Los atentados terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos y la guerra desatada por el imperialismo sobre Afganistán han imprimido un dramático giro a toda la situación mundial. Tras los almibarados sueños de paz, concordia y bienestar universales anunciados hace poco más de diez años por las principales potencias capitalistas tras la caída del estalinismo, la población del planeta ha experimentado un rudo despertar, observando con creciente ansiedad cómo la incertidumbre y la inestabilidad se instalan por todas partes. La economía mundial y las condiciones de vida y trabajo de las familias trabajadoras, las leyes y los derechos democráticos de la población, la actuación de los gobernantes y la toma de posición de las organizaciones políticas de la burguesía y de la clase obrera; todo, parece estar determinado por aquellos acontecimientos.

Lenin dijo una vez que las guerras, como las crisis personales que golpean a los individuos, someten a todas las personas, organizaciones y corrientes políticas a una dura prueba. En algunas produce el efecto de acobardarlas, de amedrentarlas y de anular su voluntad independiente; pero en otras tiene el efecto de endurecerlas, de afirmarlas y fortalecerlas, preparando el camino para importantes avances en el futuro bajo nuevas condiciones.

Los atentados y el desenlace de la guerra han provocado una ola reaccionaria en todo el mundo que tiene como principal valedor al Gobierno de los Estados Unidos, la más grande potencia imperialista desde los días del Imperio Romano. Todos los reaccionarios del mundo se aprestan a seguir la estela de su amo, quien les ha dado carta blanca para que ajusten las cuentas contra sus enemigos y adversarios.

Por otra parte, en el caso de las organizaciones obreras tradicionales de cada país hemos presenciado la actitud lacayuna de la mayoría de sus dirigentes ante la política general del imperialismo americano.

La arrogancia del imperialismo

Tras la derrota del régimen talibán en Afganistán, la arrogancia del Gobierno Bush no ha hecho sino multiplicarse por mil. Ahora son Gobiernos, grupos terroristas o guerrilleros en países como Irak, Somalia, Yemen, Filipinas, Irán, Cuba y Colombia, quienes están en el punto de mira de la maquinaria militar estadounidense. Se dan poderes especiales a la policía y a los Gobiernos para que se recorten escandalosamente los derechos democráticos de los ciudadanos, como la privacidad de la correspondencia postal y de Internet. Se permiten allanamientos de los domicilios particulares sin permiso judicial o la detención indefinida de los ciudadanos extranjeros, incluyendo juicios sumarísimos clandestinos para aplicarles la pena de muerte. Se autoriza a la CIA a cometer asesinatos en el exterior contra “los enemigos de América”. Se criminaliza a todo aquel que se aparta de la “línea oficial” imperialista y se adopta como principio de actuación la represión policial de los movimientos de masas “antiglobalización”.

El imperialismo americano parece actuar como una bestia herida que ataca a todo lo que se mueve. Pero su arrogancia le pasará factura.

Se cuenta que cuando Julio César volvía de sus campañas militares victoriosas y desfilaba en su carroza por las calles de Roma, atestadas de una muchedumbre entusiasta que aclamaba su nombre, se hacía colocar un esclavo a su espalda para que durante el desfile le susurrara al oído: “Recuerda que eres mortal”. De esta manera intentaba refrenar su envanecimiento para no perder el contacto con la realidad. La actitud de Bush es justamente la contraria, entre otras razones porque, a diferencia del esclavo romano, sus lacayos en los Gobiernos occidentales y sus plumíferos a sueldo llevan hasta el paroxismo las alabanzas y felicitaciones por su política y sus decisiones.

Pero tras la capa superficial de histeria reaccionaria, el movimiento elemental de las masas oprimidas de todo el mundo empieza a adquirir forma propia. Los acontecimientos revolucionarios en Argentina nos muestran el futuro. Millones de personas oprimidas en todo el mundo no pueden permanecer indefinidamente sujetas a sus cadenas por la simple propaganda o la represión. El capitalismo está exacerbando todas las contradicciones sociales a una escala nunca vista. La crisis económica en los países capitalistas desarrollados, la más profunda desde los años treinta, mostrará a millones de jóvenes y trabajadores el fraude del llamado “sistema de libre mercado”. Las condiciones objetivas, partiendo de la experiencia acumulada anterior, comienzan a cincelar la conciencia de la clase trabajadora de todos los países. El péndulo de la historia se prepara para girar de nuevo hacia la izquierda, y la nueva generación de revolucionarios en todo el mundo tendrá ante sí una oportunidad tras otra para imprimir su sello en los acontecimientos.

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El imperialismo americano parece actuar como una bestia herida que ataca a todo lo que se mueve. Pero su arrogancia le pasará factura. 


La derrota del régimen talibán

La primera fase de la intervención imperialista en Afganistán parece haber terminado. Los talibanes han sido desalojados del poder, la organización fundamentalista islámica Al-Qaeda ha sido desmantelada en dicho país, y sus cuentas intervenidas y confiscadas. Sus principales dirigentes han muerto, están detenidos o permanecen huidos, igual que centenares de sus miembros en todo el mundo.

La propaganda oficial nos asegura que, a partir de ahora, el pueblo afgano se prepara para disfrutar de un futuro de paz, prosperidad, democracia y libertad.

Ciertamente, la derrota del régimen talibán es un hecho. Como lo es también la muerte de miles de hombres, mujeres y niños causada por los bombardeos “civilizadores” de los aviones de combate americanos y por el hambre y el frío que se ha cebado sobre los cientos de miles de afganos que permanecen agolpados a lo largo de la frontera con Pakistán, a donde habían ido a refugiarse huyendo de la destrucción causada por la intervención imperialista.

Los medios de comunicación occidentales han derramado lágrimas de viva indignación por la bárbara destrucción causada por los talibanes contra los Budas de Bamiyán y las riquezas atesoradas en el Museo de Kabul, vestigios de incalculable valor de las antiguas civilizaciones que poblaron Afganistán hace 2.000 años. No obstante, ha sido esta misma gente, culta y educada, la que ha justificado con igual ardor la destrucción causada por los bombardeos americanos de los últimos vestigios de vida civilizada que aún permanecían en pie en Afganistán tras 22 años de conflicto interminable: carreteras, puentes, aeropuertos, presas, estaciones hidroeléctricas, hospitales, escuelas y edificios públicos, retrotrayendo aún más al sufrido pueblo afgano a una época oscura.

Antes de esta última intervención militar, más de un millón de afganos habían muerto en el conflicto en las últimas dos décadas y cinco millones permanecían en los campos de refugiados de Pakistán, Irán y Tayikistán. Estas cifras se han incrementado aún más tras la guerra.

Pero, aparte de todo esto ¿qué más ha conseguido el imperialismo americano con esta intervención militar?

Antes de analizar las consecuencias de la guerra en Afganistán y de profundizar en sus causas inmediatas, consideramos imprescindible estudiar la historia de esta desdichada tierra, particularmente la de sus últimas décadas, para comprender cómo se ha llegado a la actual situación.

