¡Ahora continuar la lucha para barrer los recortes y defender los derechos democráticos!

Las elecciones del 28 de abril han supuesto una estrepitosa derrota para el bloque reaccionario. Tras años de nacionalismo españolista y de una furiosa campaña contra el pueblo catalán y el derecho de autodeterminación, de la reivindicación nauseabunda de la dictadura franquista y la exhibición de programas económicos neoliberales para aplastar a los trabajadores, la derecha sale de estas elecciones mucho más debilitada y con el PP en estado de coma.

Lo señalábamos en nuestra declaración electoral: la correlación de fuerzas es favorable para la clase obrera y la juventud después de años de movilizaciones formidables. Este es el factor decisivo que explica este resultado tan contundente. No sólo hemos cerrado el paso a la derecha de toda la vida, también hemos golpeado duramente a la extrema derecha “emergente” de Vox. Después de lo ocurrido en las elecciones autonómicas andaluzas, el látigo de la reacción españolista más antiobrera y machista, espoleó la respuesta de millones de trabajadores y jóvenes en todos los territorios. No pasarán gritábamos, y ¡no han pasado!

Un análisis rápido de las elecciones arroja un balance muy significativo:

Primero. El voto de la izquierda se ha agrupado en el PSOE de Pedro Sánchez. Con 7.480.755 sufragios (el 28,7%) y 123 escaños, cosecha una fuerte subida respecto a 2016, cuando obtuvo 5.424.709 votos (22,7%) y 85 diputados. También logra por primera vez en 25 años la mayoría absoluta en el senado*.

Unidas Podemos experimenta una caída en escaños y en votos nada despreciable, pasa de 71 a 42, y de 5.049.734 a 3.732.929 (del 21,1% al 14,3%). No obstante es evidente que el retroceso de Unidas Podemos ha sido menor del que pronosticaban las encuestas, y ha logrado mantener un suelo electoral muy considerable.

En total, el conjunto de la izquierda que se presentaba a estas elecciones, incluyendo a la izquierda nacionalista de Euskal Herria, Catalunya y Galiza, ha obtenido 13.239.980 votos (50,8%) y 185 escaños, es decir, 2 millones y 36 escaños más que la suma de la derecha españolista (PP, Cs y Vox).

Segundo. El bloque reaccionario consigue en total 11.276.920 votos, el 43,2%, y 149 escaños (PP, Cs, Vox y Navarra suma). La catástrofe del PP es imposible de ocultar. Con 66 escaños y 4.356.023 votos, pierde un 45% de su apoyo electoral y se queda con tan sólo el 16,7% (en 2016 obtuvo 7.906.185 sufragios, 137 escaños y el 33%). Pablo Casado ha cosechado las peores cifras de la historia del PP.

Tercero. Ciudadanos logra 4.136.600 votos, 57 diputados y el 15,86% (en las elecciones de 2016 obtuvo 3.123.769, 32 escaños y el 13,1%). Hace sólo un año la mayoría de las encuestas colocaban al partido de Albert Rivera como el más votado, pero tras este 28-A se queda con 66 diputados menos que el PSOE de Pedro Sánchez cuando en 2016 obtuvo 53 menos.

Igual ocurre con las expectativas frustradas de la ultraderecha. Las encuestas hablaban de una irrupción espectacular, pero finalmente el globo se ha desinflado. El partido de Abascal consigue 2.677.173, 24 diputados y el 10,26%. Vox no es más que una parte del voto tradicional del PP que sintió la oportunidad de vengarse de la movilización social y la izquierda que lucha, volcando su odio de clase contra los trabajadores, contra el gran movimiento por la república catalana, contra las mujeres y la impresionante huelga general feminista del 8M, o contra la marea pensionista que ha tomado las calles sin descanso. La España una, grande y libre ha salido muy mal parada de estos comicios.

Cuarto. En la Comunidad Autónoma Vasca, ni PP, ni Cs, ni Vox obtienen ningún escaño. La pérdida de representación electoral del PP no tiene precedentes. En Catalunya, el bloque reaccionario se estrella: el PP pasa de 6 diputados en 2016 a 1 diputado en 2019, Cs se mantiene con 5 y Vox saca 1 escaño. Una respuesta contundente al 155 y a sus deseos de aplastar la república catalana.

