Tras el colapso económico de 2020, la burguesía y sus Gobiernos anunciaron a bombo y platillo una fulminante recuperación que traería de nuevo paz y prosperidad. Haciendo coro a esta idea, la socialdemocracia y la nueva izquierda reformista se han hartado de bendecir el liderazgo de Biden como un “nuevo paradigma” que alentaría una reanimación económica, social y ecológica justa. ¿Podemos creer que estas afirmaciones tienen una base objetiva o son una nueva vuelta de tuerca en la propaganda capitalista?

Si partimos de la información que proporcionan las instituciones especializadas, nada sospechosas de marxismo, las expectativas no dejan de desinflarse a medida que avanza 2021, poniendo de manifiesto los enormes desequilibrios y contradicciones que acumula la economía global.

El Banco Mundial, en su último informe de junio, matizaba que a pesar de las importantes cifras de crecimiento de China y EEUU todavía se estaría “un 3,2 % por debajo de las previsiones anteriores a la pandemia”, señalando además la existencia de enormes riesgos e incertidumbres: “Una pandemia más persistente, una ola de quiebras de empresas, tensiones financieras o incluso el malestar social podrían desbaratar el proceso de recuperación.”[1] Estos riesgos, lejos de ir a menos, se agravan espoleados por un crecimiento imparable de la pobreza y la desigualdad, y un proceso de vacunación que ha dejado de lado a la mayoría de la población en Asia, África y América Latina.

Materias primas y cadenas de suministros

Mucho más trascendental de lo que se expone en la propaganda oficial, la lucha feroz que China y EEUU libran por el mercado mundial está agudizando las tensiones interimperialistas y perjudicando seriamente las posibilidades de una recuperación sostenida. China está demostrando un vigor y una determinación que ha desatado todas las alarmas del imperialismo occidental. La guerra económica ha pasado de nivel.

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China está demostrando un vigor y una determinación que ha desatado todas las alarmas del imperialismo occidental. La guerra económica ha pasado de nivel.

Las importantes voces que hace no tantos años exigían un acuerdo para evitar un enfrentamiento proteccionista destructivo, ya han dejado de plantear siquiera dicha posibilidad. Están mudas, sin espacio en la opinión pública dominante. La esperanza de que la salida de Trump de la Casa Blanca permitiera superar la tensión y volver a un cierto consenso también se ha frustrado. La agresividad de Biden contra el régimen de Beijin refleja, en primer lugar, lo lejos que ha llegado la decadencia del imperialismo norteamericano y su impotencia ante una realidad adversa que nunca imaginaron tras la descomposición en la URSS. Treinta años después asisten conmocionados a una derrota tras otra en numerosos escenarios (Afganistán, Iraq, Siria, Venezuela, Ucrania…) y constatan enormes dificultades para frenar el ascenso de la gran potencia asiática.  Pero la burguesía norteamericana se revuelve y lucha desesperadamente por revertir esta situación.

La pandemia ha puesto en evidencia las fortalezas del gigante chino. No solo se trata de cómo el régimen de Beijin ha respondido a la emergencia sanitaria movilizando recursos masivos, confinando ciudades y utilizando la tecnología. Como hemos señalado en otros artículos[2], el carácter particular del capitalismo de Estado chino, su posibilidad de centralización y de intervención en la economía real y las reservas que ha acumulado gracias a un superávit comercial extraordinario, les ha permitido reaccionar con mucho más vigor que a sus competidores.

Ahora que la economía mundial atraviesa por un momento de reactivación, esas fortalezas se están traduciendo en una mayor capacidad para acaparar materias primas y controlar las cadenas de suministro globales. De repente parece que a la Casa Blanca le ha estallado en la cara lo que era un secreto a voces: las enormes ventajas competitivas de China.[3]

Los ejemplos son numerosos y muy serios. En la batalla por el control del mercado de semiconductores, decisivos en industrias tan pujantes como la del coche eléctrico, las energías renovables o la robótica, el dominio de China ha generado importantes problemas para la industria europea de la automoción, hasta llegar a paralizar la producción de numerosas plantas. El Consejo Atlántico, uno de los principales think tank de la burguesía norteamericana, señalaba los graves peligros de esta situación: “La reciente escasez de semiconductores fue una llamada de atención para la economía estadounidense, ya que los legisladores se dieron cuenta de que alrededor del 75% de su producción mundial tiene lugar en China y algunas otras economías del este de Asia...”[4]

Con su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, el imperialismo chino se ha hecho con el control de las principales fuentes de materias primas críticas requeridas por estas nuevas industrias. Una situación que ha supuesto que la Bolsa de Metales Shanghái se haya convertido en la más importante del mundo, desplazando a la de Londres.

