La publicación por parte de la Fundación Federico Engels de los manifiestos, tesis y resoluciones aprobadas por los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista entre 1919 y 1922, representa una importante contribución al estudio de la historia del movimiento obrero. Sin duda alguna, los documentos que componen este libro exponen brillantemente la táctica, estrategia y organización del bolchevismo ruso y de los pioneros del comunismo internacional en los años inmediatamente posteriores al triunfo de la revolución de octubre. No estamos ante un libro de interés meramente histórico sino ante una amplia aportación teórica al marxismo revolucionario. [1]

León Trotsky señaló en 1933: "Los primeros cuatro congresos de la Internacional Comunista nos dejaron una valiosa herencia programática: la caracterización de la etapa actual como etapa imperialista, es decir, de culminación y comienzo del declive del capitalismo; de la naturaleza del reformismo moderno y los métodos para combatirlo; de la relación entre la democracia y la dictadura del proletariado; del papel del partido en la revolución proletaria; de la relación entre el proletariado y la pequeña burguesía, especialmente el campesinado (la cuestión agraria); del problema de las nacionalidades y la lucha por la liberación de los pueblos coloniales; del trabajo en los sindicatos; de la política del frente único; de la relación con el parlamentarismo, etc. Estos cuatros primeros congresos sometieron estas cuestiones a un análisis de principios que aún no ha sido superado".[2]

La mayor parte de los documentos de estos congresos fueron escritos y defendidos por Lenin y Trotsky y constituyeron el programa del partido mundial de la revolución socialista en sus años heroicos. Todavía quedaba un largo camino por recorrer antes de que la burocracia estalinista abandonara la posición internacionalista de los bolcheviques y la reemplazara por la teoría del socialismo en un solo país y la colaboración de clases.

Por razones obvias, los textos de los cuatro primeros congresos de la IC fueron ocultados durante décadas a generaciones de comunistas, pues el contenido político de los mismos chocaba frontalmente con la nueva orientación de la burocracia. Estudiar detalladamente las posiciones políticas y programáticas de la Internacional Comunista en tiempos de Lenin,  conocer el caudal de ideas, análisis y observaciones contenidos en unos materiales que siguen manteniendo toda su fuerza y consistencia para la época actual, ayudará seriamente a todos aquellos que luchan por construir el factor subjetivo de la revolución socialista.

Imperialismo y revisionismo

En los años previos a la Primera Guerra Mundial, el proceso de concentración y monopolización del capital se tradujo en el dominio aplastante del capital financiero y los consorcios capitalistas. Fue el nacimiento del imperialismo, la fase superior del capitalismo. Para dar salida a la producción e incrementar la cuota de ganancia,  se libró una encarnizada lucha por las colonias y el mercado mundial, por las fuentes de materias primas y un amplio ejército de reserva al que explotar. Las principales potencias capitalistas se vieron empujadas irresistiblemente a la colonización y al saqueo de nuevos territorios, mostrando que la política imperialista se había convertido en un fenómeno internacional, un todo indivisible del que ningún país podía sustraerse.

Este contexto objetivo marcó la historia y el devenir de la Segunda Internacional, heredera de la Asociación Internacional de Trabajadores fundada por Marx, y que se desarrolló en un plano superior a su antecesora: pronto agrupó a organizaciones de masas bajo la bandera del marxismo revolucionario. Este período de expansión y fortalecimiento del imperialismo, de grandes ganancias acumuladas por las potencias imperialistas como el que se vivió durante todo el período de formación y consolidación de la Segunda Internacional, no podía dejar de tener un efecto importante en sus filas. En primer lugar, el auge experimentado por el capitalismo sirvió para corromper a amplios sectores de la aristocracia obrera y a una capa significativa de responsables del partido y de los sindicatos. En segundo lugar, favoreció el desarrollo de tendencias oportunistas y revisionistas en la dirección, que pretendían encontrar la solución a los problemas de la clase obrera dentro de los límites del capitalismo y sus instituciones.

El revisionismo y su idea de una transformación "gradual y democrática" de la sociedad capitalista utilizando la vía del parlamento burgués, los sindicatos, la legislación laboral y los mecanismos que supuestamente el progreso económico había puesto al alcance de los trabajadores (como las cooperativas y el crédito), proponían una completa ruptura con los fundamentos de la teoría marxista y una adaptación a los intereses de la pequeña burguesía. En palabras de Rosa Luxemburgo: "La corriente oportunista en el partido, formulada teóricamente por Bernstein, no es otra cosa que un intento inconsciente de garantizar la preponderancia de los elementos pequeñoburgueses que se han unido al partido, esto es, de amoldar la política y los objetivos del partido al espíritu pequeñoburgués. La cuestión de reforma o revolución, del movimiento o el objetivo último, es básicamente la cuestión del carácter pequeñoburgués o proletario del movimiento obrero".[3]

La degeneración reformista de los partidos de masas de la Segunda Internacional tuvo consecuencias dramáticas. Como organización revolucionaria colapsó ante la primera prueba sería a la que fue sometida. Su paso al campo del socialpatriotismo y su abandono de un punto de vista de clase e internacionalista, convirtió a la Internacional en el sostén fundamental del orden burgués durante la Primera Guerra Mundial imperialista y en la oleada revolucionaria que la siguió. "El colapso de la Segunda Internacional" señaló Lenin,"es el colapso del oportunismo, que surgió de las características del ya pasado (y llamado pacífico) período de la historia, y que en los últimos años llegó a dominar prácticamente la Internacional. Desde hace tiempo, los oportunistas venían preparando el terreno para este colapso al renegar de la revolución socialista y sustituirla por el reformismo burgués, al rechazar la lucha de clases y la guerra civil como su resultado inevitable en ciertos momentos; al predicar la conciliación de clases, al propagar el chovinismo burgués bajo la careta del patriotismo y la defensa de la patria, al ignorar o rechazar la verdad fundamental del socialismo, establecida hace tiempo en el Manifiesto Comunista, de que los trabajadores no tienen patria; al reducirse a la lucha contra el militarismo desde un punto de vista sentimental y filisteo en lugar de reconocer la necesidad de la guerra revolucionaria de los trabajadores de todos los países contra la burguesía de todas las naciones, al convertir en fetiche la necesidad de la utilización del parlamentarismo burgués y de la legalidad burguesa...".[4]

El bolchevismo

El período de degeneración de la Segunda Internacional coincidió también con el de la formación y consolidación de la tendencia bolchevique, la que mejor mantuvo la fidelidad a los principios del marxismo revolucionario y aplicó su programa en la práctica.

Las bases teóricas y prácticas para la construcción de un fuerte partido marxista fueron elaboradas por Lenin a lo largo de grandes polémicas políticas y acontecimientos en la lucha de clases. El enfoque de Lenin para clarificar el cómo, con qué métodos, programa y tácticas se debía dotar la clase obrera nacional e internacionalmente de una organización revolucionaria templada y endurecida, no fue el fruto de un capricho o de la obsesión de un reducido aparato conspirativo.  Surgía  directamente de la estrategia revolucionaria para transformar la sociedad, y se desprendía del estudio detallado de la historia de las grandes revoluciones burguesas (la inglesa de 1640 y la francesa de 1789-93) y del papel que en ella jugaron las diferentes clases sociales, sus agrupamientos y partidos.

La historia del Partido Bolchevique tal como fue en realidad, limpia de las distorsiones y falsificaciones de los epígonos estalinistas y la propaganda burguesa, ofrece grandes lecciones para los procesos revolucionarios contemporáneos. En una de sus obras fundamentales, Lenin realiza una descripción sintética pero profunda de la historia del bolchevismo[5] como el resultado de un largo y laborioso proceso de educación política. En primer lugar de una lucha implacable, bajo el yugo del despotismo zarista, contra las viejas ideas del populismo, la forma que adoptó el anarquismo ruso en aquellas condiciones de atraso económico y social. En segundo lugar, de la adquisición de una sólida base teórica, conseguida a través de la controversia con los elementos oportunistas del movimiento socialdemócrata y enfrentarse, en tan solo quince años (1903-1917), a una asombrosa variedad y sucesión de acontecimientos. La forma que adoptó el movimiento del proletariado ruso, su riqueza en matices y métodos de lucha de todas las clases (legal e ilegal, propaganda en los círculos y agitación entre las masas, trabajo parlamentario e insurrección armada), fue realmente extraordinaria. A su vez, la dirección bolchevique no dejó de estudiar en profundidad cada huelga que se producía en Europa y EEUU, cada movimiento de la clase trabajadora, cada pugna ideológica en sus organizaciones.

Lenin diferenció varias épocas en la formación y cristalización definitiva del bolchevismo. Una primera, los llamados años de preparación de la revolución (1903-1905), durante la cual la socialdemocracia rusa tuvo grandes limitaciones para desplegar su actividad, sometida a la clandestinidad y cercada por la represión policial del zarismo. La dirección bolchevique se encontraba en el exilio, pero en aquel período se plantearon teóricamente todas las cuestiones esenciales de la revolución: "Los representantes de las tres clases fundamentales" señala Lenin, "de las tres tendencias políticas principales: la liberal-burguesa, la democrático-pequeñoburguesa (cubierta bajo la etiqueta de las corrientes ‘socialdemócrata' [menchevique] y ‘socialrevolucionaria') y la proletaria revolucionaria, mediante una lucha encarnizada de concepciones programáticas y tácticas, anuncian y preparan la futura lucha abierta de clases".

