solo Sí es Sí.

Historias como la de Tess hay muchas, demasiadas, y sentencias judiciales que absuelven a nuestros agresores lamentablemente también. Pero hay algo que también tenemos, y es esa manada de millones de mujeres, jóvenes, trabajadoras, pensionistas, amas de casas, que hemos construido en las calles. Es la lucha para que todo cambie y caigan todos los que permiten que esto siga pasando. Es la convicción de que solo señalando que el sistema no funciona podremos poner fin a tanta impunidad y tanta violencia. Hasta que un día no tengamos que demostrar si íbamos borrachas o no, si nos metimos por propia voluntad o no con nuestro agresor en un taxi, si nos quitamos la ropa nosotras mismas, o si forcejeamos o gritamos lo suficiente.

La grandeza de esta obra, además de una actuación de Vicky Luengo que te roba la respiración, es que da voz a muchas mujeres que se quedaron mudas, a las que todavía no han podido hablar y a las que ya nos hemos sacudido el miedo y hemos dicho se acabó.

No permitiremos que el patriarcado y el capitalismo nos roben la vida. Vivas, libres y combativas.


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