La guerra imperialista en Ucrania ha llegado a un punto crítico. El hecho incuestionable de que Rusia haya consolidado sus objetivos militares y en estos momentos controle cerca de un 20% del territorio ucraniano, ha desatado una campaña de propaganda nauseabunda por parte de las potencias occidentales.

Según el guion escrito por el Departamento de Estado, y que los burócratas de Bruselas amplifican a cada hora, Putin está colocando a la humanidad al borde de una hecatombe nuclear. Sin embargo, la única potencia que hasta el momento es experta en la utilización de armas de destrucción masiva contra naciones y pueblos indefensos es EEUU. Es importante recordar la historia para no caer en las triquiñuelas y los engaños de la maquinaria de comunicación imperialista.

Un saldo de destrucción y muerte

Las bombas nucleares lanzadas el 6 y el 9 de agosto de 1945 después de seis meses de intenso bombardeo de otras 67 ciudades japonesas, mataron a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki. Un total de 246.000 civiles murieron cuando el ejército del Emperador Hirohito estaba completamente derrotado. Estos dos ataques salvajes, ordenados por el presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, tenían también otros destinatarios: la Unión Soviética, cuyo Ejército Rojo había alcanzado Berlín derrotando a las fuerzas militares de Hitler en Europa, y los ejércitos guerrilleros de Mao Tse-Tung que libraban una guerra revolucionaria contra el imperialismo japonés y las tropas del Kuomintang.

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Las bombas nucleares lanzadas el 6 y el 9 de agosto de 1945, después de seis meses de intenso bombardeo de otras 67 ciudades japonesas, mataron a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki. 


Aunque este fue el caso más demencial del militarismo norteamericano, el final de la Segunda Guerra Mundial ofrece otros ejemplos de carnicerías contra la población indefensa. Entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, la Real Fuerza Aérea británica (RAF) y las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos (USAAF) programaron cuatro incursiones sobre la ciudad alemana de Dresde. En la acción participaron más de 1.000 bombarderos pesados que soltaron más de 4.000 toneladas de bombas. La llamada “Florencia del Elba” fue reducida a escombros y entre 25.000 y 40.000 civiles perecieron.

Hoy se alude insistentemente a los crímenes de guerra de las tropas de Putin, pero es importante señalar a las potencias que sí tienen una larga historia de crímenes de guerra probados y documentados. Si nos remontamos al pasado colonial de Inglaterra, Francia o Bélgica y las atrocidades que llevaron a cabo en la India, en Kenia, en Indochina o el Congo, por citar algunos ejemplos destacados, la narrativa adquiere una tonalidad diferente. Si nos acercamos a los casos en los que Washington se ha visto implicado directamente, entonces las mentiras de la propaganda adquieren una dimensión aún más cínica y despreciable.

En 1950 los EEUU emprendieron una guerra devastadora contra el pueblo de Corea. En un año, la fuerza aérea norteamericana arrojó 600.000 toneladas de bombas, más que las utilizadas en el Pacífico durante toda la Segunda Guerra Mundial, y vertió 30.000 toneladas de Napalm. Más del 80% de los edificios de Corea del Norte fueron destruidos, y se estima que los bombardeos norteamericanos mataron a más de un millón de sus civiles, aunque las cifras totales superan los dos millones y medio de muertos. Otros cinco millones perdieron sus casas y más de dos millones se convirtieron en refugiados.

La intervención estadounidense en Vietnam provocó la muerte de más de tres millones de vietnamitas. Estados Unidos lanzó siete millones de toneladas de bombas, más del triple de las que arrojó en Europa y Asia durante toda la Segunda Guerra Mundial y diez veces más que en la guerra de Corea.

La Administración Kennedy autorizó el uso de armas químicas que además de provocar una catástrofe medioambiental envenenaron a la población. Durante años una epidemia de abortos prematuros, nacimientos con malformaciones y esterilidad afectó a cientos de miles de mujeres vietnamitas. Según el Gobierno de Vietnam, 400.000 personas murieron por el uso de Agente Naranja y 500.000 niños nacieron con enfermedades congénitas. En 2006 las evaluaciones oficiales estimaron que cuatro millones de ciudadanos sufrían todavía envenenamiento por dioxina.

