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Para un obrero no hay historia dentro de los confines del Estado burgués, la lista de sus héroes la llevan los tribunales de guerra de campaña y el guarda de la fábrica perteneciente al sindicato menchevique[1]. La burguesía, una vez que ha vencido con las armas, sofoca el indeseable recuerdo del peligro al que ha escapado tan recientemente. Ya han pasado varios meses desde el levantamiento de Hamburgo. Pero, por muy raro que parezca, su recuerdo se resiste tercamente a desaparecer (…)

La explicación de esta obstinación con la que el proletariado de los muelles mantiene y vela la memoria de los días de octubre reside en el hecho de que el levantamiento de Hamburgo no fue aplastado en un sentido militar, político o moral. (…)

Por el contrario, el movimiento que salió a la superficie en octubre para gobernar la ciudad durante sesenta horas (…) condujo tranquilamente fuera de las líneas de fuego a sus combatientes, salvó y escondió sus armas, llevó sus heridos a refugios seguros en una retirada planeada y volvió a la clandestinidad para poder resurgir al primer llamamiento a la revolución en toda Alemania[2].

Larisa Reisner

Estas líneas de Larisa Reisner, protagonista directa del levantamiento revolucionario de Hamburgo, describen la determinación y conciencia de los trabajadores durante la revolución alemana de 1923. Un coraje y espíritu de lucha que la clase obrera ha demostrado una y otra vez a lo largo de la historia, pero que, sin embargo, han sido puestos en duda por toda clase de dirigentes reformistas y escépticos, siempre dispuestos a justificar sus traiciones apelando a la falta de conciencia de los trabajadores.

En 1923 la clase obrera alemana luchó por un mundo nuevo, por un futuro comunista libre de explotación y miseria. Su ejemplo sigue siendo una pesadilla para la burguesía alemana y por eso, coincidiendo con el centenario de aquellas jornadas revolucionarias, impulsaron el año pasado una campaña de tergiversación y calumnias. El Centro Estatal de Educación Política de Hamburgo, dependiente del Gobierno de la ciudad encabezado por el SPD, utilizó el lema Hamburgo 1923. Una ciudad amenazada, con el objetivo de mostrar cómo «la democracia fue amenazada por sus enemigos de izquierda y de derecha», señalando que ese año se produjo «el conflicto más sangriento en la historia moderna de Hamburgo».

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En 1923 la clase obrera alemana luchó por un mundo nuevo, por un futuro comunista libre de explotación y miseria. Su ejemplo sigue siendo una pesadilla para la burguesía alemana. 

Pero la realidad es que lo ocurrido entonces no tuvo nada que ver con la defensa de la «democracia» burguesa —esa democracia al servicio del gran capital y capitaneada por la socialdemocracia, que cuatro años antes había asesinado a sangre fría a Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y a cientos de comunistas y revolucionarios—, sino una batalla librada por la clase trabajadora para terminar con el capitalismo y sus lacras, con el hambre y el paro, con una brutal desigualdad, con la represión del aparato del Estado, la violencia de los nazis y la extrema derecha, y con los inmensos privilegios de una élite que se enriquecía a costa de la guerra, la carestía y una hiperinflación que sumió a millones en la más absoluta de las miserias.

El levantamiento revolucionario de 1923 puso encima de la mesa una lucha abierta por el poder, por instaurar una sociedad socialista libre de explotación, que pudo culminar con una victoria y el establecimiento del segundo Estado obrero de la historia en una de las naciones capitalistas más industrializada y avanzada. Un acontecimiento que habría transformando por completo la historia posterior de la lucha de clases, acabando con el duro aislamiento que sufría la URSS y contribuido a dificultar el proceso de degeneración burocrática que comenzaba a fraguarse bajo la dirección de Stalin.

Estudiar estos hechos y comprender por qué la poderosa clase obrera alemana fracasó en su objetivo de tomar el poder, a pesar de existir condiciones objetivas tan favorables como en 1917 en Rusia; analizar los errores y vacilaciones de la dirección del Partido Comunista (KPD) y de gran parte de la Internacional Comunista (Comintern); y entender la importancia del factor subjetivo, la necesidad de un partido y una sólida dirección revolucionaria, nos servirá para abordar las tareas que enfrentamos hoy los comunistas revolucionarios en nuestro combate por transformar el mundo y poner fin a la barbarie capitalista que nos amenaza aún más que hace cien años.

La ocupación del Ruhr y la catástrofe económica

Los historiadores burgueses han pintado la derrota de la revolución proletaria alemana de 1918-19, inspirada por la Revolución rusa, como el punto de partida que consolidó la nueva y radiante democracia alemana de la República de Weimar[3]. Pero esa supuesta democracia nació sobre un auténtico baño de sangre contra la flor y nata de la clase obrera alemana. Una masacre perpetrada por los corruptos dirigentes de la socialdemocracia en colaboración con la burguesía y los junkers[4], a quienes habían apoyado en la masacre imperialista, valiéndose de los Freikorps, los cuerpos de choque de la reacción y el fascismo que se convertirían en la base del futuro partido nazi.

El aplastamiento de la revolución de 1918 y el asesinato de sus máximos dirigentes dieron paso momentáneamente a una precaria estabilidad capitalista, consolidando el régimen burgués de Weimar. Pero lo hizo a costa de perpetuar la miseria, bajo la losa de las onerosas condiciones impuestas a Alemania por el imperialista Tratado de Versalles[5].

Las contradicciones entre las diferentes potencias imperialistas y burguesías nacionales, que habían conducido a la masacre imperialista en 1914, seguían sin resolverse en 1923. Y ese año, el 11 de enero, volvieron a estallar de forma abrupta, cuando los imperialistas franceses y belgas ocuparon militarmente la región del Ruhr —principal motor industrial de Alemania y donde se concentraba gran parte de la decisiva industria del carbón— con la excusa de obtener las reparaciones de guerra impuestas a Alemania en Versalles.

Este tratado —como explicó Lenin— fue un buen ejemplo de qué significa la paz imperialista para las potencias vencedoras: «Por medio del Tratado de Versalles, la guerra impuso a esos países [a los derrotados, y especialmente a Alemania] condiciones tales que pueblos avanzados se vieron reducidos a la dependencia colonial, a la miseria, el hambre, la ruina y la falta de derechos (…) El Tratado de Versalles ha colocado a Alemania, y a toda una serie de estados vencidos, en una situación que hace materialmente imposible su existencia económica»[6]. También la Comintern lo denunció con contundencia, señalando que su peso «cae en primer lugar sobre la clase obrera alemana», lo que implica «que el proletariado alemán sufrirá bajo un doble yugo, el de su propia burguesía y el de los esclavistas extranjeros»[7].

En las negociaciones que tuvieron lugar antes de la ocupación del Ruhr, la cuestión central era el reparto del pastel entre los capitalistas franceses y alemanes. Los grandes monopolios alemanes querían obtener un 50% de los beneficios, mientras que los barones del acero franceses les exigían aceptar un 40%[8]. Fuera cual fuera el acuerdo, sus consecuencias recaerían sobre los hombros de la clase obrera. La ocupación del Ruhr supuso la paralización del 72% de la producción de carbón, del 54% de la producción de arrabio[9] y del 53% de la del acero bruto, generando una crisis económica y social sin precedentes.

Tras la ocupación militar, el Gobierno de derechas de Cuno[10], el más reaccionario desde 1918, salió al rescate de los grandes monopolios del carbón y del acero generando un enorme gasto público que alimentó un escenario de hiperinflación. Mientras que en abril de 1922 un dólar valía 1.000 marcos, el 23 de julio de 1923 equivalía a 400.000 marcos y en noviembre, ¡4.200 millones de marcos! Los billetes no dejaban de sumar ceros, y millones de familias obreras y de clase media veían que el valor de sus ahorros en marcos quedaba reducido prácticamente a cero.

Sin embargo, esta catástrofe económica no fue tal para los grandes monopolios capitalistas. ¡Al revés! Supuso un salto en la concentración del capital y, en consecuencia, en el crecimiento de sus beneficios. La devaluación acelerada del papel moneda, del marco, provocó que el único valor real fueran las propiedades materiales —principalmente propiedades inmobiliarias y medios de producción— y otros valores y monedas: «los grandes capitalistas recaudaban sus beneficios en dólares y oro, y pagaban sus deudas en papel [marcos] obteniendo gran beneficio»[11].

