No podría encontrarse una mejor escenificación del cambio ocurrido en los últimos años en las relaciones internacionales que la cumbre Trump-Xi Jinping celebrada la pasada semana en Beijing.

El desarrollo completo de esa cumbre, desde los preparativos previos en Washington -con los asesores de Trump intentando desesperadamente borrar de las redes sociales los abundantes insultos de Trump a China en los últimos años- hasta la triste despedida de Trump con las manos vacías, es la consecuencia de la acumulación de transformaciones sistémicas.

En las dos últimas décadas China no solo se ha convertido en la mayor potencia industrial y exportadora del mundo, sino que ha sido capaz, gracias a su particular sistema de capitalismo de Estado, de convertir esa capacidad en una palanca para aspirar a una posición hegemónica entre las superpotencias.

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China se ha convertido en la mayor potencia industrial y exportadora del mundo, y ha sido capaz de convertir esa capacidad en una palanca para aspirar a una posición hegemónica entre las superpotencias. 

Al mismo tiempo, en esos años Estados Unidos se transformaba en una economía cada vez más parasitaria, dominada por la especulación financiera y cada vez más dependiente de su capacidad de detraer riqueza al resto del planeta mediante su dominio financiero, la capacidad de su mercado de capitales para atraer los patrimonios de las burguesías de todo el mundo y el control, cada vez más debilitado pero aún decisivo, de las transacciones financieras internacionales y de reserva gracias al dólar.

Por supuesto, estas capacidades económicas valdrían bastante menos si no estuviesen acompañadas de una capacidad militar muy poderosa y de un historial bélico temible. No olvidemos que EEUU es el único país del mundo que no dudó, y por dos veces, en usar su armamento nuclear contra población civil indefensa y que el brutal genocidio sionista en Gaza, que continúa en marcha a pesar de los supuestos “planes de paz”, no sería posible sin el apoyo abierto y entusiasta de Washington.

La agencia Reuters resumía así, mientras el avión presidencial despegaba del aeropuerto de Beijing, los resultados de la visita: “Trump abandona Beijing con pocas victorias, pero con palabras amables para Xi. No se han producido avances importantes en materia de comercio ni ayuda tangible por parte de Beijing para poner fin a la guerra de Irán”.

Por su parte, el Atlantic Council, uno de los principales think-tanks de la clase dominante norteamericana, que cuenta en su Consejo de Asesores con los principales directivos de las grandes empresas norteamericanas, europeas y de otros países aliados, como Australia o Turquía, evaluaba así la visita de Trump: “El mayor error de Trump fue su enfoque general hacia China, porque presentó a Estados Unidos como alguien que necesitaba desesperadamente el favor de Beijing”.

Desgraciadamente para el Atlantic Council, y para toda la clase dominante norteamericana, esa “necesidad desesperada del favor de Beijing” no fue simplemente un error de criterio de Trump. Fue la expresión de la situación real del imperialismo norteamericano, atrapado en un callejón de difícil salida en su guerra contra Irán y abocado, casi fatalmente, a aceptar una humillante derrota y un reconocimiento de que su atrofiado músculo industrial ya no le permite sostener unas fuerzas armadas que, después del colapso de la URSS, podían presumir de carecer de adversarios a su altura.

La derrota de EEUU en Irán ya no se puede disimular

En estas últimas semanas hemos sido testigos de cómo a medida que la agresión militar a Irán iba fracasando la agresividad y el delirio de las declaraciones de Trump aumentaban en intensidad. Es posible que los seguidores más fanáticos del movimiento MAGA se den por satisfechos con los exabruptos de su líder en las redes sociales, pero para el resto del mundo es evidente que EEUU se ha estrellado estrepitosamente contra una resistencia inesperada del régimen iraní.

