Hace 5 años, en las últimas elecciones europeas, irrumpía Podemos con fuerza. Hoy, tras sus malos resultados en las elecciones andaluzas, emerge una nueva formación de extrema derecha, Vox, a la que una reciente encuesta otorga hasta 45 diputados, un 12,9% de los votos. Dicha encuesta apunta a una victoria del bloque de derechas (PP, Ciudadanos y Vox), con más del 50% de los votos, y una amplia mayoría de escaños. ¿Qué ha ocurrido en estos cinco años? ¿Qué responsabilidad tiene en todo esto la dirección de Podemos?

¿Combatir a la casta o ser hombres de Estado?

Tras años de dura crisis económica, y de políticas de austeridad y recortes, Podemos se convirtió en la expresión política de las ansias de cambio de millones de personas que luchaban en las calles contra los desahucios, los despidos y los EREs, los recortes en sanidad y educación, la defensa de unas pensiones dignas, o el derecho a decidir en Catalunya. Podemos creció denunciando a banqueros y multinacionales, a la monarquía, a los políticos al servicio de los mismos y sus puertas giratorias y, en definitiva, al corrupto y reaccionario régimen del 78.

 

Sin embargo, tras su llegada a las instituciones, los dirigentes de Podemos han tratado de aparecer cada vez más como responsables hombres de Estado, especialmente desde que ejercen como ministros sin cartera en el Gobierno de Pedro Sánchez. Todo ha cambiado, hasta el punto de que en una reciente entrevista Pablo Iglesias afirmó que el siguiente desafío de Podemos “es demostrar que podemos gobernar de manera sensata”. ¿A qué se refiere Iglesias? ¿Qué es gobernar de manera sensata? ¿Aceptar las reglas de juego del Régimen del 78? ¿Consentir resignadamente que no se pueden tocar los intereses de bancos y grandes constructoras? ¿Rebajar el programa para que pueda ser aceptable para esa casta que decían combatir?

Es justo este planteamiento el que ha agravado la crisis de Podemos, diferenciándole cada vez menos del PSOE y rompiendo con el discurso que le permitió conectar con las aspiraciones de millones de personas. Tal y como dice en esa entrevista el propio Pablo Iglesias, “si compras el marco del adversario, ganará siempre el adversario”. Y justo por esto cientos de miles de votantes de izquierdas se quedaron en sus casas en las últimas elecciones andaluzas, desconfiando de que Podemos sea una alternativa para cambiar su situación.

El nuevo viejo relato de la Transición

Frente al discurso original de Podemos, cuando se señalaba el papel del rey Juan Carlos como heredero directo de Franco e incluso algunos dirigentes denunciaban el pacto de silencio que permitió mantener intacto el aparato estatal franquista responsable de cientos de miles de fusilamientos, y del exilio, cárcel y torturas de miles de opositores a la dictadura, Pablo Iglesias destaca ahora “el papel central de la monarquía en la dirección del proceso democratizador de España”. Un nuevo gesto para demostrar que ha entendido su responsabilidad como hombre de Estado, y su disposición a garantizar la continuidad del régimen del 78. 

Incluso ha llegado a cargar contra los símbolos republicanos –la memoria histórica de aquellos que lucharon y tumbaron la dictadura franquista– planteando que dichos símbolos, ¡de los perdedores!, ya no sirven ni van a resurgir. También ha mostrado su simpatía pública hacia el actual monarca, Felipe VI, con motivo de su último discurso de Navidad. ¿Qué se pretende con estas afirmaciones, en un momento especialmente crítico para la monarquía, identificada con la represión hacia el pueblo de Catalunya y acosada por importantes casos de corrupción? ¿No debería Pablo Iglesias centrarse en denunciar la naturaleza corrupta y oligárquica de esta institución que, entre otras cosas, se ha lucrado con sus constantes negocios con dictaduras como la de Arabia Saudí o la de Marruecos?

¿Un aparato del Estado democrático?