En este contexto, los grandes capitales aprovecharon la ruina de las clases medias para comprar todo lo que pudieron, enriqueciéndose como nunca. Solo el industrial Hugo Stinnes adquirió más de 1.300 empresas, incrementando estratosféricamente su patrimonio. Este empobrecimiento y descomposición acelerada de la clase media fue uno de los factores que alimentaría el crecimiento exponencial del fascismo.

El historiador y dirigente del KPD Arthur Rosenberg lo explicaba: «La expropiación sistemática de la clase media alemana, no por un Gobierno socialista, sino en un Estado burgués que había destacado la protección de la propiedad privada como uno de sus principios, es un acontecimiento sin precedentes. Fue uno de los mayores robos de la historia mundial»[12].

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En 1919 la flor y nata de la clase obrera alemana fue masacrada por los corruptos dirigentes de la socialdemocracia en colaboración con la burguesía utilizando los freikorps. Foto: el socialdemócrata Noske inspeccionando el Freikorps Hülsen - Enero 1919. 

Paralelamente a este proceso, la hiperinflación provocó una devaluación salarial masiva que por supuesto también benefició a los grandes capitalistas. En 1923 el salario de un trabajador alcanzaba solo una cuarta parte del poder adquisitivo de 1914[13]. Si a finales de 1922 un obrero cobraba de media 30 dólares (3.000 marcos), en julio del año siguiente esa cifra había caído hasta los 14 dólares (4 millones de marcos)[14]; la tasa mensual media de inflación en 1923 fue del 322%[15]; los trabajadores consumían un 44% menos de harina, un 63% menos de carne y un 26% menos de azúcar, disparándose la mortalidad entre las mujeres y niños de la clase obrera.

¿Unidad nacional o lucha de clases?

Llegados a este punto, y de forma demagógica, el Gobierno conservador de Cuno apeló a la unidad nacional y a la resistencia pasiva[16] para defender el Ruhr, tratando de encubrir así sus duras políticas capitalistas para hacer frente a la crisis económica. El objetivo era hacer recaer la crisis sobre las espaldas de la clase obrera y seguir garantizando los beneficios de los grandes monopolios alemanes, que continuaron haciendo fabulosos negocios con los ocupantes franco-belgas[17].

De hecho, para revitalizar la economía y fortalecer al imperialismo alemán, los grandes industriales exigían desde 1921 abolir la jornada de ocho horas, restringir el derecho de huelga y atacar otros derechos democráticos y sociales conquistados mediante la lucha revolucionaria de 1918. Ahora, al calor de la crisis, Cuno y los capitalistas vieron una oportunidad de llevar adelante este programa de ajustes.

El gran capital alemán, junto a altos mandos del ejército, aprovechó esta grave crisis y humillación nacional para fortalecer a los grupos nacionalistas de extrema derecha y a las bandas fascistas, ante el miedo al estallido de una nueva crisis revolucionaria. A lo largo de febrero de 1923, el magnate del acero Hugo Stinnes y otros representantes de los grandes monopolios germanos se reunían con el general Hans von Seeckt, jefe del Estado Mayor, y con Erich Ludendorff, militar que fundaría el Partido Nacionalsocialista junto a Hitler, para establecer las condiciones de colaboración entre el ejército y los grupos paramilitares de extrema derecha[18].

Un nítido ejemplo del carácter de clase de la democracia capitalista de Weimar, y de su Estado, que al tiempo que reprimía con crudeza a los comunistas y revolucionarios, financiaba y apoyaba a los batallones de choque de la extrema derecha para enfrentar el peligro de la revolución socialista.

Cediendo de nuevo ante la agenda de los capitalistas, los dirigentes de la socialdemocracia defendieron que primero era necesario expulsar a los franceses y, por tanto, había que apoyar al Gobierno Cuno. La misma posición que en 1914, y que suponía adoptar un punto de vista chovinista, nacionalista, por la liberación de la patria, lo que solo daría alas y beneficiaría a la extrema derecha nacionalista y fascista.

A diferencia del SPD y sus sindicatos, los comunistas plantaron batalla combatiendo el discurso a favor de la unidad nacional. Recordando la consigna de Karl Liebknecht contra la guerra imperialista —¡el enemigo principal está en casa![19]— el KPD apuntó correctamente contra su propia clase dominante con lemas como «Vencer a Poincaré[20] en el Ruhr y a Cuno en el Spree[21]» o «¡No al 50% de Stinnes!», en referencia al 50% de beneficios que exigieron los capitalistas alemanes antes de la ocupación del Ruhr.

Esta orientación permitió enfrentar la demagogia tanto de los ocupantes franceses, que impulsaron una campaña para señalar que la ocupación estaba dirigida contra la burguesía alemana, como de los industriales alemanes, que al comienzo apoyaron algunas huelgas contra la ocupación garantizando a los trabajadores el pago de sus salarios. Una situación que cambió rápidamente a medida que se profundizaba la crisis revolucionaria en favor de los comunistas, dando paso a una abierta colaboración entre las autoridades francesas y alemanas para reprimir al movimiento de masas[22].

Así lo ponía en evidencia Carl Lutterbeck, oficial alemán y presidente de distrito en Düsseldorf (en el Ruhr), en una carta dirigida al general francés Denvignes y fechada el 26 de mayo. En ella pedía autorización para que la policía alemana entrara en la zona ocupada a restablecer el orden: «Me tomo la libertad de recordar que en los tiempos de la Comuna de París, el alto mando alemán hizo todo lo que estuvo en su mano para apoyar las necesidades de las autoridades francesas de cara a garantizar la represión»[23].

La posición del KPD fue acompañada por una campaña internacionalista impulsada por la Internacional Comunista (IC). Los días 6 y 7 de enero los partidos comunistas de Bélgica, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, Países Bajos y Checoslovaquia llamaron a la clase trabajadora de toda Europa a luchar unida contra la ocupación del Ruhr. Las Juventudes Comunistas francesas y alemanas realizaron acciones conjuntas, pegando carteles y distribuyendo panfletos entre los soldados franceses en los que se llamaba a la solidaridad de clase con los trabajadores alemanes. Fruto de estas acciones, se incrementó el número de deserciones y violaciones disciplinarias en el Ejército francés, y numerosos batallones tuvieron que ser reemplazados periódicamente.

La crisis de la democracia capitalista de Weimar y la contrarrevolución fascista

La democracia burguesa y todas sus instituciones sufrieron una profunda crisis de legitimidad. Cuando el capitalismo se convierte en una lucha diaria por la supervivencia, ¿quién puede creer en el poder curativo de la «democracia» y el parlamentarismo?

Se abrieron profundas divisiones en la clase dominante. En Baviera, un sector de la reacción más nacionalista exigió la separación de Alemania. Dicho estado se convertiría en el bastión de la contrarrevolución, unificando a los diferentes grupos nacionalistas y fascistas, y constituyendo un ejército paramilitar con el consentimiento y pasividad del Gobierno central. En Renania, azuzado por el imperialismo francés, se reactivaba el movimiento impulsado por Konrad Adenauer en 1919 que exigía la completa autonomía de Prusia, y que también dio alas a los grupos de ultraderecha.

El grueso del gran capital seguía respaldando al Gobierno de Cuno, con vínculos estrechos con el ascendente capital financiero norteamericano, clave para financiar al capitalismo alemán en crisis y afrontar el pago de las deudas de guerra. Sin embargo, el terror a una nueva oleada revolucionaria, con un KPD que avanzaba rápidamente, provocó una deriva reaccionaria y autoritaria por parte de importantes sectores de la clase dominante y del aparato del Estado.

Dichos grupos de choque fascistas no dejaron de existir desde 1918 con el apoyo y financiación del aparato del Estado y del gran capital, incluyendo a los Gobiernos del SPD, pero reaparecieron y se desarrollaron con fuerza al calor de la crisis de 1923.

Como siempre hemos explicado, revolución y contrarrevolución van de la mano. Y así fue también en 1923, cuando el Partido Nazi (NSDAP), que en 1920 era un pequeño grupo con apenas 1.700 miembros, dio un salto cualitativo alcanzando los 55.000 militantes a finales de dicho año. La crisis capitalista y el papel nefasto de la colaboración de clases por parte de la socialdemocracia alemana dieron aliento a estas fuerzas, garantizando su impunidad y presencia en el aparato del Estado.