Las recientes informaciones del New York Times indicando que, a pesar de las semanas de guerra y de los duros bombardeos de EEUU e Israel, Irán todavía conservaba intacta el 75% de su capacidad militar no solo son un tremendo jarro de agua fría sobre la retórica belicista de Trump, sino que han provocado escalofríos entre los Gobiernos de las monarquías petroleras del Golfo.

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Es posible que los seguidores más fanáticos del MAGA se den por satisfechos con los exabruptos de su líder en las redes sociales, pero para el resto del mundo es evidente que EEUU se ha estrellado contra una resistencia inesperada del régimen iraní. 

Si solo utilizando menos del 25% de su capacidad, ya que hay que descontar lo destruido por los ataques norteamericano-israelíes, Irán ha sido capaz de poner patas arriba la economía del Golfo y de arrojar serias dudas sobre el futuro de países como Emiratos Árabes, que han apostado durante años por convertirse en un paraíso financiero y turístico y en la residencia permanente de potentados de todo el mundo, ¿qué nivel de destrucción podría alcanzarse si Irán se decidiese a utilizar contra los aliados de EEUU los misiles y drones que conserva?

Es innegable que EEUU tiene la capacidad militar suficiente para destrozar Irán. Dispone para ello, incluso, de armas nucleares. Pero lo crucial de este asunto no reside en las capacidades de la técnica militar, sino en si se dan o no las condiciones políticas para que EEUU despliegue todo su potencial de destrucción.

Tras la embestida de los primeros días, la ofensiva militar se fue desinflando a medida que se constataba que Irán no es Venezuela. Además, en esta ocasión China si puso en marcha una maquinaria de apoyo político, financiero y militar que negó a Maduro. Los aliados más fieles de EEUU empezaron a mostrar su descontento, que pronto se convirtió en censura abierta. En la UE no solo Pedro Sánchez fue crítico con Trump; Meloni, Starmer y Merz negaron de una u otra forma su apoyo militar a Washington.

El cierre de Ormuz conmocionó a las clases dominantes de la inmensa mayoría de los países y de manera acuciante a algunos de los más firmes socios de EEUU en el sudeste asiático, que de la noche a la mañana se enfrentan a una crisis energética sin precedentes. Las monarquías del Golfo tiemblan por su futuro y se preguntan si han hecho bien en unir su destino a los designios del amo yanqui.

Y todo esto sin contar con la reacción interna en EEUU, en su doble faceta de oposición consciente y de masas a las políticas imperialistas de Trump y de descontento espontáneo ante la ola de subidas de precios que ya ha empezado a castigar los bolsillos de la población norteamericana, incluida una buena parte de la base social y electoral del trumpismo. Las elecciones de principios de noviembre están ya muy próximas y las perspectivas para el Partido Republicano son cada día más preocupantes.

La Administración norteamericana busca desesperadamente un triunfo que pueda borrar el desastre de su aventura iraní. Y es muy probable que Cuba pague las consecuencias brutalmente: la situación es realmente desesperada y las informaciones desde la Isla muestran que incluso las autoridades cubanas estarían dispuestas a ceder el poder real, siguiendo el modelo de Venezuela. Los próximos meses serán decisivos, y no se puede descartar nada.

Pero ni la imposición de un protectorado en Venezuela y Cuba, ni la indudable capacidad de intervención e influencia que el imperialismo estadounidense todavía conserva en América Latina, pueden encubrir un hecho fundamental: EEUU ya no es el motor del mundo capitalista, como ocurría tras la Segunda Guerra Mundial. Lejos de extender un capitalismo floreciente, favoreciendo y convirtiendo en firmes aliados a las burguesías de la gran mayoría de los países, que encontraban en Washington la garantía de su dominación, EEUU ahora propaga el caos y la inestabilidad mundial, y agudiza la lucha de clases.

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La Administración norteamericana busca desesperadamente un triunfo que pueda borrar el desastre de su aventura iraní. Y es muy probable que Cuba pague las consecuencias brutalmente. 