El caso del cobalto es significativo. China es propietaria del 50% de las minas de cobalto de la República Democrática del Congo, que atesora el 52% de las reservas mundiales. Pero además, la industria china refina el 80% del cobalto de todo el mundo frente a una capacidad casi nula de los EEUU, tal como señala Hanns Günther Hilpert, director de la División de Investigación sobre Asia del centro de estudios alemán SWP.[5]

China ha dado un paso de gigante en el control de las principales rutas comerciales, con infraestructuras modernas y altamente competitivas frente a las de EEUU. Si ya era la potencia líder en el comercio de mercancías, durante la pandemia ha logrado nuevos avances: China se ha convertido en el principal socio comercial de la UE. El tren de carga China-UE, que recorre 11.000 kilómetros desde Shenzen a Duisburgo,  registró en 2020 más de 40.000 viajes transportando mercancías por valor de 212.700 millones de euros, crucial para el mantenimiento de las cadenas de suministro[6]. China es el mayor activo comercial del puerto de Hamburgo, el segundo más grande de Europa.

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Con su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, el imperialismo chino se ha hecho con el control de las principales fuentes de materias primas críticas requeridas por las nuevas industrias.

Proteccionismo y crisis de sobreproducción

¿Y cómo responde la clase dominante estadounidense y el Partido Demócrata a este desafío? Agravando aún más las tendencias al nacionalismo económico de las que hizo gala el anterior inquilino de la Casa Blanca. El trumpismo no es un fenómeno marginal, ni un residuo del pasado. Sus recetas siguen vivas y coleando.

Después de que el Gobierno chino aprobara un plan para garantizar la producción del  70% de los semiconductores que necesita su industria en 2030, y que supondrá la inversión de 150.000 millones de dólares, Biden ha respondido inmediatamente con otro de 52.000 millones. En la última reunión del G7, Biden también anunció una red de infraestructuras comerciales para competir contra el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, a la que ha denominado Build Back Better World. La cuestión es que esta última iniciativa por el momento no es más que una declaración de intenciones, y se antoja complicado vislumbrar que Washington pueda involucrar a Francia o Alemania, mucho más tras las fuertes tensiones surgidas por la firma del plan AUKUS o el gaseoducto Nord Stream 2 que Alemania planea con Rusia.[7]

La lógica implacable del imperialismo aflora con toda su fuerza en este enfrentamiento. Lejos de suavizar los desequilibrios de la economía mundial, la pugna entre las grandes potencias los agudiza agravando la crisis de sobreproducción. Y es que a pesar de su músculo económico, China no puede desacoplarse de la economía global. El grado de desarrollo de sus fuerzas productivas, de su mercado interno, de su participación en el comercio internacional, en los flujos del capital financiero y en una deuda pública y privada descontrolada… contribuye a acelerar las contradicciones sistémicas preparando, tal y como escribió Marx en El Manifiesto Comunista, “crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas.”

La amenaza de quiebra del gigante inmobiliario chino Evergrande es un ejemplo de los peligros que acechan también a la economía china. Aunque todas las señales indican que el Gobierno de Beijin está procediendo a una voladura controlada para evitar una oleada de protestas que involucre a miles de afectados, no siempre lo podrán hacer. El capitalismo de Estado chino puede podar un exceso de capital ficticio en momentos determinados, disciplinar a los multimillonarios que se hacen con un poder económico excesivo y amenazan la estabilidad social, pero la burocracia ex estalinista que ha pilotado la transición al capitalismo está, le guste o no, condicionada por las leyes del mercado de las que no puede escapar.