Aunque 1923 marcó un punto de inflexión en el auge del fascismo, mostrando con claridad lo seria que podría volverse esta amenaza en tiempos de crisis, lo que marcó inicialmente los acontecimientos de aquel año fue el poderoso ascenso de la revolución proletaria.

Una situación abiertamente revolucionaria. El KPD da un salto decisivo

Lenin señaló la necesidad de una serie de condiciones objetivas para poder hablar de una crisis revolucionaria: la imposibilidad de la clase dominante de mantener su control social y político por los medios tradicionales, el agravamiento de la miseria más allá del nivel común al que están acostumbradas las masas, y un aumento cualitativo de la actividad del movimiento de masas.

Todas estas condiciones confluyeron en Alemania en 1923. Pero hubo dos aspectos decisivos que subrayaban la profundidad de esta crisis revolucionaria y la posibilidad de una victoria del proletariado: el rápido colapso de los aparatos reformistas y el desarrollo de una situación de doble poder, con organismos de masas independientes bajo la dirección de los sectores más revolucionarios y de los comunistas, a diferencia de Rusia en febrero de 1917 cuando los bolcheviques eran minoría dentro de los sóviets.

La ruina económica asestó un duro golpe a los aparatos reformistas, tanto al SPD como a sus sindicatos, que habían sido determinantes para frenar la ola revolucionaria de 1918 y asentar los cimientos de la República de Weimar. Con la devaluación del dinero en horas, la negociación colectiva perdió su razón de ser, incapaz de impedir el hundimiento de los salarios y de las condiciones de vida de la clase trabajadora. Las cuotas pagadas por los miembros del sindicato perdían su valor en cuestión de días, mientras que el precio del papel para los periódicos aumentó exponencialmente. Uno tras otro, gran parte de los periódicos de los reformistas desapareció, incluida Die Neue Zeit, la revista teórica más popular del SPD y dirigida por Kautsky.

Obviamente, estos factores también afectaban al resto de organizaciones. Sin embargo, el KPD pudo vencer estas dificultades gracias a una militancia comprometida y consciente, acostumbrada a los problemas y la represión, y ajena a ese sindicalismo de moqueta que primaba los acuerdos y buenas relaciones con la patronal y el Gobierno. De esta manera, los comunistas pudieron crecer rápidamente en militancia, influencia y prestigio. Mientras en otoño de 1922 la Juventud Comunista contaba con 30.000 afiliados, en el verano de 1923 sus militantes superaban los 70.000. En julio, Die Rote Fahne, el principal periódico del KPD, tenía una tirada de 60.000 ejemplares, muy por encima del histórico Vorwärts del SPD. El Partido Comunista fue capaz de mantener 38 diarios en toda Alemania, incluido uno para niños: Das proletarische Kind.

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La creciente fuerza de los comunistas se reflejó principalmente en el terreno de la lucha de clases. A diferencia de los reformistas, que centraban su batalla en las urnas, los comunistas construyeron sus fuerzas mediante la actividad militante.

Pero su avance más decisivo se produjo en las fábricas, disparándose su influencia en el seno de los sindicatos socialdemócratas. Entre junio y octubre de 1923 el número de fracciones comunistas dentro de los sindicatos aumentó de cuatro mil a seis mil. El Comité Ejecutivo de la Comintern estimó que alrededor de 2,5 millones de trabajadores estaban bajo la influencia directa del KPD. Incluso en el terreno electoral se reflejó ese avance: en las elecciones del Estado Libre de Mecklemburgo-Strelitz, las únicas celebradas en aquel periodo y un feudo del SPD, los comunistas obtuvieron más del 20% de apoyo[24]  y se quedaron al borde de superar a la socialdemocracia, a quien arrancaron la mitad de sus votos, que cayó del 42% al 22%.

La creciente fuerza de los comunistas se reflejó principalmente en el terreno de la acción, de la lucha de clases. A diferencia de los reformistas, que centraban su batalla en las urnas, los comunistas construyeron sus fuerzas mediante la actividad militante en las fábricas, en los sindicatos y mediante las huelgas y luchas en la calle. Si la burocracia socialdemócrata y sindical se asentaba en los sectores más privilegiados y conservadores de la clase obrera, en la aristocracia obrera, las y los militantes comunistas se basaban en las capas más explotadas, dinámicas y combativas. Eso permitió al KPD convertirse en la organización más sólida y preparada cuando estallaron los acontecimientos de 1923.

No era posible confrontar una crisis social de tal magnitud dentro de los límites de la actividad sindical, sin una acción y un programa político revolucionario, y, sobre todo, sin poner en cuestión la lógica capitalista. La experiencia de las masas fue muy clara al respecto. Ante la completa impotencia de los reformistas, de sus políticas y métodos, muchos trabajadores sacaron la conclusión de que era necesaria la organización y la acción directa, emergiendo elementos de doble poder que se extendieron con rapidez.

Se constituyeron por toda Alemania comités de trabajadores y vecinos con el objetivo de controlar los precios de alimentos esenciales y alquileres. Estos organismos —similares a los sóviets— fueron elegidos por asambleas de trabajadores ad hoc, constituyéndose cerca de ochocientos, donde también participaban muchas trabajadoras y amas de casa. Se movilizaron en manifestaciones, protestas y «expediciones punitivas» contra los capitalistas y propietarios que subían los precios condenando a las familias obreras al hambre o a quedarse sin un techo. Y lograron importantes éxitos, como la distribución gratuita de mercancías confiscadas a los contrabandistas, la reducción de precios, la reubicación de trabajadores en apartamentos vacíos... También, allí donde el Estado había colapsado, comenzaron a organizar de forma embrionaria muchas tareas económicas.

Paralelamente se desarrolló un movimiento muy radicalizado y masivo de consejos de fábrica, que bebía de la experiencia de los consejos surgidos en la revolución de 1918. Se trataba de órganos de lucha flexibles, elegidos directamente por los trabajadores, que defendían la acción directa sin importar si era acorde o no con la legalidad burguesa y al margen de la opinión, e incluso en contra, de la burocracia sindical. El Congreso Nacional de Consejos de Fábrica, estructura política en la que se reunían los consejos de todo el país, representaba nada menos que a 20.000 de estos organismos. Solo en Berlín, durante el mes de agosto de 1923, movilizaron en asambleas a 253.000 trabajadores[25].

A nivel nacional, el movimiento había elegido un comité de acción centralizado, conocido como «Comité de los Quince», dirigido por Hermann Grothe, un metalúrgico, comunista y exmiembro del círculo de delegados sindicales revolucionarios que desempeñó un papel clave en la revolución de 1918.

En el verano de 1923, el 40% de los trabajadores sindicados marchaban detrás de cuadros y dirigentes del KPD. En las grandes fábricas consiguieron la mayoría en pocos meses: en las elecciones al sindicato nacional del metal (DMV) obtuvieron la mayoría absoluta, ganando en los principales centros industriales y haciéndose con un tercio de los delegados; en Leuna-Werke, del grupo empresarial IG Farben y uno de los mayores complejos industriales químicos del mundo en aquel momento (con una extensión de 3,5 kilómetros), el candidato del KPD logró el 60% de apoyo. En las elecciones sindicales celebradas en Berlín, 54.000 metalúrgicos votaron por los candidatos comunistas, frente a 22.000 que lo hicieron por la burocracia sindical socialdemócrata. Los comunistas se hicieron en unos meses con una amplia mayoría entre la clase obrera, ganando al grueso de sus batallones pesados y dando lugar a una correlación de fuerzas muy favorable para la toma del poder.

Por último, el KPD impulsó la conformación de las «centurias proletarias», una fuerza militar obrera para responder los ataques del aparato del Estado y de los grupos paramilitares fascistas, que desde 1918 asesinaron a centenares de comunistas. Estas milicias crecieron exponencialmente al calor de la crisis, organizando a decenas de miles a partir de marzo de 1923 y alcanzando los 60.000 trabajadores durante ese verano. El 1º de mayo, 25.000 miembros de las centurias encabezaron la manifestación en Berlín.

Verano de 1923. La revolución en una fase decisiva

La revolución avanzaba y la actividad de las masas aumentó de manera decisiva durante el mes de junio. Estallaron huelgas en todo el país, con cientos de miles de trabajadores participando en las mismas: más de 100.000 mineros y metalúrgicos en Alta Silesia, 100.000 jornaleros en Silesia y otros 10.000 en Brandeburgo, 150.000 metalúrgicos en Berlín... Los dirigentes sindicales oficiales, vinculados al SPD, que hasta entonces habían dominado mayoritariamente el movimiento, se vieron desbordados y arrinconados ante el ascenso revolucionario, y el KPD emergió como la dirección real en gran parte de estas batallas.

