El mundo se encuentra atónito ante esta enésima muestra de barbarie. Dos genocidas han emprendido una nueva guerra imperialista de consecuencias imprevisibles. Según pasan los días las cifras de civiles muertos se multiplican — más de 1.500 según las últimas informaciones— y decenas de miles huyen de sus hogares, mientras las imágenes de destrucción en Irán y el Líbano no cesan, y los efectos en la economía global golpean duramente a millones de trabajadores.
La maquinaria más sangrienta y contrarrevolucionaria de la Historia, el imperialismo norteamericano, se pone de nuevo en acción no para defender la democracia ni al pueblo iraní, sino para controlar el petróleo de un país soberano y obtener ventajas geoestratégicas en la pugna por la hegemonía mundial.
Pero las previsiones de una guerra que durase pocos días y obligase al régimen a hacerse el harakiri han chocado con una dura realidad. Trump y Netanyahu han eliminado a buena parte de la dirigencia fundamentalista en Teherán, empezando por el presidente Jameneí, el ministro de Defensa y el jefe de la Guardia Revolucionaria Islámica, pero nada de eso ha impedido que los combates se extiendan al conjunto de Oriente Medio y que un gran signo de interrogación planee sobre el desenlace de este conflicto.

La posibilidad de que Washington y Tel Aviv pudieran fracasar en su pretensión de derribar violentamente a los mulás, y que estalle una oleada de protestas masivas a su intervención militarista tanto en el interior de EEUU, como en Europa y en el mundo crece a cada hora que el conflicto se prolonga.
El escenario militar, geopolítico y económico se ha vuelto extraordinariamente crítico con esta intervención, y sus consecuencias para la lucha de clases y el proceso de toma de conciencia de millones de oprimidos no serán menos importantes.
Un salto cualitativo en la escalada sangrienta de Washington
Esta guerra, como el conflicto ucraniano, el genocidio en Gaza o la intervención en Venezuela del pasado mes de enero, solo puede entenderse como parte de la lucha emprendida por el imperialismo estadounidense para contener el ascenso del bloque liderado por China y Rusia.
Trump, y el poderoso sector de la clase dominante al que representa, han llegado a la conclusión de que volver a convertir EEUU en la potencia industrial que fue, y dominar así la economía global, es una ilusión. Las dificultades de hacer retroceder la rueda de la Historia son más que evidentes.
Un proceso de repatriación económica masiva para desarrollar la manufactura made in USA, y hablar de tú a tú a China (que acapara en estos momentos el 40% de la producción mundial de mercancías), ni moviliza ni entusiasma al gran capital estadounidense cuando la especulación bursátil, el negocio de la deuda y el saqueo fiscal les proporciona dividendos formidables desde hace décadas.
Trump no puede dejar de reconocer que su ofensiva arancelaria contra China ha fracasado, que los objetivos de reducir su déficit comercial con el gigante asiático también, que en múltiples terrenos, ya sea las energías renovables, el sector de la automoción, el comercio electrónico, las materias primas estratégicas y las tierras raras, las cadenas globales de suministro, o la ciencia, la robótica, la inteligencia artificial… su desventaja no hace más que agrandarse.
Por estas razones, la única manera de cumplir con el mandato de MAGA es utilizar de la forma más radical y beligerante la enorme fuerza militar de que dispone EEUU. Aquellos que creyeron que la supremacía norteamericana renacería movilizando los recursos internos del país y practicando el aislacionismo, no comprendían la naturaleza orgánica de la decadencia estadounidense, ni las auténticas aspiraciones que motivan el nacionalismo económico del trumpismo. El intento de recobrar el esplendor perdido abocaba a nuevas y brutales aventuras militares en el exterior, a una acción imperialista aún más agresiva.

Trump, y el sector de la burguesía que alienta sus movimientos, están convencidos de que poseen los medios para provocar un gran daño a sus competidores y condicionar la marcha de la economía mundial. La estrategia de hacerse con las llaves del suministro energético global no es un detalle, es un principio rector en esta fase. Controlar la producción y el suministro de Gas Natural Licuado y las reservas fundamentales de petróleo es su objetivo.