Otro dato: por primera vez un partido independentista gana las elecciones generales en Catalunya. Esquerra Republicana se alza con 15 escaños y 1.015.355 votos (24,6%), más de un 60% de incremento en relación a sus resultados de 2016; le sigue el PSC con 12 diputados y 958.343 papeletas (23,2%), y En Común Podem con 7 y 614.738 respectivamente (14,9%). La izquierda en Catalunya logra 2.765.157 votos, 34 escaños y un 65,4%, frente a 825.786, 7 escaños y un 20% del bloque de la derecha españolista. 

La derecha también sufre un duro varapalo en las elecciones autonómicas de la comunidad Valenciana, el territorio donde alcanzó grandes mayorías.

Lecciones de la lucha de clases

Es imposible separar estos resultados electorales de la dinámica de la lucha de clases de los últimos años. Frente a los escépticos que pontifican a todas horas sobre la supuesta debilidad de la clase trabajadora y la “fuerza” de la derecha; frente a los que hablan de “baja conciencia” y “confusión” ideológica… estas elecciones muestran un cuadro completamente diferente.

A pesar de las políticas de los dirigentes del PSOE y de Pedro Sánchez, que en sus ocho meses al frente del Gobierno fue incapaz de desmontar las contrarreformas sociales del PP, revertir los recortes o poner fin a la agenda de la austeridad, los empleos basura, los bajos salarios, o los desahucios. A pesar del profundo giro hacia posiciones socialdemócratas e institucionales, y al abandono de la lucha en la calle que la dirección de Podemos ha protagonizado. A pesar de que la izquierda parlamentaria española se ha plegado una y otra vez al régimen del 78, allanando el camino al nacionalismo españolista y renunciando al derecho a decidir… A pesar de todo ello, la clase obrera y la juventud de forma masiva, y amplios sectores de las capas medias empobrecidas también, han decidido manifestar en las urnas su firme oposición a que el bloque reaccionario pudiese gobernar.

El voto en las condiciones de la democracia burguesa actual, mediatizado por una ley electoral reaccionaria y unos medios de comunicación en manos del gran capital, siempre representan una foto fija del estado de ánimo de las masas. Pero la película tiene muchos fotogramas y, en un ambiente de polarización social y política in crescendo, de crisis económica no resuelta para la mayoría de la población, de desempleo masivo, precariedad y explotación, de ataques a los derechos democráticos y violencia sistémica contra la mujer, estos resultados han confirmado un giro a la izquierda profundo y consistente, y el avance en el proceso de toma de conciencia.

Nada de lo ocurrido en estos años ha pasado en balde. Las elecciones —igual que la moción de censura de junio de 2018— estuvieron precedidas por grandes movilizaciones que desbordaron la paz social que las burocracias de los sindicatos y de la izquierda reformista pretendían imponer.

La huelga general feminista del 8 de marzo fue un auténtico tsunami, con millones de trabajadoras y trabajadores paralizando la producción y abarrotando las manifestaciones; lo mismo se puede decir de las demostraciones multitudinarias de los pensionistas durante más de un año; de las luchas de la juventud, muchas de ellas impulsadas por el Sindicato de Estudiantes, en defensa de la enseñanza pública, por el derecho a decidir o contra el cambio climático; las persistentes protestas para denunciar los recortes en la sanidad pública en Galicia, Valladolid y Teruel; luchas obreras como la de Alcoa o la gran huelga del taxi en Madrid; manifestaciones de masas en Catalunya contra la represión del Estado y por la libertad de los presos políticos, o las que han llenado las calles de Nafarroa en solidaridad con los jóvenes de Altsasu…

El bloque reaccionario acariciaba el poder hace pocos meses. Los comicios autonómicos en Andalucía llenaron de confianza sus filas, especialmente a una ultraderecha que vio cómo su discurso fascista, racista y machista encontraba eco en la oligarquía señorita, en sectores de las capas medias envenenados por el españolismo y los prejuicios más mezquinos, y secciones muy atrasadas y desmovilizadas de los trabajadores.

Pero la memoria histórica no se ha perdido, como tampoco se ha perdido el recuerdo de los Gobiernos del PP y su estela de brutales recortes sociales, de ataques a los derechos democráticos, su neofranquismo orgánico que lo mimetizaron a Vox en la campaña electoral, y el fango de corrupción que lo ha cubierto en estos años.

