Este excelente libro contiene uno de los trabajos más extensos y completos sobre el pensamiento y la actividad militante de Rosa Luxemburgo, la revolucionaria polaca que consagró toda su vida a la causa del proletariado y, que por encima de todo destacó en el firmamento teórico del marxismo con luz propia.

El autor de esta obra, Paul Frölich, fue un relevante cuadro del Partido Comunista Alemán (KPD), víctima de las purgas estalinistas que sacudieron a toda la Internacional Comunista desde 1925 hasta su disolución. Expulsado en 1928 bajo la acusación de desviacionismo de derechas, Frölich dedico una parte muy importante de su vida al estudio y compilación de las obras de Rosa Luxemburgo y a la defensa de sus ideas frente a las insidiosas acusaciones que el aparato estalinista vertió durante décadas contra su pensamiento político, para desprestigiarla ante las nuevas generaciones revolucionarias.

Paul Frölich recibió de la dirección del KPD el encargo de realizar la edición de las obras completas de Rosa Luxemburgo. De los nueve tomos inicialmente planificados, solo aparecieron tres hasta 1928, fecha de su expulsión del partido. Tras el ascenso de los nazis al poder y la persecución del nuevo régimen sobre los militantes de izquierda, Frölich logró emigrar a Francia y allí, entre 1938 y 1939, consiguió terminar esta obra. Lamentablemente los originales inéditos de la obra de Rosa Luxemburgo que Frölich había recuperado, y que iban a servir para la publicación de las obras completas, fueron entregados por las personas que lo custodiaban, en el periodo en que Frölich estuvo detenido por los nazis, a la burocracia estalinista. Pensaban que en el Instituto Marx Engels Lenin de Moscú estarían a salvo y así fue, porque en más de treinta años ni los estalinistas rusos ni los alemanes publicaron un tomo más de sus obras.

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A diferencia de otras obras biográficas, limitadas a ensalzar las características personales del personaje o a escudriñar en los detalles de su vida privada, Frölich aborda el libro desde la perspectiva del marxismo revolucionario. 


El método del libro

A diferencia de otras obras biográficas, limitadas a ensalzar las características personales del personaje o a escudriñar en los detalles de su vida privada, Frölich aborda el libro desde la perspectiva del marxismo revolucionario. Como en otras obras de estas características, por ejemplo la biografía de Marx realizada por Franz Mehring o los trabajos de Trotsky en El joven Lenin y Stalin, Frölich sitúa la vida de Rosa Luxemburgo en los grandes acontecimientos de la lucha de clases, las disputas políticas y teóricas en el seno de la socialdemocracia alemana, sus estudios de la obra del marxismo y su propia producción teórica, así como la gran batalla contra la degeneración oportunista de la II Internacional y la construcción de un nuevo partido y una nueva Internacional marxista de masas. En todos estos capítulos de la vida de Rosa Luxemburgo, Frölich nos descubre con inteligencia, rigor y sin embellecimientos deformantes la auténtica naturaleza del pensamiento de la gran revolucionaria polaca. No escamotea el análisis de ninguna polémica, aunque estas se mantuviesen con otros dirigentes revolucionarios como Lenin y Trotsky y adquirieran formas muy duras. Un libro, en definitiva, que descubre la complejidad dinámica del pensamiento y la acción revolucionaria de Rosa Luxemburgo y hace justicia con esta gran mártir de la clase obrera internacional.

Los orígenes

Rosa Luxemburgo nació en Zamosc una pequeña ciudad polaca, en el seno de una familia judía, culta y abierta al mundo. Los vínculos familiares con el asfixiante panorama de la fe ortodoxa judía habían desaparecido hacía tiempo, hecho que permitió a Rosa educarse en un ambiente de tolerancia y curiosidad cultural.

En aquel periodo Polonia estaba sometida al yugo de la reacción zarista lo que determinó las simpatías de la familia de Rosa con los movimientos de liberación nacional.

Cuando Rosa Luxemburgo tenía tres años, la familia se trasladó a Varsovia, donde sufrió de forma directa la imposición rusificadora en la escuela, que determinaba la presencia mayoritaria en los Liceos de escolares rusos, hijos de funcionarios y de oficiales. Tan solo se admitía a un reducido número de jóvenes polacos procedentes de las familias más acaudaladas y por supuesto a ningún judío. Como señala Frölich, es casi seguro que el régimen escolar de la oprimida Polonia la arrastró al camino de la lucha.