Un segundo período, que Lenin llama los años de revolución (1905-1907), donde las condiciones objetivas para el estallido revolucionario cristalizaron, y todas las clases sociales, las tendencias políticas y sus concepciones programáticas y tácticas, fueron sometidas a la prueba de la práctica. La revolución de 1905  fue una escuela gigantesca que suministró lecciones políticas de primer orden. Las huelgas económicas se transformaron rápidamente en huelgas políticas; se pusieron a prueba, en palabras de Lenin, las relaciones entre el proletariado dirigente y los campesinos dirigidos, "vacilantes, dudosos". Se confirmó la importancia histórica de los sóviets, transformados de comités de huelga en parlamentos proletarios y organismos del doble poder. La revolución de 1905 ofreció toda una gama de formas de lucha,  parlamentarias y no parlamentarias; pacíficas o insurreccionales... "Cada mes de este período vale, desde el punto de vista del aprendizaje de los fundamentos de la ciencia política -para las masas y los jefes, para las clases y los partidos-, por un año de desenvolvimiento ‘pacífico' y ‘constitucional'. Sin el ensayo general de 1905, la victoria de la Revolución de Octubre en 1917 hubiera sido imposible".

El ala bolchevique también sufrió las presiones del período revolucionario. Durante la revolución de 1905, Lenin tuvo que luchar contra la rutina y el conservadurismo de aquellos militantes acostumbrados al trabajo de pequeño círculo y reticentes a una orientación enérgica hacia las masas. Estos "hombres de comité" intentaron subordinar la dinámica viva de la revolución a los estrechos límites de una organización clandestina, lo que les llevó a no reconocer la importancia decisiva de los sóviets. No comprendieron que el profundo cambio que se había producido en la situación objetiva obligaba a una transformación completa de la táctica de la organización.

Después de la derrota de la insurrección armada de los obreros de Moscú, la revolución entró en un fuerte período de reflujo. Entre 1907-1910, la reacción zarista volvió a dominar temporalmente el escenario. Las organizaciones revolucionarias fueron diezmadas, sus dirigentes enviados a la clandestinidad, el exilio y la cárcel, mientras el desánimo y la desmoralización hacían su aparición en las filas del movimiento. Fueron años de fuertes presiones ideológicas y materiales, en los que surgieron tendencias ultraizquierdistas y penetraron los prejuicios de la pequeña burguesía. Años de dificultades, de deserciones y claudicación.

Lenin y los principales cuadros bolcheviques resistieron la embestida volviendo sobre sus pasos, concentrándose en primer lugar en el estudio de los fundamentos de la teoría marxista, de la dialéctica materialista,[6] y cohesionando el núcleo dirigente para preparar el éxito en la siguiente oleada. En palabras de Lenin: "...Esta gran derrota dio a los partidos revolucionarios y a la clase revolucionaria una verdadera lección sumamente saludable, una lección de dialéctica histórica, una lección de inteligencia, de destreza y arte para conducir la lucha política. Los amigos se conocen en la desgracia. Los ejércitos derrotados se instruyen celosamente".

En la lucha de clases, como en la guerra, saber retroceder cuando se dan condiciones adversas es igual o más importante que saber avanzar. La fracción bolchevique fue la que retrocedió, en palabras de Lenin, "con más orden, con menos quebranto de su ‘ejército'; conservando mejor su núcleo central, con las escisiones menos profundas e irreparables, con menos desmoralización, con más capacidad para reanudar la acción de un modo más amplio, acertado y enérgico". El método leninista de organización preparó las condiciones para que, en un período objetivo de retroceso, el partido sufriera las menores perdidas posibles. Una preparación basada en la lucha ideológica consecuente, la depuración de las filas bolcheviques de elementos diletantes, y la utilización de tácticas flexibles que preservaran, aún en los momentos de mayor dificultad, el nexo de unión con los mejores elementos de la clase.

La marea histórica volvió a ofrecer nuevas oportunidades a los marxistas rusos. La represión salvaje de las huelgas mineras en Lena (1912), abrieron las compuertas a un rápido crecimiento de las luchas obreras. "Venciendo dificultades enormes" señala Lenin, "los bolcheviques eliminaron a los mencheviques, cuyo papel, como agentes burgueses en el movimiento obrero, fue admirablemente comprendido por toda la burguesía después de 1905 y a los cuales, por este motivo, ésta última sostenía de mil maneras contra los bolcheviques. Pero éstos últimos no hubieran llegado nunca a semejante resultado si no hubiesen aplicado una táctica acertada, combinando la actuación ilegal con la utilización obligatoria de las ‘posibilidades legales' En la más reaccionaria de las Dumas, los bolcheviques conquistaron toda la curia obrera". Este período que abría perspectivas revolucionarias muy similares a las de 1905, fue cortado violentamente por la guerra.

La guerra imperialista

En los años de la carnicería imperialista (1914-1917), los bolcheviques quedaron aislados de las masas mientras sus principales dirigentes, o bien fueron condenados a la deportación en Siberia (tal fue el caso de los diputados en la Duma), o arrojados al exilio (como Lenin, Zinóviev, Bujarin). A pesar de dificultades terribles, los bolcheviques mantuvieron una posición internacionalista intransigente y lucharon contra la capitulación chovinista de los dirigentes de la Segunda Internacional. Fue un período de clarificación y educación política de los cuadros, de lucha contra los socialpatriotas, pero también contra los centristas de todo signo que utilizando una fraseología tomada del marxismo defendían el punto de vista de la burguesía y la pequeña burguesía en los asuntos fundamentales.

Lenin, que se encontraba aislado y en circunstancias extraordinariamente adversas, trabajó tenazmente con el fin de cohesionar a todos los militantes bolcheviques dispersos en el exilio. Editó un nuevo órgano central del partido (El Socialdemócrata) y logró mantener los contactos con el movimiento clandestino en Rusia. No fue una tarea fácil, pero los bolcheviques fueron los que entendieron con mayor claridad la situación. Como siempre han hecho los grandes teóricos del marxismo ante los virajes bruscos de la situación mundial, Lenin volvió al estudio de las grandes obras del pensamiento político y económico: "Entre fines de 1913 y comienzos de 1914, Lenin estudia sistemáticamente y hace notas críticas, de acuerdo a una serie de intereses teóricos y políticos bien definidos, sobre el texto de la correspondencia Marx-Engels; en la segunda mitad de 1914 intensifica los estudios filosóficos e inicia el análisis de Ciencia de la lógica de Hegel; en 1915 estudia y anota Vom Kriege de Clausewitz; en la segunda mitad de 1915 da comienzo a la colección de materiales que confluirá en Cuadernos sobre el imperialismo y que continuará aun luego de haber terminado el ‘ensayo popular' (julio de 1916), hasta la inmediata vigilia de la revolución de febrero. Esta vastísima colección de comentarios, de apuntes, de observaciones críticas y de esbozos de investigación toca los temas centrales de la reflexión política de Lenin en esos años: la estrategia y la táctica del partido revolucionario de la clase obrera, la concepción del imperialismo y, en el centro de todo ello, el método dialéctico de pensamiento".[7]

Ante el desmoronamiento político y organizativo de la vieja Internacional, la tarea más urgente y necesaria era educar a los cuadros en la lucha intransigente contra el revisionismo y, sobre todo, contra el centrismo que empezaba a levantar cabeza con su demagogia "radical". En aquellos años, Lenin sacó la conclusión de que era necesario trabajar por la construcción de una nueva Internacional marxista. Los textos de aquella época, especialmente La bancarrota de la Segunda Internacional, son una clara exposición política a favor de una nueva organización. Pero el hecho de que la vieja Internacional colapsara por completo en un momento clave de la lucha de clases, como fue la guerra imperialista, demostraba precisamente que la tarea planteada no era ni mucho menos un asunto que se pudiera resolver con medidas organizativas. Los sectarios ultraizquierdistas son aficionados a citar los escritos de Lenin del período 1914-17, cuando insistía repetidamente en la necesidad de romper radicalmente con la vieja socialdemocracia. Sin embargo, Lenin era muy consciente de que el éxito de la ruptura con los reformistas sería el fruto de una lucha prolongada para arrancar a las masas de la influencia del socialpatriotismo.

Internacionalismo proletario

Sólo un pequeño número de revolucionarios marxistas se enfrentó a la vergonzosa traición y al colapso de la Segunda Internacional en el momento del estallido de la guerra imperialista. Entre ellos figuraban Lenin y los bolcheviques rusos; Trotsky;  Rosa Luxemburgo y sus colaboradores más estrechos en la socialdemocracia alemana y polaca; los diputados marxistas serbios, y un puñado de internacionalistas en Holanda, Italia, Bulgaria y otros países.

A medida que la guerra mostraba su carácter reaccionario, se fueron desvaneciendo las ilusiones en la demagogia de los líderes socialpatriotas ("una guerra para acabar con todas las guerras", "una guerra en defensa de la civilización y las conquistas del movimiento obrero"...). Las penurias materiales, la escasez, la muerte de cientos de miles de obreros en las trincheras, alimentaron un descontento creciente que finalmente penetró en los partidos socialdemócratas. La formación de una heterogénea oposición política a la guerra en las filas de las organizaciones reformistas se abrió camino, aunque su tendencia mayoritaria era hacia el pacifismo.

Los primeros pasos en la dirección de una nueva organización internacional se dieron en los inicios de 1915. En la localidad suiza de Zimmerwald tuvo lugar una reunión en el mes de septiembre convocada a iniciativa de los socialistas italianos. La convocatoria hacía un llamamiento a "todas las organizaciones obreras que permanecieron fieles al principio de la lucha de clases y de la solidaridad internacional" y pasó a la historia como la Conferencia de Zimmerwald. En la misma participaron representantes de organizaciones socialistas de Alemania, Francia, Italia, los Balcanes, Suecia, Noruega, Polonia, Rusia, Holanda y Suiza. A pesar del paso adelante que la Conferencia representó, no se trataba de una reunión de delegados marxistas. Las sesiones estuvieron dominadas fundamentalmente por los centristas y pacifistas, aunque finalmente se aprobó un manifiesto, redactado por Trotsky, que condenaba la guerra imperialista desde un punto de vista internacionalista y mostraba su solidaridad con todos los militantes socialistas que habían sido perseguidos por oponerse a la misma. En la reunión cristalizó, en torno a los delegados bolcheviques, la denominada Izquierda de Zimmerwald.

