Comienza un año crítico para el Gobierno presidido por Pedro Sánchez. El hundimiento del PSOE en Extremadura, cosechando los peores resultados de su historia, y la nula intención de rectificar las políticas que han llevado a este desastre, retrata a unos dirigentes sin nada que ofrecer. Haciéndose los tancredos pretenden sortear el ambiente de rabia e indignación que no deja de crecer entre su base social. No entienden, o no quieren entender.
Ya no valen las maniobras demagógicas ni la propaganda. Citar todos los días los “logros sociales” cuando la carestía de la vida, la inflación de los alquileres, el desplome de los salarios y la precariedad han empobrecido a millones de familias trabajadoras y niegan un futuro a la juventud, no hace más que provocar irritación y cabreo.
¿Cómo se puede estar tan ciego? No hay una sola comunidad gobernada por el PSOE y sus aliados donde la situación de los trabajadores sea mejor que aquellas que dirige el PP en alianza con la extrema derecha de VOX. ¿Cuáles son las diferencias en materia de sanidad y enseñanza públicas, de salarios y de vivienda en Castilla-La Mancha, Asturias y Catalunya respecto a Madrid o Andalucía? No las hay, porque de haberlas Sánchez y sus aliados se encargarían de sacarles brillo a todas horas.
Algunos se consuelan pensando que los tertulianos afines a las posiciones gubernamentales, y los programas de la 1 convertidos en altavoz contra la extrema derecha podrán servir para cambiar las tendencias de fondo. ¿De verdad que esta es la vía para derrotar a la reacción?

Que la derecha está a la ofensiva en todos los frentes, y que utiliza sus poderosos terminales en la judicatura, en la policía, en los medios de comunicación capitalistas para desgastar al Gobierno es algo obvio. Lo realmente chocante es que la socialdemocracia gobernante, la que selló los pactos de la Transición con los herederos del franquismo, ahora se rasgue las vestiduras porque es víctima de esos mismos fascistas a los que jamás quiso depurar de las altas instancias del Estado. Esos acuerdos podridos les pasan factura ahora. Pero la clase obrera los viene sufriendo desde hace cincuenta años.
“Cómo es posible que tanta gente vote a la derecha”, se lamentan los meapilas que siempre culpan a los trabajadores de todos los males. Pero si pensaran un poco se darían cuenta que esto no es así, que desde junio de 2018 el Gobierno está presidido por Pedro Sánchez. Son casi ocho años, ocho, tiempo más que suficiente para haber provocado un vuelco serio en las condiciones de vida de las familias obreras.
Sin embargo quiénes realmente están ganando, o mejor dicho se están forrando, son los otros, los que no votan a la izquierda; los mandamases del Ibex 35, la banca, los caseros rentistas que hacen fortunas robándonos el salario, los pequeños y medianos empresarios que explotan sin misericordia a los trabajadores inmigrantes y nativos, los que mantienen a millones ganando el SMI con la complicidad de las cúpulas de CCOO y UGT, las empresas de armamento que se frotan las manos con los mayores presupuestos militares de la historia… Piden el voto a unos, pero gobiernan en todos los asuntos de fondo a favor de los otros.
La realidad responde a los discursos vacíos
Han pasado días, pero merece la pena recordar lo que pasó en Extremadura. Ninguna encuesta pronosticó unos resultados tan catastróficos para el PSOE: 10 escaños menos, de 28 a 18, y de 244.227 votos obtenidos en 2023 a 136.017, más de 43 puntos de caída.
El varapalo es de tal dimensión en una comunidad feudo del PSOE, que en la ciudad de Badajoz se quedan en tercera posición, con tan solo 11.647 votos y un 16.61 %. Son superados por PP, que logra 32.516 y un 46.39 %, y por Vox, con 14.574 y el 20.79 %.