Poco tiempo después de abandonar el Liceo, en el año 1887, Rosa militaba en el Partido Revolucionario Socialista ‘Proletariado’, fundado en 1882 por diferentes círculos y comités de trabajadores revolucionarios.

Frölich sostiene que, muy probablemente, Rosa tomó parte en aquella época en la fundación de una nueva organización, la Federación de Trabajadores polacos. En cualquier caso, su actividad política la llevó pronto a enfrentarse a la persecución policial, lo que provocó su primer exilio en Zúrich (Suiza).

En su universidad, Rosa Luxemburgo pudo apreciar la libertad de pensamiento, hecho que contrastaba vivamente con el ambiente sofocante de Varsovia. En aquel periodo estudió intensamente a los clásicos de la economía política, Adam Smith, Ricardo y por supuesto a Marx. Junto a los estudios, Rosa no descuidó su militancia revolucionaria y entró en contacto con los círculos obreros de la ciudad y con los marxistas rusos más importantes de aquel momento: Paul Axelrod, Vera Zasúlich y Plejánov. Pero especialmente de esta etapa data su relación con su gran camarada de armas Leo Jogiches, organizador revolucionario incansable, agudo polemista y fundador del comunismo alemán.

La primera organización política

En 1883 Proletariado se había convertido en la espina dorsal del movimiento de masas polaco y superaba a Narodnaia Volia (La Voluntad del Pueblo), el partido populista ruso, tanto en comprensión de la realidad del capitalismo ruso y polaco como en el programa político. ‘Proletariado’ entendía la lucha por la liberación del régimen autoritario como una lucha de las masas trabajadoras, tenía una visión internacionalista y despreciaba la posición demagógica e hipócrita de la nobleza y la pequeña burguesía en la lucha por la liberación nacional. ‘Proletariado’ veía a los trabajadores rusos como los principales aliados para conseguir la libertad de las masas oprimidas de Polonia, entendiendo que la resolución de la cuestión nacional polaca se realizaría en el marco de la revolución socialista internacional. Anticipando otros debates cruciales que surgirían en el seno de la socialdemocracia rusa, ‘Proletariado’ consideraba que la revolución debería derrocar al zarismo y la burguesía y llevar al poder al proletariado, es decir no contemplaba a la revolución burguesa rusa como una etapa necesaria en el camino hacia el socialismo.

Víctima de la represión policial tras liderar numerosas huelgas, ‘Proletariado’ se fusionó con la Federación de Trabajadores Polacos y dos grupos menores del Partido Socialista Polaco (PPS). El órgano público del nuevo partido estaba dirigido por Leo Jogiches, Adolf Warsky y la joven Rosa Luxemburgo.

Durante este periodo el objetivo era establecer sin ambigüedades el programa marxista en la nueva organización, hecho que significaría una batalla contra las tendencias blanquistas, que en el momento de mayor ofensiva policial habían penetrado en las filas de ‘Proletariado’, y al mismo tiempo contra la influencia del economicismo y el reformismo que provenían de la antigua Federación de Trabajadores.

La cuestión nacional

En esos años, Rosa Luxemburgo realiza sus primeros trabajos teóricos sobre la cuestión nacional y las tareas del proletariado polaco en su lucha contra la opresión zarista.

Para Rosa Luxemburgo la cuestión nacional polaca había sufrido profundas transformaciones desde que Marx la considerara un poderoso factor revolucionario. La pequeña nobleza polaca, que había luchado contra el despotismo zarista y por las causas democráticas en las revoluciones de 1848 hasta 1871, estaba influida por una vuelta al pasado precapitalista que representaba, al fin y al cabo, un punto de vista reaccionario. Por otro lado la burguesía de Polonia se había desarrollado como clase al calor del crecimiento del capitalismo ruso y amparada por el Gobierno de los zares que le aseguraba fabulosos negocios en territorio ruso. Tenían múltiples vínculos con el aparato del estado zarista y habían renunciado definitivamente a la unidad y la independencia de la nación. Para Rosa Luxemburgo solo entre los intelectuales polacos perduraban las ideas nacionalistas. En ese sentido la clase trabajadora difícilmente podía crear un estado polaco burgués contra la propia burguesía y contra la triple dominación extranjera. Si la clase obrera tuviese la fuerza necesaria para lograr esto, afirmaba Rosa Luxemburgo, también la tendría para la revolución socialista y esta sería la única solución a la cuestión nacional polaca admisible para la clase trabajadora.