Los responsables políticos de EEUU idearon y planificaron una campaña anticomunista para frenar el avance de la revolución, que fue llevada a cabo con las técnicas más brutales de un continente a otro. La CIA y el Departamento de Estado organizaron los golpes de Estado en Irán y Guatemala en 1953 y 1954, patrocinaron el régimen de Stroessner en Paraguay, el golpe militar en Brasil de 1964 que dio paso a una dictadura sangrienta, e incitaron y coordinaron la matanza de un millón de trabajadores indonesios y militantes comunistas en 1965 tras el Golpe militar de Suharto.

Estuvieron implicados directamente en el derrocamiento de Patrice Lumumba en el Congo en 1960 y en su posterior asesinato en 1961, en la asonada militar de Hugo Banzer en Bolivia en 1971, en el golpe contra Salvador Allende en 1973 y de la Junta Militar argentina en 1976, y armaron hasta los dientes a los Gobiernos genocidas de El Salvador, Colombia y Guatemala. Los autoproclamados garantes del “mundo libre” y la “democracia” planearon la Operación Cóndor que acabó con la vida de decenas de miles de militantes de la izquierda e institucionalizó la tortura como método represivo.

El imperialismo norteamericano ha sido el valedor de los regímenes dictatoriales del norte de África (Marruecos, Egipto, Túnez…), y ha brindado un apoyo militar y económico fundamental al Estado sionista israelí en sus operaciones anexionistas de Palestina y en las matanzas y encarcelamientos de miles de jóvenes que en los territorios ocupados han combatido esta injusticia. Fue el pilar que sostuvo a la dictadura de Franco, a la de Portugal,  y a la Junta de los Coroneles en Grecia. Durante décadas crearon en secreto la red Gladio en Europa, financiaron a la contra en Nicaragua, continuaron con el bloqueo criminal contra Cuba después de fracasar en su intento de invasión de la Isla, y protegieron al régimen del PRI en México con sus cientos de miles de desaparecidos…

Más recientemente, las políticas de los EEUU en el Este europeo tras el colapso de la URSS no solo impusieron su agenda neoliberal en decenas de países que fueron llevados al empobrecimiento, también permitieron a la OTAN levantar un cerco hostil contra Rusia. En el nuevo orden mundial que crearon, las intervenciones militares y las atrocidades que las acompañaron dieron un nuevo salto de cantidad y calidad.

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La Administración Kennedy autorizó en Vietnam el uso de armas químicas en grandes extensiones, que además de provocar una catástrofe medioambiental envenenaron a la población.


Yugoslavia se sumió en una guerra catastrófica que acabó con una nueva balcanización de su territorio para mayor beneficio del capital norteamericano y alemán. Con el argumento de la lucha contra el “terrorismo internacional” y las “armas de destrucción masiva” que supuestamente fabricaba el régimen de Sadam Hussein, invadieron  Afganistán e Iraq, arrasando con infraestructuras  vitales, destruyendo a bombazos ciudades enteras y llevando a cabo la matanza de cientos de miles de civiles inocentes. Lo mismo se puede decir de su intervención en Siria, Yemen, Sudán... Según un estudio de la Universidad de Brown el imperialismo norteamericano y otanista ha causado al menos 900.000 muertos y 38 millones de desplazados y refugiados desde el 11-S de 2001.

La estrategia occidental ha fracasado

La guerra imperialista en Ucrania, como hemos explicado en numerosos materiales[1], se lleva gestando mucho tiempo. Y ha sido el afán de Washington por utilizar este país clave como ariete en su estrategia contra Rusia y China lo que ha terminado por precipitarla.

A pesar de que casi todos los países del antiguo Pacto de Varsovia se han incorporado a la OTAN, el imperialismo estadounidense ha sufrido derrotas sonadas en las últimas décadas (Afganistán, Siria, Irán…) que se suman al fracaso del pulso en la guerra comercial contra China, a la catástrofe de la pandemia que se ha saldado con más de un millón de muertos en suelo estadounidense, y a una decadencia económica y una polarización política que socavan su equilibrio interno.

Ucrania es parte de una contraofensiva global con varios objetivos: en primer lugar frenar decisivamente el avance del bloque imperialista liderado por China y en el que Rusia juega un papel destacado. En segundo lugar reconquistar mercados europeos (especialmente de la energía y la tecnología) que habían perdido frente a China y Rusia, y debilitar la posición hegemónica de Alemania en el viejo continente.