La Conferencia de Zimmerwald fue seguida de la Conferencia de Kienthal en abril  de 1916, donde la influencia de la izquierda zimmerwaldiana se fortaleció. De todas formas, tanto en la Conferencia de Zimmerwald como en la de Kienthal los partidarios de construir una nueva Internacional todavía eran minoría. La nueva organización surgiría a partir de grandes conmociones sociales.

Los efectos de la guerra y la situación en Rusia, que culminó con el triunfo bolchevique, aceleraron poderosamente los acontecimientos. La revolución de octubre confirmó la corrección de la estrategia leninista sobre el partido. La diferencia entre el éxito o el fracaso fue resuelta por la existencia de una organización revolucionaria con una política correcta, nutrida por miles de cuadros obreros que fueron capaces, en el curso de aquellos acontecimientos, de ligarse con los sectores más avanzados de la clase, en las fábricas, en el ejército, en el campo y en los sóviets. Pero los días previos al triunfo de octubre también pusieron de manifiesto que, incluso en una organización como la bolchevique, las enormes presiones de las clases enemigas podían penetrar y desatar las vacilaciones de un sector de la dirección. La presencia de Lenin y Trotsky permitió asegurar que el rumbo hacia la toma del poder se mantuviera firme contra todas las soluciones de compromiso que amenazaban el triunfo revolucionario. Sin ese Estado Mayor, y sin esos militantes que dieron una expresión consciente a las aspiraciones de las masas, la victoria no habría sido posible. En palabras de León Trotsky:

 "En el año 1917, Rusia pasaba por una crisis social muy grave. No obstante, sobre la base de todas las lecciones de la historia uno puede decir con certeza que de no haber sido por la existencia del Partido Bolchevique, la inconmensurable energía revolucionaria de las masas se hubiera gastado infructuosamente en explosiones esporádicas y los grandes levantamientos habrían concluido en la más dura dictadura contrarrevolucionaria. La lucha de clases es el principal motor de la historia. Necesita un programa correcto, un partido firme, una dirección valiente y de confianza -no héroes de salón y de frases parlamentarias, sino revolucionarios dispuestos a ir hasta el final-. Esta es al principal lección de la revolución de octubre".

La fundación de la Internacional Comunista

El 24 de enero de 1919, la dirección del Partido Comunista Ruso (bolchevique) junto a los partidos comunistas polaco, húngaro, alemán, austriaco, letón, finlandés, la Federación Socialista Balcánica y del Partido Socialista Obrero norteamericano, realizaron el siguiente llamado:

 "Los partidos y organizaciones abajo firmantes consideran como una imperiosa necesidad la reunión del I Congreso de la nueva Internacional revolucionaria. Durante la guerra y la revolución se puso de manifiesto no sólo la total bancarrota de los viejos partidos socialistas y socialdemócratas y con ellos de la Segunda Internacional, sino también la incapacidad de los elementos centristas de la vieja socialdemocracia para la acción revolucionaria. Al mismo tiempo, se perfilan claramente los contornos de una verdadera Internacional revolucionaria".

El congreso fundacional de la Tercera Internacional se reunió en marzo de 1919. En esa época el Estado obrero soviético estaba sometido al cerco de la intervención militar imperialista, y eso impidió que muchos delegados pudieran acudir. En este I Congreso, las jóvenes fuerzas de la Internacional Comunista establecieron las bases políticas que habían sido delineadas en los años precedentes por Lenin y Trotsky: oposición frontal a los intentos de reconstruir la Segunda Internacional con la misma forma que tenía antes de la guerra; denuncia despiadada del pacifismo burgués y de las ilusiones pequeñoburguesas en el programa de paz del presidente estadounidense Wilson; defender los principios de la teoría marxista sobre el Estado y denunciar la democracia burguesa como una forma de dictadura capitalista sobre el proletariado (las tesis elaboradas por Lenin, Democracia y dictadura, son un ejemplo maravilloso al respecto). La conclusión del congreso fue clara: la Internacional Comunista lucharía por agrupar a la vanguardia revolucionaria del proletariado en una internacional marxista homogénea.

La guerra y el triunfo bolchevique en octubre de 1917 abrieron una época de revolución y contrarrevolución en Europa. Por todas partes estallaban motines en los ejércitos, huelgas generales y movimientos insurreccionales. Desde Finlandia o Alemania en 1918, pasando por Austria, Bulgaria, Hungría, Italia..., toda Europa estuvo recorrida, hasta 1921, de una agitación revolucionaria que amenazaba los cimientos del sistema capitalista. A duras penas la burguesía podía contener la situación y sólo lo logró apoyándose en las viejas organizaciones socialdemócratas y en los sindicatos reformistas. La burguesía fracasó en Rusia, pero sacó valiosas lecciones de su derrota. Como señaló Trotsky, a partir de entonces la clase dominante comprobó que lo que pensaba imposible se hizo posible. Ya no sería cogida desprevenida.

El triunfo de octubre y la oleada revolucionaria que la siguió en numerosos países de Europa, provocaron una sacudida brutal en las organizaciones socialdemócratas. Surgieron tendencias comunistas en la mayoría de los viejos partidos de la Segunda Internacional y los dirigentes reformistas solo pudieron mantener una base entre los sectores más atrasados e inertes de la clase. En ese período se produjo una constante afluencia de obreros a las filas de la Internacional Comunista, al tiempo que la presión de la base obligó a muchos dirigentes, que en el pasado habían mantenido posiciones reformistas, a mostrar su apoyo de palabra a la nueva organización. En marzo de 1919, el Partido Socialista Italiano envió su adhesión; en mayo lo hicieron el Partido Obrero noruego y el Partido Socialista Búlgaro; en junio el Partido Socialista de Izquierda sueco y el Partido Socialista Comunista húngaro. En Francia, los comunistas ganaron la mayoría del Partido Socialista en el Congreso de Tours (1920): el ala de derechas se escindió con 30.000 miembros y el Partido Comunista Francés se formó con 130.000. El Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD) se escindió en octubre de 1920 en el Congreso de Halle y la mayoría se fusionó con el Partido Comunista Alemán, que se transformó en una organización de masas. Acontecimientos similares ocurrieron en Checoslovaquia.

En palabras de Lenin: "La Tercera Internacional fue fundada bajo una situación mundial en que ni las prohibiciones ni los pequeños y mezquinos subterfugios de los imperialistas de la Entente o de los lacayos del capitalismo, como Scheidemann en Alemania y Renner en Austria, son capaces de impedir que entre la clase obrera del mundo entero se difundan las noticias acerca de esta Internacional y las simpatías que ella despierta. Esta situación ha sido creada por la revolución proletaria, que, de un modo evidente, se está incrementando en todas partes cada día, cada hora. Esta situación ha sido creada por el movimiento soviético entre las masas trabajadoras, el cual ha alcanzado ya una potencia tal que se ha convertido verdaderamente en un movimiento internacional..."[8].

Las veintiuna condiciones

Bajo la presión de los acontecimientos, viejos líderes reformistas y pacifistas solicitaron su ingreso formal  en la Tercera Internacional. La amenaza de infiltración de las viejas tendencias oportunistas en las filas de la nueva organización era grande.

En el II Congreso, celebrado en 1920, estas presiones se intentaron contrarrestar con la aprobación de veintiuna condiciones para la afiliación a la Internacional Comunista, en las que se criticaba con claridad el socialpacifismo de los centristas, al tiempo que se les exigía una ruptura tajante con el programa pacifista de los imperialistas estadounidenses (el desarme, la Liga de las Naciones...). Este II Congreso también ratificó su posición contra el régimen interno de la Segunda Internacional y las relaciones diplomáticas de aparato, que hacían de la Internacional una federación de partidos autónomos que les permitía actuar en abierta oposición entre ellos ante hechos trascendentales de la lucha de clases. La nueva Internacional Comunista, como partido mundial de la revolución socialista, se construyó sobre la base de un programa y una acción común y los métodos del centralismo democrático.

Como era de esperar, muchos de los centristas y conciliadores a quienes el II Congreso impidió afiliarse inmediatamente mostraron el auténtico carácter y calado de sus maniobras. Apoyaron y se unieron a la Internacional Segunda y Media, que agrupó durante una corta temporada a los austromarxistas (Otto Bauer, Víctor Adler), a lo que quedaba del USPD alemán, los longuetistas franceses, el Partido Laborista Independiente (ILP), etc. Pero en aquella época de revolución y contrarrevolución, el centrismo estaba condenado. El intento de establecer una organización intermedia entre la Segunda Internacional socialpatriota y la nueva Internacional Comunista fracasó miserablemente. Muchos militantes honestos y revolucionarios se sumaron a los comunistas, mientras los líderes centristas se reunificaron en 1923 con la vieja Internacional socialdemócrata.

Izquierdismo

La impaciencia de sectores de vanguardia del movimiento ante la traición de los viejos partidos reformistas, y su incomprensión de la política del bolchevismo y el marxismo en general, dio lugar a la aparición de tendencias sectarias y ultraizquierdistas. Muchos de los nacientes partidos comunistas (italiano, inglés, holandés, etc.) se vieron afectados por esta enfermedad "infantil", como la definió Lenin. Un caso especialmente destacado fue el del partido alemán que había vivido la experiencia de la derrota de la revolución en 1919 y el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht por orden de los ministros socialdemócratas. El izquierdismo fue duramente criticado por los dirigentes bolcheviques, con Lenin y Trotsky a la cabeza, que se esforzaron por esclarecer teóricamente este fenómeno.