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Proletariado’ se fusionó con la Federación de Trabajadores Polacos y dos grupos menores del Partido Socialista Polaco (PPS). Rosa y Leo Jogiches eran dos de los dirigentes del órgano público del nuevo partido. En la foto Leo Jogiches. 


En opinión de Rosa, la independencia nacional no podría ser un objetivo inmediato del proletariado. Toda su posición en esta cuestión, estaba recorrida por la idea de que la lucha emprendida por la clase trabajadora no resultase falseada y absorbida por las aspiraciones nacionalistas. El énfasis se debía poner en la lucha común de los trabajadores rusos y polacos.

Durante años los socialdemócratas polacos mantuvieron un combate encarnizado contra los dirigentes nacionalistas pequeñoburgueses del PPS, combate que contó con la solidaridad explícita de Lenin. Así se expresaba Rosa Luxemburgo respecto a esta cuestión: “Desear que estalle una guerra solamente para la liberación de Polonia supondría ser un nacionalista de la peor clase y anteponer los intereses de unos pocos polacos a los de cientos de millones de hombres que padecerían la guerra. Y así piensan, por ejemplo, los miembros del ala derecha del PPS que solamente son socialistas de labios afuera y respecto a los que los socialdemócratas polacos tienen mil veces razón. Establecer ahora la consigna de la independencia de Polonia, en la situación actual de las relaciones entre los estados imperialistas vecinos, supone verdaderamente ir tras de una utopía, caer en un nacionalismo minúsculo y olvidar los requisitos de la revolución europea e incluso de las revoluciones rusa y alemana...”.

Rosa Luxemburgo tenía una posición internacionalista, pero olvidaba que, en la práctica, las demandas democrático-nacionales tenían un poderoso atractivo revolucionario para las masas polacas, incluido el proletariado. En su polémica con Lenin, este incidía una y otra vez en que la defensa del derecho de autodeterminación de las naciones y nacionalidades oprimidas no significa hacer agitación a favor del separatismo o la independencia. En esta cuestión los marxistas se guían por los intereses del proletariado y la revolución, y no anteponen una reivindicación democrática a estos intereses. La defensa de este derecho, que Rosa Luxemburgo se negaba a incluir en el programa de la socialdemocracia polaca, permitía arrancar a las masas de Polonia o de cualquier nacionalidad oprimida de la nefasta influencia de la burguesía y la pequeña burguesía nacionalista, que explotaba en su beneficio las ansias de liberación del proletariado y el campesino pobre.

En la revolución de octubre se puso de manifiesto el enorme potencial revolucionario de esta consigna vinculada a la lucha por el poder obrero y la expropiación de la burguesía y los terratenientes. Lenin dedicó a esta cuestión uno de sus trabajos más brillantes, El derecho de las naciones a la autodeterminación, que hoy en día sigue manteniendo toda su fuerza.

La socialdemocracia alemana

Después de años de conflictos dentro del movimiento socialista polaco el viejo PPS estalló, permitiendo a los partidarios del marxismo hacerse con una influencia mayoritaria en el movimiento obrero de Polonia. Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches se convertirían a partir de ese momento en los líderes de la nueva organización, que adoptaría el nombre de Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia. Posteriormente el nuevo partido se fusionaría con los socialistas Lituanos, dirigidos por Dzerzhinski, fieles seguidores de los postulados de Rosa; el nuevo partido pasaría a llamarse Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania (SDKPL).

Sin embargo Rosa Luxemburgo pronto emprendería nuevas tareas militantes que la llevarían al centro del movimiento obrero europeo de aquella época, Alemania. Pronto entraría en contacto con los cuadros más destacados de la socialdemocracia alemana, Clara Zetkin, a la que le uniría una estrecha amistad hasta su muerte, August Babel, Paul Singer, Franz Mehring, Karl Kautsky su mujer Luise.

En el movimiento socialdemócrata alemán como en la mayoría de los partidos obreros de aquella época, coexistían desde sus orígenes dos tendencias bien delimitadas; la reformista adaptada a las nuevas formas democráticas del Estado capitalista y la marxista, que abogaba por la transformación socialista de la sociedad con métodos revolucionarios.