Las consecuencias de la guerra de Irán están generando un malestar social cada vez más evidente en buena parte del mundo. Al igual que la crisis de 2007 alimentó grandes levantamientos sociales y minó sistemas políticos que parecían sólidamente instalados para siempre, la crisis energética que se está gestando puede ser la chispa que desencadene un nuevo levantamiento de masas de consecuencias incalculables.

Frente a esta actuación de pirómano, que no solo es un rasgo de la personalidad de Trump sino la expresión de la decadencia de un sistema, el capitalismo chino ofrece, al menos a corto plazo, una expectativa de estabilidad, previsibilidad y orden. Es solo cuestión de tiempo que un número cada vez mayor de países se aproximen a Beijing en busca de una estabilidad comercial y financiera que les permita reestablecer el equilibrio social en el orden interno.

Por este motivo China no tiene ningún aliciente en ayudar a Trump a salir del atolladero en el que él mismo se ha metido. Ciertamente, las repercusiones del cierre de Ormuz también afectarán a corto plazo a las exportaciones chinas y les crearán dificultades, pero a medio y largo plazo las ganancias las compensarán con creces.

La Cumbre acerca aún más el final de Taiwán como país independiente

Xi Jinping abordó diplomáticamente la guerra de Irán en los encuentros públicos con Trump, pero su actitud fue muy distinta al referirse al futuro de Taiwán. En un tono de seria advertencia instó a EEUU a abstenerse de apoyar la resistencia de Taiwán a reincorporarse a la China continental.

Hasta el momento, a pesar de que en los años setenta del siglo XX EEUU reconoció al Gobierno de Mao como el único representante de China y cortó sus lazos diplomáticos con la isla, en la práctica fue el apoyo militar y económico norteamericano lo que permitió al régimen de Taiwán, en aquel momento en manos del ultrarreaccionario Kuomintang, sobrevivir sin mayores problemas. Pero tras el restablecimiento del capitalismo en China, la tarea de reestablecer la integridad nacional se convirtió en una prioridad para Beijing.

Hong-Kong y Macao, residuos de los antiguos imperios coloniales de Gran Bretaña y Portugal, se reincorporaron a la República Popular, pero Taiwán, convertido en una pieza clave del despliegue militar de EEUU en la zona de Asia-Pacífico, se mantuvo como un poder independiente.

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Xi Jinping, en un tono de seria advertencia instó a EEUU a abstenerse de apoyar la resistencia de Taiwán a reincorporarse a la China continental. 

China percibe el problema de tener a escasas millas de sus costas un bastión militar de una potencia potencialmente hostil, capaz de servir de base para interferir su principal y vital ruta comercial marítima. Durante años el Gobierno chino se vio obligado a aceptar este statu quo, pero ahora se siente con fuerzas para obligar a EEUU a un nuevo retroceso.

De momento, todo indica que Xi está ganando esta nueva partida. Un cargamento de armas de EEUU a Taiwán por valor de 14.000 millones lleva varios meses aprobado, pero Washington no termina de dar luz verde al envío por temor a provocar la ira de China. La cuestión excede, y con mucho, el puro terreno de lo militar. La contrapartida que EEUU exigía a Taiwán a cambio de este armamento era el traslado a suelo estadounidense de las fábricas más avanzadas de TSMC, el coloso mundial de la fabricación de semiconductores y la empresa más avanzada tecnológicamente en este ámbito.

Esta exigencia no es una novedad. TSMC ya se vio obligada a aceptar las “invitaciones” de EEUU de instalar fábricas en Arizona, pero tuvo la precaución de no deslocalizar la producción de los chips más avanzados, que ahora son el codiciado objeto de deseo de la Administración Trump.