Los puntos fundamentales que defendían los izquierdistas en aquel período siguen siendo semejantes a los que plantean en la actualidad: se pronunciaban contra el trabajo paciente en las organizaciones de masas, alentando todo tipo de atajos organizativos y lanzando ultimátums a los trabajadores desde la periferia del movimiento. Se declaraban contra la participación en las elecciones parlamentarias y a favor del boicot electoral en todas y cada una de las circunstancias; defendían el abandono de los sindicatos de masas y la construcción de "sindicatos rojos". El ultraizquierdismo, reflejo de la impaciencia y la inexperiencia, estaba lleno de los lugares comunes del anarquismo. Al cretinismo parlamentario le contraponían el cretinismo antiparlamentario; ante el poder y la influencia de los sindicatos reformistas se conformaban con crear pequeñas sectas sindicales, que aislaban a una capa de obreros de vanguardia y, lejos de debilitar a la burocracia sindical, en realidad servía para fortalecerla. Sus representantes más destacados fueron en Alemania el KAPD (Partido Comunista Obrero Alemán), Amadeo Bordiga en Italia, los ex tribunistas holandeses dirigidos por Gorter y Pannekoek y algunos líderes comunistas británicos.

En el II Congreso de la Internacional, muchas polémicas se centraron en la lucha abierta contra estas tendencias izquierdistas. El Manifiesto del Congreso, escrito por Trotsky, subrayaba los principios de la estrategia marxista contra esta política aventurera: "La Internacional Comunista es el partido mundial de la rebelión proletaria y de la dictadura del proletariado. No tiene tareas ni objetivos separados ni aparte de los propios de la clase obrera. Las pretensiones de las sectas minúsculas, cada una de las cuales quieren salvar a la clase obrera a su manera, son ajenas y hostiles al espíritu de la Internacional Comunista. La IC no posee ningún tipo de panaceas ni fórmulas mágicas, sino que se basa en la experiencia internacional, presente y pasada, de la clase obrera; depura estas experiencias de todas las equivocaciones y desviaciones; generaliza las conquistas alcanzadas y reconoce solamente como fórmulas revolucionarias las fórmulas de acción de masas. Llevando a cabo una lucha sin cuartel contra el reformismo en los sindicatos y contra el cretinismo parlamentario y el carrerismo, la Internacional Comunista, condena al mismo tiempo todos los llamamientos sectarios para dejar las filas de las organizaciones sindicales que agrupan a millones, o dar la espalda al trabajo en las instituciones parlamentarias y municipales. Los comunistas no se separan de las masas que están siendo decepcionadas y traicionadas por los reformistas y los patriotas, sino que se comprometen a un combate irreconciliable dentro de las organizaciones de masas e instituciones establecidas por la sociedad burguesa, para poder derrocarla lo más segura y rápidamente posible".

Ante el peligro que, para el desarrollo de la Internacional, suponían estas tesis sectarias, Lenin escribió su famoso libro La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo:

 "Precisamente la absurda ‘teoría' de la no participación de los comunistas en los sindicatos reaccionarios" escribe Lenin, "demuestra del modo más evidente con qué ligereza consideran estos comunistas ‘de izquierda' la cuestión de la influencia sobre las ‘masas' y de qué modo abusan de su griterío acerca de las ‘masas'. Para saber ayudar a la ‘masa' y conquistar su simpatía, su adhesión y su apoyo no hay que temer las dificultades, las quisquillas, las zancadillas, los insultos y las persecuciones de los ‘jefes' (que, siendo oportunistas y socialchovinistas, están en la mayor parte de los casos en relación directa o indirecta con la burguesía y la policía) y se debe trabajar sin falta allí donde estén las masas. Hay que saber hacer toda clase de sacrificios y vencer los mayores obstáculos para llevar a cabo una propaganda y una agitación sistemáticas, tenaces, perseverantes y pacientes precisamente en las instituciones, sociedades y sindicatos, por reaccionarios que sean, donde haya masas proletarias o semiproletarias. Y los sindicatos y las cooperativas obreras (estas últimas, por lo menos, en algunos casos) son precisamente las organizaciones donde están las masas.

 "En Inglaterra, Francia y Alemania, millones de obreros pasan por primera vez de la completa falta de organización a la forma más elemental e inferior, más simple y accesible de organización (para los que se hallan todavía impregnados por completo de prejuicios democrático-burgueses): los sindicatos; y los comunistas de izquierda, revolucionarios pero insensatos, quedan a un lado, gritan: ‘¡Masa! ¡Masa!', pero ¡¡se niegan a actuar en los sindicatos, so pretexto de su ‘espíritu reaccionario'!! E inventan una ‘unión obrera' nuevecita, pura, limpia de todo prejuicio democrático-burgués y de todo pecado corporativo y de estrechez profesional, que será (¡qué será!), dicen, amplia y para ingresar en la cual se exige solamente (¡solamente!) ¡¡El ‘reconocimiento de los sóviets y de la dictadura del proletariado'!! ¡Es imposible concebir mayor insensatez, mayor daño causado a la revolución por los revolucionarios ‘de izquierda'!".[9]

El II Congreso abordó todas estas cuestiones de táctica y estrategia, incluyendo el trabajo en los parlamentos burgueses y en las elecciones. Por ejemplo, en las discusiones con los comunistas británicos respecto a la cuestión del laborismo, Lenin les aconsejó pedir la afiliación al Partido Laborista como una forma de no aislarse de las masas y poder realizar entre ellas una propaganda sistemática de las ideas marxistas: "Es equivocada la afirmación del camarada Gallacher", señalaba Lenin "de que, al pronunciarnos a favor del ingreso en el Partido Laborista, apartaremos de nosotros a los mejores elementos del proletariado inglés. Debemos probarlo en la práctica. Estamos seguros de que todos los acuerdos y resoluciones que ha de adoptar nuestro Congreso serán publicados en los periódicos socialistas revolucionarios ingleses y que todas las organizaciones y secciones locales tendrán la posibilidad de discutirlos. Todo el contenido de nuestras resoluciones proclama con la mayor claridad que somos los representantes de la táctica revolucionaria de la clase obrera en todos los países y que nuestro objetivo es luchar contra el viejo reformismo". Respecto a las elecciones, Lenin también propuso una táctica en sintonía con lo anterior: "Presentaríamos nuestros candidatos en unos pocos escaños absolutamente seguros, es decir, en distritos donde nuestro candidato no daría ningún escaño a los liberales a expensas de los laboristas. Tomaríamos parte en la campaña, distribuyendo panfletos de agitación comunista, y en todas las circunscripciones donde no presentásemos candidatos, llamaríamos al electorado a votar por el candidato laborista y contra los candidatos burgueses".[10]

La lucha contra estas tendencias se prolongó durante varios años en el seno de la Internacional. En esencia reflejaba la falta de madurez política, de experiencia y de temple de las nuevas organizaciones, cuyas direcciones no habían sido capaces de asimilar en toda su amplitud las enseñanzas del bolchevismo y la flexibilidad de sus tácticas. Cuando, en marzo de 1921, el Partido Comunista de Alemania (KPD) se lanzó a una ofensiva armada improvisada, sin contar con la suficiente preparación y el apoyo de las masas, la derrota del movimiento selló también la de las tácticas izquierdistas y aventureras.

III Congreso de la Internacional. El Frente Único

El III Congreso de la Internacional, celebrado en 1921, levantó la consigna del "frente único", lo que propició un debate teórico excepcional. La discusión comenzó abordando a fondo la situación mundial tras el reflujo de la primera gran oleada revolucionaria después de la guerra (1917-1920), y la consiguiente recuperación por parte de la burguesía y de la socialdemocracia oficial de una buena parte de las posiciones políticas perdidas con anterioridad.

Desde 1917 la ofensiva del proletariado ruso y europeo había puesto al capitalismo contra las cuerdas. A pesar de la heroicidad del movimiento, los intentos revolucionarios en Alemania (1918-1919/1921), en Hungría (1919), en Italia (1920), incluida la ofensiva del Ejército Rojo sobre Varsovia, habían sido derrotadas. La razón de estos fracasos se explica por dos hechos fundamentales: la traición de la socialdemocracia oficial, y los errores tácticos y estratégicos de los jóvenes partidos comunistas europeos que carecían de la experiencia y el nivel político necesario. La burguesía había logrado descarrilar los esfuerzos de las masas revolucionarias, asestando un duro golpe a las perspectivas de la Internacional Comunista de un triunfo rápido en Europa. La clase dominante pudo reestablecer sus posiciones temporalmente, y aumentó la confianza en sí misma. En ese momento, Lenin y Trotsky, conscientes de que la correlación de fuerzas había cambiado después de un período de crisis revolucionaria, y ante las dificultades internas que atravesaba la URSS, reorientaron la  política de Internacional Comunista.

La extrema radicalización de amplias capas de la clase trabajadora y del campesinado dio paso a un período de reflujo, coincidiendo además con un agravamiento de la crisis económica en Europa. Lenin y Trotsky comprendían que, en aquellas circunstancias, la tarea más importante era avanzar en la construcción de los partidos comunistas, ganar posiciones firmes en el movimiento obrero y ligarse a las luchas defensivas de los trabajadores. No eran momentos para ofensivas revolucionarias.