En el caso del SPD, las tendencias reformistas habían penetrado masivamente, especialmente en sus cuadros dirigentes, en el grupo parlamentario, en el seno de la dirección de los sindicatos y a través de los centenares de funcionarios de que disponían las diferentes organizaciones del partido. Lenin describió este proceso de degeneración reformista de la socialdemocracia alemana en su libro, La revolución proletaria y el renegado Kautsky. El crecimiento espectacular de la influencia y el poder de la socialdemocracia alemana entre los trabajadores, se produjo en el periodo de auge económico más importante que el capitalismo había experimentado hasta la fecha. Los triunfos electorales, el aumento de concejales, parlamentarios regionales y estatales, la influencia de los sindicatos en las nuevas relaciones económicas, favoreció que una capa cada vez más nutrida de funcionarios y cuadros provenientes de la aristocracia obrera y la intelectualidad pequeñoburguesa se fuese haciendo con el control de la organización.

Este ambiente que inspiraba la acción del partido, cada vez más centrada en la actividad parlamentaria, favoreció la penetración de las ideas reformistas. Ya no se trataba de derrocar el capitalismo de forma revolucionaria, sino de transformar gradualmente el estado gracias a la acción institucional. Las reformas, que se impondrían a través de los éxitos electorales, garantizarían un cambio cualitativo de la naturaleza de clase del estado y la sociedad, hasta arribar pacíficamente a una nueva sociedad socialista.

Todo este proceso cristalizó en el campo teórico con los escritos de Bernstein, que reclamaba el fin del método marxista para analizar las contradicciones de la sociedad capitalista, al tiempo que proponía el cambio de la sociedad a través de reformas graduales en las relaciones económicas y del propio estado burgués. Para Bernstein, el boom del capitalismo alemán había supuesto, en la práctica, la negación de las previsiones de Marx: ni pauperización creciente de la sociedad, ni crisis de sobreproducción, ni necesidad de un cambio revolucionario. A través del crecimiento electoral y la acción parlamentaria sería posible transformar la realidad del capitalismo en una sociedad avanzada democráticamente, donde el control estatal de los medios de producción garantizase el fin del conflicto social.

La herencia teórica de Bernstein se ha proyectado a lo largo de la historia del movimiento obrero, hasta el punto de que nuestros líderes socialdemócratas del momento beben de sus fuentes teóricas, repitiendo palabra por palabra lo dicho por el jefe del revisionismo marxista alemán hace más de cien años.

Frente a esta posición política, que revelaba lo lejos que había llegado el proceso de degeneración reformista del SPD, se levantó Rosa Luxemburgo, la única dirigente del SPD de la época que fue capaz de presentar batalla en el terreno teórico de una forma consistente. Su libro Reforma o Revolución, supuso un aldabonazo en el seno del partido, polarizó completamente el debate político y permitió reagrupar las fuerzas de la izquierda marxista en el seno de la socialdemocracia. Hoy en día Reforma o Revolución constituye un tesoro teórico de primer orden, un auténtico clásico de la literatura marxista y de la lucha contra la penetración de las ideas de clases ajenas en el seno del movimiento obrero.

La contradicción para Rosa no se situaba en que la lucha por las reformas fuera incompatible con la defensa de una estrategia revolucionaria, sino en que Bernstein había abandonado por completo el análisis de clase de la sociedad capitalista ofreciendo una alternativa que tan solo serviría para perpetuar el mantenimiento del orden social de la burguesía. “La reforma legal y la revolución”, señalaba Rosa Luxemburgo en su libro, “no son dos métodos diferentes del desarrollo histórico que puedan ser objeto de una elección en el mostrador de la Historia como si se tratase de salchichas calientes o salchichas frías, sino momentos diferentes en la evolución de la sociedad de clases que se condicionan y se complementan mutuamente, pero que también se excluyen como, por ejemplo, el Polo Norte y el Polo sur, como la burguesía y el proletariado.

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En el movimiento socialdemócrata alemán como en la mayoría de los partidos obreros de aquella época, coexistían desde sus orígenes dos tendencias; la reformista y la marxista. 


“El ordenamiento jurídico actual es solamente el producto de la revolución. Mientras que la revolución es el acto de creación política de la historia de las clases, la legislación es el vegetar político de la sociedad. La reforma legislativa no dispone de una fuerza impulsora propia independiente de la revolución, en cada periodo histórico se mueve solamente en una línea y solamente mientras perdure en ella el efecto de la conmoción recibida de la última revolución, o, hablando más concretamente, se mueve solamente en el marco de la configuración social creada por la última revolución. Este es precisamente el núcleo de la cuestión.

“Es completamente falso y contrario a la realidad histórica concebir la reforma legal como una revolución distendida y la revolución como una forma concentrada. Una revolución social y una reforma legal son momentos diferentes y no en cuanto a su duración temporal, sino en cuanto a su esencia. (...)