La derecha arrasa y se hace con más del 60% de los sufragios y diputados autonómicos. Ciertamente el PP saca solo un escaño más, de 28 a 29, y pasa de 237.384 papeletas en 2023 —cuando aumentó sus votos en un 40.5 % respecto a 2019— a 228.300 en estas elecciones. La ultraderecha de Vox ensancha su resultado con contundencia: de 5 escaños y 49.798 votos conseguidos en 2023 —un 71.8% más que en 2019— se alza con 11 escaños y 89.360 votos en esta ocasión, un 79.4 % más que hace dos años. No hace falta ser un lince para comprender que la estrategia de adelantar elecciones promovida por Feijóo está ayudando mucho a Abascal.
Unidas Por Extremadura —la coalición formada por Podemos e Izquierda Unida sin Sumar—, logra un resultado positivo: de 36.836 y 4 escaños en 2023 se coloca en 2025 con 54.189 papeletas, un 47% más, y 7 escaños. Unidas Por Extremadura conquista los mejores datos a la izquierda del PSOE en unas elecciones autonómicas, reflejando que la polarización no se mueve únicamente hacia la extrema derecha.

La abstención crece también 7.6 puntos respecto a 2023, situándose en el 37.3%: de un censo total de 860.376 votantes acudieron a las urnas 539.251.
Dejando aparte el lamentable candidato que presentaba el PSOE extremeño, Miguel Ángel Gallardo, exalcalde de Villanueva de la Serena, es imposible entender estos resultados al margen de los procesos políticos generales.
¿Acaso una derrota de esta envergadura no debería provocar un terremoto político en el PSOE y entre sus socios parlamentarios? Debería, pero todos se afanan en dar carpetazo y pasar al siguiente punto en el orden del día. El problema es que lo que viene por delante no augura un resultado muy diferente: las elecciones en Aragón, en Castilla y León o en Andalucía se convertirán en un nuevo calvario para el Gobierno y las formaciones que lo sostienen.
Las interpelaciones de Yolanda Díaz y otros ministros y ministras de Sumar para que el PSOE emprenda “medidas sociales” radicales, “intervenga” el mercado de la vivienda, o acometa cuando menos una crisis cosmética de Gobierno, no hacen más que acrecentar la imagen de naufragio.
La socialdemocracia cada vez se parece más a la dinastía de los Borbones: la experiencia histórica no les enseña nada. Es su problema. Pero es imposible negar que cualquier reforma que haya significado un paso adelante real para la clase obrera y la juventud desheredada, implicó siempre un enfrentamiento abierto con los grandes poderes económicos que gobiernan con puño de hierro nuestro país y el mundo. Cuando la lucha imperialista por la hegemonía se recrudece, y los derechos democráticos más básicos se hacen incompatibles con la acumulación de capital, esto es aún más cierto si cabe.
Por eso las recetas sociales del PSOE y de todos los partidos que pretenden aplicar paliativos dentro del marco establecido se parecen a un paraguas lleno de agujeros. Rehúyen la realidad y no quieren enfrentarla con un programa consecuente. Nacionalizar los sectores estratégicos de la economía y construir millones de viviendas públicas expropiando los pisos en manos de caseros rentistas, bancos y fondos buitre; acabar con las privatizaciones de los servicios públicos y con el negocio de la sanidad y la educación privada; derogar la ley mordaza y depurar de fascistas la policía y la judicatura, por no hablar de romper con la estrategia militarista del imperialismo estadounidense… ninguna de estas medidas estarán jamás en su ADN.

Que la socialdemocracia en el Gobierno ejerce como un mayordomo de los poderosos no nos lo inventamos nosotros, las noticias lo confirman cada día:
“El IBEX-35 ha cerrado 2025 como su mejor año desde 1993 tras revalorizarse un 49,27% y mantenerse por encima de los 17.000 enteros, máximo histórico (…) El mercado nacional ha destacado entre las principales plazas del mundo y solo ha sido superado por Seúl, que este año se ha revalorizado el 58,77% (…) De media, los bancos españoles han conseguido una rentabilidad cercana al 100% (…) El Santander, con una rentabilidad del 125%, se posiciona como la estrella del sector. Otros bancos, como Unicaja, han registrado aumentos del 118,05%, BBVA un 112,12%, Caixabank ganó el 99,48%, Bankinter el 85,27% y Banco Sabadell un 79,28% (…)
Dentro del IBEX-35 destaca el crecimiento de Indra, dirigida por Ángel Escribano, que ha pasado de cotizar a principios de año en los 17 euros por acción a un máximo histórico de 48,5 euros, un aumento del 184%. Esto se debe al aumento del gasto en defensa de los países de la OTAN, la expectativa de nuevos contratos durante y la compra de Hispasat. Esta tendencia podría mantenerse a pesar de una posible paz en Ucrania.