El movimiento huelguístico fue impulsado por los consejos de fábrica, al margen de las estructuras sindicales, y comenzaron a asumir tareas más allá de la huelga, como el abastecimiento, la lucha contra la especulación o la constitución de milicias obreras para defenderse de la reacción. El «Comité de los Quince», al frente de los consejos de fábrica y bajo la dirección de los comunistas, surgió como una dirección obrera revolucionaria alternativa.

La burguesía asistía aterrorizada a estos acontecimientos. La prensa capitalista hablaba abiertamente de una nueva revolución y de un estado de ánimo entre las masas como en noviembre de 1918[26]. Ante esta situación, cada vez más desesperada, sectores del aparato del Estado y del gran capital daban pasos en la organización de una fuerza de choque fascista en el seno del ejército, el Reichswehr negro, que llegó a agrupar a 20.000 militares, y de milicias paramilitares nazis y de ultraderecha, especialmente en los Estados de Baviera y Renania.

Al tiempo que el Gobierno permitía a la reacción organizarse y armarse, Severing, ministro del Interior de Prusia[27] del SPD, prohibía el 23 de mayo las milicias del KPD. Un buen ejemplo de que la supuesta neutralidad del aparato estatal es una auténtica entelequia. El Estado capitalista, con la colaboración la socialdemocracia, se preparaba de nuevo para combatir a sangre y fuego la revolución comunista.

Las noticias sobre la organización de un posible golpe de Estado o de una acción por parte de los fascistas similar a la marcha sobre Roma, que un año antes llevó a Mussolini al poder en Italia, eran públicas y notorias. Ante esta amenaza, el KPD convocó una jornada de lucha antifascista para el 29 de julio, pero el Gobierno, con el apoyo del SPD, prohibió las manifestaciones. Tras un tenso debate en el seno del KPD, entre aquellos que apostaban por rechazar la prohibición y seguir adelante y quienes querían acatarla temerosos de la represión y de que el movimiento de masas no les siguiera, se impuso esta última opción. Se transformaron las manifestaciones en mítines masivos, por ejemplo en Berlín, donde agruparon más de 200.000 personas. Solo en la región de Wurtemberg, y en Sajonia y Turingia, con Gobiernos del ala de izquierdas del SPD apoyados por los comunistas, se mantuvieron las manifestaciones, que fueron un completo éxito. El Gobierno central se mostró impotente para impedirlas y reprimirlas, dejando en evidencia que había fuerza para desafiar la prohibición.

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La burguesía asistía aterrorizada a estos acontecimientos. El Estado capitalista, con la colaboración la socialdemocracia, se preparaba de nuevo para combatir a sangre y fuego la revolución comunista. 

Esta primera vacilación por parte de la dirección del KPD y de la Comintern se produjo porque no calibraron correctamente la enorme fuerza del movimiento en aquel momento, justo en el auge de la lucha huelguística de los comités de fábrica. No apreciaron adecuadamente el cambio que se había operado en el ambiente.

En cualquier caso, la fuerza de la revolución arrastró a un callejón sin salida al Gobierno. El 9 de agosto, en Chemnitz, paralelamente al debate parlamentario sobre un voto de confianza al canciller Cuno, una manifestación de 150.000 personas pidió su dimisión y la de su Gobierno. El 10 de agosto, el líder comunista Wilhelm Koenen se dirigió públicamente a los trabajadores planteando la necesidad de impulsar un movimiento de masas que pasara «por encima del Parlamento y formara un Gobierno obrero revolucionario»[28]. Por la noche, comenzaron nuevas huelgas en el centro de Berlín, que rápidamente se extendieron a Hamburgo, a la inmensa región industrial del Ruhr, a Sajonia y muchos otros lugares a lo largo y ancho de Alemania.

En la tarde del 10 de agosto, la Comisión Sindical de Berlín[29] se reunió con los dirigentes de la burocracia sindical, con presencia de los dirigentes del SPD y del KPD. Los socialdemócratas, liderados por Otto Wels, se opusieron a llamar a una huelga general. Los dirigentes sindicales, tras una fuerte discusión, aceptaron esa posición.

Solo el KPD mantuvo la propuesta de una huelga general de tres días para derrocar a Cuno y formar un Gobierno de trabajadores y campesinos. Al día siguiente, el Buró Político del KPD convocó una asamblea de delegados obreros para votar la propuesta de huelga. Al mismo tiempo, ese 11 de agosto, el «Comité de los Quince» reunió a los delegados de los consejos de fábrica, que aprobaron mayoritariamente las propuestas de los comunistas:

• Destitución del Gobierno de Cuno.
• Formación de un Gobierno de trabajadores y campesinos.
• Requisición y distribución de alimentos bajo control de las organizaciones obreras.
• Reconocimiento a los comités de control de los trabajadores.
• Levantamiento de la proscripción de las centurias o milicias proletarias.
• Fijar el salario mínimo en 60 pfennigs.
• Contratación inmediata de desempleados para trabajos productivos.
• Poner fin al estado de emergencia y a la prohibición de las manifestaciones.
• Liberación de todos los trabajadores encarcelados por delitos políticos.

Era un programa de transición revolucionario que vinculaba las demandas inmediatas y básicas de la clase obrera con la cuestión del poder[30]. Los trabajadores respondieron a este llamamiento con dos días de huelga general masiva que tumbó al Gobierno de Cuno. El agravamiento de la crisis capitalista había agrupado al grueso de quienes quería continuar la lucha, a los sectores decisivos del proletariado alemán, bajo la bandera de los comunistas. Como señaló Arthur Rosenberg: «nunca ha habido un periodo en la historia moderna de Alemania que haya sido tan favorable para una revolución socialista como el del verano de 1923»[31].

Tras la caída en agosto del Gobierno de Cuno, se conformó una gran coalición encabezada por Gustav Stresemann, del derechista Partido Popular Alemán (DVP), integrada por las fuerzas políticas que habían sostenido a Cuno —la derecha católica del Zentrum y los liberales del Partido Democrático Alemán (DDP)—, pero a la que se sumó el SPD con Robert Schmidt como vicecanciller y con otros tres ministros, incluido el de Finanzas, Rudolf Hilferding, ligado en el pasado al ala de izquierdas del partido[32]. La participación de los dirigentes socialdemócratas en este Gobierno buscaba, como en 1918, frenar la deriva revolucionaria y acabar con los órganos de poder obrero que ponían en cuestión el régimen burgués de Weimar.

Pero a diferencia de 1918, el SPD sufría una crisis interna muy acusada y una gran parte de sus bases, especialmente entre la clase obrera, giraba bruscamente hacia la izquierda, hacia el KPD. Existían las condiciones objetivas para una escisión que diera una mayoría abrumadora a los comunistas dentro de la clase obrera y el movimiento sindical.

El KPD y los debates en la Comintern. Frente único y Gobierno obreros

Sin embargo, el 13 de agosto, el Comité Central del KPD tras un debate lleno de dudas y vacilaciones llamó a los trabajadores a finalizar la huelga. Una decisión condicionada por el temor de amplios sectores de la dirección a cometer los graves errores ultraizquierdistas que tuvieron lugar en 1919 y 1921, cuando se organizaron levantamientos revolucionarios al margen del sentir de las masas y de las condiciones objetivas, y que terminaron en un rotundo fracaso que se pagó muy caro: con la ejecución y el encarcelamiento de numerosos dirigentes y cuadros del partido, su ilegalización y una desmoralización en sus filas que les hizo perder a la mitad de su militancia.

Esta desastrosa experiencia fue duramente criticada tanto por la Tercera Internacional como por Lenin en su magnífica obra La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo. Lenin, Trotsky y los dirigentes de la IC debatieron pacientemente, pero con dureza, con los dirigentes alemanes, explicando la importancia de la estrategia del frente único en la victoria del bolchevismo.

No bastaba con proclamar la revolución y hacer un fetiche del levantamiento armado, era necesaria una táctica para segar la hierba bajo los pies de los socialdemócratas. Eso significaba participar en las elecciones parlamentarias o en los sindicatos reformistas con una política revolucionaria, sin sectarismo, con el objetivo de ganar a las masas trabajadoras y oprimidas que seguían bajo su influencia. Así actuaron los bolcheviques en 1917, fueron ganando a las bases obreras y campesinas que seguían las políticas oportunistas y conciliadoras de mencheviques y socialrevolucionarios, hasta ganar la mayoría en los sóviets, lo que les permitió lanzarse a la toma del poder.