“Quien se pronuncie a favor de una vía de reformas legales en lugar de y en contraposición a la conquista del poder político no elige en realidad un camino más lento y más tranquilo hacia el mismo objetivo, sino otro objetivo completamente diferente. (...)

“La misma necesidad de la asunción del poder político por el proletariado no ofreció jamás dudas a Marx y Engels. Por lo que a Bernstein no le es licito considerar que el gallinero del parlamentarismo burgués es el órgano competente para llevar a cabo la más violenta revolución de la historia, la erradicación de la forma capitalista y la implantación de la forma socialista en nuestra sociedad”.

La consideración de que el capitalismo es un sistema reformable a través del parlamentarismo y las instituciones políticas del propio régimen capitalista ha demostrado su impotencia no solo en la arena teórica sino en el terreno de la lucha de clases. La revolución rusa de 1917 o la alemana en 1918, demostraron que la burguesía jamás abandonará pacíficamente su posición de dominio en la sociedad, y mucho menos se suicidará políticamente y como clase utilizando sus propios organismos de poder político. Al fin y al cabo las formas de la democracia burguesa no son más que una manera más aceptable de garantizar la dictadura de la clase capitalista, su control efectivo de todas las esferas de la vida social, y cuando estas formas “democráticas” no concuerden con sus necesidades, la burguesía nunca dudará en abandonarlas y adoptar otras menos “civilizadas” pero más eficaces para garantizar la supervivencia de su sistema social.

En su obra Problemas del socialismo, Bernstein llega muy lejos a la hora de justificar su nuevo credo teórico. Para él, el desarrollo monopolista del capital con la aparición de los trusts y los cárteles, supone la superación de la anarquía de la producción capitalista, de la misma forma que las sociedades por acciones facilitaban la democratización del capital. De esta manera el socialismo perdía su justificación científica, pues si el propio capital era capaz de superar sus contradicciones y garantizar el equilibrio en la producción, no había necesidad de luchar por una subversión del orden capitalista.

Este punto de vista fue duramente combatido por Rosa Luxemburgo. Al contrario de lo que pretendía Bernstein, la tendencia monopolística en el desarrollo del capitalismo, lejos de suavizar sus contradicciones suponía un incremento cualitativo en la lucha por los mercados y la explotación de los ya existentes. El monopolio surge como una negación dialéctica de la libre competencia pero no acaba con la anarquía de la producción, derivada de la contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación, ni tampoco termina con las crisis de sobreproducción que asolaron al mundo capitalista durante las décadas siguientes provocando dos guerras mundiales.

Los efectos de la Revolución rusa de 1905

El estallido de la revolución rusa de 1905 convulsionó las filas de la socialdemocracia alemana. Desde el primer momento Rosa Luxemburgo saludó con entusiasmo el movimiento revolucionario de las masas obreras de San Petersburgo y trabajó sistemáticamente para esclarecer la naturaleza de la revolución, sus aspiraciones estratégicas y sus necesidades tácticas.

En aquella época era un lugar común que Rusia se enfrentaba a una revolución burguesa. Esta posición mantenida de forma rutinaria por los líderes oficiales de la II internacional, era también la de la fracción menchevique del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia). Para unos y otros la actitud del movimiento obrero y sus organizaciones debía consistir en apoyar, como ala izquierda, a la burguesía en la lucha contra el régimen despótico del zarismo. De esta manera Rusia encarrilaría su futuro hacia el desarrollo del capitalismo una vez liberada de la pesada herencia feudal y se crearían las bases materiales para el fortalecimiento del proletariado y para una futura transformación socialista de la sociedad.

Este punto de vista fue criticado por numerosos revolucionarios rusos y por Rosa Luxemburgo. Trotsky, que jugó un papel fundamental en la revolución como presidente del Soviet de San Petersburgo, consideraba la cuestión de forma muy diferente. Para él no quedaba duda de que en Rusia las relaciones de producción dominantes eran capitalistas, aunque muy desiguales y combinadas con la pervivencia de formas económicas heredadas del pasado feudal. Esta forma de desarrollo desigual y combinado, también determinaba la propia estructura de las clases y su papel en el proceso revolucionario. La nobleza terrateniente imponía al campesino formas de dominación semifeudales, además de controlar el régimen político y ser el principal sostén del zarismo. Por otro lado la burguesía rusa estaba vinculada a esta nobleza a través de negocios comunes en la exportación de grano y en la propia industria, conformando con ella una oligarquía similar a la de otros países capitalistas atrasados. Esta burguesía había demostrado una extrema debilidad política y una renuncia expresa a llevar adelante las tareas que la historia le había asignado. Por otra parte los vínculos del estado zarista y de la burguesía rusa con el capital imperialista de Francia y Gran Bretaña eran evidentes.