En los próximos meses veremos el desarrollo de este conflicto, pero las primeras advertencias de Trump a las autoridades taiwanesas para que no osen “declarar la independencia”, dejando caer que no contarían con su apoyo militar, son un indicador de que el final de Taiwán como entidad independiente está cada día más próximo. Por si esto fuera poco, Trump complementó su poco amable advertencia con la acusación de que Taiwán “había robado a EEUU su industria de chips” y les apremió a que la devolviesen inmediatamente. Nadie debería extrañarse de que el apoyo de la población taiwanesa a la reunificación crezca día a día.

Si el camino hacia esta reunificación se allana, el impacto sobre la credibilidad de EEUU como aliado político y militar será demoledor. ¿Qué Gobierno, que clase dominante en cualquier país del mundo, va a seguir confiando en una potencia tan débil, inestable e imprevisible?

La ausencia de acuerdos comerciales expone ante el mundo la debilidad de EEUU

Trump no viajó a China solo. Los máximos ejecutivos de Apple, Tesla, Meta, Boeing, Cargill, Goldman Sachs, Blackrock, Qualcomm, Micron, Blackstone, Citigroup y GE Aerospace, colosos del capitalismo estadounidense y mundial, le acompañaron en su peregrinación, con la expectativa de firmar jugosos acuerdos comerciales. Pero tan impresionante cortejo solo obtuvo frustración, aunque estrictamente hablando no puede decirse que volvieran a casa con las manos vacías porque unos cuantos de ellos optaron por permanecer en Beijing para tratar de recomponer los daños provocados por Trump.

Quizás lo que mejor representa el fiasco de Trump es que inmediatamente después de que anunciara a la prensa el único acuerdo comercial alcanzado, la venta a Beijing de algunos aviones fabricados por Boeing, las acciones de la compañía en la bolsa de Nueva York caían un 4% ante lo raquítico de la operación. También Cargill, la gran multinacional de la industria agroalimentaria, se fue sin resultados. Su esperanza de alcanzar un acuerdo para abrir China a la exportación de productos agrarios resultó vana.

Otro de las preocupaciones vitales de EEUU, la amenaza de que Beijing vuelva a poner en vigor en cualquier momento la prohibición de exportar tierras raras a EEUU, tampoco se ha resuelto en esta visita. La espada de Damocles de esta prohibición sigue oscilando sobre la industria militar y el sector tecnológico estadounidenses, que se encontrarían en gravísimos problemas si llegase a materializarse.

Por último, y para completar este desolador panorama, la única baza negociadora con la que contaba Trump, la autorización de la venta del chip más avanzado de Nvidia, el H200, a algunas grandes empresas chinas, perdió completamente su valor cuando las autoridades de Beijing informaron de que prefieren seguir el camino de un desarrollo tecnológico propio e independiente de las grandes corporaciones de EEUU. Precisamente cuando Nvidia alcanzó un desmesurado valor bursátil de 5 billones de dólares, más que el PIB anual de Alemania, la descomunal burbuja tecnológica estadounidense recibe este duro revés.

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Estamos ante un gran cambio histórico que exigirá nuevos retos de comprensión y análisis a las organizaciones comunistas, pero que también ofrecerá un terreno fértil para el avance de las fuerzas de la revolución socialista. 

Si ya había motivos para dudar de la fiabilidad de las alianzas políticas y militares de EEUU, ahora se abre una seria duda sobre la consistencia de su sistema financiero. En los últimos dos o tres años, EEUU atrajo hacia su mercado especulativo a grandes capitales de todo el mundo, con la promesa de rápidos e ingentes beneficios. Hoy esos inversores se están preguntando si sus patrimonios están en buenas manos y una buena parte de ellos buscarán aguas más tranquilas en las bolsas chinas. Los cambios que Beijing ha anunciado en su normativa financiera, monetaria y de mercado de capitales tendrán la capacidad de acelerar este proceso.

Sin duda, estamos ante un gran cambio histórico que exigirá nuevos retos de comprensión y análisis a las organizaciones comunistas, pero que también ofrecerá un terreno fértil para el avance de las fuerzas de la revolución socialista.

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