Portugal_maniEl pasado 12 de marzo cientos de miles de portugueses protagonizaron la mayor movilización sucedida en el país desde la Revolución de Los Claveles. Promovidas por el movimiento juvenil “Generaçao á rasca”, que se podría traducir como “generación basura”, hubo manifestaciones masivas en varias ciudades (unos 300.000 manifestantes en Lisboa y 80.000 en Oporto). Jóvenes y trabajadores se unieron para expresar su malestar ante el negro presente y peor futuro que les espera.

A los medios de comunicación burgueses no les ha quedado más remedio que hacerse eco de esas manifestaciones, por su masividad. Han puesto mucho énfasis en que fueron convocadas a través de Facebook, resaltando esta forma de convocatoria para restar importancia a lo fundamental, su fondo político: el profundo malestar social de la juventud portuguesa y la gran carga de crítica hacia el sistema capitalista.
Poco o nada se dijo en la prensa burguesa española, sin embargo, de que sólo una semana después, el 19 de marzo, decenas de miles de trabajadores salieron a la calle en Lisboa convocados por la principal central sindical del país, la CGTP, bajo el lema de “Día de indignación y protesta”, denunciando el desempleo, la carestía de la vida, las desigualdades y pidiendo un cambio en el rumbo político. La respuesta del gobierno del PS fue llegar a un acuerdo con la patronal y el sindicato UGT para aprobar una reforma laboral que, entre otras cosas, abarata el despido, pasando de 30 a 20 días de indemnización por año trabajado. La CGTP ya ha anunciado una nueva fecha de lucha el 1 de abril.

Una economía en caída libre

La situación económica en Portugal no puede ser más desastrosa, con una deuda pública que ya supera el 90% del PIB y previsiones del Banco Central Portugués de que la economía se contraerá un 1,3% en el 2011. Se calcula que entre el sector público y privado se deberán de afrontar pagos de deuda e intereses, sólo este año, de 80.000 millones de euros (casi la mitad del PIB). Sólo hasta junio el Estado necesitará 11.500 millones de euros, habiendo pagado ya hasta finales de marzo cerca de otros 11.000 millones. Con esta situación los llamados “mercados” (la banca y otras entidades especuladoras) se ceban con Portugal estableciendo unos elevados tipos de interés, que penalizan las emisiones de deuda con tasas que en ocasiones superan el 8%.
Para los trabajadores y jóvenes las cosas están todavía peor. La tasa de paro supera ya el 11% (más del 40% para los menores de 34 años con estudios superiores). Portugal es el tercer país con más trabajadores temporales de Europa, tres de cada diez empresas tienen trabajadores sin contrato y hay dos millones de pobres (sobre una población de diez).
Basta echar un vistazo al nivel medio de los salarios para entender de forma clara el grado de miseria hacia el que avanzan gran parte de los trabajadores portugueses. Así, tenemos por ejemplo, según datos del Centro Nacional de Empleos, que un plomero cobra 450 euros, un dentista 700 euros y un programador informático unos 600. Y la cosa aún empeora más si hablamos de los pensionistas, donde un 85% viven con menos de 360 euros, es decir 1,5 millones sobre un total de 1,9.

