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Más de 880.000 personas se han visto afectadas por las inundaciones que asolaron la semana pasada la zona este de Libia. 40.000 es la cifra provisional de desplazados por el paso del ciclón Daniel. 11.100 desaparecidos, 20.000 muertos solo en la ciudad de Derna, la zona más devastada, y otros centenares más en otras partes del país, como Benghazi.

Apenas se conoce la magnitud exacta de esta tragedia humana y social, pero el último informe de la ONU apunta a la posible desaparición del 30% de lo que antes era Derna y de unos 2.200 edificios afectados. Las carreteras clave siguen bloqueadas, los puentes colapsados y se mantienen los cortes en la red eléctrica y en otros suministros básicos y fundamentales.

Este horror, sin embargo, no ha sido producto únicamente de una tormenta feroz. Por supuesto, la crisis climática es una amenaza que contribuye a incrementar los desastres naturales, provocando que fenómenos como las lluvias, los huracanes o terremotos cada vez sean más incontrolables y dañinos. Pero es imposible explicar lo que está sufriendo el pueblo libio basándonos solo en la meteorología.

Un Estado fallido y títere

El desencadenante del cataclismo fue la fractura de dos represas de unos 70 metros de alto que se encontraban cerca de Derna, y que funcionaban como reservas acuíferas que abastecían el consumo de esta ciudad costera. El paso del ciclón provocó el colapso total de sus estructuras y la liberación de más de 30 millones de metros cúbicos de agua, arrastrando todo a su paso.

Que las presas tenían grietas se conocía desde 1998. Los propios trabajadores de mantenimiento advirtieron en 2007, en 2011 y en 2017 que se derrumbaría muy pronto. Incluso el Gobierno de Fayez al Sarraj aprobó una partida millonaria para su restauración, pero ese dinero nunca llegó.

Este es precisamente el sello corrupto, clientelar y dictatorial que permanece en las instituciones libias. Tras la caída del dictador Gadafi en 2011 y la intervención militar por parte de la OTAN, la Unión europea y el imperialismo occidental, Libia está sumida en una guerra permanente entre distintos bandidos capitalistas mientras la clase trabajadora, los campesinos y la juventud se ahogan en la pobreza y condiciones infrahumanas. El país está dividido en dos Gobiernos: el del oeste gobernado por Abdul Hamid Dbeibah, un millonario cercano a la familia Gadafi que goza del reconocimiento internacional de la ONU, y al este el controlado por Khalifa Haftar, comandante en jefe del ejército libio, que cuenta con el respaldo de Egipto, Rusia o Arabia Saudí.

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Que las presas de Al-Bilad y Abou Mansour tenían grietas se conocía desde 1998. Los propios trabajadores de mantenimiento advirtieron en 2007, en 2011 y en 2017 que se derrumbaría muy pronto. 

La crisis política que vive el país desde hace años y el escenario bélico permanente no es más que un ejemplo a pequeña escala de los cambios bruscos en las relaciones internacionales y la lucha por la hegemonía mundial entre EEUU y China, cuya pugna también se está jugando en África. Especialmente en un país que tiene las mayores reservas probadas de petróleo del continente.

La UE tiene las manos manchadas de sangre

De hecho, los principales responsables del estado político y social en el que se encuentra el país norteafricano son el imperialismo estadounidense, francés y británico, con la complicidad y el visto bueno de la Unión Europea.

Todos estos civilizados y abnegados demócratas europeos que ahora muestran su cínica preocupación por la población libia tras las inundaciones y que animan a los presidentes de todo el mundo y ONG a recaudar fondos y “ayuda”, son los mismos que mantienen acuerdos con los mafiosos que gobiernan el país y les riegan con millones de euros para que frenen la inmigración en sus fronteras y acabar así con la llegada de refugiados a Europa a través del Mediterráneo.

130 millones para equipar a la guardia costera libia, para mantener y construir más campos de detención, para convertir Libia en un “muro” antiinmigración. ¿En qué se ha traducido esto? En que en la última década, la trata de personas se ha disparado en la región y que uno de los negocios más terroríficos del capitalismo está en su época dorada.

Los mercados de esclavos en Libia son más que conocidos. Muchos organismos en defensa de los derechos humanos los han denunciado y hay centenares de informes que denuncian lo que ocurre. Subastas donde por 800, 900 o 1.000 dinares se pueden comprar a hombres y mujeres subsaharianos. Personas que son recluidas en centros de detención masificados, en condiciones deplorables y sometidas a torturas, vejaciones y malos tratos.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), hay unos 600.000 migrantes en el país. 4.000 han muerto en las inundaciones. Un río de sangre, explotación y barbarie que llega hasta los despachos de quienes mandan en Bruselas.

Doce años de intervención imperialista

Libia fue una página clave en la oleada revolucionaria que sacudió todo el mundo árabe en 2011. En pocos días, las masas explotadas tomaron el control de la mayor parte del país venciendo la brutal represión de Muamar el Gadafi –quien gobernó durante 40 años–, creando comités y asambleas populares que dirigían los aspectos fundamentales de la vida social. Las masas libias colocaron contra las cuerdas al dictador, a la oligarquía libia y al imperialismo que la financiaba. Un régimen capitalista despótico basado en redes clientelares, totalmente represivo hacia los trabajadores y manejado como un feudo particular.