La intervención en Venezuela y la sumisión aberrante de Delci Rodríguez, que ha aceptado sin rechistar toda la hoja de ruta trumpista, y el control de Oriente Medio por todos los medios posibles, convertiría a EEUU en la principal potencia de energía fósil, y en términos de hegemonía capitalista esto es clave porque otorga una gran poder y capacidad de disuasión.
Por supuesto, recurrir constantemente a la guerra para suplir las debilidades estructurales de su economía tiene muchos riesgos. EEUU lo sabe porque ha mordido el polvo en numerosas ocasiones en las últimas décadas. La intervención en Irak, en Afganistán, o el conflicto con Rusia utilizando a Ucrania como ariete, no han supuesto ninguna victoria para Washington.
Pero la burguesía estadounidense, al menos un sector de mucho peso en el contexto actual como los grandes monopolios tecnológicos, de la energía y los financieros, han sacado la conclusión de que la audacia a la hora de emplear la máxima violencia en sus relaciones con aliados y adversarios puede ofrecerle una ventaja crucial, al menos en el corto plazo. Y están jugando a fondo esa baza.
Apostando a la desintegración de la UE a puñetazo limpio anuncian la próxima anexión de Groenlandia, atizan el auge de la extrema derecha y el nacionalismo reaccionario, imponen el rearme militarista y los acuerdos comerciales draconianos, y la burguesía europea agacha la cabeza mostrando un vasallaje absoluto. Respaldan sin complejos al ente sionista y su fuerza militar para alumbrar un nuevo Oriente Medio a la medida de sus intereses. Y con el golpe desencadenado en Venezuela ha vuelto a dejar claro que lo que no pueden conseguir por las buenas lo pueden lograr por las malas.
Al fin y al cabo, como muchos otros dirigentes totalitarios del pasado, Trump y Netanyahu piensan que con la violencia se puede cambiar el curso de los acontecimientos y ensanchar la base material de su dominación.
La violencia militarista es parte del ADN del imperialismo. Hitler lo sabía muy bien. Pero los triunfos arrolladores del líder nazi, al que la burguesía británica, francesa y estadounidense trataron de refrenar con su política de apaciguamiento, también se volvieron en su contrario. A pesar de todos sus crímenes, del Holocausto judío, de la destrucción masiva y la muerte de millones de inocentes, la resistencia heroica del Ejército Rojo y de las masas obreras de toda Europa le derrotaron. Finalmente, la lucha de clases decidió.
Trump y Netanyahu han apostado por iniciar una guerra sangrienta en un área geoestratégica clave, y lo han hecho tras convencerse a sí mismos de que no hay potencia ni circunstancia que les pueda parar. El genocidio en Gaza y Cisjordania, los golpes asestados a Hezbolá en el Líbano, la intervención en Siria y Venezuela les han llenado de confianza para lanzar la ofensiva “definitiva” sobre Irán. ¿Por qué no?
Han estimado que las debilidades del régimen integrista, tras la brutal represión del mes de enero contra la población iraní indefensa, les proporcionaba la oportunidad ideal para derribarlo, bien por rendición, mediante un golpe de Estado “amigo”, o por una insurrección “popular”. Y, sin embargo, Irán demuestra que es un escenario mucho más complicado del que preveían.

La decisión de Trump representa un salto cualitativo que puede acabar convirtiéndose en un boomerang contra Washington. Durante 45 años, EEUU nunca se decidió a iniciar un conflicto de esta envergadura con Teherán a causa precisamente del temor a que acabase fuera de control y provocase una desestabilización regional y global.
Pero Trump y sectores clave de la clase dominante han superado esa fase y sus coordenadas son otras. Piensan que si dinamitan el orden político y económico que ellos mismos forjaron tras la Segunda Guerra Mundial, y que tantos réditos les reportó tras el derrumbe de la URSS y el colapso del estalinismo, pueden volver a poner el mundo a sus pies.