Los líderes de la Tercera Internacional fueron duramente criticados por los izquierdistas alemanes y holandeses, partidarios de la política "ofensiva". Caricaturizaron las posiciones de Lenin y Trotsky y las compararon con la de los mencheviques. Trotsky escribió grandes textos sobre la coyuntura de aquel período, entre ellos su magnífico artículo Flujos y Reflujos. Insistió en que un retroceso temporal en el proceso de radicalización de las masas era inevitable tras las derrotas políticas acaecidas en esos años, a lo que se sumaba una crisis económica que podría tener efectos negativos a acorto plazo. Trotsky enfatizó la oportunidad de adaptar las consignas y las tácticas de la Tercera Internacional a las condiciones concretas del momento. Era necesario asumir que la derrota revolucionaria había cambiado el panorama. Sin dejar de fustigar las ideas simplistas y ridículas de los ultraizquierdistas alemanes, que por otra parte quedaron completamente desautorizadas tras la derrota de marzo de 1921, Trotsky también subrayó que sería un error perder de vista que el período histórico mostraba claramente una tendencia dominante hacia la revolución. En cualquier caso, las condiciones del momento hacían necesario considerar de forma escrupulosa la situación coyuntural y tomar las medidas para fortalecer los jóvenes partidos comunistas entre las masas. Ese era el camino para aprovechar las oportunidades que brindaría el futuro.

Esas fueron las circunstancias políticas en las que el III Congreso definió la táctica general del frente único que perseguía un objetivo claro: llegar a la base obrera de las organizaciones socialdemócratas oficiales. En aquel período de ataques agresivos de la burguesía, adoptar una política defensiva que uniese al movimiento obrero era imprescindible, y esa táctica era la del frente único: "golpear juntos, marchar separados", combatir al enemigo común mediante acciones acordadas en defensa de reivindicaciones concretas, y mantener la total independencia y agitación a favor del programa comunista.

Los dirigentes reformistas de los sindicatos y de la Segunda Internacional, y también los centristas de la Internacional Segunda y Media, trataban de explotar las tendencias a favor de la unidad que se extendían en el seno de los trabajadores, culpando de esa falta de acción común a los partidos comunistas. Para desenmascarar estas maniobras y ganar el apoyo de las bases obreras que seguían a los reformistas, la Internacional Comunista aprobó la nueva táctica del frente único en defensa de las posiciones económicas y políticas sometidas al ataque de la burguesía, de reivindicaciones salariales, de reducción de jornada, de subsidio obrero, derechos democráticos. La propuesta de unidad de acción no sólo se orientaba a la base de las organizaciones socialdemócratas, iban dirigidas públicamente a sus direcciones, lo que permitía a los comunistas realizar una agitación efectiva a favor de sus planteamientos. La burocracia reformista reaccionó con virulencia ante estos llamados demostrando en la práctica, ante los ojos de millones de obreros, que su demanda de unidad era una cortina de humo. La socialdemocracia no estaba dispuesta a emprender una lucha consecuente por consignas básicas, incluso por reformas, pues estas sólo podrían ser arrancadas a la burguesía mediante métodos de lucha y acciones de carácter revolucionario.

Durante los meses que transcurrieron hasta el IV Congreso, los progresos que la Internacional Comunista había logrado en el período anterior se consolidaron y ampliaron. Para 1922, la Internacional Comunista contaba ya con sesenta secciones nacionales, que agrupaban a una militancia cercana a los tres millones, y disponían de setecientos órganos de prensa. También se registraron serios avances en el mundo colonial dónde las masas habían iniciado un amplio movimiento antiimperialista y por la liberación nacional. En enero de 1922 se celebró en Moscú el Congreso de los Trabajadores de Extremo Oriente, que permitió establecer los primeros vínculos firmes entre la Internacional y clase obrera de China y Japón.

El IV Congreso en 1922 reafirmó todas las consideraciones políticas discutidas en el anterior y las desarrolló más profundamente. El debate que en ese momento estaba teniendo lugar en el seno del Partido Comunista de la Unión Soviética sobre la Nueva Política Económica (NEP), bajo la fortísima presión de las dificultades económicas surgidas tras la guerra civil y el fracaso de la revolución en Europa, planteó una lección muy valiosa: cómo abordar las retiradas tácticas, incluso después de la conquista del poder.

Los problemas de la edificación socialista

La historia de la Internacional Comunista está indefectiblemente ligada a la historia de la URSS. No podía ser de otra manera. La autoridad del Partido Bolchevique y del Estado obrero soviético sobre todos los partidos que componían la Internacional era extraordinaria. Por tanto, los problemas surgidos en la edificación del socialismo en la Unión Soviética tenían que afectar al desarrollo de la Internacional Comunista, condicionando su futuro.

Los problemas a los que se enfrentó la dirección bolchevique para llevar a cabo, en un país tan atrasado, la construcción del Estado obrero y del socialismo fueron formidables. La base material de Rusia había quedado destruida y su fuerza laboral extenuada tras siete años de guerra ininterrumpida. Después del triunfo socialista de octubre, la clase obrera se apropió de la vieja maquinaria del Estado y la puso a funcionar con el objeto de desarrollar las fuerzas productivas y poner fin a la lucha por la supervivencia y el excedente. Este período fue denominado por Marx y Engels dictadura del proletariado.

En teoría, el nuevo Estado obrero tendría un carácter muy diferente al del viejo Estado capitalista. Ya no se trataba de aplastar a la mayoría de la población para defender los ingresos y privilegios de una minoría, sino de mantener bajo control a una minoría de ex capitalistas y ex terratenientes. En esta fase de transición la clase obrera ya no necesitaría de una gran maquinaria burocrática estatal para impedir la vuelta de los viejos propietarios. Lenin subrayó esta idea en su obra El Estado y la revolución: "Es necesario todavía un aparato estatal de transición, una maquinaria especial de represión: el Estado. Pero es ya un Estado de transición, no es ya un Estado en el sentido estricto de la palabra (...)".

La condición previa para la transición a una sociedad sin clases es el desarrollo de las fuerzas productivas, tanto en la industria como en la agricultura, favoreciendo el avance de la técnica y la cultura. El objetivo, tantas veces enfatizado por Marx, consistiría en crear las condiciones materiales adecuadas para que la clase obrera, una vez liberada de la penosa tarea de bregar cotidianamente por su supervivencia, pudiera emplear sus esfuerzos en la participación y el control de toda la actividad social, en el terreno político, económico y cultural. Esta condición era absolutamente necesaria. Sin tiempo material, los trabajadores no pueden llevar a cabo las tareas de control y participación.

Sobre la base de la expropiación de la burguesía, del capital financiero y la socialización de las fábricas y las industrias, la planificación democrática bajo control obrero puede hacer que la economía progrese rápidamente. En la práctica, a pesar de que el gobierno revolucionario adoptó inmediatamente la jornada de 8 horas para favorecer la participación de los obreros en el control del Estado, las dificultades económicas, la penuria, el esfuerzo de la guerra civil y la reconstrucción de la sociedad obligaron en muchas ocasiones a prolongar el trabajo del proletariado. Desde 1917 hasta 1921 la guerra civil aumentó la destrucción, la miseria y el colapso económico del país, desmoronando su tejido industrial y agrícola. En esas condiciones extremas el Ejército Rojo, creado desde la base de las fábricas por León Trotsky, demostró su enorme capacidad de combate frente a 21 ejércitos invasores. El triunfo militar del bolchevismo fue extraordinario pero las consecuencias de la guerra fueron devastadoras. Todos los rasgos de la antigua barbarie resurgieron con virulencia. La pauperización de la vida social implicó una disputa brutal por el excedente.

La lucha de clases se agudizó durante los primeros años. Los bolcheviques expropiaron y nacionalizaron las fábricas y la banca, establecieron el monopolio del comercio exterior y procedieron a levantar una administración obrera. Pero la insuficiencia en el terreno industrial era muy grande y la producción escasa. El tráfico de mercancías entre el campo y la ciudad se fue reduciendo drásticamente. En 1918 no se disponía siquiera de la mitad del suministro habitual mensual de cereal. La lucha por el cereal se convirtió, en palabras de Lenin, en la lucha por el socialismo, lo que obligó a la dirección bolchevique a imponer el monopolio estatal del trigo.

Los campesinos pequeños y medianos fueron obligados a entregar parte de la producción. Sin embargo, el Estado obrero sólo podía proporcionar al campesino papel moneda con el que no se podía comprar apenas nada. La industria no podía auxiliar al campesinado en la tarea de incrementar la productividad agraria y era incapaz de proporcionarle bienes de consumo. Toda la producción fue sometida a un régimen militar. En 1918 se nacionalizó el comercio interior y, para poder realizar de forma equitativa la distribución, la población se agrupó en cooperativas subordinadas al Congreso de Alimentación. Este conjunto de medidas fueron conocidas como Comunismo de Guerra, gracias al cual fue abastecido el Ejército Rojo. Pero la situación en el campo y en la industria sencillamente era dramática.

En 1919, el número de obreros industriales había caído al 76% del nivel de 1917, mientras que el porcentaje de obreros de la construcción había caído al 66%, y el de ferroviarios al 63%. La cifra global de obreros industriales descendió a menos de la mitad, de tres millones en 1917 a un millón doscientos cuarenta mil en 1920. El propio Lenin describió de manera cruda aquellas condiciones insoportables: "El proletariado industrial debido a la guerra y la pobreza y ruina desesperadas se ha desclasado, es decir, ha sido desalojado de su rutina de clase, ha dejado de existir como proletariado. El proletariado es la clase que participa en la producción de bienes materiales en la industria capitalista a gran escala. En la medida en que la industria a gran escala ha sido destruida, en la medida que las fábricas están paradas, el proletariado ha desaparecido. A veces aparece en las estadísticas, pero no se ha mantenido unido económicamente...".[11]

En 1917 Lenin definió las condiciones para un Estado obrero sano y para luchar contra su burocratización: a) Elecciones libres y democráticas a todos los cargos del Estado soviético; b) Revocabilidad de todos los cargos públicos; c) Que ningún cargo público recibiese un salario superior al de un obrero cualificado; d) Que todas las tareas de gestión de la sociedad las asumiese gradualmente toda la población de manera rotativa.