Desmintiendo el relato occidental, a lo largo de 2021 Zelenski y sus patrocinadores diseñaron una nueva doctrina de Seguridad Nacional acordando la incorporación de Ucrania a la OTAN, que tropas de la Alianza pudieran realizar ejercicios militares en su territorio, y convirtiendo en papel mojado los acuerdos de desnuclearización de Ucrania (Budapest 1994) y los que ponían fin a la guerra en el Donbás (Minsk 2015). Washington sabía lo que estaba haciendo.

Tras siete meses de guerra, la estrategia occidental ha cosechado un desastre sin paliativos. Querían dañar hasta el colapso a la economía de Rusia, pero el superávit por cuenta corriente del Kremlin se ha ampliado a casi 167.000 millones de dólares entre enero y julio de este año. Según el think tank finlandés Centre for Research on Energy and Clean Air (CREA), los ingresos rusos por exportaciones energéticas  han alcanzado los 158.000 millones de euros entre febrero y septiembre, y más de la mitad provienen de la UE, 85.000 millones.

La alianza entre Rusia y China, cuestionada estúpidamente por la propaganda occidental, goza de buena salud y desmiente a todos aquellos que califican de neutralidad calculada la posición de Beijing. La última cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái celebrada en Samarcanda (Uzbekistán) lo ha dejado meridianamente claro.

Pero lo más importante es que la clase dominante europea, siguiendo sumisamente los dictados de Washington, está preparando un invierno explosivo en todos los terrenos. La inflación desbocada se come los salarios y la recesión es ya un hecho en Alemania. La crisis política, social y económica se ha enseñoreado de Gran Bretaña, donde el descrédito del nuevo Gobierno conservador de Lizz Truss y la oleada de huelgas y movilizaciones masivas están empujando contra las cuerdas al principal aliado de EEUU. Y las manifestaciones de masas se suceden en la República Checa para pedir el fin de la guerra y de las sanciones contra Rusia, un proceso que se podría repetir en muchos otros países europeos.

El imperialismo norteamericano está poniendo toda la carne en el asador para que la guerra continúe cueste lo que cueste. La cháchara sobre la “pobre Ucrania” o la defensa de los valores de la “democracia” y la “libertad” son una papilla intragable.

Presionando al límite a sus aliados europeos y utilizando la OTAN para impulsar un rearme general, Washington está intentando por todos los medios cambiar la dinámica de la guerra. Y lo hace porque no le queda otra solución: no puede perder más influencia en Europa y retroceder más ante China y Rusia.

Apoyo militar y sabotaje

Los últimos reveses militares encajados por Rusia, especialmente en el área de Járkov, lo han dejado claro. Como señala Scott Ritter, exoficial de inteligencia del Cuerpo de Marines, “la OTAN localizó cuidadosamente las costuras en las defensas rusas e identificó nodos críticos de mando y control, logística y concentración de reserva que fueron atacados por la artillería ucraniana, que opera en un plan de control de fuego creado por la OTAN. En resumen, el ejército ucraniano que Rusia enfrentó en Kherson y alrededor de Kharkov no se parecía a ningún oponente ucraniano al que se hubiera enfrentado anteriormente. Rusia ya no luchaba contra un ejército ucraniano equipado por la OTAN, sino contra un ejército de la OTAN tripulado por ucranianos”[2].

La ayuda económica y militar de EEUU al Gobierno títere de Zelensky no tiene precedentes: en tan solo seis meses supera a lo que envió en 2020 a Afganistán, Israel y Egipto juntos, y algunos analistas la estiman en más de 40.000 millones de dólares.

Esta son las razones que han obligado a  Putin a hacer algo que no quería: llamar a una movilización parcial de 300.000 reservistas. En el discurso dirigido a la nación del 21 de septiembre, el presidente ruso dejó claro que esta guerra es existencial para su régimen:

          “(…) El propósito de Occidente es debilitar, dividir y finalmente destruir nuestro país. Ya están diciendo directamente que en 1991 pudieron dividir la Unión Soviética, y ahora ha llegado el momento de que Rusia misma se desintegre en muchas regiones mortalmente hostiles (…) Y si la integridad territorial de nuestro país se ve amenazada, sin duda utilizaremos todos los medios a nuestro alcance para proteger a Rusia y a nuestro pueblo. No es un farol”[3].