El obstáculo más importante con el que han chocado en sus planes no ha sido ni el derecho internacional, la ONU o ningún tribunal penal, sino la acción decidida de millones de trabajadores y jóvenes. En primer lugar, el movimiento masivo de solidaridad internacionalista que llenó las calles de todo el mundo en apoyo al pueblo palestino. En segundo lugar, la movilización de la clase obrera y la juventud estadounidense contra la agenda autoritaria de la Administración Trump, que ha congregado a millones en las manifestaciones de No Kings, y ha hecho posible la huelga general de Minneapolis contra el terror de las bandas neonazis del ICE. Y será también la movilización de masas, las huelgas y la protesta social la que vuelva a poner en la picota esta nueva guerra criminal.
Teherán responde a EEUU e Israel, y a sus aliados de Oriente Medio
Como hemos analizado en anteriores declaraciones, esta guerra no tiene nada que ver con la defensa de la democracia o con los derechos de las mujeres, que tanto Trump como Netanyahu aplastan en sus propios países y en todo el mundo. Ni siquiera va del plan nuclear iraní. La posibilidad de conseguir a corto plazo la bomba atómica ha sido desmentida por todos los informes de la OIEA e incluso por documentos internos del Pentágono y la CIA.
Washington busca un cambio de régimen en Teherán para adueñarse del petróleo y el gas, reduciendo Irán a la condición de protectorado colonial y sacándolo de la órbita de China y Rusia. Un desenlace de este tipo infligiría un golpe a ambas potencias muy superior a los que han recibido tras la caída de Siria y Venezuela.
Obviamente, Trump busca recomponer su apoyo dentro de los EEUU y desviar la atención de la crisis interna y el levantamiento contra sus políticas racistas y totalitarias, dando confianza a los sectores más reaccionarios en la batalla contra el “enemigo interno”, esto es, la comunidad inmigrante, la clase obrera nativa y la izquierda combativa. Pero según las encuestas solo uno de cada cuatro estadounidenses apoya a Trump, y las fisuras entre su base social, agrandadas tras la publicación de los documentos del caso Epstein y la implicación del presidente en la red de su amigo pederasta, no se van a reparar con la guerra. Al contrario.
Lo cierto es que ni el despliegue de la mayor flota de guerra estadounidense en décadas, ni los bombardeos brutales e indiscriminados sobre territorio iraní, ni el asesinato selectivo de decenas de altos cargos, han logrado que Teherán saque la bandera blanca.

Los drones y misiles iraníes están mostrando efectividad y capacidad para impactar bases militares e intereses estadounidenses en nada más y nada menos que 12 países y golpear seriamente al propio Israel, como ya hicieron en junio de 2025 durante la “guerra de los 12 días”. Esto está provocando dudas y un nerviosismo evidente en el bando imperialista, y críticas internas ante la ausencia de un plan alternativo al de una victoria rápida e incontestable tras el primer ataque.
En menos de 48 horas, Trump y su secretario de Estado Marco Rubio tuvieron que abandonar sus discursos triunfalistas prometiendo un paseo militar como en Venezuela, y reconocer que las bajas estadounidenses que ya se han producido no serán las últimas, y que la guerra será mucho más complicada y larga de lo que imaginaban. Hablan de cuatro semanas, pero los propios análisis del Pentágono y la CIA advierten de que es difícil marcar un plazo y muestran más interrogantes y preocupaciones que certezas. El propio Netanyahu, tras prometer una guerra rápida, se ha visto obligado a admitir que “puede que nos lleve tiempo, aunque no años”.
Reconociendo que el escenario no es el esperado, el Departamento de Estado ha ordenado a los ciudadanos estadounidenses abandonar el vecino Irak y recomendado a los que viven en las monarquías del Golfo Pérsico, incluidos los “paraísos” de Abu Dhabi o Dubai, o en países aliados como Egipto y el propio Israel que salgan de ellos lo antes posible.