Con esta táctica, los comunistas ofrecían a los trabajadores, independientemente del partido o sindicato en que militaran, una dirección y estrategia revolucionarias en sus luchas cotidianas que tuviera en perspectiva acabar con el capitalismo. Al mismo tiempo, trataban de unir a las masas de la clase trabajadora creando órganos o comités de lucha desde abajo, mediante la acción directa, como los consejos de trabajadores. Una táctica de frente único que nada tenía que ver con la justificación que luego haría el estalinismo del frente popular, apoyando o integrándose en Gobiernos burgueses y colaborando con el aparato del Estado capitalista.

La estrategia del frente único se demostró totalmente correcta al calor de los acontecimientos de 1923. Fruto de la presión revolucionaria de masas, se produjo de facto una escisión en el SPD, conformándose una poderosa ala de izquierdas integrada por amplios sectores de las bases de los sindicatos socialdemócratas. El 29 de julio esta ala izquierda celebró una conferencia en Weimar con la participación de los secretarios generales del sindicato del metal a nivel nacional y de Berlín, uno de los feudos del SPD. En esta reunión se aprobó una resolución llamando a la lucha para tumbar al Gobierno de Cuno y rechazando la participación del SPD en un Gobierno de unidad nacional.

La influencia del KPD entre los socialdemócratas de izquierda no dejaba de crecer y fortalecerse. Así lo señalaba uno de sus principales representantes, Paul Levi[33], en septiembre de 1923: «La cuestión que se plantea a la socialdemocracia alemana es: la dictadura del proletariado o la dictadura de los demás (...) La dictadura del proletariado es necesaria. Debemos marchar con los comunistas»[34]. Un desarrollo que se aceleró con la integración del SPD en el Gobierno de unidad nacional encabezado por Stresemann.

Otra parte de esta estrategia de frente único se basaba en la defensa de los «Gobiernos obreros». En el terreno electoral, los partidos comunistas no debían abstenerse ni permitir que la reacción tomara el poder, si de ellos dependía. Esta orientación consistía en apoyar cuando fuera necesario la formación de Gobiernos minoritarios del SPD, pero defendiendo un programa y consignas transicionales que pusieran en cuestión la propiedad privada y el poder burgués (armamento de la clase obrera, reconocimiento del Congreso de consejos de fábricas…) o, incluso, entrando en un Gobierno con los socialdemócratas, a nivel local o regional, pero sin partidos burgueses y con un programa socialista y revolucionario que permitiera elevar el grado de organización y conciencia de la clase obrera. En 1917, los bolcheviques ofrecieron esta opción a mencheviques y socialrevolucionarios, siempre y cuando rompieran con los ministros burgueses y reconocieran el poder de los sóviets.

El propósito de esta estrategia era impulsar la lucha revolucionaria y mejorar la correlación de fuerzas para el proletariado. La Internacional Comunista explicaba que este tipo de Gobiernos obreros, que requieren una situación de doble poder, solo podrían ser organismos transitorios, temporales, sujetos a la hostilidad constante de los capitalistas y su aparato estatal, y que debían convertirse en instrumentos que ayudaran, más pronto que tarde, a la toma del poder: «Un Gobierno obrero surgido de una combinación parlamentaria también puede proporcionar la ocasión de revitalizar el movimiento obrero revolucionario. Pero es evidente que el surgimiento de un Gobierno verdaderamente obrero y la existencia de un Gobierno que realice una política revolucionaria debe conducir a la lucha más encarnizada y, eventualmente, a la guerra civil contra la burguesía»[35].

Nada que ver con la utópica idea de una «vía parlamentaria hacia el socialismo» que defienden algunos reformistas generando ilusiones en que es posible acabar con el capitalismo y establecer el poder obrero apoyándose en el propio Estado burgués y respetando la propiedad privada de los medios de producción. Una idea combatida a sangre y fuego por Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo.

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Las divisiones y vacilaciones del KPD, sin nadie con la autoridad política y firmeza de Lenin que marcara un rumbo claro en los momentos más decisivos, terminarían siendo letales para el desarrollo de la revolución. 

La cuestión de los Gobiernos obreros adquirió mucha relevancia en la revolución de 1923. En los Estados de Sajonia y Turingia, los Gobiernos tradicionales del SPD con los liberales colapsaron, dando paso a Gobiernos liderados por socialdemócratas de izquierda en alianza con los comunistas. Estas alianzas, primero con apoyo parlamentario y a partir de octubre con la entrada directa en los Gobiernos de dichos estados, se basaban en la aceptación por parte de los dirigentes de izquierda del SPD de un programa de transición revolucionario que impulsaba los consejos de trabajadores como poder alternativo y la constitución de milicias obreras.

Durante 1923, Sajonia y Turingia se convirtieron en bastiones del proletariado revolucionario. Sin embargo, como veremos, la confianza del KPD en los diletantes dirigentes de la izquierda socialdemócrata, que aceptaron este programa de palabra, pero que en la práctica no dieron ningún paso para concretarlo y desafiar así al Gobierno central, a la burocracia del SPD y al aparato del Estado burgués, jugó un nefasto papel en el momento decisivo.

A pesar de las correcciones de Lenin, Trotsky y la Internacional Comunista, seguían existiendo fuertes divisiones en el seno del KPD, pero ninguna de las corrientes o dirigentes llegaron a asimilar plenamente la experiencia del bolchevismo. Tal y como explicaría Trotsky años después, en un momento de revolución abierta y lucha directa por el poder, la principal virtud del partido revolucionario, y de sus dirigentes, es saber adaptarse a los cambios bruscos en la situación no quedándose rezagado.

«El Partido Comunista alemán seguía todavía la consigna del III Congreso, consigna que, ciertamente, lo había alejado de la vía amenazante del putschismo, pero que fue asimilada de forma unilateral. Hemos visto ya que en nuestra época de cambios bruscos, lo más difícil para una dirección revolucionaria es saber, en el momento propicio, tomar el pulso de la situación política, percibir su brusco cambio y accionar la palanca en el momento adecuado. (…) No solamente los derechistas [en el KPD], sino también los izquierdistas, a pesar de la lucha encarnizada a la que se entregaron, vieron con un gran fatalismo el proceso de desarrollo de la revolución hasta septiembre-octubre»[36].

Estas divisiones y vacilaciones, sin nadie con la autoridad política y firmeza de Lenin que marcara un rumbo claro en los momentos más decisivos, y la aplicación de viejas fórmulas pasadas de una forma mecánica, sin entender la evolución de los acontecimientos, terminarían siendo letales para el desarrollo de la revolución.

La toma del poder y el arte de la insurrección

Tras las jornadas revolucionarias de agosto que acabaron con Cuno se abrió un debate, tanto en el KPD como en la Internacional y en el partido soviético, sobre la evolución de los acontecimientos alemanes. En esta ocasión, la situación era completamente distinta a las vividas en 1919 o 1921, tal y como reconocieron Zinóviev y Trotsky.

El 23 de agosto en una reunión del Politburó del PCUS, ya sin Lenin, apartado por la enfermedad, se llegó a la conclusión de que la revolución alemana había llegado a un punto crítico y que era necesario comenzar los preparativos para la toma del poder. Posteriormente, el Comité Ejecutivo de la IC designó una comisión encabezada por Rádek, responsable de la sección alemana, para preparar la insurrección.

Durante julio y agosto, en medio del ascenso huelguístico revolucionario, diversos dirigentes, como Rádek o Stalin, temerosos de una insurrección prematura, habían mostrado constantes precauciones dando pábulo a los sectores más conservadores del KPD. En un artículo del 29 de julio[37], Rádek reflejó este espíritu conservador señalando que, a diferencia de los bolcheviques, quienes en el momento de la toma del poder contaban con 70.000 militantes, el KPD no podía plantearse siquiera esta posibilidad hasta no alcanzar el millón de miembros.

Esta posición obviaba que solo con la acción revolucionaria para tomar el poder se podía dar ese salto decisivo, tal y como ocurrió con los bolcheviques en octubre de 1917, y no esperando la culminación de un proceso indefinido de acumulación de fuerzas que terminaría permitiendo reaccionar a la contrarrevolución. Como resultado de este análisis, la dirección del KPD contuvo la acción revolucionaria de las masas en un momento de ascenso.