En palabras de Lenin: "Reduzcamos el papel de los funcionarios públicos al de simples ejecutores de nuestras directrices, al papel de inspectores y contables, responsables, revocables y modestamente retribuidos (en unión, naturalmente, de los técnicos de todos los géneros, tipos y grados); ésa es nuestra tarea proletaria. Por ahí se puede y se debe empezar cuando se lleve a cabo la revolución proletaria".[12]

Sin embargo, en las condiciones materiales de Rusia esta perspectiva era objetivamente inviable. Se requería el apoyo de los países más adelantados de Europa para construir el socialismo en Rusia, del triunfo de la revolución al menos en algunos de los países clave. Lenin siempre fue muy claro a este respecto:

 "Desde el principio de la revolución de octubre, nuestra política exterior y de relaciones internacionales ha sido la principal cuestión a la que nos hemos enfrentado. No simplemente porque desde ahora en adelante todos los Estados del mundo están siendo firmemente atados por el imperialismo en una sola masa sucia y sangrienta, sino porque la victoria completa de la revolución socialista en un solo país es inconcebible, y exige la cooperación más activa de por lo menos varios países avanzados, lo que no incluye a Rusia...".

 "Tanto antes de octubre como durante la revolución de octubre, siempre hemos dicho que nos consideramos y sólo podemos considerarnos como uno de los contingentes del ejército proletario internacional (...) Siempre hemos dicho, por lo tanto, que la victoria de la revolución socialista sólo se puede considerar final cuando se convierte en la victoria del proletariado por lo menos en varios países avanzados".[13]

Las consecuencias de este vasto fenómeno de atomización y dispersión de la clase obrera fueron dramáticas para el establecimiento de un régimen de democracia obrera viable. En muchos casos las estructuras soviéticas dejaron de funcionar, los sóviets como órganos de poder obrero cayeron en desuso o fueron sustituidos por los comités del partido. Las tareas de la administración del Estado eran cubiertas, cada vez en mayor proporción, por un número importante de los viejos funcionarios del régimen zarista, mientras que los mejores cuadros comunistas servían en el frente como comisarios rojos o estaban consagrados a la tarea de la construcción económica.

Lenin consciente de esta situación denunció enérgicamente el nuevo rumbo de los acontecimientos. En el IV Congreso de la Internacional Comunista advirtió: "Tomamos posesión de la vieja maquinaria estatal y esa fue nuestra mala suerte. Tenemos un amplio ejército de empleados gubernamentales. Pero nos faltan las fuerzas echadas para ejercer un control real sobre ellos (...) En la cúspide tenemos no se cuantos, pero en cualquier caso no menos de unos cuantos miles (...) Por abajo hay cientos de miles de viejos funcionarios que recibimos del zar y de la sociedad burguesa (...)".

En otros escritos remachaba la misma idea: "Echamos a los viejos burócratas, pero han vuelto (...) llevan una cinta roja en sus ojales sin botones y se arrastran por los rincones calientes. ¿Qué hacemos con ellos? Tenemos que combatir a esta escoria una y otra vez, y si la escoria vuelve arrastrándose, tenemos que limpiarla una y otra vez, perseguirla, mantenerla bajo la supervisión de obreros y campesinos comunistas a los que conozcamos por más de un mes y un día...".[14]

La Nueva Política Económica (NEP)

La falta de abastecimiento en las ciudades se unió al hambre en el campo y pronto se sucedieron estallidos y manifestaciones del campesinado y de la clase obrera contra la escasez. En 1921 se produjo un levantamiento campesino en Tambov mientras en Kronstadt la guarnición naval se sublevó contra el poder de los sóviets. Esta amenaza a la revolución era aún más grave que la agresión imperialista. El desgaste, la escisión en el campesinado, la escasez general obligaron a dar un giro a los bolcheviques. En 1921, la introducción de la NEP (Nueva Política Económica), supuso una gran concesión política con el objetivo de reestablecer el intercambio comercial en el campo y aliviar la insoportable presión social y económica que se cernía sobre el Estado obrero.

Las viejas palabras de Marx planeaban sobre los líderes bolcheviques: "el desarrollo de las fuerzas productivas es prácticamente la primera condición absolutamente necesaria para el comunismo por esta razón: sin él se socializaría la indigencia y esta haría resurgir la lucha por lo necesario, rebrotando, consecuentemente, todo el viejo caos".

La NEP sólo puede entenderse desde la óptica de las condiciones hostiles que rodeaban la transición al socialismo en Rusia. El fracaso de la revolución europea y las dificultades internas obligaron a la dirección del partido a emprender una retirada táctica. En el X Congreso del PCUS se anunció la sustitución del sistema de entregas forzosas de granos por el impuesto en especie con lo que los campesinos podían disponer de un excedente con el que comerciar en el mercado. El objetivo último era estimular la economía agrícola. Inicialmente se trataba de una experiencia limitada y supeditada a la economía planificada: el Estado seguía concentrando toda la industria pesada, las comunicaciones, la banca, el sistema crediticio, el comercio exterior y una parte preponderante del comercio interior.

A pesar de la NEP los problemas continuaron. En 1923 la discrepancia entre los precios industriales y agrarios aumentó. La productividad del trabajo en la industria era muy baja y eso significaba precios altos para los productos industriales, mientras que los beneficios obtenidos por los pequeños campesinos eran insuficientes para poder acceder a ellos. Al mismo tiempo los campesinos acomodados, los kulaks, fortalecían su posición en el mercado, acaparaban y compraban el grano del pequeño productor, convirtiéndose en el único interlocutor del Estado en el mundo rural. Esto se reflejaba también en los sóviets locales donde su influencia era cada vez mayor. Las tendencias proburguesas en el campo crecían y se desarrollaban paralelamente al fortalecimiento y al aumento del peso de la burocracia.

Las bases de la burocracia

"La reacción creció durante el acoso de las dos guerras que siguieron a la revolución y los acontecimientos la nutrieron sin cesar" (León Trotsky, La revolución traicionada).

Después de un período de tensiones colosales, esperanzas e ilusiones en el triunfo revolucionario del proletariado europeo, el péndulo giró, y el reflujo de la actividad de la clase obrera rusa junto a su dispersión, el agotamiento de sus fuerzas y la desmovilización de millones de hombres del Ejército Rojo jugaron un papel decisivo en la formación de la nueva burocracia. A finales de 1920, el número de funcionarios del Estado había pasado de poco más de 100.000 a 5.880.000 y el número seguía creciendo. Muchos de ellos no eran comunistas, ni siquiera obreros avanzados, sino elementos que provenían del viejo aparato zarista, miles de ellos fueron empleados como personal militar cualificado en el Ejército Rojo bajo la supervisión de los comisarios rojos.

 "La joven burocracia formada precisamente para servir al proletariado", señaló Trotsky, "se sintió árbitro entre las clases y adquirió una autonomía creciente". Al cansancio de la vieja generación de militantes del partido se unió una nueva que no conocía las anteriores tradiciones. La búsqueda de "un respiro" ante las enormes presiones de la situación objetiva favoreció el aumento de la confianza de los funcionarios en su propio papel. En medio de la escasez generalizada, el aparato burocrático se aprovechó de su posición para beneficiarse de ventajas materiales. Las dificultades tanto internas como externas alimentaban la consolidación de la burocracia. La cadena de fracasos revolucionarios en Europa occidental, especialmente en Alemania en 1923, dio nuevos bríos a esta dinámica y concedió a la naciente burocracia la fuerza suficiente para pensar ilusoriamente en que el socialismo podría construirse "paso a paso" dentro de las fronteras nacionales de Rusia. La democracia obrera fue minándose tanto en lo relativo a los órganos de poder (los sóviets), como en el interior del partido.

 "La degeneración del partido fue la causa y la consecuencia de la burocratización del Estado", escribió Trotsky en La revolución traicionada. Las condiciones materiales y sociales, y no las intenciones subjetivas prepararon el terreno para el triunfo de la burocracia: fueron el atraso y el fracaso del triunfo revolucionario en Europa occidental, con el consiguiente aislamiento de la URSS, lo que lo aceleró.

La caída de la Tercera Internacional

La burocratización y degeneración del Partido Comunista de la URSS y del Estado obrero en Rusia atravesó por diferentes etapas y cada una de ellas supuso un descenso mayor. Pero la consolidación de la nueva casta dominante no fue algo sencillo: tuvieron que librar una virulenta lucha en el seno del partido y de la Internacional Comunista contra el ala leninista representada por la Oposición de Izquierdas, que defendió consecuentemente el programa del bolchevismo y el internacionalismo proletario.

Como hemos señalado, la degeneración del Estado obrero se nutrió de los fracasos revolucionarios en Europa. En 1923 se produjo un nuevo punto de inflexión. Como consecuencia de las aspiraciones imperialistas francesas y de la ocupación de la cuenca del Ruhr por parte del ejército francés, ese año estalló una nueva crisis revolucionaria. La respuesta de los trabajadores alemanes fue tremenda: se organizaron grandes huelgas de masas y un potente movimiento de delegados de fábricas emergió convirtiéndose en el referente de decenas de miles de trabajadores. Los obreros alemanes giraron hacia los comunistas, que ganaron la mayoría en numerosos sindicatos. También se empezaron a formar brigadas armadas. El Partido Socialdemócrata estaba desorientado y la burguesía profundamente dividida. Era el momento de una estrategia clara para tomar el poder. Pero cuando se requería la iniciativa y la decisión práctica de la dirección revolucionaria para empujar el movimiento hacia la victoria, el Partido Comunista Alemán (KPD) se mostró incapaz de asumir sus tareas. En lugar de ganar con una política enérgica a la base descontenta de la socialdemocracia, que miraba con extraordinaria simpatía hacia los comunistas, la dirección del KPD vaciló agarrándose a la táctica de frente único de una manera formal, sin comprender que en ese momento las circunstancias habían variado rápidamente y era necesario pasar a la ofensiva. Por su parte, los consejos de los dirigentes de la Tercera Internacional implicados en el seguimiento de los acontecimientos en Alemania, Stalin y Zinóviev, a favor de parar la acción revolucionaria fueron completamente desastrosos: los trabajadores alemanes sufrieron la tercera derrota en tan sólo cinco años.