La escalada bélica no deja de aumentar día tras día. De hecho, al escribir esta declaración las amenazas sionistas contra el Líbano, y concretamente contra Beirut presagian una nueva carnicería en vidas humanas y un nuevo éxodo de población civil.
La tentación de endurecer aún más la campaña de bombardeos contra las poblaciones iraníes y libanesas, e infraestructuras civiles y sanitarias, incluso llegando a niveles de destrucción salvajes como hicieron en Gaza, está encima de la mesa. Una escalada semejante tendrá múltiples consecuencias.
Primero, alentará la movilización internacional contra la guerra, profundizando lo ocurrido contra el genocidio. Segundo, acelerará las divisiones en el imperialismo occidental, como ya está ocurriendo con la negativa de Pedro Sánchez a que EEUU utilice abiertamente para sus operaciones las bases militares conjuntas de Rota y Morón, o el rechazo de la jefa de gobierno italiana, la ultraderechista Meloni, a involucrarse abiertamente con Trump, presionada por las enormes movilizaciones contra el genocidio palestino que tuvieron lugar en Italia. Y, en tercer lugar, pero no menos importante, agudizaría el fortísimo impacto de la guerra sobre la economía global, un factor que presiona sobre todo a Washington y sus aliados.

La economía mundial acusa el golpe
Si los efectos políticos de la guerra están resultando dramáticos, los económicos no lo están siendo menos. La refinería más importante de Arabia Saudí, Ras Tanura, que produce 600.000 barriles de petróleo diarios, se ha visto paralizada, al igual que el complejo industrial de Ras Laffan, en Catar, del que sale el 20% del gas licuado mundial.
Pero el golpe más importante ha sido el cierre por parte de la Guardia Revolucionaria (GR) del Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo mundial y un porcentaje similar del gas. Los efectos no se han hecho esperar. El precio de barril Brent de petróleo, el más usado, se ha disparado un 9% y solo en los dos primeros días de guerra el del gas lo ha hecho en un 60%, muy por encima de la subida provocada por la guerra de Ucrania que tuvo un impacto económico durísimo, acelerando la recesión de la economía alemana y el retroceso de muchos países de la UE.
Un cierre prolongado del Estrecho por varias semanas podría aumentar los precios del petróleo por encima de los 100 e incluso 120 dólares, alimentando una espiral inflacionaria que coloca a la economía mundial en aprietos enormes.
La caída generalizada en las bolsas refleja estas sombrías perspectivas. El Ibex 35 en el Estado español vio cómo se volatilizaban 80.800 millones de euros en las dos sesiones posteriores al comienzo de la guerra. Otras bolsas del mundo están viviendo situaciones similares. La caída media de las cotizaciones en los países avanzados ha oscilado entre el 2 y el 4% pero podría dispararse todavía más si se prolonga la guerra y crece la incertidumbre. En Corea del Sur, uno de los países más afectados por el cierre de Ormuz, la caída llegó al 12%.
“Pase lo que pase, Estados Unidos garantizará el FLUJO LIBRE DE ENERGÍA al MUNDO”, publicó Trump en las redes sociales, ofreciendo protección militar y nuevos contratos más baratos de las aseguradoras. Pero es difícil creer al presidente cuando más de 3.000 buques están paralizados en las aguas del Estrecho por temor a los misiles iraníes.
“Esto son solo palabras por ahora, así que necesitamos ver cómo se desarrolla”, señaló a la agencia Bloomberg una portavoz de la operadora de energía de CIBC Private Wealth. “¿Cómo son esas escoltas militares? ¿Cuánto cuesta el seguro? ¿Se sienten los transportistas cómodos con lo que se les ofrece?”, añadió. “Es una buena noticia, pero claramente no sucederá de la noche a la mañana. Las escoltas navales serían útiles, pero este esfuerzo llevará tiempo”, señalaron los analistas de ING en otra nota[1].