Además, Stalin y otros dirigentes minusvaloraban el peligro de la contrarrevolución, lo que tendría trágicas consecuencias. Así lo manifestaba el propio Stalin, el 7 de agosto, en una carta a Zinóviev: «Los fascistas no están dormidos, por supuesto, pero para nosotros sería ventajoso que atacaran primero. (…) según lo que conocemos, los fascistas en Alemania son débiles y, en mi opinión, los alemanes deberían ser cautos y no ser alentados»[38]. Una posición que reproduciría diez años después ante el ascenso de Hitler, permitiendo que tomara el poder sin resistencia alguna.

El 13 de agosto, tras la exitosa y masiva huelga de dos días encabezada en solitario por el KPD, el Congreso de los Consejos de Fábrica, debido a las vacilaciones de los comunistas, pidió el fin de la misma. A pesar de que el momento era propicio para dar nuevos pasos, con un vacío de poder tras la caída del Gobierno de Cuno, Die Rote Fahne, el diario del KPD, explicó que era necesario evitar una acción prematura que corría el riesgo de desembocar en una «lucha fratricida»[39], principalmente, con los socialdemócratas de izquierda.

Sin embargo, en el verano de 1923 ya existía una «lucha fratricida» entre comunismo y reformismo, y especialmente con los dirigentes del ala izquierda de la socialdemocracia, que acudieron raudos a salvar a los sectores más derechistas y burocráticos del SPD y los sindicatos del naufragio que enfrentaban.

Los comunistas estaban en condiciones de tomar la iniciativa. Su tarea no era cortejar con acuerdos por arriba a los dirigentes pseudoizquierdistas de la socialdemocracia, que hablaban de revolución pero actuaban en sentido contrario, sino liderar la lucha para desenmascararles, arrancando a las masas de su influencia y planteando una estrategia para la toma del poder.

El mejor ejemplo de esta estrategia de subordinación a los dirigentes de izquierda del SPD se vivió con los llamados Gobiernos obreros de Sajonia y Turingia. Tras haberlos apoyado en el Parlamento, el KPD a comienzos de octubre entró con varios ministros, entre ellos su secretario general, Brandler, en el de Sajonia. Una participación que estuvo condicionada a la implementación de un programa revolucionario de veinte puntos, incluyendo «el armamento de los trabajadores, desarmar a las formaciones burguesas [incluida la policía y el ejército de la República de Weimar], el control obrero sobre la producción, medidas de emergencia para suministrar comida [a la población], y un llamamiento a formar un Gobierno de trabajadores para todo el Reich»[40].

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Los comunistas podían tomar la iniciativa. Su tarea era liderar la lucha para desenmascarar a los dirigentes pseudoizquierdistas de la socialdemocracia, arrancar a las masas de su influencia y plantear una estrategia para la toma del poder. 

Pero la experiencia demostró que los dirigentes de la izquierda socialdemócrata no tenían intención de llevar a la práctica dicho programa, haciendo todo lo posible para no enemistarse con el Gobierno central y la burocracia derechista y corrupta del SPD, y boicoteando el poder de los consejos y el armamento de las milicias obreras.

A finales de agosto las condiciones para la insurrección eran muy favorables, sin embargo los pasos prácticos de la mayoría de la dirección de la Comintern y el KPD no fueron por ese camino. Mientras Trotsky, junto con la izquierda alemana, argumentaba que era decisivo fijar una fecha concreta para la insurrección y prepararla al detalle, Stalin —repitiendo el error que cometió en octubre de 1917 junto a Zinóviev y Kámenev—, Rádek y Brandler se opusieron.

En septiembre de 1923, al calor de este debate, León Trotsky escribió el artículo ¿Es posible fijar una fecha concreta para la contrarrevolución o la revolución? En el mismo señalaba: «El Partido Comunista no puede tener una actitud de espera frente al movimiento revolucionario en ascenso del proletariado. Hacerlo es adaptarse al punto de vista del menchevismo. (...) El Partido Comunista no puede tomar el poder utilizando el movimiento revolucionario desde la barrera, sino solo a través de un liderazgo político, organizativo y técnico-militar directo e inmediato de las masas revolucionarias, tanto en el periodo de preparación paciente como en el momento de cambio decisivo. Precisamente por esta razón, al Partido Comunista no le sirve en absoluto la gran ley liberal según la cual las revoluciones ocurren sin más pero no se realizan y, por tanto, no pueden acordarse en una fecha específica. Desde el punto de vista de un espectador esta ley es correcta, pero desde el punto de vista de un dirigente revolucionario estamos ante un tópico y una vulgaridad»[41].

El fracaso de la revolución y el levantamiento de Hamburgo

En el verano de 1923 la cuestión del poder estaba sobre la mesa. El proletariado había demostrado su capacidad para derrocar al Gobierno, el KPD había adquirido una influencia de masas y los consejos de fábrica, bajo dirección comunista, estaban a la cabeza del movimiento. La situación de doble poder debía decidirse de un modo u otro.

A finales de septiembre los acontecimientos se aceleraron. El Gobierno de Stresemann, con el propósito de centrarse en aplastar la revolución, proclamó el fin de la política de resistencia pasiva, aceptando la ocupación francesa del Ruhr, y lanzó una ofensiva contra la jornada de ocho horas, con el beneplácito del ministro de Finanzas del SPD, como un supuesto antídoto frente a la crisis económica.

Paralelamente, en Baviera, el ultraderechista Von Kahr, con el apoyo de Hitler y Ludendorff y la simpatía de sectores del gran capital, como Stinnes, dio un golpe de Estado. Así comenzaron los preparativos para convertir este estado en la punta de lanza del ejército de la contrarrevolución, y con el que, si fuera necesario, poder marchar hacia Sajonia y Berlín.

Este golpe sirvió como excusa para que el presidente de la República, el socialdemócrata Ebert, enterrador de la revolución de 1918, proclamara la ley marcial en todo el país abriendo las puertas al ejército para actuar contra el movimiento revolucionario, prohibiéndose inmediatamente Die Rote Fahne y otros diarios revolucionarios. Como luego se pudo comprobar, y como denunció el KPD en ese momento, la ley marcial estaba destinada a combatir principalmente y en primer lugar a los consejos de fábrica y al emergente poder obrero.

En Sajonia, el comandante de la Reichswehr, el general Müller, se negó a reconocer al Gobierno obrero con participación de los comunistas, intentando imponer un asedio contra ellos y los consejos de fábrica. Prohibió las manifestaciones, impuso la autorización previa a las reuniones del KPD, ilegalizó todos sus periódicos y puso fuera de la ley a las centurias obreras. El socialdemócrata de izquierdas Erich Zeigner, que presidía el Gobierno sajón, realizó una protesta verbal, pero señalando que se mantendría leal a la constitución. Una auténtica declaración de intenciones que ponía negro sobre blanco su negativa a apostar por el poder obrero, a armar al proletariado y a cumplir con los veinte puntos del programa acordado con los comunistas.

En Berlín, uno de los bastiones de la revolución de 1918, el Gobierno instaló una dictadura militar entregando el poder ejecutivo al comandante de la Reichswehr, el general von Seeckt. El 13 de octubre, el Reichstag —con los votos del SPD— otorgaba plenos poderes a Stresemann, y empezaba los preparativos para la invasión militar de Sajonia y Turingia con el objetivo de aplastar a sus respectivos Gobiernos obreros.

Las vacilaciones del KPD habían dado un tiempo precioso a la contrarrevolución para reorganizarse. Ante la evolución de los acontecimientos, la Comintern y la dirección del KPD acordaron, ahora sí, fijar la fecha de la insurrección para el 21 de octubre. Pero esta decisión no fue acompañada de un plan claro, detallado y contundente, tal y como había señalado insistentemente Trotsky.

Aquel día se había convocado la Conferencia de consejos de fábrica en Chemnitz, que debía decidir si llamar a una huelga general en todo el país ante la amenaza de intervención militar en Sajonia. Ante 498 delegados, 66 de ellos formalmente del KPD frente a solo siete socialdemócratas y un independiente, Brandler defendió que los trabajadores se pusieran del lado de sus camaradas de Sajonia llamando inmediatamente a la misma. Sin embargo, condicionó esta decisión a que se tomara por unanimidad, dando a los socialdemócratas de izquierda un poder de veto que resultó catastrófico.  