León Trotsky hizo balance de aquella experiencia revolucionaria en 1924:

 "¿Por qué no ha podido triunfar la revolución alemana? Todas las razones hay que buscarlas en la táctica y no en las condiciones objetivas. Nos hemos enfrentado a una situación revolucionaria clásica y la hemos dejado escapar. A partir de la ocupación del Ruhr, y más aún cuando se hizo evidente la bancarrota de la resistencia pasiva, hubiera sido necesario que el Partido Comunista adoptara una orientación firme y resuelta hacia la conquista del poder. Sólo un valiente giro táctico hubiera podido cohesionar al proletariado alemán en su lucha por el poder. Si en el III Congreso, y en parte en el IV, dijimos a los camaradas alemanes ‘no os ganaréis a las masas más que combatiendo con ellas sobre la base de reivindicaciones transitorias', a mediados de 1923, la cuestión se planteaba ya de otro modo: después de todo lo que el proletariado alemán tuvo que sufrir en aquellos años podría haber sido arrastrado a la batalla decisiva si hubiera estado convencido de que la lucha iba en serio, o como dicen los alemanes aufs ganze (lo que se plantea no es tal o cual aspecto parcial, sino lo esencial), que el Partido Comunista estaba dispuesto a emprender la lucha y era capaz de lograr la victoria. Pero el Partido Comunista rectificó tarde y sin la firmeza necesaria (...)".[15]

Los fracasos del proletariado alemán y de los comunistas en otros países de Europa proporcionaron a la burguesía las condiciones para estabilizar el sistema durante un nuevo período. Pero estas derrotas también fortalecieron a la burocracia soviética como una fuerza cada vez más independiente y despegada del control de la clase obrera rusa. A finales de 1923, con Lenin gravemente enfermo, la troika dirigente del partido, Stalin, Zinóviev y Kámenev, lanzó una batalla sin cuartel contra Trotsky. Tras la muerte de Lenin en 1924, la lucha de la burocracia contra la Oposición de Izquierdas se prolongaría durante más de quince años.

El V Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en 1924, supuso un paso importante en su adaptación al programa político y los métodos de la burocracia estalinista. La Internacional ratificó la teoría antileninista del socialismo en un solo país formulada por Stalin, que supondría el abandono del internacionalismo proletario y la perspectiva de la revolución mundial. Desde entonces la Internacional Comunista se convertiría progresivamente en un apéndice de las decisiones e intereses políticos y materiales de la burocracia rusa.

Bandazos políticos

Entre 1924 y 1935, la burocracia estalinista llevó a cabo toda una serie de zigzags políticos y una vasta purga de elementos opositores en las organizaciones del partido y la Internacional. Entre 1924 y 1925, su apoyó a los kulaks y a los nepmen en el plano interior, se trasladó internacionalmente en todo tipo de acuerdos oportunistas y burocráticos con organizaciones reformistas y nacionalistas. Fue el caso de la política de subordinación impuesta al Partido Comunista Chino respecto al Kuomintang, que se saldó con la derrota trágica de la revolución en 1925-1927 y la masacre de miles de militantes y cuadros comunistas en Cantón y Shangai. También de la alianza política con la burocracia sindical inglesa, el llamado "comité anglo-ruso", que facilitó una cobertura izquierdista a los dirigentes reformistas de las Trade Unions, para abandonar al ala izquierda de los sindicatos ingleses en el momento clave de lucha y preparar su derrota durante la huelga general de 1926.

Los errores de la dirección estalinista, con sus consiguientes resultados, fueron criticados duramente por la Oposición de Izquierdas (bolcheviques-leninistas). Trotsky y los cuadros de la Oposición exigieron el restablecimiento de los principios de la democracia obrera en el partido, el Estado y los sóviets; el abandono de la teoría del socialismo en un solo país, los bandazos a favor de la colaboración de clases y la vuelta a una firme política internacionalista y de independencia de clase. La Oposición de Izquierdas también advirtió de los peligros que acechaban a la economía planificada y sus conquistas, demandando planes inmediatos para asegurar la industrialización del país y combatir a la pequeña burguesía.

Tras utilizar a los kulaks y los nepmen como arietes contra la Oposición, la burocracia estalinista se enfrentó al peligro de ser liquidada por las mismas fuerzas sociales que había desatado. La posibilidad de la restauración capitalista en la URSS se convirtió en algo real. La burocracia estaba acabando con la democracia obrera, es decir, con la participación democrática de las masas en la gestión y control del Estado, de la economía, la política y la cultura. Pero no estaba interesada en liquidar las relaciones sociales de producción nacidas de la revolución de octubre, esto es, la nacionalización de la economía, de la que obtenía una parte importante de sus privilegios e ingresos. A partir de 1927 Stalin, llevado por el pánico, imprimió un violento giro hacia posiciones "izquierdistas". Utilizando métodos brutales la burocracia impuso la colectivización forzosa de la tierra y un plan quinquenal para la industrialización del país, asumiendo de manera distorsionada uno de los principales puntos del programa de la Oposición. Con este nuevo giro, la burocracia no restableció el control democrático de los trabajadores sobre el Estado, sino que se aseguró el control sobre el mismo de una manera más férrea.

Inevitablemente este nuevo zigzag tuvo su reflejo correspondiente en la esfera de la Internacional en una nueva cabriola hacia el ultraizquierdismo y el sectarismo. El VI Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en 1928 después de un lapso de cuatro años, supuso la reafirmación en la teoría del socialismo en un solo país y un nuevo bandazo. La nueva política, conocida públicamente como la del tercer período, supuso el completo abandono de las lecciones de los cuatro primeros congresos. La Internacional Comunista promovió la escisión del movimiento sindical (formación de sindicatos rojos como organizaciones independientes) y la teoría sectaria del socialfascismo (la socialdemocracia y el fascismo no son antípodas, sino gemelos).

El contexto internacional anunciaba años turbulentos. La depresión económica mundial, iniciada con el crac de 1929 en los Estados Unidos, abrió las puertas a una nueva ofensiva del proletariado en Europa. La burguesía alemana abandonó cualquier expectativa de que un régimen democrático parlamentario pudiera hacer frente a la crisis social y frenar a los trabajadores, y secciones enteras de la misma se inclinaron abiertamente por los nazis. Años antes la burguesía italiana había optado por los fascistas de Mussolini. En aquellas circunstancias de revolución y contrarrevolución, la política llevada a cabo por la burocracia estalinista fue un completo desastre.

Negándose a entender el fenómeno del fascismo, adoptando una posición completamente sectaria respecto a las masas obreras que seguían al Partido Socialdemócrata, la política del tercer período aisló al Partido Comunista Alemán y permitió el avance de las fuerzas de Hitler. La estrategia de Stalin condujo al proletariado alemán a una derrota vergonzosa sin que tuviese capacidad para organizar una respuesta armada. El hecho de que la dirección del KPD considerara el triunfo de Hitler como un accidente temporal en el camino para la victoria de los comunistas, confirmaba su completa desorientación y capitulación.

Los frentes populares

La tragedia del proletariado alemán y austriaco, consecuencia directa de la política criminal de la dirección estalinista, no provocó ninguna crisis o crítica de importancia en las filas de la Internacional. El proceso de burocratización y degeneración de las diferentes secciones nacionales, ininterrumpido desde 1924, había llegado a un punto crítico. Exactamente igual que 1914, la Internacional Comunista bajo el control de Stalin fue incapaz de comprender y orientarse en la vorágine de la revolución y la contrarrevolución, y con su política creó las condiciones para nuevas derrotas del proletariado.

Aterrada por el cariz que adoptaban los acontecimientos, Stalin buscó el apoyo de las potencias imperialistas occidentales (las "democracias" de Francia e Inglaterra) contra la Alemania nazi. Repitiendo un método conocido, la burocracia estalinista imprimió un nuevo giro en su estrategia. Tras haber defendido una posición sectaria con consecuencias trágicas para el proletariado alemán, el VII Congreso de la Internacional Comunista, reunido en 1935, aprobó lo que en realidad sería el corte definitivo con los últimos restos de sus tradiciones. La política leninista de independencia de clase, de lucha contra la dictadura capitalista encubierta bajo las formas de la democracia burguesa, fue enviada al basurero y reemplazada por el programa menchevique del "frentepopulismo", "la defensa nacional" y la colaboración de clases con la burguesía.

Las secciones nacionales de la Internacional Comunista, en línea con la nueva política exterior de la burocracia soviética de colaboración con las potencias imperialistas "democráticas", adoptaron la posición de la "defensa de la patria". De esta manera los estalinistas se transformaron en numerosos países en los "socialchovinistas" del momento, como así ocurrió con los dirigentes de los partidos comunistas francés, británico, norteamericano y otros muchos. Pero las consecuencias más dramáticas de esta traición a los principios del marxismo leninismo se vivieron durante la revolución española.