Bloqueados por la guerra para transportar petróleo en barco, los países productores del Golfo podrían verse obligados a parar la producción con los depósitos saturados de crudo. Irak, que es el segundo mayor productor de la OPEP, anunció un recorte de casi 1,5 millones de barriles diarios, la mitad del total que produce. “De acuerdo con un informe de JP Morgan citado por Bloomberg, el país cuenta con almacenamiento para apenas seis días de producción, y Kuwait, para 14. Emiratos Árabes podría estirar hasta 19 días el bombeo (redirigiendo petróleo por oleoductos) y Arabia Saudí, hasta 65 días”[2].
Bastantes analistas están advirtiendo de que un shock energético persistente podría inducir también un pinchazo en la burbuja tecnológica, y hacer perder miles de millones de dólares en la especulación bursátil fraguada en torno a la inteligencia artificial.
Las señales en el sector financiero no son nada positivas: “Las colocaciones de bonos de empresas y bancos previstas en Europa y Estados Unidos han sido suspendidas hasta nueva orden. (…) Una parte de las fuentes financieras consultadas considera que la situación es imprevisible y que existe margen de deterioro si la situación se alarga en el tiempo. No en vano, el mercado europeo esperaba colocaciones de entre 25.000 y 50.000 millones de euros para esta semana, de acuerdo con las previsiones de Bloomberg. Nadie sabe ni dónde está la llave ni quién la tiene”[3].
Las turbulencias en la economía mundial no han hecho más que aflorar pero se dejarán sentir con gran intensidad. En lo que llevamos de conflicto más de 30.000 vuelos han sido cancelados, y el turismo dorado en los resort de lujo en el Golfo Pérsico está paralizado. Pero lo peor está por llegar. La inflación de la energía provocará un aumento de los costes productivos, como ocurrió con el conflicto ucraniano, aumentando las tendencias recesivas en Europa y todo el mundo.
La situación en Irán
El régimen de los mulás ha visto mermada su base social de apoyo durante los últimos 15 años. La crisis económica, la brecha entre los privilegios insultantes de la burguesía y la burocracia clerical, militar y estatal que dominan el país, el empobrecimiento de capas cada vez más amplias de la población, los recortes sociales, la opresión política y religiosa contra la clase obrera y la juventud, y muy especialmente contra los derechos de la mujer, la comunidad LGTBI o las minorías nacionales, han provocado al menos cuatro grandes levantamientos revolucionarios de masas en la última década. Todos aplastados sangrientamente.
El último se produjo este mismo mes de enero y acabó, tal como ha denunciado la izquierda antiimperialista iraní, con decenas de miles de personas encarceladas y más de 10.000 asesinadas, ametralladas por el ejército, las fuerzas militares profesionales de la GR y las milicias paramilitares integristas Basij.
Esto ha dejado una huella imborrable de indignación y rabia contra el régimen entre las masas. Pero la muerte y destrucción que están causando las bombas de Trump y Netanyahu, con ataques como el que asesinó a más de 100 niñas en una escuela del sur, unido al carácter reaccionario, servil y degenerado de la oposición burguesa iraní a sueldo de Washington, con ese heredero del Sha alentando la agresión y colocándose a la cola para recibir su parte del botín mientras su pueblo es masacrado, lejos de animar a un levantamiento popular alimenta lo contrario.

Desde el inicio de la guerra se han sucedido manifestaciones importantes contra EEUU e Israel en el propio Irán y en otros países con porcentajes significativos de población chiíta como Irak o Pakistán, o incluso donde esta minoría religiosa también es mayoritaria como Baréin.
Si el régimen teocrático y reaccionario de los mulás ha podido resistir levantamientos como el de 2022 iniciados después del brutal asesinato de la mujer kurda Mahsa Amini por la “policía de la moral”, o el más reciente de enero de 2026 contra los recortes sociales es porque el movimiento de masas no encontró una dirección revolucionaria que unificase todas sus reivindicaciones con un programa socialista para vencer. En esas circunstancias, y a pesar del heroísmo mostrado por los militantes de la izquierda combativa iraní, por miles de activistas obreros y de jóvenes, las fuerzas de choque del régimen lograron sofocar la rebelión mediante una represión salvaje.