La formación de Afganistán

Afganistán es un país montañoso de un tamaño similar al de Francia. La cordillera del Hindu Kush y la meseta de Pamir dividen el país en norte y sur. Durante toda su historia ha sido una tierra sometida a un trasiego constante de pueblos, civilizaciones y guerras de conquista y rapiña. No por casualidad, por su situación geográfica, Afganistán fue denominada “la puerta del sur de Asia”.

Los arios fueron el primer pueblo que conquistó estas tierras, destruyendo las antiguas culturas y civilizaciones para crear las bases para el desarrollo de una nueva civilización. Más tarde, fueron persas y griegos quienes incorporaron el territorio afgano a sus dominios.

En el año 654 los árabes atravesaron Afganistán portando consigo el estandarte de una nueva religión. En sus primeros tiempos el mensaje del Islam fue recibido con entusiasmo liberador por innumerables pueblos de Asia, África, e incluso de la Península Ibérica. Más aún lo fue en el imperio sasánida que dominaba Persia y Afganistán, que se caracterizaba por la extrema opresión de las masas.

Antes que Gengis Khan y sus mongoles, también ocuparon estas tierras indostaníes y turcos entre otros. Cada invasión o migración dejaba tras de sí su propio poso étnico que se añadía o mezclaba al anterior, conformando una compleja amalgama étnica que pervive hoy día. En un territorio donde viven 23 millones de personas, se hablan veinte lenguas aunque dos son las mayoritarias: el pastún y el dari, que es un dialecto del persa.

El grupo étnico dominante son los pastunes que habitan el sur y el este del país. En el norte hay tres grupos étnicos principales: la minúscula población turcomana de la provincia de Badghis, la población uzbeca de la región central del norte del país, centrada en Mazar-e-Sharif, y los tayikos del norte de Afganistán, vinculados respectivamente con sus poblaciones hermanas de Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán, en Asia Central. Otro grupo étnico, los hazaras, son musulmanes shiíes y mayoritarios en el Oeste de Afganistán, y están relacionados con los iraníes. También existen pequeñas minorías de baluchis, mongoles y otros.

Fue el imperialismo europeo, principalmente, quien con el tiempo daría a Afganistán una apariencia de cohesión nacional.

Durante gran parte del siglo XIX Gran Bretaña y Rusia estuvieron disputándose su influencia sobre los destinos de Afganistán. Gran Bretaña invadió por dos veces Afganistán, en 1838-1842 y en 1878-1880, con la intención de incorporarla a su imperio. En ambas guerras fue derrotada y tuvo que desistir de su intento.

No obstante los británicos no cejaron en su empeño de subyugar al pueblo afgano. A los pocos años una enorme fuerza militar británica llegó a Afganistán desde las fronteras oriental y meridional, imponiendo una nueva frontera, la línea Durand, que privó a Afganistán de un tercio de su población que quedó incorporada a lo que hoy es Pakistán. Durante los siguientes cuarenta años, hasta la Tercera Guerra Angloafgana de 1919, Afganistán permaneció como un protectorado británico.

La revolución bolchevique despertó las esperanzas de las masas de Asia. Los bolcheviques con sus actos demostraron que eran amigos de todas las masas trabajadoras, especialmente las de Oriente. La revolución bolchevique inspiró tanto al rey afgano Aman Ullah, que este declaró la independencia de Afganistán. Afganistán por primera vez en su historia ya no estaba aislado en sus cordilleras y todo gracias a la Revolución de Octubre. Finalmente, en 1921, Gran Bretaña reconocía la independencia del territorio afgano.

Aman Ullah puso en práctica reformas progresistas en Afganistán. Declaró el país un estado laico. El papel del clero en los asuntos estatales se redujo, se limitó la tierra de los mulás y los jefes tribales. A algunas tribus se les obligó a pagar impuestos de los que antes estaban exentas. Se creó el sistema bancario. Se prohibió la esclavitud, comenzaron las reformas educativas y mejoras en las condiciones de la mujer.

Estas reformas sacudieron la tradicional sociedad tribal. Los más afectados fueron los mulás. Sus tierras, Waqf, fueron confiscadas, su supremacía mermó y se crearon juzgados separados. La extensión de la educación femenina amenazaba también su posición social. Ellos, junto con los señores feudales, formaron el núcleo de la reacción que, con el apoyo del imperialismo británico, provocaron finalmente la caída de Aman Ullah.

En 1929, Gran Bretaña hizo sentar en el trono a Nadir Shah, que fue asesinado en su propio palacio en 1933. Su hijo de 19 años de edad, el príncipe Zahir Shah, se convirtió en rey.

Cuando colapsó el dominio británico del subcontinente indio tras la II Guerra Mundial, la influencia del imperialismo británico fue reemplazada por la influencia de la burocracia estalinista de la URSS. Primero, la burocracia apoyó el régimen monárquico y después, cuando el rey Zahir Shah fue derrocado por su primo Daud en 1973, apoyó a este último.

Con el sistema social afgano en un callejón sin salida, la presión del capitalismo y el estalinismo en sus fronteras tuvo un enorme efecto sobre el país. Con el mantenimiento de las relaciones feudales no era posible seguir hacia adelante. El 97% de las mujeres y el 90% de los hombres eran analfabetos. Aproximadamente el 5% de los terratenientes acaparaba más del 50% de la tierra fértil. No había ferrocarriles y solo en los veinte años precedentes, con la ayuda rusa, este país había conseguido tener un sistema de carreteras.

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Gran Bretaña invadió por dos veces Afganistán, en 1838-1842 y en 1878-1880, con la intención de incorporarla a su imperio. En ambas guerras fue derrotada y tuvo que desistir de su intento. 


La revolución ‘Saur’

La revolución Saur (primavera), que se produjo mediante un sangriento golpe militar encabezado por oficiales del ala izquierda del Ejército y la fuerza aérea contra el presidente Daud, fue el más significativo paso adelante dado por Afganistán desde las reformas introducidas por el rey Aman Ullah.

El Gobierno Daud (1973-1978) estaba maniobrando para aplastar a la oposición de izquierdas, planeando asesinar a los líderes de los partidos Jalq y Parcham. El Partido Parcham fue una escisión, encabezada en 1967 por Babrak Ramal, del Partido Jalq. Más tarde siguió los dictados de la política de Moscú y apoyó al presidente Daud cuando tomó el poder en 1973. El Partido Comunista de Afganistán, que posteriormente cambió su nombre por el de Partido Democrático del Pueblo de Afganistán (PDPA), resultó de la fusión de ambas fracciones, los partidos Jalq y Parcham.

El golpe de abril de 1978 fue un movimiento que se basó en la élite del ejército, en los intelectuales y en las capas superiores de los profesionales de clase media urbana. Taraki, el dirigente de la fracción Jalq, fue sacado de la cárcel e instalado en la presidencia de Afganistán. A pesar de la propaganda occidental este golpe no fue estimulado por la burocracia estalinista de la URSS, que mantenía excelentes relaciones con Daud. El golpe le cogió de improviso aunque, una vez consumado, apoyó al nuevo Gobierno afgano.