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La ayuda económica y militar de EEUU al Gobierno títere de Zelenski supera lo que envió en 2020 a Afganistán, Israel y Egipto juntos. 


Obligado a fortificar sus conquistas en el Donbás, el objetivo más preciado de los poderes imperialistas rusos por sus enormes recursos mineros, metalúrgicos y petroleros, Putin dio un paso importante organizando referéndums en Jersón, en territorios de las provincias de Mikolaiv y de Zaporiyia, y en las repúblicas de Lugansk y Donetsk, con un resultado “abrumadoramente” favorable a la anexión a Rusia.

Inmediatamente después se produjeron los sabotajes del Nord Stream, curiosamente en aguas de países de la OTAN y sometidas a un control exhaustivo por parte de la inteligencia occidental. ¿A quién beneficia estos atentados? Es evidente que a EEUU, que tiene un argumento más para arrastrar a Europa en su dinámica de guerra, impedir la apertura de negociaciones de paz, atizar la campaña antirrusa entre la opinión pública y avanzar en la lucha por el mercado energético europeo.

No son casualidad las declaraciones del secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken,  afirmando que lo ocurrido con los Nord Stream “ofrece una gran oportunidad estratégica para los años venideros”.

En esta batalla por la supremacía mundial, la amenaza de una catástrofe nuclear no se puede tomar a broma. Lo que está en juego para la humanidad es demasiado importante para considerarla una mera especulación. Por eso mismo la clase obrera europea y la izquierda combativa debemos rechazar con firmeza las mentiras de la propaganda occidental.

Una alternativa comunista e internacionalista contra la guerra imperialista

Mientras los grandes monopolios, los fondos de inversión, la banca y la industria armamentista se llenan los bolsillos con esta guerra y quieren continuarla sin importarles un bledo el sufrimiento del pueblo ucraniano y europeo, los comunistas revolucionarios levantamos la bandera del internacionalismo: ¡Abajo la guerra imperialista! ¡Fuera las tropas de Putin, fuera la OTAN de Ucrania! ¡Por la disolución de la Alianza Atlántica, por la derrota del militarismo internacional!

En una guerra reaccionaria como es esta, en la que se está coqueteando con la infame idea de recurrir a armas nucleares y cuya dinámica podría escalar aún más, la obligación de los trabajadores con conciencia de clase es negar cualquier tipo de apoyo a nuestra burguesía nacional. ¡El enemigo principal está en casa!¡Ni un soldado, ni una bala, ni un euro para esta guerra!

Los comunistas internacionalistas, siguiendo el ejemplo de Lenin, defendemos el derecho de Ucrania a la autodeterminación y la independencia, pero sería una traición a la causa de los trabajadores y del socialismo colocarnos bajo el ala del Gobierno de Zelenski y pedir “armas para Ucrania”. En estos momentos el ejército ucraniano es un instrumento del imperialismo occidental y no libra ninguna guerra de liberación nacional.

Abogamos por la acción revolucionaria de la clase obrera ucraniana, lo que supone romper con cualquier subordinación al imperialismo y a su Gobierno títere. Solo una Ucrania socialista dirigida por los trabajadores y los oprimidos podrá conquistar la independencia real del país y mantener unas relaciones fraternales con el pueblo ruso.

La clase obrera de Rusia también está llamada a ajustar cuentas con su Gobierno burgués, imperialista y chovinista. No tiene nada que ganar en esta guerra, y no podrá ser libre si apuntala la opresión de otros pueblos como el ucraniano. Esa es la gran lección que aportó la Revolución de Octubre de 1917. La matanza en las trincheras es en beneficio de los explotadores, los ladrones y los bandidos de ambos lados.

Si queremos una paz justa sin anexiones y sin las cargas económicas que los imperialistas impondrán a los obreros de Ucrania, de Rusia e internacionalmente, hay que decir claramente que el único camino es la organización revolucionaria de los trabajadores para derrocar a los Gobiernos capitalistas y destruir su Estado.

Notas:

[1] En www.izquierdarevolucionaria.net se puede consultar todas nuestras declaraciones.

[2] Scot Ritter, Why Russia Will Still Win, Despite Ukraine’s Gains https://consortiumnews.com/2022/09/12/scott-ritter-why-russia-will-still-win-despite-ukraines-gains/

[3] El texto completo del discurso en https://consortiumnews.com/2022/09/21/text-of-putins-speech-on-ukraine/


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