La economía china sufre también de la esclerosis que recorre a las grandes potencias occidentales, y la infección se ha producido mucho más rápidamente. Por ejemplo, su deuda pública, privada y empresarial ha escalado al 280% del PIB, mientras que en el caso de EEUU ya supera el 286% del PIB y en la Eurozona es del 283%. China no deja de manifestar la tendencia innata de la economía capitalista en la época imperialista hacia la especulación y el parasitismo financiero.

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La economía china sufre también de la esclerosis que recorre a las grandes potencias occidentales, y la infección se ha producido mucho más rápidamente.

¿Una salida social a la crisis? Los cuentos para niños de la izquierda reformista

Los ministros y ministras de la izquierda reformista representada por Unidas Podemos, como antes los de Syriza, no dejan de consolarse y de intentar consolarnos de qué, gracias a su participación gubernamental, los errores del pasado ya han sido superados y la salida social a la crisis ya está aquí. Tratan de vendernos que es posible un capitalismo de rostro humano, pues ellos y ellas se han encargado de actuar cómo sus doctores democráticos. Pero en la etapa más senil de su decadencia orgánica, el capitalismo no ha sido curado, no es más igualitario, ni más social, ni más piadoso. Todo lo contrario.

En octubre de 2022, después de un año y medio de una pandemia pavorosa, de una catástrofe sanitaria que se ha segado la vida de más de cinco millones de personas y contagiado a más de 218 millones, el dominio del capital financiero y los grandes monopolios es más intenso que nunca.

La parte fundamental de sus obscenos beneficios los obtienen del chorro de liquidez que ponen a su disposición los Gobiernos mediante planes de “rescate” que desde 2008 han superado los 20 billones de dólares. Desde los mínimos registrados en marzo de 2020 con el estallido de la pandemia, las bolsas de valores estén logrando ganancias record: el S&P 500 ha tenido un repunte del 100,2%, el Nasdaq de un 100% y el Dow Jones de un 91,6% en 2021. Una especulación que esta detrás del crecimiento de la inflación, y que contribuirá a hundir aún más el nivel de vida de la clase trabajadora.

Nada ha cambiado por el momento. Las mismas recetas de austeridad, recortes del gasto social y empobrecimiento de la población trabajadora se imponen país tras país. La especulación y el parasitismo son el santo y seña de la plutocracia financiera que ejerce su dictadura contra la humanidad. Digan lo que digan los economistas keynesianos, los líderes socialdemócratas o los dirigentes de Die Linke, Siryza o Podemos, no puede existir una salida democrática y social a esta crisis si no se toca el poder de esta plutocracia, si no se la expropia, si no se coloca esta riqueza colosal, que es producto del trabajo y solo del trabajo, en manos de la clase obrera.

De poco sirve el prodigioso avance de la ciencia para evitar la degradación ecológica o aliviar el sufrimiento de la humanidad, como hemos comprobado con las millones de vacunas producidas para enriquecer a las grandes compañías farmacéuticas. Mientras los medios de producción sigan en manos privadas, mientras el Estado nacional sobreviva anacrónicamente en un mundo globalizado, la economía será un medio para la acumulación y concentración de capital a costa de la depauperación creciente de la población y la destrucción del planeta.

Lo más importante de todos estos hechos son sus consecuencias para la lucha de clases. El capitalismo padece una profunda crisis que no dejará de agravarse en el próximo periodo, y la batalla feroz entre China y EEUU es solo otra cara de este proceso.

 

[1] La economía mundial: en camino hacia un crecimiento firme, aunque desigual debido a los efectos perdurables de la COVID-19

[2] Una conspiración de silencio: el desafío de China en tiempos de pandemia, Bárbara Areal.

[3] La Casa Blanca ha publicado un informe contundente sobre la debilidad de las cadenas de suministro para los EE.UU

[4] Foreign Direct Investment: A new strategy for the United States

[5] Cómo la minería china domina el mercado de las materias primas críticas

[6] La nueva Ruta de la Seda china acaba en Duisburgo

[7] Estados Unidos promueve una alianza militar contra China y arma a Australia con submarinos nucleares

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