El nuevo Gobierno revolucionario inició un programa de reformas a gran escala en la mayoría de los sectores de la vida económica y social. Se hicieron reformas radicales de la tierra, y la mayor parte de la industria, incluyendo el comercio, la minería y otros sectores, fue nacionalizados. La venta de mujeres, el mayor negocio de Afganistán, fue completamente prohibida. El sistema de préstamos a alto interés, que había colocado a la mayoría de los campesinos pobres al borde de la esclavitud, fue derogado.

Paralelamente, el Gobierno del PDPA intentó introducir reformas radicales en otros campos, como la sanidad y la educación, con un programa de eliminación del analfabetismo que incluía a mujeres y hombres. Estas medidas, en una Afganistán económicamente subdesarrollada y socialmente primitiva, supusieron un golpe extraordinario a los grandes propietarios y mulás, en especial en el campo, que habían patrocinado la usurería y otras formas de explotación. El final del feudalismo y el capitalismo en un país como Afganistán abría la puerta para que esta sociedad arcaica entrara en el siglo XX; por lo tanto, era un acontecimiento progresista.

Pero el principal problema de la revolución saur y de las reformas del Gobierno del PDPA era que las estaban introduciendo desde arriba, sin la participación directa de las masas. El aparato del Estado y del partido era débil y frágil. Su control sobre las zonas rurales, sumergidas bajo el sistema tribal, era limitado. La proporción de las masas que participó en el proceso de reformas era mínima, y estaba confinado principalmente a las ciudades. De aquí la incapacidad del nuevo régimen para lograr que las reformas penetrasen en profundidad, y las resistencias de los propietarios y los mulás crearon nuevos conflictos dentro del propio PDPA. Taraki fue derrocado por Amín, y la política ultraizquierdista y oportunista practicada por este último, particularmente en el terreno religioso, que fue llevada con muy poco tacto entre una población campesina muy atrasada, fue aprovechada por los elementos reaccionarios de la sociedad para azuzar entre estas capas de la población contra el Gobierno “ateo” de Kabul.

La continuidad de las reformas iniciadas en Afganistán suponía una amenaza mortal no solo para los intereses de los terratenientes afganos, usureros y mulás, sino también para la reaccionaria monarquía de Arabia Saudí y otros estados vecinos, particularmente Pakistán e Irán. Por esta razón y debido a su proximidad con Moscú, el imperialismo estadounidense se opuso implacablemente al nuevo régimen de Kabul que, aunque de una forma distorsionada, representaba una revolución. Por eso el imperialismo estadounidense armó e incitó una coalición de los elementos reaccionarios más bárbaros contra la revolución afgana. Así, organizaron una guerra de guerrillas contra el nuevo régimen de Kabul, subrepticiamente financiada con dinero de Arabia Saudí y con armas de Pakistán y Estados Unidos, y hasta cierto punto de China.

La invasión soviética

La burocracia estalinista de la URSS, temía que el fermento reaccionario en Afganistán pudiera extenderse y afectar a la población musulmana en las regiones vecinas de Rusia. Los musulmanes representaban una cuarta parte de la población de la Unión Soviética. Y tras la revolución islámica en Irán, una nueva oleada de reavivamiento fundamentalista atravesó toda la zona. En gran medida, fueron estos intereses nacionalistas de la burocracia rusa, incluidas razones de poder y prestigio, los que llevaron a la URSS a la intervención militar en Afganistán en diciembre de 1979, contra la opinión de los principales oficiales del ejército afgano que temían que pudiera conducir la revolución a un desastre. Amín fue depuesto y, en su lugar, Babrak Karmal, líder de la fracción Parcham del PDPA, se instaló como presidente en Kabul.

La intervención de Rusia se convirtió en una cuestión internacional de primera magnitud. La prensa, la radio y la televisión de todo el mundo se llenaron de denuncias indignadas sobre la agresión rusa. Esta campaña de propaganda contra la intervención en los asuntos de otro pueblo era completamente hipócrita.

El imperialismo siempre ha intervenido en los asuntos de los demás pueblos, practicando la invasión militar y las prácticas terroristas indiscriminadas contra la población. Ahí están los ejemplos de Vietnam, Chile, Argentina, Nicaragua, Cuba, Panamá, Irak, Yugoslavia, Congo, Angola o Mozambique. Los crímenes del imperialismo se cuentan con decenas de millones de muertos. Las potencias imperialistas tienen las manos manchadas de sangre y todas sus prédicas morales no bastan para borrar sus huellas asesinas.

Los muyahidines, esos “luchadores por la libertad” (con el apoyo de la CIA), solo eran una pandilla de bandidos reaccionarios que se basaban en los sectores más atrasados de la sociedad afgana. En principio, no se podía rechazar la idea de una ayuda procedente de la URSS si esta la hubiera pedido Afganistán. Pero la burocracia de Moscú invadió Afganistán por su propio interés y sin pensar en las consecuencias para la clase obrera de Afganistán y de todo el mundo. Sirvió de excusa para que el imperialismo estadounidense movilizara las fuerzas reaccionarias del fundamentalismo islámico. Fue por eso por lo que la intervención rusa jugó un papel reaccionario, independientemente de que una vez desatada la guerra civil todo marxista o socialista sincero debía prestar un apoyo crítico al Gobierno estalinista de Kabul frente a las fuerzas de la contrarrevolución, cuyos terribles efectos se dejan sentir ahora. El resultado final fue el desastre para la revolución afgana.

Por qué triunfó la contrarrevolución

La CIA y sus aliados movilizaron grandes cantidades de dinero y armas para apoyar la contrarrevolución afgana. En Oriente Próximo, la Hermandad Musulmana y la Liga Mundial Musulmana, junto con el jefe de la inteligencia saudí, el príncipe Turki al Faisal, se unieron para conseguir dinero para la yihad. El ISI (los servicios de inteligencia paquistaníes) y el Jamat-e-Islami crearon comités de recepción para recibir a los jóvenes de clase media desesperados y que se unían voluntarios a la yihad. El ISI creó cientos de campos de entrenamiento militar.

Solo entre 1980 y 1992 se unieron a los muyaidines afganos más de 35.000 fundamentalistas islámicos de 43 países diferentes. Entre los miles de reclutas extranjeros estaba Osama Bin Laden. Bin Laden llegó a decir que: “para contrarrestar la revolución en Afganistán, el régimen saudí me eligió como su representante en Pakistán y Afganistán. Conseguí voluntarios de muchos países árabes y musulmanes que respondieron a la llamada. Creé los campos donde los oficiales paquistaníes, estadounidenses y británicos entrenaban a estos voluntarios. EEUU suministraba las armas, el dinero procedía de los saudíes”.

Pero sin la traición de la burocracia rusa los muyaidines nunca habrían podido conquistar Kabul ni ninguna de las otras ciudades importantes. Durante catorce años de lucha no obtuvieron ningún resultado decisivo. La razón principal de la caída de Kabul en 1992 no fue la superioridad militar de los fundamentalistas, sino el hecho de que Moscú retirara la ayuda a los estalinistas afganos. Cortaron toda la ayuda militar porque formaba parte del “compromiso” alcanzado con el imperialismo estadounidense, mientras Pakistán y Arabia Saudí, con el beneplácito de Washington, seguían suministrando ayuda a los rebeldes.