La Guardia Revolucionaria representa a un sector decisivo de la clase dominante que, según distintos analistas, puede controlar hasta un 40% de la economía y más de 1.000 empresas, incluyendo sectores como el complejo militar-industrial, la construcción, la energía y el sector tecnológico. Aunque ha recibido golpes constantes de Washington, ejecutando a sus principales jefes, mantiene un grado de cohesión muy importante gracias a contar con decenas de miles de personas que viven de este poder económico-militar.
Este sector es el que más ha insistido en rechazar las exigencias estadounidenses y estrechar más los vínculos con China y Rusia. Un régimen títere de Washington tendría que acometer la depuración de la Guardia Revolucionaria y los Basij, incluida la liquidación física de muchos de sus cuadros dirigentes, y proceder a una privatización y reducción significativas de su complejo económico. Esta perspectiva da a centenares de miles de soldados profesionales, milicianos y a sus familias un motivo para resistir y luchar.
Irán no es Siria ni Venezuela, ni siquiera el Irak que invadió EEUU en 2003. Estamos hablando de un país con 92 millones de habitantes, que multiplica por más de tres tanto la población de Irak cuando fue invadido como su superficie. Intentar dominar Irak acabó en una catástrofe para EEUU, pero sería un juego de niños comparado con los problemas que enfrentarían las tropas estadounidenses si pisan el suelo iraní. Por eso la estrategia imperialista y sionista pasa por intentar descabezar y rendir al régimen o abrir una brecha en su interior mediante bombardeos cada vez más destructivos.
Muchos analistas, incluidos representantes del propio imperialismo estadounidense, han insistido en sus dudas de que las bombas y misiles sean suficientes para forzar un cambio de régimen en Teherán. Irán no solo es un país muy poblado y extenso, es una potencia regional con una economía mucho más diversificada y una capacidad industrial, tecnológica y militar muy superiores a anteriores objetivos estadounidenses como Siria, Líbano o Venezuela.
La capacidad de fabricar drones con una calidad, precio y en una cantidad que está siendo clave para resistir estos primeros días e incluso poner en serios apuros a los ejércitos agresores, cuyo material de guerra es más costoso y difícil de reponer con la misma rapidez y en la misma cantidad es un ejemplo de ello.
El papel de China y Rusia
Otro factor clave es el apoyo logístico y armamentístico de China y Rusia, proporcionando información sobre la ubicación de los objetivos estadounidenses y sionistas, y misiles de tecnología avanzada que ya en junio de 2025 crearon problemas serios a EEUU e Israel.
La actuación del imperialismo ruso y chino dejando caer al régimen de Al Asad en Siria, actuando con una retórica diplomática ante la masacre del pueblo palestino mientras reforzaban sus prósperas relaciones comerciales con Tel Aviv, o su deserción en Venezuela tras el secuestro de Maduro, muestra que por encima de las declaraciones demagógicas a favor de la “libertad de los pueblos”, de las ventajas del multilateralismo, del llamado “Eje de la Resistencia”, los intereses de los grandes monopolios capitalistas de ambos países es lo fundamental.

Es evidente que Beijing y Moscú están operando un repliegue hacia áreas de influencia que consideran más vitales a corto plazo, como la consolidación del triunfo militar ruso en Ucrania, o el dominio sobre el Indo-Pacífico, y diversificando sus inversiones (India, Brasil…) en la confianza de que su superioridad en el terreno productivo, tecnológico y comercial les garantice una preponderancia a medio y largo plazo.
Pero sin duda alguna, Irán representa un punto de vital importancia para Beijing y Moscú. Y no solo porque China obtenga el 15% del crudo que importa de Teherán y tenga firmadas inversiones de miles de millones de euros como parte de su Proyecto de la Nueva Ruta de la Seda. Hay también un factor político de primer orden: si su principal aliado en Oriente Medio es derrotado y se impone un Gobierno títere de EEUU, su prestigio y autoridad quedarán mucho más en entredicho, y su papel como contrapunto del bloque occidental mucho más cuestionado.