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Los principales responsables del estado político y social en el que se encuentra Libia son el imperialismo estadounidense, francés y británico, con la complicidad y el visto bueno de la Unión Europea. En la foto, EEUU bombardea Gardha, Libia, 2016.

La colaboración de Gadafi con EEUU y la UE era notoria: apoyando durante años a títeres occidentales en la región, entregando supuestos miembros de Al Qaeda al Gobierno Bush, actuando como gendarme de la UE en el Mediterráneo persiguiendo a inmigrantes… Era un negocio redondo. Pero el imperialismo occidental empezó a ver con enorme preocupación la Primavera Árabe y la movilización revolucionaria de la clase obrera libia. El plan inicial de París y Washington era una negociación entre Gadafi y la oposición para repartirse el poder político, pero el empuje de la lucha por abajo, por las masas, hizo que todo saltara por los aires.

Por eso los Gobiernos europeos y el de EEUU cambiaron su discurso y abandonaron a su hombre. La intervención militar de la OTAN y los imperialistas se inició con la excusa de “evitar la guerra civil y proteger a los ciudadanos”. Fue una farsa. A la represión lanzada por Gadafi se sumaron las bombas con la bandera yankee.

La aceptación de la intervención imperialista por parte de aquellos que inicialmente fueron aupados por el movimiento de masas a la dirección de los comités populares significó el primer paso en el descarrilamiento de la revolución. La Administración Obama y los imperialistas franceses –que querían recuperar influencia en una zona clave para ellos en la que ya entonces habían perdido posiciones– y británicos utilizaron la “ayuda” militar contra Gadafi para impedir que el ejemplo de las masas de Bengasi –donde la revolución llegó más lejos– pudiera extenderse a toda Libia y otros países de la región, particularmente a Arabia Saudí. Esto es lo que explica que un proceso revolucionario iniciado por abajo se convirtiera en una guerra civil sangrienta que costó miles de vidas.

La captura y asesinato de Gadafi marcó un punto de inflexión en el desarrollo de los acontecimientos. El veneno de la guerra había sido utilizado durante meses como excusa no solo para justificar la intervención militar imperialista sino también para no dar respuesta a las demandas que habían impulsado la revolución.

Desde entonces hasta ahora, los imperialistas occidentales convirtieron Libia en un protectorado bajo su control que le proporcionó petróleo seguro y a buen precio y utilizaron la zona como base de operaciones contra la extensión de la revolución árabe, potenciaron la división en líneas religiosas y étnicas… En un escenario de caos, guerra, pobreza y desconcierto, además, Libia se convirtió en un nuevo foco del yihadismo en la región.

Mientras, un tercio de la población de Libia vive por debajo del umbral de pobreza. Este es el balance aterrador de doce años de maniobras imperialistas en el país.

El único camino es la revolución socialista

La catástrofe medioambiental y humana que está sacudiendo Libia ha puesto encima de la mesa el abandono y la inacción de las autoridades locales. Tras superar el shock inicial, miles de personas han salido a las calles de Derna para mostrar su rabia, exigir dimisiones y condenar a los culpables.

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La clase obrera y la juventud tienen la fuerza para expulsar a estas camarillas corruptas y a sus amos imperialistas. Y así poder reconstruir el país, conseguir condiciones de vida dignas, la libertad y acabar con la división criminal impuesta que asola el país. 

El pasado lunes 18 de septiembre los manifestantes reunidos frente a la mezquita de Al Sahaba, apuntaron al jefe del Parlamento como máximo responsable y sentenciaron: ¡todos los libios somos hermanos! como respuesta al intento de azuzar las divisiones étnicas entre los trabajadoras. Más tarde, la manifestación llegó hasta la casa del que entonces era alcalde de la ciudad.

Que en medio de la desesperación, mientras miles de cuerpos siguen apareciendo en la playa y miles de familias siguen buscando a sus seres queridos, se haya celebrado esta gran protesta refleja la voluntad de la población libia de dar un giro de 180 grados en sus condiciones de vida.

La zona este del país está desolada. Pero la única forma de reconstruirla y de evitar que un capítulo parecido vuelva a ocurrir en el país, es echando de una vez por todas a la mafia capitalista que usurpa el poder en Libia. A los mismos que durante años se han hecho de oro recortando y abandonando las infraestructuras, quienes han convertido muchas ciudades y pueblos en ruinas sin agua, luz ni suministros y el país es un patio de ladrones.

La clase obrera y la juventud tienen la fuerza para expulsar a estas camarillas corruptas y a sus amos imperialistas. Esta es la única forma de resolver, en primer lugar, el desastre provocado por las inundaciones, pero también el elevadísimo desempleo juvenil, las desigualdades sociales, conquistar la libertad de expresión y manifestación y acabar con la división criminal impuesta que asola el país.

Hace poco más de diez años, las masas libias tocaron el cielo con la punta de los dedos. En base a esa experiencia y en todas las lecciones de la Primavera Árabe, con una organización de masas que defienda un programa revolucionario que plantee expropiar a la burguesía y que todos los riquísimos recursos que tiene Libia estén en manos de su clase obrera, el triunfo de la revolución socialista estará asegurado.


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