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La burocracia de Moscú invadió Afganistán por su propio interés. Y esta intervención militar sirvió de excusa para que el imperialismo estadounidense movilizara las fuerzas reaccionarias del fundamentalismo islámico. 


Pero cuando Moscú retiró sus tropas, las fuerzas del entonces presidente Najibullah (que había sustituido en el cargo a Babrak Karmal en 1989) todavía consiguieron repeler algún ataque de la reacción. Pero la retirada de la ayuda puso al régimen en una situación imposible. La caída de Najibullah por un golpe de estado planificado por la CIA y el ISS, corrompiendo a varios altos oficiales del ejército afgano, preparó el camino para la captura de Kabul por los fundamentalistas islámicos.

Si Moscú hubiera tenido una política medianamente correcta en la región, la guerra se podría haber ganado fácilmente y arrastrado tras de sí a Pakistán. Lo correcto habría sido hacer un llamamiento a las nacionalidades oprimidas: baluchis, sindhis, phastun, etc., de Pakistán para que se levantaran contra sus opresores. Pero la conservadora burocracia rusa no tenía ningún interés en extender la revolución a Pakistán, ni siquiera quería formar allí un estado obrero deformado a su imagen y semejanza. El resultado fue la derrota, el colapso y la humillación.

El colapso de la Unión soviética tras décadas de degeneración estalinista, transformó la situación no solo en Afganistán y Asia central, también a escala mundial.

El nuevo régimen islámico liquidó la mayoría de las reformas progresistas de los regímenes anteriores. Pero desde el principio este nuevo Gobierno fue muy inestable. Rápidamente surgió la lucha entre el Hiz-e-Islami, encabezado por Gulbadin Hekmatyar, y el Jamat-e-Islami de Ahmed Shah Masud. Estas bandas rivales de contrarrevolucionarios lucharon entre sí despiadadamente. En 1994 ninguno de los dos bandos había conseguido una victoria decisiva sobre el otro, pero habían preparado el terreno para una nueva oleada de reacción fundamentalista aún más extremista: los talibanes.

Los talibanes

Los talibanes fueron una creación del ejército y los servicios de inteligencia paquistaníes, con el apoyo activo de la CIA. Fueron reclutados entre los jóvenes refugiados afganos, estudiantes de las escuelas islámicas, madrasas, en Pakistán. En 1994 el mulá Omar surgió como el principal líder de los talibanes. Con la ayuda del ISS, en un breve espacio de tiempo, los talibanes tomaron el control de las principales ciudades de Afganistán. Primero capturaron Kandahar, después Herat, Mazar-e-Sharif y por último Bamyan. Cuando los talibanes finalmente ocuparon Kabul se vengaron de sus enemigos. Najibullah, el anterior presidente, fue colgado de un poste de la luz con sus genitales en la boca. Con estos métodos el “Occidente civilizado” y sus agentes a sueldo consiguieron sus principales objetivos.

El régimen talibán impuso un reino de terror, llevó a cabo una limpieza étnica en Bamiyan y Mazar-e-Sharif y una brutal represión contra las minorías religiosas y nacionalidades oprimidas. Los talibanes entraron en Afganistán con la excusa de la paz, pero pronto iniciaron una represión violenta. Cerraron escuelas —en concreto las de niñas— y prohibieron a las mujeres trabajar fuera de casa. Destrozaron las emisoras de TV, quemaron bibliotecas, saquearon los museos históricos, prohibieron deportes y ordenaron que los hombres llevaran la barba larga.

Es un hecho que desde 1996, cuando capturaron Kabul, los talibanes habían perdido un considerable apoyo entre las masas, sus consignas pacifistas rápidamente se transformaron en una brutalidad inmensa contra las masas.

Para consolidar su poder cultivaron el opio para producir y traficar con heroína, que era su mayor fuente de ingresos. Pero nada de esto habría sido posible sin la participación activa de Islamabad —y Washington—. Se calcula que los talibanes recibieron unos veinte mil millones de dólares de EEUU y del régimen saudí, y los continuaron financiando hasta hace bien poco.

Hasta 1997 los estadounidenses no solo guardaron silencio sobre la violación de los derechos humanos en Afganistán sino que también apoyaron al régimen de Kabul.

Desde el principio, EEUU apoyó a los talibanes en su propio interés. Como es habitual, los intereses económicos estaban implícitos. Las grandes empresas estadounidenses estaban muy interesadas en construir un gaseoducto y un oleoducto desde los Estados de Asia Central a través de Afganistán. Esto condicionó la actitud de EEUU hacia el régimen talibán. UNOCAL, la gigantesca multinacional estadounidense, llegó a un pacto con los talibanes. Cuando estos no consiguieron tomar todo Afganistán —en concreto el norte— ni acabar con la Alianza del Norte (un conglomerado inestable de todos los grupos que sucumbieron a manos de los talibanes), el proyecto del oleoducto entró en crisis. Fue entonces cuando se despertó la “sensibilidad” de Washington por la violación de los derechos humanos en Afganistán.

Osama Bin Laden

Osama Bin Laden jugó un papel clave en la guerra de los contrarrevolucionarios islámicos contra el régimen estalinista de Kabul y recibió el apoyo entusiasta de la CIA. Pero el perro se ha vuelto contra su amo y le ha mordido. Después de que la Unión Soviética se retirara de Afganistán, Bin Laden puso su interés en EEUU y organizó el bombardeo de las embajadas estadounidenses en África.

De la noche a la mañana el héroe de la CIA y el “luchador por la libertad” en Afganistán, se convirtió en el principal “enemigo de la civilización”. ¿Qué ha ocurrido entre estos antiguos aliados? ¿Qué diferencias surgieron entre ellos? Cuando participaba en el derrocamiento del régimen proestalinista de Afganistán, Bin Laden era mimado por la clase dominante estadounidense y un fiel confidente de la familia real saudí. De repente se convirtió en el mayor terrorista y criminal del mundo. Es verdad que es un criminal y un terrorista reaccionario. Pero esto no es reciente: fue así desde el principio cuando participó en la guerra asesina contra las masas trabajadoras y campesinas de Afganistán.

Lo que irritó a los estadounidenses fue el hecho de que, después de la caída del estalinismo, estos gánsteres y bandidos contrarrevolucionarios escaparan a su control. No cambió el fundamentalismo islámico. Las diferencias con los estadounidenses salieron a la luz en 1991, cuando el imperialismo estadounidense atacó Irak y algunos de estos fundamentalistas islámicos, en particular la organización de Bin Laden —Al-Qaeda—, se opuso a la presencia de las tropas estadounidenses en Arabia Saudí. Los mismos fanáticos fundamentalistas que lucharon contra las tropas soviéticas como “extranjeros en un país musulmán” (Afganistán), ahora se volvían contra EEUU, utilizando la misma lógica.