Estas elecciones también han desnudado la mentira de presentar a Vox como una fuerza antisistema o de rechazo al establishment. Nada más lejos de la realidad. Vox es una organización que defiende el orden capitalista y la tradición reaccionaria de la burguesía española, de su aparato del Estado y sus tendencias totalitarias. Y los trabajadores lo saben y han actuado en consecuencia.

Pedro Sánchez tiene abiertas todas las opciones para formar Gobierno y contar con una mayoría parlamentaria que lo respalde. En estas condiciones, buscar el pacto con Ciudadanos sería un suicidio político. Que habrá presiones en este sentido desde el Ibex 35 y la CEOE, desde la Unión Europea y los grandes especuladores internacionales es evidente. Pero un Gobierno de ese tipo —que aplicaría un programa económico neoliberal duro y en el terreno de la cuestión nacional estaría preso de contradicciones insolubles— se enfrentaría a una amplia contestación en las calles.

Pedro Sánchez dispone ahora de un crédito mayor que hace un año cuando ganó la moción de censura. Pero el crédito, en una situación tan volátil y polarizada como la actual, puede desaparecer rápidamente. La posibilidad de cerrar un pacto con Podemos está encima de la mesa. Pero ese pacto puede adoptar diferentes formas: desde un Gobierno de coalición a un pacto de legislatura, pasando por acuerdos puntuales en el Parlamento para asegurar la gobernabilidad.

Pablo Iglesias ha mostrado la disposición más encomiable para entrar en el Gobierno de Sánchez, y parece estar dispuesto a pagar el precio que sea necesario. Pero no está tan claro que el aparato socialista quiera incluirlo. Un Gobierno monocolor del PSOE con un apoyo firme de los diputados de Podemos, y apoyado en pactos puntuales con el PNV, ERC y Bildu —parecido al del PS en Portugal sostenido por el Bloco de Esquerdas y el Partido Comunista— puede ser otra de las posibilidades. Algo que además daría margen de maniobra a Pedro Sánchez para desdecirse de muchas de las promesas planteadas durante la campaña.

En cualquier caso, el nuevo ejecutivo de Pedro Sánchez se enfrentará, sea cual sea la combinación que elija, con desafíos de envergadura. En la cuestión catalana tiene que lidiar con la próxima sentencia del Tribunal Supremo, y enfrentarse a un movimiento de masas que hoy es más fuerte y que no renunciará a la autodeterminación y la república. En el terreno social y económico, a las presiones de la patronal, la banca y la UE para acelerar las contrarreformas en un horizonte recesivo.

Sánchez quisiera estabilidad política, pero no la tendrá. Será duramente acosado por la derecha, que no dará tregua a su Gobierno. Por su parte, la base social de la izquierda que lo ha aupado a esta victoria, le concederá un plazo razonable para ver cómo responde a las reivindicaciones que llevamos años exigiendo con tenacidad. Pero todo tiene un límite y no se ha extendido ningún cheque en blanco. El resultado electoral ha dejado claro que no queremos al PP, ni a Cs ni a Vox en La Moncloa, pero será difícil que traguemos más recortes, desigualdad y pobreza.

La experiencia de estos años ha demostrado que no es posible gobernar para dos amos a la vez. O con los capitalistas, con la banca, con los grandes poderes fácticos, que son el sostén del régimen del 78, o con los trabajadores y sus familias, con los parados, con la juventud que sufre la falta de un presente digno, con los pensionistas, con el pueblo de Catalunya que lucha por la república y su derecho legítimo a decidir, con las mujeres golpeadas por la desigualdad y la violencia, con los oprimidos y los explotados levantando un programa socialista para transformar la sociedad.

Los cambios sociales profundos se logran mediante la confrontación con los grandes poderes económicos y políticos, la organización y la lucha. Hemos derrotado a la derecha en las urnas, pero debemos continuar con la movilización masiva y construir una izquierda combativa, con fuertes raíces en el movimiento obrero y los sindicatos de clase, en los centros de estudio y en los movimientos sociales.
¡Es la hora de la lucha y la organización!
¡Únete a Izquierda Revolucionaria!

* Todos los datos de este artículo son con el 99,99% de los votos escrutados.


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