Tanto Trotsky como Lenin consideraban a la burguesía rusa una clase contrarrevolucionaria incapaz de llevar adelante las tareas de la revolución democrático-burguesa, es decir, las tareas de la reforma agraria, la separación de la Iglesia y el Estado, la resolución de la cuestión de las nacionalidades o la industrialización de la nación, entre otras.

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El estallido de la revolución rusa de 1905 convulsionó las filas de la socialdemocracia alemana. Desde el primer momento Rosa Luxemburgo saludó con entusiasmo el movimiento revolucionario de las masas obreras. 


De este análisis se derivaba el papel del proletariado en la revolución. Para Trotsky no quedaba ninguna duda, solo la clase obrera en el poder, en alianza con el campesinado pobre, podría llevar a cabo estas tareas, pero eso mismo implicaría la liquidación del régimen autoritario del zarismo y la propiedad burguesa. Las tareas democráticas enlazarían sin interrupción con las socialistas o lo que es lo mismo, para llevar a cabo las primeras se necesitaría de la democracia obrera y la expropiación del capitalismo ruso y de la propiedad imperialista. Esta postura política, que adoptaría el nombre de revolución permanente, fue también la de Rosa Luxemburgo en 1905. Lenin, que partía del mismo punto que Trotsky, estableció la fórmula de dictadura democrático-revolucionaria de obreros y campesinos para el futuro Gobierno revolucionario. En cualquier caso, estas diferencias entre Trotsky y Rosa Luxemburgo por un lado, y Lenin de otro, se resolvieron durante la revolución de 1917. Lenin no tuvo el menor complejo en abandonar su antigua definición, lo que le valió un duro enfrentamiento con una capa de los viejos dirigentes bolcheviques. En sus tesis de Abril se solidarizó completamente con la posición de Trotsky y a partir de ese momento las fuerzas del marxismo ruso encararon decisivamente la lucha por el poder socialista.

En 1905 Rosa Luxemburgo combatió sin ninguna vacilación la posición de los mencheviques y de sus aliados internacionales demostrando su calidad como teórica marxista. Esto no impidió que mantuviese duras polémicas con Lenin, especialmente en lo referido a la estructura interna del partido, y también sobre el papel creativo de las masas en movimiento. Muchas de estas polémicas y diferencias han sido deformadas por la escuela estalinista que durante décadas no se cansó de distorsionar la auténtica posición de Rosa, estableciendo lugares comunes que han sido aceptados por amplios sectores del movimiento comunista sin crítica alguna.

En realidad Lenin, que batallaba contra la indolencia y el reformismo de los mencheviques, y por establecer las bases de un fuerte partido marxista de masas, presentaba sus argumentos de una forma extremadamente rígida para enfatizar lo que él consideraba los puntos esenciales. Rosa Luxemburgo, mucho mejor conocedora que Lenin de la vida interna de la socialdemocracia alemana y del papel especialmente negativo en el desarrollo del reformismo que jugaba un aparato cada vez más crecido y liberado del control de la base, no podía sino aportar cautelas críticas a las ideas de Lenin sobre el carácter centralizado del partido. De igual manera otras posturas que Lenin había vertido en escritos como Qué hacer, donde asignaba a la clase obrera una conciencia puramente sindical para remarcar el papel fundamental del partido marxista como agitador y organizador del movimiento y que más tarde serían rectificados por el propio Lenin, también fueron elemento de discrepancia con Rosa. Dicho esto, las relaciones entre ambos revolucionarios fueron siempre de una gran calidad, y jamás se tradujeron en calumnias ni difamaciones. Todavía quedaban lejos los métodos desleales y ponzoñosos de la escuela de falsificación estalinista.