También destaca la evolución del sector del acero, con Acerinox a la cabeza, que ha registrado un crecimiento del 34% en 2025, y las empresas turísticas gracias al récord de turistas y la caída del precio del petróleo. Reputan también las empresas del sector de la construcción (como ACS, que ha mantenido al alza su cartera de pedidos), registrando avances bursátiles de más del 70%.
Otra empresa, Iberdrola, ha registrado un aumento del 38,8% en 2025, batiendo todos los récords anteriores. Su acción ha cerrado por encima de los 18 euros, con una capitalización superior a los 120.000 millones, situándose como la primera empresa de servicios públicos en Europa y entre las dos más grandes del mundo. Al espectacular crecimiento de Indra le sigue Solaria con un 132,5% gracias a la favorable evolución de sus cuentas, la diversificación en baterías o centros de datos, la firma de alianzas con otras empresas y la especulación sobre sus títulos…”[1].
Cuando Sánchez afirma que la economía española va como un cohete se está refiriendo a esto. Y sí, los beneficios capitalistas están batiendo todos los récords, pero la clase obrera no está recibiendo nada de este maná. Nada. Los datos al respecto también son elocuentes.
El SMI se ha incrementado un 60,9% desde 2018, hasta llegar a los 1.184 euros brutos mensuales en 2025. Esta es una de las medidas de la “agenda social” de la que más saca pecho este Gobierno. A la bancada que ocupan los ministros y ministras del PSOE y Sumar les parece un logro apoteósico. A las familias que tienen que subsistir con estos salarios, la conquista la rebajan mucho teniendo en cuenta la situación de los alquileres y el coste de la vida. El SMI español sigue pobre, muy pobre.

Lo peor es que esta subida ha tenido otro tipo de consecuencias. La patronal se ha agarrado al SMI en su lucha por la apropiación de la plusvalía y, con la necesaria complicidad desmovilizadora de la burocracia de CCOO y UGT, ha logrado concentrar a una masa de trabajadores en este margen. Los datos de la Encuesta de Estructura Salarial 2025 del INE son transparentes: “uno de cada cuatro asalariados (25,6%) tuvo una ganancia anual entre 14.000 y 20.000 euros”. Si atendemos a los salarios medios anuales brutos de los diferentes sectores, Hostelería y otros servicios tuvieron los menores, con 16.985,78 y 19.751,59 euros respectivamente, mientras el del Comercio no supera los 24.137 y el de Construcción los 25.469. ¿Dónde está, para este Gobierno, la redistribución de la riqueza acumulada[2]?
Según otro informe publicado por la OCDE el pasado año, los salarios reales en el Estado español sólo han crecido un 2,76% en treinta años, el cuarto peor desempeño de los 38 países que integran el organismo. En las dos economías más fuertes de la UE los aumentos son mucho más relevantes: en Alemania crecieron un 24,1% en ese periodo, en Francia un 28,4%, incluso en economías del sur como Portugal el avance fue del 21,2%, y en Grecia del 22,5%[3].
Estas cifras desvelan el problema de fondo. La recuperación de la economía no ha llegado a millones de familias trabajadoras, ni a la generación más joven que se ha visto privada en los últimos años de cualquier proyecto de futuro:
“Solo el 15,2% de las personas jóvenes vive fuera del hogar familiar, el peor dato registrado en un segundo semestre desde que se comenzó a registrar en 2006. La principal barrera sigue siendo el acceso a una vivienda digna. El precio medio del alquiler alcanzó un máximo histórico de 1.080 euros mensuales (+11,6% interanual), lo que obliga a que una persona joven asalariada tenga que destinar el 92,3% de su sueldo si quiere vivir sola. Este desequilibrio, agravado por una subida de precios mucho más rápida que la de los salarios, está consolidando lo que ya se conoce como una generación inquilina: el 57,9% de las personas jóvenes emancipadas vive de alquiler y, de ellas, casi un tercio comparte piso para poder asumir los gastos…”[4].

