El sábado 28 de marzo pasará a la historia sin duda. Más de 7 millones llenaron las calles de más de 3.300 ciudades y pueblos en EEUU protagonizando lo que hasta los medios de comunicación burgueses han tenido que reconocer como la mayor protesta de la historia del país.

Llamados bajo el lema No Kings, un frente amplio de agrupaciones por los derechos civiles, colectivos sociales, sindicatos, y con la participación de numerosas organizaciones de la izquierda militante, está cita ha contagiado a nuevas capas a participar activamente en la lucha contra el trumpismo tras las dos protestas multitudinarias anteriores.

En esta ocasión la movilización además de denunciar la agenda totalitaria de Donald Trump y la brutalidad racista de las bandas neonazis del ICE ha puesto en el centro la guerra imperialista contra Irán y el Líbano que está encendiendo Oriente Medio. Así se ha podido ver en las imágenes impresionantes de las movilizaciones de Nueva York con 350.000 personas, Boston con 180.000, 200.000 en Chicago, 90.000 en Seattle y en cientos y cientos de localidades donde miles de pancartas se rebelaban contra esta guerra de rapiña.

No se recuerda algo así en EEUU, aunque ahora la diferencia es más visible porque la rabia y el espíritu de lucha ha prendido también en ciudades y localidades de la América profunda y rural, zonas tradicionales republicanas y hasta hace poco bastiones de MAGA. Una muestra inequívoca del enorme descontento social que no ha hecho más que crecer exponencialmente en el último año.

Este tercer llamamiento de No Kings se da un contexto de máxima polarización política en EEUU y tras acontecimientos que han sacudido la conciencia de millones. El despliegue de la Guardia Nacional en ciudades clave, el lanzamiento de los grupos paramilitares del ICE para aterrorizar y asaltar a la comunidad migrante, o el asesinato de Renée Good y Alex Pretti en Minneapolis han desnudado lo que realmente significa el trumpismo y la necesidad urgente de frenar en seco su avance.

Y la onda expansiva de esta rebelión ha marcado la política nacional desde entonces.

La huella de Minneapolis

Minneapolis ha sido por derecho propio el centro de esta jornada histórica. 200.000 personas nutrieron la gigantesca protesta del pasado sábado dejando claro que esta ciudad se ha convertido en la referencia para todo EEUU. El movimiento desatado allí y en su ciudad hermana, Saint Paul, la impresionante autoorganización surgida desde debajo por los vecinos y vecinas, en las agrupaciones militantes de los sindicatos, impulsada por organizaciones de la izquierda y colectivos sociales ha marcado un antes y un después. La enorme respuesta de apoyo a las dos huelgas generales del mes de enero, a pesar del boicot de la burocracia de la AFL, han marcado el camino a seguir mucho más allá de los límites del estado de Minnesota.

La retirada de Bovino, el jefe del ICE, de gran parte de los agentes de esta fuerza paramilitar, la dimisión de la secretaria de Seguridad Nacional y de seis fiscales del Estado de Minnesota, dan buena muestra del golpe que ha sufrido Trump y sus fuerzas tras estos acontecimientos.

Y la onda expansiva de esta rebelión ha marcado la política nacional desde entonces. El cierre de la administración en lo relativo al Departamento de Seguridad Nacional y que ha dejado sin cobrar desde el 14 de febrero a más 100.000 funcionarios de seguridad aérea y emergencias, entre otros, se gestó precisamente en las jornadas posteriores al asesinato de Pretti y la gran huelga general de Minneapolis.

La motivación de este cierre de la administración se levanta sobre la enorme presión social contra el ICE, y que el Partido Demócrata ha tratado de aprovechar a su favor. De esta forma la cúpula dirigente del otro partido de la clase dominante trata de arrancar concesiones de la Administración Trump, pero obviamente esto no es lo que quiere el movimiento que se manifiesta en las calles.

Acabar con la impunidad del ICE no se logrará con triquiñuelas parlamentarias y jurídicas, sino mediante la lucha de masas y la acción directa. Y el objetivo no puede ser un ICE “mejorado” , sino la disolución de esta fuerza paramilitar que ha reclutado a miles de neofascistas, el fin de la brutalidad policial y las deportaciones, y la derogación de la legislación racista. Un sistema que no ha sido creado en estos años porque es el ADN del capitalismo estadounidense, y que anteriormente las diferentes Administraciones demócratas reforzaron concienzudamente con cientos de miles de millones de dólares y medidas legislativas atroces.

De hecho ha sido muy significativa la manera en que los acontecimientos de Minneapolis han influido en la lucha de los trabajadores de controles de seguridad en los aeropuertos.

La huelga de celo que, sin ninguna convocatoria oficial por parte de los sindicatos han protagonizado estos funcionarios unido a las formas que han encontrado para hacerse valer — más de un 40% de absentismo y más de un 10% de los trabajadores que han presentado bajas por enfermedad — ha paralizado y provocado numerosas suspensiones y retrasos de vuelos. Y la respuesta de Trump para acabar con el conflicto, desplegar al ICE en decenas de aeropuertos como esquiroles para reemplazar a los huelguistas, no ha podido salirle peor.