Cada día que pasa el régimen del 78 muestra con más claridad su carácter profundamente reaccionario y neofranquista, como hemos visto no sólo en la actuación represiva de jueces, policías, guardias civiles y monarquía respecto a la movilización popular por la república catalana, también en la persistencia de una justicia patriarcal que ampara violadores y justifica la violencia machista, que actúa sin disimulo contra activistas sociales y sindicalistas, contra raperos y humoristas, o contra aquellos que ofenden a la Iglesia Católica. Todo ello mientras se permite abiertamente la apología del franquismo y el fascismo, la justificación de la violencia de género, y las amenazas directas contra activistas sociales de la izquierda. De ahí los auténticos montajes judiciales a los dirigentes independentistas, a los jóvenes de Altsasu, a Alfon, y a muchos otros. ¡Es esto lo que deberían estar denunciando día y noche los dirigentes de Podemos, y no apelando a que el poder judicial debe ser independiente! ¿Acaso Pablo Iglesias ha olvidado que la justicia en el sistema capitalista defiende los intereses globales, económicos y políticos, de la clase dominante?

Un aparato del Estado que nunca se purgó, que condecoró a los soplones y torturadores del franquismo, y que ahora Pablo Iglesias califica de democrático, señalando, frente al despliegue de 9.000 policías en Barcelona durante la celebración del Consejo de Ministros, que la policía “está para proteger el derecho de manifestación y de reunión”. ¿Se refiere a esa misma policía que cargó en las plazas contra el 15-M? ¿O la que garantiza la ejecución de cientos de desahucios aporreando a aquellos que se movilizan para impedirlos?

Y lo mismo respecto al Ejército español, al que ahora sorprendentemente califica de democrático “porque ya no supone una amenaza como hace 40 años”. ¿En qué país vive Pablo Iglesias? ¿No ha visto las declaraciones de numerosos militares dispuestos a aplastar el derecho a decidir del pueblo catalán con los tanques en la calle, o el manifiesto firmado por más de 200 oficiales de alto rango contra la exhumación de Franco y haciendo apología del dictador y su régimen? ¿No es esto motivo de preocupación para los dirigentes de Podemos? ¿De verdad creen que el Ejército está libre de franquistas?

El ataque a los derechos democráticos y el aumento exponencial de la represión por parte del aparato estatal está alcanzando nuevas cotas. Esto es lo que deberían estar denunciando los dirigentes de Podemos, como Ada Colau, que la ha padecido cuando luchaba en las calles contra los desahucios desde la PAH. Si era válido entonces, ¿por qué no ahora?

“Disputar la idea de España”

La monarquía borbónica, los jueces reaccionarios, los militares golpistas, han definido históricamente, y definen hoy, al Estado español. Y de ahí el rechazo en la izquierda militante y de amplios sectores del movimiento obrero y de la juventud a todo lo que tenga que ver con una simbología asociada a la dictadura y sus herederos, empezando por la bandera rojigualda. Por eso cuando Errejón se lamenta en numerosas entrevistas de que “hay que disputar a la derecha la idea de España”, hay que ser muy concretos. ¿Qué quiere disputar? ¿La defensa de la unidad de una España, grande y libre y una bandera bajo la que se masacró a cientos de miles de luchadores? ¿De la monarquía juancarlista y de ese derechista confeso de Felipe VI? ¿De un estamento judicial que quiere condenar de 20 a 25 años de prisión a dirigentes políticos por organizar un referéndum de autodeterminación? ¿O la defensa de una policía y una Guardia Civil que, como siempre, a la hora de la verdad pone sus porras y fuerza al servicio del gran capital? La idea de España está indisolublemente asociada a la defensa de los intereses de un puñado de familias capitalistas mutimillonarias, oligárquicas y de grandes terratenientes, que poseen bancos, constructoras, grandes empresas o fondos de inversión, y parasitan la sociedad.

Si se quiere disputar esta idea de España a la reacción, el fracaso que cosechará Podemos será estrepitoso. Convertirse en una mala fotocopia de la socialdemocracia tradicional sólo provocará decepción y escepticismo entre su base social y electoral. Para defender los intereses de la mayoría, de los trabajadores y la juventud, hay que basarse en la fuerza organizada de dicha mayoría, y no en el cretinismo parlamentario, los discursos y la retórica. Las lecciones de Tsipras en Grecia están todavía muy recientes, pero no se quieren asimilar. Una organización que aspire a una auténtica transformación de la sociedad debe basarse en la acción directa de las masas, y en un programa socialista consecuente que rompa con el capitalismo. Más que nunca es necesario construir Izquierda Revolucionaria.

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