Georg Graupe, ministro de Trabajo de los socialdemócratas de Sajonia, respondió que era necesario defender Sajonia, pero que tal decisión no podía ser tomada por la Conferencia de consejos de fábrica, ya que Sajonia tenía un «Gobierno constitucional» y solo a él le correspondía actuar. Luego, Graupe chantajeó a Brandler, afirmando que si los comunistas llevaban a cabo su moción, ellos, los socialdemócratas (¡7 de 498!), tendrían que marcharse. Al mismo tiempo, el presidente del Gobierno sajón, Zeigner, expuso que tenía garantías del Gobierno central, es decir, de sus ministros socialdemócratas, de que la movilización militar de Müller tenía por objetivo solo a los golpistas de extrema derecha de Baviera, y no al proletariado de Sajonia.

La dirección del KPD, carente de un plan propio, detallado y decidido, cedió ante estas presiones y aceptó la moción a cambio de constituir una comisión para estudiar la cuestión de la huelga general en el futuro. Pero en momentos decisivos el tiempo es oro. Su indecisión entregó el futuro de la insurrección a los dirigentes socialdemócratas, cediendo a la presión de la opinión pública burguesa expresada por boca de los diletantes dirigentes izquierdistas del SPD. Así lo explicaría Trotsky:

«En la derrota de la revolución alemana de 1923 (…) se encuentran también los rasgos típicos que hacen manifiesto un peligro general. Se podría definir este peligro como la crisis de la dirección revolucionaria en la víspera del paso a la insurrección (…) ciertos elementos de las capas superiores y medias del partido sufrirán, inevitablemente, en mayor o menor grado, la influencia del terror material e intelectual ejercido por la burguesía en el momento decisivo (…) La aparición inevitable o el desarrollo de un grupo de derecha en cada Partido Comunista en el curso del periodo del “pre-Octubre” refleja, por una parte, las inmensas dificultades objetivas y los peligros del “salto”, y, por otra parte, la presión furiosa de la opinión pública burguesa»[42].

Pocos días antes, una reunión masiva de delegados sindicales en Berlín, ciudad clave para la insurrección, también votaba por 1.500 votos frente a 50 declarar la huelga general en el caso de que hubiera  una intervención militar en Sajonia. A pesar de las fuerzas armadas con que contaban tanto el ejército como la contrarrevolución fascista, uno de los argumentos que pesó en los dirigentes del KPD, la cuestión central de cara a la insurrección no era numérica, sino política, tal y como planteó el diputado comunista de Sajonia Arthur Lieberasch: «Los entre 15 y 20 millones de trabajadores alemanes son mucho más poderosos que los 500.000 efectivos de la Reichswher (Ejército) y los fascistas. Además las armas pueden llegar a nosotros por la puerta de atrás, si los soldados mal pagados de la Reichswehr se dan cuenta que ellos también pertenecen a la clase trabajadora»[43].

Las vacilaciones y errores de la dirección del KPD, que llevaron primero a no preparar seriamente la insurrección y posteriormente a cancelarla, contrastaban con los planes que sí había preparado en detalle y a conciencia la contrarrevolución, empezando por establecer una fecha concreta para golpear. Tal como señala el historiador E. H. Carr: «Se había fijado una fecha en la que los comunistas debían actuar o confesar su impotencia»[44]. Tras la renuncia a la insurrección por parte de los dirigentes comunistas, Ebert disolvió el Gobierno de Sajonia y se produjo la invasión militar tanto de Sajonia como de Turingia, acabando definitivamente con la experiencia de los Gobiernos obreros y aplastando nuevamente la revolución de los consejos.

Pero la información sobre la cancelación de la insurrección no llegó a Hamburgo, por lo que en la noche del 23 de octubre comenzó la revuelta. Los comunistas talaron árboles y cortaron líneas telefónicas, asaltaron 24 comisarías y capturaron 250 fusiles. El intento posterior de ridiculizar el levantamiento como una acción ultraizquierdista omite todo este contexto. Aunque solo trescientos hombres participaron directamente en la batalla armada, consecuencia de la falta de armamento, muchos más —entre ellos mujeres y jóvenes— apoyaron la insurrección.

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La burguesía alemana vivió con auténtico terror la revolución de 1923. Consciente de lo cerca que estuvo de perder el poder, sacaría conclusiones sobre el papel del fascismo, del nazismo, para conjurar la revolución socialista en el futuro. 

El jefe de la policía de Hamburgo sí se tomó muy en serio esta rebelión, señalando que era de esperar que los miembros del SPD se unieran. Durante dos días, un ejército de seis mil hombres no pudo liquidar a los proletarios en armas. Un ejemplo de cómo la energía revolucionaria puede cambiar las relaciones de poder en el curso de los acontecimientos. A pesar de su fracaso, el levantamiento de Hamburgo, que quedó aislado, fue una lección para todos los que dudaban de la posible victoria de la revolución alemana de 1923. Fue una acción heroica y nos recuerda que a veces es mejor luchar y perder, que rendirse sin disparar una bala.

Un punto de inflexión para la revolución mundial

La derrota de la revolución fue un factor decisivo en el transcurso de la revolución internacional, demostrando que el destino del proletariado de todos los países está completamente entrelazado.

En ese momento la Unión Soviética, tras una sangrienta guerra contra las potencias imperialistas que movilizaron veintiún ejércitos extranjeros, se enfrentaba a graves problemas económicos y a un peligroso proceso de burocratización fruto del aislamiento y las enormes dificultades objetivas. La «salvación», como dijo Lenin, residía en la revolución internacional, muy especialmente en Europa.

El estallido de la revolución de 1923 desató una ola de entusiasmo en la URSS. Los carteles y los mítines en apoyo de la revolución alemana poblaban las ciudades soviéticas, numerosas unidades del Ejército Rojo se proclamaron dispuestas a desplazarse a Alemania en apoyo de la revolución y se reclutó a los miembros del Partido Comunista que hablaban alemán para constituir en la reserva unas «brigadas internacionales». También se crearon dos fondos especiales, de oro y de grano, con el fin de ayudar a un futuro Gobierno obrero alemán.

Tal y como explica Pierre Broué, «las diferencias que durante meses habían comenzado a envenenar el ambiente en el partido ruso y la apatía que había ido ganando terreno parecieron desaparecer gracias al soplo de aire fresco de unas nuevas y revividas perspectivas de revolución mundial»[45].

La última batalla de Lenin contra el ascenso de la burocracia y contra Stalin ya había comenzado, y la campaña del triunvirato Stalin-Zinóviev-Kámenev contra Trotsky daba sus primeros pasos. De ahí que se rechazara, por motivos meramente burocráticos y mezquinos, la posibilidad, cuando el KPD lo pidió, de que Trotsky se desplazara a Alemania para ayudar a orientar y planificar la insurrección. Temían que si culminaba con éxito, el prestigio de Trotsky creciera aún más. 

La derrota alemana cerró la perspectiva de una revolución mundial a corto plazo, lo que a su vez alimentó y fortaleció las tendencias burocráticas y contrarrevolucionarias, representadas por Stalin, dentro de la URSS, del partido y de la Internacional. En los años posteriores se constituyó la Oposición de Izquierdas que, encabezada por Trotsky, combatió a sangre y fuego la contrarrevolución termidoriana que acabaría purgando y asesinando a la flor y nata del Partido Bolchevique y de la Internacional Comunista.

Esta derrota supuso además un punto de inflexión en el ascenso del fascismo en Alemania. Aunque el Gobierno de Stresemann con el SPD terminó estabilizando la situación, se enfrentó —justo tras aplastar la revolución de los consejos— con el putsch fascista de Hitler los días 8 y 9 de noviembre en Múnich.

La burguesía alemana vivió con auténtico terror la revolución de 1923. Consciente de lo cerca que estuvo de perder el poder, sacaría conclusiones sobre el papel del fascismo, del nazismo, para conjurar la revolución socialista en el futuro.

Un desenlace en sentido contrario, una victoria del proletariado alemán, habría supuesto fortalecer en el seno de la URSS las tendencias proletarias y revolucionarias, apoyándose además con un nuevo Estado obrero en una de las naciones más desarrolladas y avanzadas del mundo. Un paso que sin duda habría abierto las puertas a la revolución socialista mundial y a la posibilidad más que real de mandar el capitalismo al basurero de la historia.