Esto no significa que vayan a enfrentarse a Washington y Tel Aviv en una guerra abierta, pero es evidente que están otorgando un apoyo logístico y de inteligencia para evitar un derrumbe del régimen iraní. Este es un factor a tener en cuenta de cara a que la resistencia de Teherán pudiera prolongarse complicando seriamente la campaña militar de Trump y Netanyahu.
La guerra siempre es la ecuación más complicada y en estos momentos es imposible trazar una perspectiva cerrada, pero es evidente que la respuesta iraní tiene poco que ver con lo que esperaban. La posibilidad de que la ofensiva brutal que están descargando, provocando miles de muertes y centenares de miles de desplazados, abra finalmente una brecha dentro del régimen y obligue a este a rendirse no pude ser descartada. Obviamente un escenario de ese tipo, arrodillando a los mulás, ya no digamos forzando claramente un cambio de régimen, permitiría a Trump seguir adelante con su ofensiva fuera y dentro de EEUU. Pero es muy prematuro pensar que esta es la única posibilidad, o la más probable. El escenario sigue muy abierto.
¡Abajo la guerra imperialista! ¡No más sangre por petróleo!
La guerra imperialista pone a todas las organizaciones y tendencias políticas a prueba y quita todas las caretas. La ONU y las potencias occidentales, empezando por la UE, han manifestado su apoyo a la intervención como no podía ser de otra manera.
Ursula Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, no tardó ni 24 horas en pedir “una transición fiable en Irán” y condenar tajantemente la respuesta de Teherán a los brutales bombardeos de Washington y Tel Aviv, calificándola de “inaceptable e injustificada”. Los miles de muertos y los centenares de miles de heridos y desplazados provocados por los bombardeos yanquis y sionistas son perfectamente aceptables y están plenamente justificados para esta cínica representante de los grandes bancos y multinacionales europeos. “Daños colaterales” necesarios para que las burguesías europeas sean invitadas al reparto del botín.
Pero si alguien se lleva la palma mostrando su carácter rastrero, reaccionario y criminal son la derecha y la ultraderecha global, y en el caso del Estado español con el PP y Vox en primera línea.
Los patriotas de la bandera rojigualda han exigido que el Gobierno de Pedro Sánchez se someta incondicionalmente a las exigencias de Trump y participe en la guerra, dejando claro que si estuviesen en la Moncloa repetirían punto por punto la actuación imperialista del Gobierno de Aznar y lo poco que le importan la muerte y destrucción que causó aquella intervención en Irak y en el Estado español, donde sufrimos los brutales atentados yihadistas que segaron la vida de 192 personas y provocaron más de 2.000 heridos el 11 de marzo de 2004.
La memoria de aquellos hechos, de la movilización multitudinaria que se desarrolló en el Estado español contra aquella guerra denunciando la farsa de las “armas de destrucción masiva”, y lo que hemos vivido con el movimiento multitudinario contra el genocidio sionista, explica la posición que ha adoptado el Gobierno español y particularmente Pedro Sánchez.
El líder del PSOE se ha salido del guion plantando cara a Trump en palabras, denunciando la “ilegalidad” de su intervención contra Irán, y apelando al “No a la Guerra”. El día en que desde el palacio de la Moncloa respondió a las amenazas del presidente estadounidense con este lenguaje, millones de trabajadores y jóvenes se llenaron de esperanza y confianza. Fue un mensaje directo, que desnudó a la derecha y su política servil, y proyectó la imagen de Sánchez en todo el mundo como un oponente que dice lo que los “líderes” europeos no se atreven a decir.