Las enseñanzas políticas de la revolución de 1905 también supusieron un aldabonazo para el proletariado polaco y abrieron otros campos de batalla en el seno de la socialdemocracia alemana. Partiendo de las lecciones de la revolución rusa, Rosa Luxemburgo considera el papel de la huelga de masas como un instrumento de primer orden en la lucha revolucionaria por el poder. Su escrito Huelga de masas, partido y sindicatos constituye el principal alegato contra las posiciones gradualistas y de colaboración de clases mantenidas por los dirigentes del SPD y de los sindicatos y abre un profundo debate entre las bases socialistas. El capítulo dedicado a esta cuestión en el libro de Frolich, donde se tratan extensamente los argumentos de Rosa y los de sus detractores, consigue transmitir una extraordinaria visión de conjunto. Gran parte de las ideas sobre la llamada “espontaneidad de las masas” provienen de este debate, en el que Rosa Luxemburgo trata de sacar conclusiones de la experiencia de los trabajadores rusos frente a la posición esclerótica y reformista de los dirigentes mencheviques. Como Frölich señala, “Rosa Luxemburgo incurrió en una falta. Al escribir no pensó en las eminencias que corregirían sus pensamientos después de su muerte. De esta forma puede demostrarse su ‘teoría de la espontaneidad’, con docenas de citas entresacadas de sus escritos. Escribía para su tiempo y para el movimiento obrero alemán en el que la organización se había convertido en un fin por sí misma”.

Para Rosa Luxemburgo el movimiento revolucionario de la lucha de clases no podía ser delineado como un plan preestablecido desde los despachos oficiales del partido. La vida era más compleja y rica en acontecimientos que cualquier manual burocrático. Obviamente la espontaneidad que las masas pueden demostrar en la acción, como siempre ha sido en el caso de las revoluciones, desde la rusa a la española de 1936/39 o más recientemente en Argentina, no excluye la necesidad de una dirección revolucionaria experimentada que cuente con una táctica y un programa para garantizar el triunfo. Rosa explicó esto en numerosas ocasiones. Sin embargo, su profundo rechazo al papel conservador de los funcionarios de la socialdemocracia y del proceso de degeneración reformista del SPD, la hizo infravalorar en más de una ocasión, y especialmente durante la revolución alemana de 1918, la necesidad de establecer una sólida estructura de cuadros marxistas centralizada, disciplinada y con raíces en el movimiento obrero. Esta era la única forma de enfrentar seriamente la tarea de rescatar a las masas trabajadoras de la influencia nefasta del reformismo. En esa cuestión Lenin tenía una posición mucho más correcta sobre la política de cuadros, el carácter del partido y sus tareas en la revolución.

La crisis del capitalismo y la guerra imperialista

Como señalamos al principio de este artículo, Rosa Luxemburgo brilló con luz propia en el firmamento teórico del marxismo. Su producción política abarcó diferentes terrenos desde su lucha contra el revisionismo, a trabajos sobre la cuestión nacional y especialmente otros sobre economía política donde desarrollaría una serie de tesis polémicas y en nuestra opinión equivocadas. Su teoría sobre la crisis y el derrumbe final del capitalismo, asignando a las esferas de territorios no capitalistas un papel clave, le llevó a considerar el fin del reparto colonial como la causa decisiva de la crisis. Obviamente no es este el lugar para desarrollar este punto de su teoría, baste decir que Frölich lo trata con extensión y que las posiciones de la revolucionaria polaca fueron contestadas por otros marxistas como Trotsky, Lenin y Bujarin.

A medida que la crisis del capitalismo se agudizaba, después de un prolongado periodo de ascenso, el papel reaccionario del imperialismo se ponía cada vez más de manifiesto. La amenaza contra millones de hombres y mujeres de todo el mundo, incluyendo a la Europa avanzada, no se limitaba ya a la extrema explotación de la fuerza de trabajo sino a la perspectiva de una guerra devastadora. Como afirma Frölich, cuanto mayor se hacía el peligro del imperialismo tanto mayores eran los esfuerzos de la dirección del partido de evitarlos mediante la política del avestruz. Kautsky, que hasta el momento había conservado el marchamo de teórico ortodoxo del marxismo, elaboró su propia teoría, aprobando la expansión del capitalismo al tiempo que afirmaba que esta expansión no era imperialismo. Sus ideas fueron contestadas por Rosa Luxemburgo en diferentes trabajos y por Lenin en su famoso libro El imperialismo, fase superior del capitalismo. Esta posición de Kautsky presagiaba la bancarrota política de la socialdemocracia enfrentada a la guerra imperialista.

Hay que señalar que en las pugnas fundamentales en el interior de la socialdemocracia alemana, Rosa Luxemburgo siempre mantuvo el punto de vista del marxismo. El propio Lenin tuvo que reconocer posteriormente que en este asunto estaba equivocado, pues en no pocas ocasiones defendió a Kautsky frente a Rosa Luxemburgo.