Washington sembró vientos y recogió tempestades. Utilizando el dinero y las armas que les habían dado los estadounidenses y saudíes, los grupos fundamentalistas mejor organizados y más ricos, como Al-Qaeda, crearon campamentos en países islámicos como Argelia, Sudán, Egipto, Irak, Siria, Turquía, Tayikistán, Indonesia y Cachemira.

Al ver la traición de su antiguo aliado, la furia de los imperialistas estadounidenses no conoció límites. Desahogaron su frustración sobre el indefenso pueblo afgano, primero con el bombardeo de 1998 y después con la imposición de unas sanciones económicas brutales que provocaron más hambre y malnutrición para millones de hombres, mujeres y niños ya traumatizados por décadas de guerra.

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Osama Bin Laden. 


Los atentados del 11-S

El ataque terrorista en Estados Unidos ha sido un hecho de una extraordinaria magnitud, no solo por los objetivos alcanzados (las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono), sino por la cantidad de personas que murieron en dichos ataques (en torno a 4.000, según las últimas cifras oficiales), una gran parte de ellos trabajadores inmigrantes que trabajaban en los edificios con bajos salarios. Un tercer avión, que se dirigía probablemente hacia la Casa Blanca, cayó en Pensilvania, presumiblemente derribado por cazas de la Fuerza Aérea estadounidense, aunque esto último ha sido negado por el Gobierno americano.

Los preparativos y los verdaderos responsables de dichos atentados permanecen aún ocultos en una nebulosa de misterio. A pesar de que desde el primer momento, el Gobierno americano se apresuró a señalar a Osama Bin Laden como principal responsable de los mismos, aún a día de hoy no ha podido presentar una sola prueba concluyente. Al principio hablaban de que disponían de pruebas absolutamente irrefutables que culpaban a Bin Laden. Pero por alguna razón que se nos escapa se han resistido hasta ahora a darlas a conocer a la opinión pública. Posteriormente han mostrado unos cuantos vídeos, presuntamente filmados por la organización Al-Qaeda, donde Bin Laden se jacta de haber organizado los ataques. Pero con las modernas técnicas de filmación y montaje por ordenador que existen, igualmente podían haber sido confeccionados en cualquiera de los despachos del Pentágono. En las semanas y meses posteriores a los ataques, cerca de 2.000 personas (casi todos musulmanes) han sido detenidos en EEUU y en el resto del mundo. A pesar de que la mayoría de estas personas permanecen recluidas y sin poder ser asistidas por abogados, solo ha sido señalada como colaborador directo en los atentados ¡una sola persona!, que ha negado su participación en los preparativos y contra la que tampoco disponen de pruebas concluyentes. No deja de ser sorprendente que habiendo sido incapaces los servicios secretos americanos de sospechar la inminencia de estos ataques, no tardaran ni 24 horas en mostrar las fotos y unas biografías completísimas de cada uno los supuestos 19 terroristas islámicos que viajaban en los tres aviones.

Aunque el objetivo y la forma de estos ataques bien podrían adecuarse a los métodos de Osama Bin Laden, no hay que dejar de reconocer que sucedieron en un momento muy conveniente para el presidente Bush y el complejo militar-industrial del Pentágono. En ese momento Bush, que contaba con unos índices de popularidad mínimos, estaba batallando dentro y fuera de EEUU por el escudo antimisiles y un agresivo y costoso programa de rearmamento, que contaba con el rechazo de un amplio sector de la opinión pública norteamericana e internacional. Los ataques terroristas han dado vía libre a todos estos planes.

Si bien no podemos descartar completamente la teoría de una conspiración donde pudieran estar implicados un sector de los servicios secretos americanos y del Pentágono para favorecer estos u otros planes, la magnitud del desastre hace más bien pensar que, en dicho caso, el asunto pudo escapárseles de las manos.

En cualquier caso, ya fuera parte de una trama conspirativa ya fuera obra de la propia organización de Bin Laden, el terrorismo individual ha dejado patente una vez más, y de qué manera, el carácter completamente reaccionario de sus métodos. La bárbara intervención imperialista en Afganistán y las que se preparan en otros países del mundo colonial, toda la ola chovinista y racista desatada en Estados Unidos y en otras partes, la criminalización de las masas árabes que, como en Palestina, están luchando heroicamente contra la opresión imperialista, el ataque generalizado a las libertades públicas en todo el mundo que pronto se utilizarán contra el movimiento obrero, los crecientes gastos armamentísticos que chupan una cantidad mayor de la riqueza creada por la clase trabajadora, y la justificación de la crisis económica capitalista y sus efectos (despidos masivos, reducciones salariales, etc.); todo, se está haciendo con el santo y seña de los ataques terroristas del 11 de septiembre, sin apenas oposición por parte de las direcciones de las organizaciones tradicionales de la clase trabajadora de todos los países.

La intervención militar en Afganistán

En los últimos diez años Estados Unidos se ha implicado en tres grandes guerras contra Irak, Yugoslavia y Afganistán; y está preparando nuevas incursiones en Somalia, Filipinas, Yemen y algunos países más. Resulta equivocado pensar que la guerra desatada por una gran potencia imperialista contra un país pobre y aislado es una muestra de poder. En el fondo demuestra su debilidad y estupidez. En el pasado, las grandes potencias como Gran Bretaña o Francia, lo que hacían era maniobrar con los Gobiernos de los diferentes Estados y países para que se hicieran unos a otros la guerra y poder influir de esta manera en los acontecimientos, prefiriendo evitar así el desgaste de una intervención militar directa, tanto por el elevado coste de las mismas, como por la imprevisibilidad del resultado de algunas de ellas. Lo que guiaba a la clase dominante de estas potencias era procurar amortiguar en la medida de lo posible las contradicciones que generaba su política imperialista, para mantener su dominación a largo plazo. Solo se aventuraban a intervenir militarmente cuando habían agotado todas sus traidoras maniobras diplomáticas y no les quedaba otra opción.

En el fondo, la actitud arrogante del Gobierno americano es un reflejo de la estrechez de miras y del provincianismo de su clase dominante, que se ha acentuado tras la caída de la Unión Soviética que, hasta cierto punto, actuaba como muro de contención de la política exterior norteamericana.

Toda la campaña de reacción histérica que se desató en las primeras semanas contra Bin Laden y el Gobierno talibán después de los atentados terroristas rezumaba un insoportable hedor de hipocresía. En realidad, los crímenes del imperialismo cometidos en las últimas décadas contra las masas del mundo colonial y de otros países hacen aparecer las acciones de Bin Laden y sus colaboradores como las de unos simples aficionados. Todos estos pequeños monstruos, como Bin Laden y otros, que han sido utilizados en un momento u otro como excusa para intervenir en diferentes conflictos, bien podrían responder al Gobierno americano como respondió aquel pirata a Alejandro Magno, fundador de un imperio que se extendía desde Grecia hasta la India: “A mí, porque tengo un barco me llaman bandido. A ti, que tienes una flota, te llaman conquistador”.

Para el Gobierno americano de lo que se trataba en primer lugar era de dar un escarmiento imperecedero al pueblo de Afganistán para dejar claro ante el resto de la población mundial que nadie puede desafiar el poder y el prestigio del imperialismo americano.

