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La ley del aborto en el Estado español fue aprobada el 5 de julio de 1985. Pero su despenalización no fue fruto de ninguna supuesta Transición modélica, ni llegó de la mano de ningún rey o Constitución. El derecho al aborto lo ganamos nosotras: nuestras abuelas, nuestras madres, la lucha de todas aquellas mujeres que arriesgaban su libertad para ayudar a otras a decidir sobre sus propios cuerpos.

Este es el relato que inspira Las buenas compañías, la nueva película de Silvia Munt presentada en el Festival de Málaga de este mismo año. Un homenaje a las miles de mujeres que se organizaron y pagaron con la cárcel y la represión sus ideas y un tributo a las muchas más que murieron tratando de interrumpir embarazos no deseados, con intervenciones clandestinas peligrosas, sin ningún tipo de asistencia médica, y también víctimas de las prácticas más escalofriantes y desesperadas en los propios hogares.

Nos transportamos a Euskadi, al municipio de Errenteria, en 1977. Hija de una limpiadora y de un padre que está en la cárcel, Bea es una chica de 16 años que empieza a formar parte de un grupo de mujeres activistas que quieren visibilizar la causa feminista y pelean por el derecho al aborto. Contado desde una perspectiva intimista donde el despertar político y el despertar sexual ocurren al mismo tiempo, la protagonista intimará con una joven de buena familia, con dinero y donde la misa se escucha religiosamente por la radio, a quien tendrá que ayudar a cruzar la frontera para abortar.

Esta era la realidad: quienes podían permitírselo, viajaban hasta el Reino Unido, Francia o los Países Bajos a realizarse la intervención. Una opción que tomaron más de 240.000 mujeres entre 1974 y 1985. Muchas tenían recursos y dinero, otras dependían del apoyo económico que redes clandestinas de mujeres de la clase obrera les brindaban: poniendo sus coches, ofreciéndoles refugio, haciendo colectas… Algo que en pleno siglo XXI sigue sucediendo en aquellos países donde el aborto sigue siendo penado e ilegal. Por eso sí, nuestros derechos como mujeres, el poder decidir sobre nuestros cuerpos, vida y sexualidad, ha sido y sigue siendo una cuestión de clase. “Qué casa tan bonita, no parece una clínica. Está claro que en esta vida hay que tener dinero o amigos”, resume el personaje de Itziar Ituño.

Una de las escenas más emocionantes del metraje es cuando nos muestra la protesta que organizan para exigir la amnistía para las 11 de Basauri. Montadas en un autobús que frenan a las puertas de una Iglesia, lanzan panfletos, despliegan pancartas, cantan muchas consignas que seguimos coreando a día de hoy. Es una lástima que la película no dedique más espacio y tiempo en profundizar sobre el caso en el que se inspira. Un capítulo de la lucha de la mujer trabajadora durante la Transición española totalmente ocultado y olvidado, y que fue clave para arrancar a las instituciones algo que ya era un clamor en las calles.

Las once de Basauri fueron un grupo de mujeres de Errenteria, de entre 19 y 38 años, que ayudó a más de mil personas a abortar en condiciones seguras y dignas. En 1976 fueron detenidas acusadas de practicar y haberse sometido a prácticas abortivas. Pasaron cuatro días en el calabozo, incomunicadas y aisladas, y después fueron puestas en libertad condicional a la espera del juicio.

La judicatura, tan democrática y renovada, quiso alargar el proceso penal al máximo para desmoralizar no sólo a las detenidas sino a todas las voces, tanto de mujeres como de hombres, que mostraban su solidaridad con ellas. El juicio tardó tres años en tener lugar. Lo que no se esperaban los señores magistrados y sus señorías los jueces, es que en esos años la indignación creció enormemente y las mujeres trabajadoras convirtieron el caso en una bandera en todo el Estado.

Las manifestaciones que se convocaban ante los juzgados obligaron a suspender el juicio hasta en tres ocasiones. La lucha colectiva rompió el miedo, la vergüenza y los estigmas. Ya en 1982, la sentencia tuvo que reconocer que todas ellas tenían una situación económica precaria, algunas tenían enfermedades hereditarias, a todas se les negaron los anticonceptivos cuando los pidieron. Aunque en un inicio fueron absueltas, tras un recurso del fiscal, un Tribunal Supremo todavía plagado de franquistas disfrazados de demócratas absolvió a cuatro y condenó a multas y a pena de cárcel al resto. La conmoción y rechazo social que esta escandalosa persecución levantó fue imprescindible para que pocos años más tarde, el derecho al aborto fuera recogido como ley.

Las buenas compañías es un viaje por la memoria histórica de nuestro movimiento, por la lucha por emancipación de la mujer trabajadora, y un recordatorio de que nunca nadie nos regaló nada: los derechos los conquistamos nosotras cuando luchamos y nos organizamos.


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