La crisis prebélica afectó directamente a la socialdemocracia internacional y por supuesto a la alemana. En el interior del SPD se dibujaron tres sectores: la derecha que agrupaba a los organismos dirigentes del partido y los sindicatos, el centro donde a duras penas se situaba Kautsky inclinado siempre a la capitulación ante la derecha en las cuestiones políticas fundamentales, y la izquierda con Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Mehring, Liebknecht, Karski, Rádek y Pannekoek.

El estallido de la guerra imperialista supuso la quiebra definitiva de la II Internacional como organización revolucionaria. Todos los manifiestos internacionales contra la carnicería imperialista aprobados en los congresos de la Internacional, quedaron reducidos a cenizas. Las direcciones de los diferentes partidos socialdemócratas adoptaron una posición chovinista y de apoyo a sus burguesías respectivas, contribuyendo de esta manera a arrojar a millones de proletarios de toda Europa a las trincheras de una guerra reaccionaria.

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El estallido de la guerra imperialista supuso la quiebra definitiva de la II Internacional como organización revolucionaria. Rosa Luxemburgo fue encarcelada prácticamente desde 1916 hasta su liberación por la revolución de enero de 1918. 


El SPD no fue una excepción; su dirección actuó en bloque tras el káiser votando los créditos de guerra y justificando la política agresiva de la burguesía germana. Igual ocurriría con el Partido Socialista en Francia o en Rusia. Tan solo una minoría de la Internacional se mantuvo fiel a los principios del internacionalismo proletario y a la bandera del marxismo. En esa minoría se encontraba Rosa Luxemburgo y sus camaradas de la izquierda del SPD, Lenin y los bolcheviques, Trotsky y unos pocos más.

Rosa Luxemburgo fue encarcelada prácticamente desde 1916 hasta su liberación durante los acontecimientos revolucionarios de enero de 1918. Sus carceleros eran el estado mayor alemán y la dirección socialdemócrata. En la cárcel nunca desesperó, por el contrario contribuyó decididamente a organizar la lucha contra la guerra imperialista y dar forma a la oposición marxista en el seno del SPD. Con la formación de la Liga Espartaquista, Rosa Luxemburgo, Zetkin, Liebknecht, Mehring, Jogiches, y muchos otros, intervinieron en los grandes acontecimientos de la lucha de clases, levantando la bandera del marxismo del barro por el que la socialdemocracia oficial la había arrastrado.

Los capítulos finales de la obra de Frölich, dedicados a la lucha contra la guerra, la organización clandestina del movimiento espartaquista y la propia revolución alemana, están cargados de una emoción difícil de describir. Ningún revolucionario quedará indiferente al leer estas páginas.

El asesinato de Rosa Luxemburgo y Liebknecht a manos de la guardia contrarrevolucionaria del socialdemócrata Noske, decapitó la revolución y acabó con la vida de dos líderes del proletariado mundial. Sin embargo la obra de Rosa Luxemburgo y su ejemplo militante es un tesoro legado a las futuras generaciones.

Hoy es el momento de rescatar su pensamiento político y su contribución decisiva a la lucha por el socialismo, y limpiar su memoria de las calumnias con que el estalinismo intentó cubrir su figura durante décadas. Coincidimos por ello completamente con Lenin, cuando a propósito de la publicación de su fragmentario escrito sobre la revolución rusa, escribió: “Vamos a contestar a esto con dos líneas de una estupenda fábula rusa: un águila puede en ocasiones descender más bajo que una gallina, pero una gallina jamás podrá ascender a la altura que puede hacerlo un águila. Rosa Luxemburgo se equivocó en la cuestión de la independencia de Polonia; se equivocó en 1903 cuando enjuició al menchevismo ... (sigue toda una serie de equivocaciones) ... Pero a pesar de todas esas faltas fue y sigue siendo un águila; y no solamente su recuerdo será siempre venerado por los comunistas de todo el mundo, sino que su biografía y la edición de sus obras completas (con las que los comunistas alemanes se retrasan en forma inexplicable, lo que parcialmente se puede disculpar pensando en la insólita cantidad de víctimas que han registrado en su lucha) representarán una valiosa lección para la educación de muchas generaciones de comunistas de todo el mundo” (escrito en febrero de 1922, publicado en Pravda núm 87, 16 de abril de 1924).

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Este artículo ha sido publicado en la revista Marxismo Hoy número 10. Puedes acceder aquí a todo el contenido de esta revista. 

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