Tal y como señalaría Trotsky, «el proletariado alemán habría marchado al combate si hubiera podido convencerse de que, esta vez, el problema de la revolución estaba claramente planteado, de que el Partido Comunista estaba dispuesto a ir a la batalla, de que era capaz de asegurar la victoria (...) Atribuir a las masas la responsabilidad de los errores de la dirección o reducir en general el papel de esta última para disminuir su culpabilidad es una actitud típicamente menchevique; proviene de la incapacidad para comprender dialécticamente la “superestructura” en general, la superestructura de la clase que es el partido, la superestructura del partido, que es su centro dirigente»[46].

Esta era, y sigue siendo hoy, la tarea de los comunistas revolucionarios. Construir el partido de la revolución, con firmeza, luchando por arrancar a la clase trabajadora de la influencia de los reformistas, luchando por organizarla y orientarla con las ideas del genuino marxismo, resistiendo la presión de la opinión pública burguesa y convirtiendo los discursos en acción, en hechos materiales. Solo así podremos culminar la tarea que emprendieron los revolucionarios alemanes en 1923.

 

Notas:

[1]Se refiere a la socialdemocracia alemana (SPD) y a los sindicatos reformistas.

[2]Larisa Reisner, Hamburgo en las barricadas, Fundación Federico Engels, Madrid, 2018, pp. 50 y 51.

[3]En noviembre de 1918 estalló la revolución socialista en Alemania tumbando a la monarquía del Káiser Guillermo II. Posteriormente se estableció una república parlamentaria conocida como la República de Weimar, ya que en dicha ciudad se reunió la Asamblea Constituyente que la proclamó y aprobó su constitución.

[4]Aristocracia terrateniente militar de Prusia, que era el Estado dominante que llevó adelante la unificación alemana.

[5]Denunciado por los bolcheviques y la Internacional Comunista, imponía unas condiciones brutales a Alemania tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, exigiendo en favor de Francia indemnizaciones de guerra inasumibles, que mantuvieron hundida su economía y cuyo peso recaería sobre la clase obrera y los oprimidos.

[6]VV.AA., La Internacional Comunista. Tesis, manifiestos y resoluciones de los cuatro primeros congresos (1919-1922), Fundación Federico Engels, Madrid, 2010, pp. 444 y 445.

[7]Declaración de la Comintern contra el Tratado de Versalles: MANIFIESTO DEL CEIC SOBRE EL TRATADO DE PAZ DE VERSALLES

[8]Institut für Marxismus-Leninismus beim ZK der SED, Geschichte der deutschen Arbeiterbewegung in acht Bänden, Bd. 3, Dietz-Verlag, Berlín, 1966, p. 375.

[9]Metal obtenido a la salida de un alto horno, supone el estado intermedio de la fabricación del acero o de la fundición de hierro.

[10]Político y empresario alemán vinculado al gran capital que presidió un Gobierno conservador desde 1922 hasta 1923.

[11]Pierre Broué, The German Revolution, 1917-1923, Haymarket Books, 2005, p. 829.

[12]Arthur Rosenberg, Entstehung und Geschichte der Weimarer Republik, Frankfurt am Main: Athenäum, 1988, p. 395.

[13]G. Castellan, L' Allemagne de Weimar 1918-1933, París, 1969, p. 156.

[14]Pierre Broué, op. cit., p. 830.

[15]Hiperinflación

[16]Las fábricas cerraron, la economía colapsó y se inició la producción de más papel moneda para sufragar los gastos originados por la ayuda a los obreros en paro y por las compensaciones a sus patronos.

[17]La multinacional química alemana BASF siguió haciendo negocios con las autoridades francesas, acordando el intercambio de patentes, tecnología y la apertura de nuevas fábricas en territorio francés. En P. Broué, op. cit., p. 805.

[18]Pierre Broué, op. cit., p. 804.

[19]Señalaba que el primer enemigo a combatir en la guerra imperialista era la propia burguesía, cuyo derrocamiento, como demostró la revolución rusa de 1917, era la precondición para acabar con la guerra e impulsar la revolución socialista. Fue la posición adoptada por Lenin y los bolcheviques.

[20]Primer ministro y ministro de Exteriores de Francia en aquel momento.

[21]Principal río navegable de Berlín.

[22]Ya en abril de 1923, en la ciudad de Mülheim en el Ruhr, tras la toma del Ayuntamiento por los trabajadores, constituyendo milicias obreras y un consejo de trabajadores para regir la ciudad, las autoridades francesas permitieron la entrada de fuerzas policiales y militares alemanas para reprimir el levantamiento. En P. Broué, op. cit., p. 807.

[23]Pierre Broué, op. cit., p. 825.

[24]En 1920 el KPD no se presentó a las elecciones de ese estado. Sí lo hizo el USPD, cuya mayoría se integraría en el KPD, y entonces solo obtuvo un 4,2% de los votos.

[25]Die Rote Fahne, 11 de agosto de 1923.

[26]En noviembre de 1918 estalló la revolución alemana, instaurándose consejos de trabajadores por todo el país. En pocos días la maquinaria estatal colapsó, el káiser tuvo que dimitir y exiliarse. El ejército se desmovilizó de forma espontánea, poniéndose fin a la guerra. La clase obrera pudo haber tomado el poder, sin embargo, la burguesía se apoyó en la socialdemocracia y en la burocracia sindical para descarrillar la revolución, que finalizó en enero de 1919 con una represión salvaje contra los revolucionarios y los comunistas, y el asesinato de sus máximos dirigentes, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

[27]El Estado Libre de Prusia era el más importante y populoso de la Confederación alemana.

[28]Die Rote Fahne, 11 de agosto de 1923.

[29]Organización que agrupaba a los diferentes sindicatos de sector a nivel local.

[30]La siguiente cita describe muy bien la esencia del programa de transición, un método utilizado por la Internacional Comunista en ese momento: «La revolución mundial no puede triunfar de un solo golpe. Cualquiera que sea el ritmo de su desarrollo, necesitamos un programa de transición. La tarea de un programa consiste en trazar una línea de demarcación entre los esfuerzos de un partido determinado y los de los demás. Nos distinguimos de todos los demás partidos obreros no solo por la consigna de la dictadura y el Gobierno soviético, sino también por nuestras demandas de transición. Mientras que las reivindicaciones de los partidos socialdemócratas pretenden realizarse dentro del capitalismo y servir para reformarlo, las nuestras pretenden facilitar la lucha por la conquista del poder por parte de la clase obrera, por la destrucción del capitalismo». Bulletin communiste, no. 14, April 5, 1923, p. 128.

[31]Arthur Rosenberg, op. cit., p. 395.

[32]Fue dirigente del USPD y editor jefe de su periódico Die Freiheit. El USPD fue una escisión por la izquierda del SPD ante la política de sus dirigentes de apoyo a la guerra imperialista en 1914 y su integración en un Gobierno de unidad nacional con la derecha y la reacción monárquica. En 1922 la mayoría del USPD votó su integración en el KPD, y una minoría, entre los que se encontraba Hilferding, volvió a las filas del SPD.

[33]Dirigente del KPD desde su fundación. En 1921 se opuso correctamente a la ultraizquierdista acción de marzo, coincidiendo en sus planteamientos con Lenin y Trotsky. Sin embargo, en un momento crítico para el KPD, ilegalizado y bajo una fuerte represión, hizo públicas sus críticas, siendo expulsado del partido por este motivo. Tras su expulsión se integró en el USPD en 1922 y con su disolución volvió a las filas del SPD.

[34]La correspondance internationale, no. 74, 18 de septiembre de 1923, p. 560.

[35]Resolución sobre la táctica de la Internacional Comunista (IV Congreso, noviembre de 1922). En VV.AA., op. cit., p. 331.

[36]León Trotsky, La Internacional Comunista después de Lenin, Akal, Madrid, 1977, pp. 167 y 168.

[37]Pierre Broué, op. cit., p. 867.

[38]Bernhard H. Bayerlein, Deutscher Oktober 1923, 2003, p. 100.

[39]Die Rote Fahne, 14 de agosto de 1923 (edición especial).

[40] Pierre Broué, op. cit., p. 926.

[41] ¿Es posible fijar un horario para la revolución?

[42] León Trotsky, op. cit., p. 173.

[43] Pierre Broué, op.cit., p. 932.

[44] Pierre Broué, op.cit., p. 937.

[45] Pierre Broué, op. cit., p. 885.

[46] León Trotsky, op. cit., pp. 168 y 171.


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