Al Gobierno de los Estados Unidos le llevó cerca de un mes iniciar los ataques contra Afganistán. La elección de este país como objetivo de los ataques estaba motivada porque el territorio afgano hospedaba a Bin Laden y al “núcleo duro” de su organización, Al-Qaeda.

El Gobierno americano y sus aliados occidentales iniciaron en primer lugar una furiosa campaña en los medios de comunicación para hacer aceptable ante sus respectivas opiniones públicas sus planes de intervención. Estimularon la histeria de la población con la amenaza de la “guerra bacteriológica”, que se concretó en el extraño envío de pequeñas muestras de ántrax a oficinas y particulares en Estados Unidos, que provocaron tres muertos. Ya fuera obra de lunáticos o de los servicios secretos americanos, estos sucios métodos le vinieron al dedillo para llevar adelante sus planes.

Paralelamente presionaron a sus Gobiernos títeres en la zona, fundamentalmente Pakistán y Arabia Saudí, para que le sirvieran de plataforma terrestre donde alojar las tropas y preparar los ataques. Curiosamente, estos dos países eran los únicos en el mundo que mantenían relaciones diplomáticas con el Gobierno talibán.

Al Gobierno americano y sus aliados occidentales les costó denodados esfuerzos convencer a los Gobiernos de Pakistán, Arabia Saudí y otros para que se alinearan inequívocamente a su lado en esta guerra. Todos estos regímenes son sumamente inestables, algunos de ellos están al borde de una insurrección de masas (como Jordania o Egipto). El terror que les producía aparecer al lado de los americanos para masacrar a un pueblo musulmán como el afgano era tremendo. Al final lo consiguieron, si bien con algunas condiciones que hicieran pasar su apoyo más desapercibido.

Diferente era el caso de Pakistán. El territorio paquistaní era esencial para preparar los ataques. Pero aquí la resistencia a colaborar abiertamente en la guerra fue más encarnizada, sobre todo entre la casta militar. En realidad, el Gobierno talibán de Afganistán era una sucursal del Gobierno paquistaní, con intereses muy cercanos entre ellos, particularmente ligados a la economía “negra”, como era el tráfico de drogas. El Gobierno paquistaní quería garantías de que el nuevo Gobierno afgano que resultara de la guerra continuara siendo afín a sus intereses, lo que se veía dificultado porque la única oposición armada dentro de Afganistán era la llamada Alianza del Norte, enemigos mortales de los talibanes y del Gobierno de Pakistán, que veía con temor la mano de Irán y Rusia tras este grupo y, particularmente, de la India, su enemigo más irreconciliable. Al final Washington pudo forzar el apoyo del Gobierno de Pakistán, dándole un buen puñado de dinero y garantizándole que no permitiría que la Alianza del Norte tomara Kabul.

Finalmente, los ataques se iniciaron el 7 de octubre con bombardeos implacables, día y noche, que se prolongaron durante más de dos meses. Todo lo que podía ser destruido fue arrasado. Las ciudades, bastante devastadas ya después de 22 años de guerra, fueron literalmente reducidas a escombros y las pocas infraestructuras del país fueron convertidas en polvo. No obstante, los talibanes resistieron prácticamente sin ceder un palmo de terreno durante un mes y con pocas bajas, que se cebaron sobre todo entre la población civil por medio de innumerables “daños colaterales”, por emplear el despreciable eufemismo con que el imperialismo denomina lo que no es sino genocidio y terrorismo de Estado.

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Instantánea del ataque a las Torres Gemelas. 


La dificultad para el avance de la Alianza del Norte, formada por guerrilleros de similar calaña que los propios talibanes, residía en que al inicio de la guerra apenas controlaba un 5% del territorio afgano y disponían de armamento muy primitivo, aunque esto rápidamente cambió con la ayuda rusa, iraní e india. Además, al estar compuestos fundamentalmente por uzbekos, tayikos y hazaras tenían dificultades para encontrar un eco en la mayoría de la población pastún del resto del país. No obstante, la Alianza del Norte sentía ardientes deseos de venganza tras el asesinato de su dirigente, Ahmed Shah Massud, en un ataque suicida días antes del 11-S.

El elemento decisivo en cualquier guerra pasa por disponer de tropas sobre el terreno para conquistar un territorio y, particularmente, sus ciudades más importantes. Pero los americanos tenían un pánico mortal a llevar sus propias tropas y enfangarlas en una guerra que se presumía larga y difícil, sobre todo teniendo en cuenta que Afganistán es un país muy montañoso y el ejército talibán estaba habituado a la guerra de guerrillas. Por esta razón, el Gobierno americano no tuvo más remedio que basarse en la Alianza del Norte si quería conseguir sus objetivos, a pesar de la radical oposición de Pakistán. Los implacables bombardeos americanos y la mejor equipación militar de la Alianza del Norte terminaron finalmente por resquebrajar las posiciones talibanes en el Norte. Particularmente fue decisiva la caída de la ciudad norteña de Mazar-e-sharif que abría un corredor casi directo hasta Kabul. En pocas semanas, el ejército talibán retrocedía en desbandada. La capital, Kabul, caía el 13 de noviembre. A principios de diciembre los talibanes habían sido desalojados de la mayor parte del país, incluidos el sur y el este, donde se sentían más seguros pues estas eran zonas pastunes, de la misma filiación étnica que ellos. Las pequeñas bolsas de resistentes en las montañas de Tora Bora fueron implacablemente machacadas por los bombarderos americanos hasta su rendición total a finales de diciembre.

La derrota talibán, los acuerdos del Bonn y la formación del nuevo Gobierno

El repentino desmoronamiento del régimen talibán puso de manifiesto la nula base social sobre la que sustentaba su apoyo. La brutal represión de las minorías nacionales, la miseria y la escasez en la que sobrevivía la población, y la asfixia en el terreno laboral, educativo, sanitario, y en el ocio y la cultura, que producía la dictadura de estos fundamentalistas religiosos, particularmente en las ciudades, hicieron que nadie estuviera dispuesto a defender al régimen en el momento decisivo. La inesperada rapidez con que concluyó la guerra podría dar a lugar a pensar que lo decisivo para conseguirlo fueron los bombardeos aéreos norteamericanos. Pero difícilmente Estados Unidos habría acabado con el Gobierno talibán tan rápidamente sin la existencia de la Alianza del Norte, que suministró las tropas sobre el terreno imprescindibles para ganar la guerra. Por último, fue decisiva la retirada del apoyo a los talibanes de los jefes locales de etnia pastún, mayoritarios en el sur y el este de Afganistán, quienes como honorables hombres de principios se pasaron al enemigo solo después de recibir mucho dinero y cuando la caída del régimen talibán aparecía ya como inevitable.

Después de la guerra, Afganistán está lejos de representar un Estado unificado. En la práctica cada jefe guerrillero controla una parte del país. El uzbeko general Dostum es el amo y señor de la zona norte de alrededor de Mazar-e-sharif. El tayiko Fahim hace lo propio en la zona habitada por los tayikos, y los jefes hazaras en el Oeste, junto a la frontera iraní. El Este y el Sur está repartido entre un conglomerado de jefes locales y tribales pastunes. Y todos actúan en la práctica al margen de las decisiones del Gobierno establecido en Kabul.