No busquéis chivos expiatorios para sacudiros vuestra responsabilidad. Sois el Gobierno, pero un Gobierno que ha decidido servir a la maquinaria del capitalismo, que no busca la confrontación sino la adaptación, que rehúye la ruptura y se conforma con la gestión. No es nuevo. La izquierda que asume el ministerialismo, la que defiende el pacto y la colaboración de clases, siempre se muestra dispuesta a realizar el trabajo sucio en aras de la paz social, la estabilidad y la gobernabilidad.
Este doble lenguaje genera una pérdida de credibilidad irreparable. Lo hemos visto respecto a la lucha contra la violencia machista y la defensa del feminismo emancipador, causas pisoteadas de forma despreciable por destacados dirigentes del PSOE, algunos del círculo más cercano al presidente Sánchez.
Sabemos también que las grandes movilizaciones de masas obligaron a este Gobierno a denunciar con la boca pequeña el genocidio en Gaza, pero tan pronto como pudieron aplaudieron esa farsa de paz urdida por Trump y Netanyahu que legaliza la masacre y la limpieza étnica. Por si quedaban dudas, en el último Consejo de Ministros celebrado el 23 de diciembre han dado el visto bueno a la compra de material militar y de doble uso procedente del Estado sionista para proyectos de Airbus. Han tardado tan solo tres meses desde que entró en vigor del Real Decreto-ley de septiembre sobre "medidas urgentes contra el genocidio en Gaza", que formalmente "prohibía" importaciones, exportaciones y tránsitos de armamento con el régimen genocida.
Es duro reconocer estas verdades, y para una generación de activistas lo es más aún. La que vivió en carne propia los terribles años de la dictadura, la brutal represión del fascismo, las cárceles y el exilio, ese miedo que entra hasta los huesos, se revuelve en lo más profundo. Por supuesto, tienen razón en no querer volver bajo ningún concepto a esos tiempos infames.
En un país que ha sufrido tanto, la memoria antifascista es larga, pero si los hechos contradicen los discursos, apelar al antifascismo y practicar una doble moral se convierte en un callejón sin salida. No puede haber antifascismo si no se defienden políticas socialistas consecuentes, que ataquen las causas de la barbarie sistémica que padecemos. La descomposición social, la degradación de nuestros salarios, la falta de expectativas para una generación entera no se compensa con videos en TikTok ni con la cháchara parlamentaria. No lo quieren entender, pero son precisamente los resultados de las políticas capitalistas que este Gobierno defiende y aplica, lo que propulsa la demagogia de la extrema derecha y les hace fuertes electoralmente.
No podemos conformarnos con ideas superficiales ni con ese mal menor que siempre prepara el peor de los escenarios. Tenemos la obligación de considerar lo más seriamente las lecciones que nos brinda la historia y nuestro propio movimiento. El capitalismo es irreformable y fabrica sus monstruos. La extrema derecha es su producto político en tiempos de crisis y barbarie imperialista. Si queremos frenar y derrotar a la bestia hay que romper con esta política suicida, con este servilismo al capital, y levantar con fuerza el programa de la revolución socialista. No hay vías intermedias.
Notas:
[1] El IBEX-35 cierra 2025 como uno de los índices bursátiles más rentables a nivel mundial tras revalorizarse un 49%
[2] Encuesta Anual de Estructura Salarial (EAES) Encuesta Anual de Estructura Salarial (EAES)
[3]Los salarios reales en España sólo han crecido un 2,76% en treinta años, el cuarto peor desempeño de los 38 países de la OCDE
[4] La emancipación juvenil cae a mínimos históricos en un segundo semestre: solo el 15,2% de la juventud española vive fuera del hogar familiar La emancipación juvenil cae a mínimos históricos en un segundo semestre: solo el 15,2% de la juventud española vive fuera del hogar familiar




