En primer lugar han hecho un ridículo espantoso: han sido incapaces de que los aeropuertos volvieran a la normalidad. En segundo lugar, han llevado al presidente a tener que anunciar que pagaría a los trabajadores, a pesar de la situación de cierre presupuestario. Un nuevo golpe que demuestra cómo vencer con la organización y la lucha.

El frente interno se ha convertido en un auténtico talón de Aquiles para Trump, y su decisión de ir a una guerra devastadora en Oriente Medio no hace más que alimentar la oposición. Según las encuestas más recientes, el apoyo popular al presidente es el más bajo de este segundo mandato, tan solo un 36%, mientras un 74% de la población está en contra de la guerra, cifra que en el caso de los votantes republicanos es mayoritaria también: un 53%.

Los demócratas, en representación de una parte de la clase dominante que está aterrada por la rebelión que sacude todo el país, están poniendo en marcha su maquinaria para tratar de hacerse con el control del movimiento y evitar así que las cosas sobrepasen ciertos límites.

El resquebrajamiento del apoyo al presidente dentro del movimiento MAGA no es ningún detalle. En los últimos meses han sido varios los rostros públicos de renombre que en su momento le apoyaron de forma entusiasta y ahora se desmarcan de su política exterior.

La dimisión del jefe del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joseph Kent, la oposición pública del analista político ultraconservador, Tucker Carlson, o la dimisión de la congresista Marjorie Taylor Greene son un ejemplos elocuentes. Esta última se despedía de su acta de congresista diciendo “Trump ha abandonado a su base” y advirtiendo de que todo está perdido para los republicanos en las próximas elecciones de medio mandato en noviembre de 2026.

Extender el ejemplo de Minneapolis a todo el país

Los demócratas, en representación de una parte de la clase dominante que está aterrada por la rebelión que sacude todo el país, están poniendo en marcha su maquinaria para tratar de hacerse con el control del movimiento y evitar así que las cosas sobrepasen ciertos límites. El desfile de gobernadores y alcaldes demócratas que han salido en las manifestaciones de No Kings , o que están impulsando leyes para que el ICE no pueda ir con máscaras en muchas ciudades, lo dice todo. El mismo partido que no movió ni el dedo meñique para responder al asalto de las milicias trumpistas al Capitolio en enero de 2021, ahora utiliza una jerga “antifascista” de postureo e intenta, como siempre, instrumentalizar las movilizaciones. Y en ese juego recurre a las figuras que siguen reteniendo más “prestigio” e influencia.

Bernie Sanders, que claudicó hace años ante el establishment demócrata ha vuelto al ruedo con una aparición estelar en la movilización de No Kings en Minneapolis. Por supuesto, no es difícil suscribir su denuncia del trumpismo, del 1% de superricos que aplastan a la mayoría de la población cada día, de la guerra imperialista contra Irán… pero ni una palabra del papel de los demócratas y del anterior gobierno de Biden en todo esto. Una única mención al genocidio en Gaza en un discurso de 30 minutos pero como si los demócratas no tuvieran nada que ver en ello…

La jugada es evidente y el horizonte al que miran en las elecciones de medio mandato en noviembre también. Sin duda, todos sus esfuerzos por aparecer del lado de la movilización tendrán efectos. Pero tienen un problema. El genocidio sionista en Gaza contó con el apoyo demócrata desde el minuto uno, y no solo retórico sino en forma de financiación y respaldo militar masivo. La represión con la que la Administración Biden respondió a cientos de miles de estudiantes y activistas en las universidades de todo el país no se van a olvidar tan fácilmente. Han sido la guinda a una larga lista de medidas en beneficio de los ricos, de la industria armamentística y del imperialismo más voraz.

Cada vez son más, cientos de miles más, millones más, los que ven ante sus ojos la imposibilidad de frenar a la extrema derecha de MAGA y la legislación totalitaria trumpista limitando su acción a depositar el voto a favor del partido demócrata, o de confiar en un sistema electoral controlado por la clase dominante con mano de hierro.

El genocidio sionista en Gaza contó con el apoyo demócrata desde el minuto uno, y no solo retórico sino en forma de financiación y respaldo militar masivo.

Minneapolis mostró cómo se le puede torcer el brazo a Trump. Y este ejemplo sigue iluminando cada vez más lejos.

Este primero de mayo, una coalición de organizaciones de izquierda, sindicatos combativos y colectivos sociales han lanzado una nueva propuesta en la buena dirección: bajo el nombre de May Day Strong han hecho un llamamiento a la huelga general en todo el país, con los mismos lemas que lo hicieron en Minneapolis — Ni trabajo, ni colegios, ni compras —. Una iniciativa que trata de abrirse paso para que millones vuelvan a dar un golpe reatando las mejores tradiciones clasistas y socialistas del movimiento obrero estadounidense. Tanto es así que en las manifestaciones del pasado sábado, hubo muchas referencias a este llamamiento que, sin duda, puede ser un nuevo paso adelante para el movimiento.

No queremos reyes, no. Ni magnates profascistas de presidentes, ni guerras imperialistas. Las oportunidades que se abren en la mayor potencia del mundo para construir un partido revolucionario de la clase obrera y la juventud son completamente favorables. Aprovecharlas, romper definitivamente con la sumisión al Partido Demócrata y levantar una organización de y para nuestra clase que defienda el programa del socialismo y el Internacionalismo es la tarea más urgente hoy en EEUU.

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