El principal objetivo de Estados Unidos tras esta intervención, además de las razones de poder y prestigio que señalamos anteriormente, era establecer un Gobierno títere en Afganistán afín a sus intereses, que le permitiera reforzar su presencia en Asia Central, de cara a establecer un estrecho control sobre los enormes recursos petrolíferos y minerales de la zona, pretendiendo debilitar la presencia de Rusia, Irán, India y China en todo este área. Esta es toda la verdad del asunto. Sin embargo, Estados Unidos apenas ha sacado provecho de esta guerra y, en cambio, ha conseguido empeorar lo que ya iba mal para sus propios intereses. Así, la pretensión inicial de Estados Unidos de colocar a la cabeza del estado afgano al antiguo rey Zahir Shah tras la derrota talibán ha pasado a mejor vida. El Gobierno postalibán establecido en Kabul tras los acuerdos alcanzados el pasado diciembre en Bonn está dominado por los miembros de la llamada Alianza del Norte, conglomerado de “señores de la guerra” y jefes guerrilleros tutelado por Rusia, Irán e India, muy suspicaz con la presencia de tropas extranjeras en suelo afgano y con las americanas en particular.

Según los acuerdos de Bonn, en seis meses se convocaría una asamblea de jefes locales y tribales, la Loya Jirga, que elegirá un nuevo Gobierno para Afganistán. Pero los acuerdos de Bonn fueron un compromiso de mínimos que ya están saltando en pedazos en base a la correlación de fuerzas real que cada grupo y tutor extranjero tiene actualmente. Así, mientras que la estancia de tropas extranjeras “para asegurar el orden en el país” iba a tener una duración indeterminada, el nuevo Gobierno ya ha impuesto un plazo máximo de seis meses a la estancia de las tropas occidentales en Kabul, pasado el cual deberían marcharse. Estados Unidos ha replicado con su habitual arrogancia que “mantendrán sus tropas el tiempo que sea necesario”. Mientras que en Bonn se acordó el desarme y la disolución de las fuerzas de la Alianza del Norte y que la labor de patrullaje policial por las calles de Kabul fuera realizada por las tropas extranjeras, el Gobierno ha decretado que las antiguas fuerzas de la Alianza del Norte constituirán el embrión del futuro ejército afgano y que permanecerán armadas y acuarteladas. También ha decretado que en la labor policial también participarán sus propios milicianos armados.

Es verdad que el jefe del Gobierno, el pastún Karzai, es un agente afín a los Estados Unidos, pero se encuentra en minoría en el Gobierno y su fidelidad a los intereses americanos dependerá del apoyo que le presten los jefes pastunes del sur de Afganistán, que aceptaron encantados el dinero con que fueron comprados por la Casa Blanca para dejar de apoyar a los talibanes. No obstante, esta gente puede buscar nuevos amos, si la recompensa es mayor o si la arrogancia del ejército americano allí donde están actuando, en el sur y el este de Afganistán, se vuelve intolerable para las masas pastunes de esta zona. 

Pakistán y Oriente Medio

Las ambiciones del Gobierno de Pakistán de seguir jugando un papel dominante en la zona han quedado seriamente debilitadas tras la derrota de los talibanes, de quienes era el principal valedor hasta los atentados del 11-S. De hecho los enemigos tradicionales de Pakistán y EEUU en el área, Rusia, Irán e India han visto reforzada su influencia tras la derrota de los talibanes. Es una cruel ironía de la historia que el Gobierno ruso vuelva a aspirar a jugar un papel destacado en Afganistán trece años después de haber sido expulsadas sus tropas de aquél país, y todo ello gracias a los bombardeos norteamericanos.

La guerra de Afganistán ha emitido largas ondas que han desestabilizado aún más la delicada situación en Pakistán y en todo Oriente Medio, debilitando a todos los Gobiernos de la zona que han prestado su apoyo al imperialismo americano, lo cual le crea problemas adicionales a Estados Unidos. El alineamiento del presidente pakistaní, Musharraf, con los Estados Unidos en esta guerra le ha situado una posición insostenible, granjeándole el odio y desprecio de un sector creciente de la casta militar que ha asumido como propia la derrota del régimen talibán. La condescendencia de Musharraf con el imperialismo americano ha hecho aumentar también su impopularidad entre las masas paquistaníes. La perspectiva de un golpe militar por parte del ala fundamentalista del ejército contra Musharraf no se puede descartar en un momento dado. La reapertura del conflicto de Cachemira entre India y Pakistán es una consecuencia directa del resultado de la guerra en Afganistán. Dejando a un lado la perspectiva de una guerra entre India y Pakistán, cualquier actuación del Gobierno Musharraf en el conflicto de Cachemira que pudiera ser percibido como una nueva humillación ante India se convertiría en un elemento a favor de un golpe militar.

En Palestina, la guerra de Afganistán ha sido la excusa utilizada por el Gobierno israelí de Sharon para redoblar su represión contra el pueblo palestino, llevando el conflicto a un callejón sin salida. Una guerra civil dentro de Palestina, que enfrentara a la mayor parte del pueblo palestino contra el Gobierno de Arafat, o una nueva guerra árabe-israelí en la zona, que extendiera la desestabilización a todo Oriente Medio, es una perspectiva real que llena de pavor los despachos de la Casa Blanca.

¿Qué ha resuelto la guerra?

Los imperialistas han justificado esta guerra como la mejor manera de acabar con las actividades de los grupos terroristas islámicos. Sin embargo, tras la brutal respuesta imperialista a los atentados de septiembre solo han conseguido reunir más amargura, frustración y odio entre las empobrecidas masas del mundo árabe hacia las potencias occidentales y sus propios Gobiernos, predisponiendo a los sectores más desesperados a cometer nuevas acciones terroristas. Así vimos cómo, a pesar de todas la medidas de seguridad tomadas, un nuevo atentado terrorista estuvo a punto de consumarse a finales de diciembre en un avión que volaba de París a Miami. Otro incidente similar tuvo lugar a finales de enero y no parece que estos intentos vayan a ser los últimos.

Finalmente, y esto es importante de cara a la opinión pública americana y mundial, ni siquiera han sido capaces por el momento de detener o localizar a Osama Bin Laden, señalado por el Gobierno americano como responsable de los atentados del 11-S, y todo ello ¡después de haber justificado la intervención militar en Afganistán por la negativa del Gobierno talibán a entregar a Bin Laden a los Estados Unidos!

