Números, a la prensa le gusta mucho hablar de números. Datos del paro, datos de violaciones, datos de pobreza, etc., etc. Pocos ven más allá de esos números, pocos se dan cuenta de que esos números son personas y de que cada número de esos tiene unas consecuencias terribles.
Me gustaría explicar lo que uno de esos números puede significar con un cuento, un cuento triste, basado en una historia real de la cual voy a decir sólo lo imprescindible. No voy a tocar datos personales. Que comience la historia...
Suena el despertador, hoy es un día frío y un nuevo día de trabajo en el viejo hotel de la ciudad. Su mano apaga la rutinaria música del “buenos días”, jaja, dura broma eso de buenos días. Ella se levanta temprano, muy temprano, para preparar el desayuno a sus hijos. Su marido hace tiempo que murió en un accidente, fueron tiempos difíciles pero supo levantarse. Ahora es la única persona de la casa con ingresos, y tampoco es que sean muchos, la verdad, doce horas de jornada por una miseria ¿pero qué iba a hacer?, ¿rechazar el trabajo y morir de hambre? 600 euros son más que cero.
Mientras se prepara el desayuno piensa en lo inteligente que es su hija pequeña. Le da una pena enorme no poder ahorrar más dinero para la universidad, pero la verdad poco más puede hacer. También piensa en las facturas... ¡oh, temidas facturas! Mientras piensa en los números rojos observa las últimas noticias. La crisis económica parece un juego para esos periodistas. Que si la prima de riesgo, que si Rajoy, que si Merkel... Lo único que ella ve claro en todo eso es que todo es la misma mierda.
Ha llegado la hora de dejarles el desa-yuno a sus hijos e irse a trabajar para no llegar tarde. Coge el transporte público, un gasto que por supuesto corre por su cuenta. Vuelve a pensar, desea que el día se le pase pronto, desea llegar de noche a casa y ver a sus hijos dormir. Su hijo mayor se ocupa de la pequeña, ella no puede ocuparse de la menor porque el trabajo acapara todo su calendario. No puede verlos crecer, no puede salir con amigos, no puede ver una película en el cine un día de relax. No hay días de relax. No puede dar una vuelta con sus hijos por el parque, no puede comprar un disco de su artista favorito y cantar, no puede ser feliz porque tiene que trabajar para darle de comer a su familia.
Tristeza es su apellido, sonreír su sueño. Al fin llega al hotel con las lágrimas en los ojos. Entra, su jefa le dice que haga las tareas que dejó a medias el día anterior. Se pone a trabajar y pasan las horas, acaba y su jefa vuelve a llamarla. Ella tiene una mala sensación, sexto sentido tal vez. Su jefa está esperando sentada, ella también se sienta, empieza la conversación. No voy a entrar en detalle: “estás despedida”, fueron las últimas palabras que dijo su jefa y también las últimas que escucharía.
Ella pierde el control, se va corriendo, no puede creer lo que está pasando. No puede ni discutir, sólo quiere irse y no volver a sentir más dolor. Llega a casa cansada, llorando, no sabe qué va a hacer para poder continuar con su vida. El miedo se apodera de su mente, se ve superada, sólo piensa en el banco, las facturas, la comida, sus hijos... ¡¿cómo voy a vivir?!
Eso ya no se lo esperaba, quedarse sin trabajo era su mayor miedo. Mientras se ahoga en lágrimas grita, “¡lo siento!”, y empieza a escribir una carta para sus hijos en la que explica lo sucedido, sus sentimientos y las ganas que tiene de que todo termine. Llora y llora, no soporta tanto dolor, en busca de un poco de paz coge un puñado de pastillas y se las traga. Antes de caer muerta susurra, “lo siento pero es que ya no puedo más”.
Una semana después en el telediario decían que aumentaba el índice de suicidios. Números...


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