El color verde de la precariedad

Según datos del Instituto Nacional de Estadística del 2007, 1,2 millones de personas, de un total de 5,6 millones de trabajadores activos, se habían declarado trabajadores independientes o “recibos verdes”, llamados así por el color de las facturas que reciben quienes contratan sus servicios. El “recibo verde” es una forma de contratación surgida a finales de los años 70, por la que los trabajadores que se acogen a ella no tienen derecho ni a vacaciones, ni a desempleo y deben de pagarse ellos solos la seguridad social. La burguesía portuguesa vendió de forma engañosa este sistema como la manera por la que todos los trabajadores podrían llegar a ser empresarios algún día, pero sus efectos han sido otros muy diferentes, las empresas e incluso las administraciones utilizan de forma fraudulenta y generalizada estos “recibos” para ahorrarse costes laborales y pagar salarios más bajos. Así, por ejemplo, desarrollando la misma función, un trabajador con contrato indefinido que gane mil euros, sólo recibiría 550 si fuera “recibo verde”. Se calcula que entre 600.000 y 900.000 trabajadores son falsos “recibos verdes”, que debieran de tener otra forma de contrato con más derechos y mayor salario.
Bajo las consignas retóricas de aumento de la competitividad y de la productividad, en los últimos 30 años Portugal se ha convertido en una enorme reserva de mano de obra barata a la cual ya difícilmente le es posible trabajar más y ganar menos. Con la generación juvenil más preparada y con más estudios de su historia, la única salida que muchos encuentran es, como en los años 60 o 70, la emigración, con cifras que se aproximan ya a los 60.000 emigrantes anuales. Decía una de las consignas de la manifestación del día 12 que Portugal “no es país para jóvenes”, habría que decir más bien que “no es país para nadie”.

Rescatar o no rescatar, o mal o peor

El gobierno de José Sócrates ha intentado desesperadamente evitar que Portugal tenga que ser rescatado, al estilo de lo que ya ha pasado en Grecia o en Irlanda. Para ello, ha lanzado hasta cuatro planes de ajuste, llamados imaginativamente “Programas de Estabilidad y Crecimiento” (PEC), todos ellos cortados por el mismo patrón: recortes en los salarios, recortes en las pensiones, recortes en los gastos educativos y sanitarios, recortes y más recortes. Ni por esas se ha podido frenar el ataque especulativo de los mercados, y además de significar una nueva vuelta de tuerca en el empobrecimiento de los trabajadores y pensionistas, suponen un freno a cualquier posibilidad de recuperación económica en el futuro más inmediato.
La situación se ha desbocado definitivamente cuando el cuarto PEC fue rechazado el 24 de marzo por el parlamento, donde no sólo el PCP y el Bloco votaron en contra, sino que también lo hicieron esta vez la derecha y la extrema derecha. No es que la derecha no esté a favor de los ajustes, sino que el conservador PSD ha visto la posibilidad de forzar un adelanto electoral y recuperar el poder, que usaría para llevar a cabo programas de ajuste tan o más duros que los del partido socialista. De hecho, el PSD y el CDS se han comprometido ante el presidente portugués, Cavaco Silva (del PDS), a defender los planes de ajuste fiscal para los próximos años. La actitud de la derecha, en la que está prevaleciendo sus intereses electorales inmediatos, introduce más inestabilidad aún en la situación política de Portugal. Su rechazo a los planes del gobierno ha precipitado la dimisión del primer ministro, Sócrates, y el anuncio de elecciones anticipadas para el 5 de junio. A la crisis económica y social, marcada por unas crecientes movilizaciones, se suma un periodo de mayor inestabilidad política e institucional, derivado de la propia debilidad de la burguesía portuguesa.
Los rescates, como ya se ha visto en los casos griego e irlandés, no van a suponer ninguna solución para los trabajadores portugueses, su único objetivo es salvaguardar los intereses de los grandes capitales financieros y especulativos, no es un dinero que se da, sino un dinero que se presta y hay que devolver, sujeto a la ejecución de nuevos planes de recorte. Esa es la lógica del capital, o haces ajustes primero y no te rescato, o te rescato y vas a tener que ajustar de todas formas. O mal, o peor, todo sea por defender los beneficios de los capitalistas.
Al igual que en 1974 la única salida para la clase obrera portuguesa es la lucha por la transformación socialista de la sociedad. El terreno está abonado para ello, las recientes manifestaciones y la exitosa huelga general de noviembre demuestran que existe voluntad de lucha por parte de los trabajadores y jóvenes. No hay sitio para la resignación, con esa capacidad de lucha, un programa socialista y una dirección política que sepa estar a la altura, la clase obrera portuguesa encontraría un futuro mejor. No hay otra opción: socialismo o barbarie.


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