Y aunque sabemos que las palabras son importantes, lo que verdaderamente importa, como la experiencia nos enseña, son los hechos. Si la guerra imperialista es completamente reaccionaria e imperialista es porque Trump defiende los intereses de las grandes corporaciones petroleras, del complejo industrial-militar, de los bancos y fondos de inversión estadounidenses y de todo el mundo. Y EEUU, para proteger al gran capital global, dispone de un brazo armado como es la OTAN, de la que el Estado español forma parte.
Luchar contra la guerra imperialista, y abogar por la permanencia en la OTAN y de las bases militares de EEUU es una contradicción en sus términos. Como lo es enviar fragatas a Chipre para intervenir en la guerra, aunque sea con “objetivos” defensivos. Este es el problema, el mismo problema que afloró cuando desde el Gobierno de Sánchez se denunciaba el genocidio sionista, pero se mantenían relaciones comerciales, militares y diplomáticas con Israel, o cuando se “rechaza” públicamente el 5% del PIB al rearme que exige la OTAN, pero los presupuestos en defensa aprobados en 2025 son los mayores de la historia.

Las medias tintas no sirven. Si el Gobierno PSOE-Sumar no quiere verse implicado en esta guerra imperialista tiene que salir de la OTAN ya, cerrar las bases estadounidenses y llevar a la práctica promesas como ese embargo integral de armas a Israel, que nunca se ejecutó. Por estas razones, lo crucial en esta batalla es levantar una gran movilización obrera y juvenil contra esta nueva guerra imperialista.
Desde Izquierda Revolucionaria lo decimos alto y claro: ¡No más sangre por petróleo! ¡Ni un euro, ni un soldado, ni una bala para esta guerra! Las direcciones de CCOO y UGT, igual que los sindicatos europeos, tienen que dejar de mirar hacia otro lado, tienen que abandonar la estrategia de la paz social en favor de los capitalistas ante acontecimientos que les interpelan directamente. ¡Es el empobrecimiento de la clase obrera lo que está en juego, es la inflación que se come nuestros salarios, son los miles de despidos que pueden producirse en los próximos meses!
Por eso hay que reaccionar con contundencia, hay que convocar movilizaciones masivas, no para exigir que se cumpla con un derecho internacional inexistente y que es un fraude, sino para obligar a los imperialistas a que cesen su agresión. Y esto pasa por extender y ampliar la lucha en las calles, promoviendo y organizando las manifestaciones y protestas más amplias que conduzcan a la huelga general para derrotar los planes belicistas.
Los comunistas revolucionarios no somos neutrales. Una victoria de Trump y Netanyahu no solo significaría el sojuzgamiento del pueblo de Irán y la muerte de decenas e incluso centenares de miles de inocentes, alimentaría nuevas guerras y más virulentas y fortalecería el avance de la ultraderecha neofascista a escala mundial.
La derrota de estos dos criminales de guerra significaría un golpe durísimo al imperialismo y el sionismo, y a la derecha y ultraderecha global.
Una política comunista a favor del pueblo iraní, del pueblo palestino, de todos los pueblos que son aplastados por el imperialismo y su burguesía cipaya, no tiene nada que ver con apoyar al régimen reaccionario de los mulás, que reprime desde hace décadas a la clase obrera y la juventud, que suprime los derechos democráticos, de las mujeres y de las minorías nacionales. Por eso decimos que la tarea de acabar con la burguesía y el capitalismo iraní, con el Estado teocrático y luchar por un Irán socialista solo puede ser llevada a cabo por las propias masas mediante su autoorganización, su acción directa y con un programa revolucionario en alianza con todos los pueblos oprimidos de Oriente Medio.
¡Abajo la guerra imperialista!
¡Si quieres la paz, lucha por el socialismo!
¡Por un Irán socialista y una Federación socialista de Oriente Medio!
Notas:
[1] Inestabilidad extrema en el mercado de energía: el gas frena en seco y baja un 25% en pocas horas
[2] Ibíd
[3] El mercado de bonos corporativos y bancarios se cierra ante la incertidumbre desatada por el conflicto



