En julio de 1936 decenas de miles de obreros en armas aplastaron en las principales ciudades la intentona fascista de los militares, y abrieron un período de transformaciones revolucionarias. El Estado burgués republicano se desmoronó y surgieron organismos de poder obrero que colectivizaron fábricas, tierras, y armaron a los trabajadores organizando milicias para combatir a los militares insurrectos. Todas las condiciones para coordinar esos organismos, embriones genuinos de sóviets, y proceder a una expropiación completa de la burguesía y la oligarquía terrateniente estaban completamente maduras. Llevar a cabo una movilización general de la población en una guerra revolucionaria semejante a la que desarrollaron los bolcheviques entre 1917-1921 era perfectamente posible.

La lucha de los trabajadores españoles no tenía por qué detenerse en las fronteras nacionales: Francia y Gran Bretaña estaban en un punto de ebullición revolucionaria. Pero la burocracia estalinista, atemorizada por la perspectiva de una victoria proletaria que pudiese abrir el cauce a una rebelión de los trabajadores en el interior de Rusia, puso todas sus energías en liquidar la revolución española. Utilizó toda su autoridad política y sus vínculos con la vieja tradición de octubre para decapitar la revolución. Igual que la Segunda Internacional, igual que Noske y Scheidemann en 1919, los estalinistas se transformaron en una fuerza contrarrevolucionaria activa. Para completar el trabajo, desataron en la URSS las grandes purgas contra la vieja guardia bolchevique y decenas de miles de militantes del partido y las juventudes.

Sobre el cadáver de la revolución española, Stalin firmó el infame pacto con Hitler en 1939. Las tímidas críticas que se levantaron contra este acuerdo en las filas de la Internacional, mientras miles de militantes se pudrían en las cárceles y campos de concentración nazis, fueron ahogadas con nuevas expulsiones. Finalmente Stalin, de una manera miserable, liquidó la Internacional Comunista en 1943 como gesto de buena voluntad para con los aliados imperialistas durante la Segunda Guerra Mundial. La que en su día fuera la organización revolucionaria más temida por la burguesía mundial, se disolvió con el beneplácito de las direcciones estalinizadas de los partidos comunistas. La teoría del socialismo en un solo país enterraba el internacionalismo proletario; la lucha por la revolución mundial dio paso a la degeneración en líneas nacional-reformista de los partidos comunistas.

Clase, partido y dirección

La construcción de una organización internacional revolucionaria tiene una larga historia que se inicia en los tiempos de Marx y Engels con la formación de la Primera Internacional. Una historia de combates, victorias y derrotas, de esclarecimiento político y teórico. La experiencia del movimiento obrero ha puesto de relieve que el agrupamiento de las fuerzas revolucionarias no ha seguido nunca un curso rectilíneo. Al contrario, la organización del partido revolucionario ha sido siempre un camino tortuoso, condicionado por innumerables factores de la lucha de clases, de las condiciones objetivas en que se desenvuelve el capitalismo, y la situación que atraviesan las organizaciones tradicionales del proletariado, factores que se entrelazan mutuamente y determinan la forma compleja en que se produce el proceso de toma de conciencia de los trabajadores.

Los cambios objetivos en la sociedad nunca se reflejan en la conciencia de la clase obrera de manera inmediata, ni producen conclusiones socialistas automáticas; si eso fuera así hace décadas que habríamos liquidado el capitalismo. A pesar de que la clase obrera es bastante homogénea, consta de diferentes capas que llegan a diferentes conclusiones en momentos diferentes. Pero hay momentos en que sacudidas bruscas y repentinas, que reflejan las contradicciones que se dan en la base material de la sociedad, aceleran este proceso y, dialécticamente, la conciencia se pone a la altura de las grandes tareas de la historia avanzando con botas de siete leguas.

internacional_comunista.jpgLas experiencias revolucionarias desde la gran revolución rusa de 1905 hasta la revolución latinoamericana que se desarrolla en la actualidad, muestran que las masas pueden sacar conclusiones muy avanzadas en un lapso de tiempo muy corto. Toda la inercia de décadas de explotación y violencia, de resignación y humillaciones, se convierten en su contrario cuando las contradicciones políticas, sociales y económicas llegan a un punto determinado. No obstante, la victoria no depende sólo de la conciencia socialista de las masas, siendo ésta un factor decisivo e imprescindible. Hace falta algo más, y ése algo más es la existencia de una organización revolucionaria probada en la arena de la lucha de clases y que haya ganado la confianza y el apoyo consciente de la mayoría de los oprimidos. La victoria revolucionaria es, ante todo, una tarea estratégica.

En un trabajo inconcluso, escrito meses antes de su asesinato, León Trotsky planteaba la cuestión de la relación entre la clase, la conciencia y la dirección revolucionaria de la siguiente manera:

 "Existe un viejo dicho que refleja la concepción evolucionista y liberal de la historia: un pueblo tiene el gobierno que se merece. La historia nos demuestra, no obstante, que un solo y mismo pueblo puede tener durante un período relativamente breve, gobiernos muy diferentes (Rusia, Italia, Alemania, España, etc.) y además que el orden en que éstos se suceden no tiene siempre el mismo sentido, del despotismo hacia la libertad, como creen los liberales evolucionistas. El secreto de este estado de cosas reside en que un pueblo está compuesto de clases hostiles y que estas mismas clases están formadas por capas diferentes, parcialmente opuestas unas a otras y que tienen diferentes orientaciones. Y además, todos los pueblos sufren la influencia de otros pueblos, compuestos a su vez de clases. Los gobiernos no son la expresión de la ‘madurez' siempre creciente de un ‘pueblo', sino el producto de la lucha entre las diferentes clases y las diferentes capas en el interior de una sola y misma clase y, además, de la acción de fuerzas exteriores: alianzas, conflictos, guerras, etc. Hay que añadir que un gobierno, desde el momento en que se establece, puede durar mucho más tiempo que la relación de fuerzas del cual ha sido producto. Es a partir de estas contradicciones históricas que se producen las revoluciones, los golpes de Estado, las contrarrevoluciones.

 "El mismo método dialéctico debe emplearse para tratar la cuestión de la dirección de una clase. Al igual que los liberales, nuestros sabios admiten tácitamente el axioma según el cual cada clase tiene la dirección que merece. En realidad, la dirección no es, en absoluto, el ‘simple reflejo' de una clase o el producto de su propia potencia creadora. Una dirección se constituye en el curso de los choques entre las diferentes clases o de las fricciones entre las diversas capas en el seno de una clase determinada. Pero tan pronto como aparece, la dirección se eleva inevitablemente por encima de la clase y por este hecho se arriesga a sufrir la presión y la influencia de las demás clases. El proletariado puede ‘tolerar' durante bastante tiempo a una dirección que ya ha sufrido una total degeneración interna, pero que no ha tenido la ocasión de manifestarlo en el curso de los grandes acontecimientos. Es necesario un gran choque histórico para revelar de forma aguda, la contradicción que existe entre la dirección y la clase. Los choques históricos más potentes son las guerras y las revoluciones. Por esta razón la clase obrera se encuentra a menudo cogida de sorpresa por la guerra y la revolución. Pero incluso cuando la antigua dirección ha revelado su propia corrupción interna, la clase no puede improvisar inmediatamente una nueva dirección, sobre todo si no ha heredado del período precedente los cuadros revolucionarios sólidos, capaces de aprovechar el derrumbamiento del viejo partido dirigente".[16]

La historia de los últimos 150 años de movimiento obrero consciente ha probado la corrección del análisis de Trotsky: no se puede improvisar el partido revolucionario en vísperas de una lucha decisiva. En este sentido, las enseñanzas que ofrecen los documentos de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista son fundamentales. Desde la Fundación Federico Engels creemos sinceramente que su estudio ayudará a los revolucionarios marxistas a orientarse con éxito ante las gigantescas tareas que la lucha de clases, y la mayor crisis capitalista desde hace sesenta años, han puesto en el orden del día.

1.- Esta edición se completa con un apéndice que recoge los discursos pronunciados por Lenin y Trotsky en estos cuatro congresos de la Internacional Comunista. También incluimos el artículo de Ted Grant Ascenso y caída de la Internacional Comunista y un amplio glosario de nombres propios, organizaciones y términos históricos referidos en las páginas de este libro.

2.- Citado en Los cinco primeros años de la Internacional Comunista, Editorial Pluma, Buenos Aires, 1974.

3.- Rosa Luxemburgo, Reforma o Revolución, Fundación Federico Engels, Madrid 2002.

4.- V. I. Lenin, la bancarrota de la Segunda Internacional

5.- V. I. Lenin, La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, Fundación Federico Engels, Madrid 1998.

6.- En 1908 Lenin publicó Materialismo y empirocriticismo.

7.- Ernesto Ragionieri, Lenin y la Internacional Comunista. Cuadernos de Pasado y Presente, nº 43, México, 1973.

8.- V. I. Lenin, La Internacional Comunista y su lugar en la historia (En defensa de la Revolución de Octubre, FFE, Madrid 2007).

9.- V. I. Lenin, La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo.

10.- V. I. Lenin, Discurso acerca del ingreso en el Partido Laborista británico. 6 de agosto de 1920.

11.- Ted Grant, Rusia de la revolución a la contrarrevolución, FFE, Madrid, 1997, p 84.

12.- Ibíd., p 104.

13.- Ibíd., p 78.

14.- Ibíd., pp 109-110.

15.- León Trotsky, Introducción a los cinco primeros años de la Internacional Comunista, en MARXISMO HOY, nº 10, Fundación Federico Engels, Madrid, 2002.

16.- León Trotsky, Clase partido y dirección, por que ha sido vencido el proletariado español, en MARXISMO HOY nº 8, Fundación Federico Engels, Madrid, 2000.

La Internacional Comunista

Edición de la FFE en tapa dura

592 páginas ·  pvp 22 euros


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