Los Estados Unidos han hecho gala de su tradicional “defensa” de los derechos humanos en su comportamiento, venenoso y vengativo, hacia los presos talibanes y de Al-Qaeda. Después de masacrar a sangre fría a cientos de presos en la cárcel de Mazar-e-Sharif por medio de bombardeos aéreos, estamos siendo testigos de su actitud hacia el centenar de presos llevados hasta su base en Guantánamo (Cuba). No solo es el trato cruel y despiadado hacia estos presos, encerrados en jaulas a la intemperie, maniatados de pies y manos, y sujetos a un estado de aislamiento sensorial (con los ojos, boca y oídos tapados); sino su jactancia a la hora de exhibir a estos presos en dicha situación. La razón no es otra que la de vengarse de los derrotados, reflejando su impotencia por no haber capturado “vivo o muerto” a Bin Laden ni al Mulá Omar. A todo esto tenemos que sumar su completo alineamiento con la política terrorista de Ariel Sharon en Palestina. Pero esta actitud no les hará más populares entre las masas árabes, incluso entre aquellas que rechazaban el régimen talibán. No hay nada de inteligente en esta actuación del Gobierno americano, y solo servirá para exacerbar aún más las tendencias terroristas entre los fundamentalistas islámicos contra los intereses de Estados Unidos en todo el mundo.

Y ¿qué ha ganado la clase trabajadora con esta guerra? Con la excusa de combatir el terrorismo en todos los países occidentales sin excepción se están aprobando toda una serie de leyes que recortan drásticamente los derechos democráticos de los ciudadanos y que mañana se utilizarán contra el movimiento obrero cuando luche decididamente para defender sus intereses. Igualmente se nos acusa de complicidad con el terrorismo a todos aquellos que estamos empeñados en movilizar a la clase trabajadora y a la juventud contra el sistema capitalista y su legado de miseria y explotación en todo el mundo.

Con la excusa del 11-S se quiere cargar sobre los hombros de las familias trabajadoras la crisis económica del sistema capitalista que es ya un hecho en todo el mundo. Una crisis que se manifestaba antes de dichos atentados y que tiene su origen en los intereses privados de las grandes empresas, bancos y multinacionales que prefieren lanzar al paro y a la miseria a millones de trabajadores en todo el mundo para mantener sus beneficios. Con esa excusa se cierran empresas, se congelan o se bajan los salarios, se recortan los gastos sociales, se reducen los impuestos a los capitalistas y se aumentan a las familias trabajadoras.

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La brutal respuesta imperialista a los atentados de septiembre solo han conseguido reunir más amargura, frustración y odio entre las empobrecidas masas del mundo árabe hacia las potencias occidentales y sus propios Gobiernos. 


El futuro de Afganistán

La guerra en Afganistán no ha resuelto nada. Después de la guerra, las potencias imperialistas se dedican a hacer cuentas. Aunque los gastos necesarios estimados para la reconstrucción de Afganistán son de unos 30.000 millones de dólares, los Gobiernos occidentales reunidos en Kioto han aprobado un total de ayudas de 9.500 millones en cinco años, lo que resulta completamente insuficiente.

La presencia de las tropas extranjeras de los países de la Unión Europea, Estados Unidos y otros obedece al interés de las diferentes potencias de estar en la mejor posición para cuando llegue la hora de hacer negocios; sobre todo, con los vinculados a la construcción de oleoductos y gaseoductos. Pero hay un pequeño problema. Necesitan un país unificado y un Gobierno estable en Kabul controlado por ellos. Los diferentes señores de la guerra que dominan cada zona del país están chocando a cada paso unos contra otros. Ya ha habido choques armados entre los uzbekos de Dostum y los tayikos de Fahim. Por otro lado, los jefes pastunes del sur no se consideran representados en el Gobierno de Kabul. Por su parte, Rusia hará lo posible por estorbar los planes de EEUU en Afganistán para reafirmar su propia posición, teniendo en cuenta además que los americanos están dispuestos a establecer bases militares estables en la antigua área de influencia rusa de las repúblicas asiáticas de Tayikistán y Uzbekistán. Pakistán pretende maniobrar para reconquistar su influencia sobre los destinos de Afganistán, pero ni India ni Irán parecen dispuestas a permitírselo.

En un momento dado, los intereses de las diferentes camarillas y “señores de la guerra” de dentro y fuera del Gobierno afgano y de las diferentes potencias imperialistas que tutelan a cada uno de ellos para hacer valer sus sucios intereses en la zona, harán inevitables nuevos conflictos y guerras en Afganistán, con el evidente peligro de desmembración del país. Esto puede tener graves consecuencias en la propia Pakistán donde viven doce millones de pastunes, más otros dos millones de refugiados procedentes de Afganistán. En estas circunstancias también Pakistán se enfrentaría al peligro de desmembración con su horror de limpiezas étnicas y todo tipo de barbarie.

Durante los últimos 22 años hemos presenciado la matanza de hombres, mujeres y niños en Afganistán. Ahora este país, asolado por la guerra desatada por los Estados Unidos y sus aliados, se enfrenta a una situación horrible, añadiendo barbarie a la barbarie y desolación a la desolación. Pretender en estas circunstancias acabar con el atraso y la miseria en Afganistán es la peor de las utopías.

Solo la clase obrera mundial puede poner fin a esta pesadilla, cortando el camino al imperialismo y al fundamentalismo religioso y étnico, que no es sino la reacción desesperada de un sector de las masas más oprimidas frente a la explotación imperialista. Anteayer fue Irak, ayer fue Yugoslavia, hoy es Afganistán. ¿Dónde se desatará la próxima guerra con su legado de muerte y destrucción? La clase obrera tiene que tomar el poder en cada país para expropiar a los grandes monopolios, multinacionales y bancos que son quienes amparan y estimulan la guerra y la opresión en todo el mundo, por medio de sus títeres en los diferentes Gobiernos.

El socialismo no es solo una “buena idea”, es una necesidad para el futuro de la humanidad. En concreto, solo la revolución socialista en todo el Subcontinente Indio, comenzando por Pakistán y la India puede ofrecer una perspectiva de futuro a las masas de los países de la zona y a las de Afganistán en particular. En esta tarea los marxistas paquistaníes agrupados en el periódico obrero The Sttrugle (La Lucha), que conforman la izquierda revolucionaria del PPP (Partido del Pueblo Paquistaní) y de los sindicatos, están jugando un papel de vanguardia. Su posición internacionalista en la guerra, movilizando a la juventud y a los trabajadores contra la agresión imperialista y la cobarde complicidad del Gobierno militar, y denunciando al mismo tiempo a las fuerzas reaccionarias del integrismo islámico, ha colocado a los marxistas como una referencia para miles de obreros y jóvenes conscientes. De esta manera las ideas del marxismo revolucionario echarán raíces entre las masas explotadas de la zona, convirtiéndose en el programa de lucha con el que conquistarán su libertad.

Las referencias históricas de este artículo han sido extraídas de los siguientes trabajos:

  • ¿Por qué invadió la burocracia rusa Afganistán?, Ted Grant (1980)
  • Afganistán, el colapso de un Estado, Lal Khan (1992)
  • Una visión histórica de Afganistán, Doctor Zayar (2001)
  • Afganistán, Bin Laden y la hipocresía del imperialismo estadounidense, Doctor Zayar (2001).
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Este artículo ha sido publicado en la revista Marxismo Hoy número 10. Puedes acceder aquí a todo el contenido de esta revista. 

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