
El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 supuso un punto de inflexión histórico para el movimiento obrero y la socialdemocracia. Las resoluciones, artículos y pronunciamientos contra la guerra aprobados por la Segunda Internacional y la inmensa mayoría de los partidos que la integraban, se convirtieron en papel mojado. El internacionalismo proletario, en el momento más crítico, fue reemplazado por el socialchovinismo, el patrioterismo y la colaboración de clases.
Durante años, la Internacional había señalado como un crimen político que los obreros de Alemania, Francia, Gran Bretaña, Rusia… se enfrentaran en las trincheras para favorecer los negocios de los capitalistas de sus respectivos países. Estas ideas, que habían quedado inscritas en numerosos materiales, como el Manifiesto contra la guerra imperialista redactado por Lenin y Rosa Luxemburgo en el Congreso de Stuttgart de 1907, dejaron paso a la capitulación más abyecta.
La batalla por los mercados y las materias primas
El fenómeno del imperialismo, previsto por Marx en El Manifiesto Comunista, era ya una realidad en la primera década del siglo XX. El proceso de concentración y monopolización del capital que había surgido dialécticamente del desarrollo de las fuerzas productivas europeas y de la libre competencia, abrió paso a una batalla encarnizada por el control del mercado mundial. Incrementar las cuotas de ganancia y superar las crisis de sobreproducción, asegurar las fuentes de materias primas y el dominio de las rutas comerciales… empujó irresistiblemente a la colonización y el saqueo de nuevos territorios.
Las condiciones para un enfrentamiento militar entre las potencias capitalistas maduraron al ritmo de la expansión imperialista. Aunque su escenario fue el mundo entero, la espoleta del conflicto se situó en los Balcanes, mosaico de pueblos y nacionalidades oprimidas que concentró todas las ambiciones de las potencias europeas. La decadencia del imperio otomano disparó las pretensiones anexionistas de los países imperialistas más próximos (Rusia, Austria-Hungría, Italia) y de los económicamente más potentes (Alemania, Francia y Gran Bretaña).
Las potencias instrumentalizaban los sueños de los jóvenes estados y nacionalidades balcánicas. En nombre de una supuesta “autodeterminación nacional”, la autocracia rusa respaldó abiertamente el movimiento nacionalista serbio, que ansiaba crear la Gran Serbia, mientras la monarquía austrohúngara se encargaba de aplastar militarmente cualquier derecho democrático de las nacionalidades que integraban el Imperio. El interés por obtener una posición hegemónica en la zona contagiaba a la clase dominante de todos los países, incluidos los más débiles: las divisas reaccionarias de la “Gran Grecia”, la “Gran Bulgaria” o incluso la “Gran Rumanía” motivaban a las burguesías de estas jóvenes naciones tras las cuales se escondía la mano del capital europeo.

En octubre de 1908, el imperio austrohúngaro se anexionó Bosnia-Herzegovina, ante la impotencia turca y las amenazas de Serbia y Rusia. En la disputa de los estrechos (apertura del Bósforo y los Dardanelos), el zar de Rusia se enfrentó tanto con Alemania como con Austria-Hungría, rechazando firmemente cualquier concesión que lo dejase en desventaja. La tensión estalló en octubre de 1912 con la primera de las guerras balcánicas, en la que Turquía sufrió una severa derrota. El tratado de Londres (mayo de 1913) troceó el imperio otomano, aunque el reparto no resolvió nada.
Los Balcanes se habían convertido en un callejón sin salida, mostrando que la cuestión nacional bajo el capitalismo y el dominio imperialista no pueden resolverse en beneficio de los pueblos. La crisis estaba madura y condujo, irremediablemente, a la Primera Guerra Mundial. El asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro, el 28 de junio de 1914, proporcionó la excusa para el inicio de las hostilidades.
El 28 de julio, Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia. Por su parte, el 30 de julio, el zar Nicolás II decretó la movilización general de las tropas, y el 31 de julio el gobierno alemán envió un ultimátum a Rusia exigiendo su renuncia a las hostilidades.
Finalmente, el 1 de agosto Alemania declaró la guerra a Rusia, y el 3 de agosto a Francia. Entre el 3 y el 4 de agosto, el gobierno alemán decidió invadir Bélgica. El 11 y 12 de agosto, franceses y británicos se sumaron al combate contra Alemania y Austria-Hungría.
La Primera Guerra Mundial, como toda guerra imperialista, fue justificada por los gobernantes con los argumentos más nobles y elevados: “defensa de la democracia, la cultura y los valores de Occidente”, “rechazo al militarismo agresor”, “seguridad colectiva”... en definitiva, el amplio catálogo de mentiras para ocultar el carácter de clase, burgués, de una guerra de rapiña y conquista.
Lenin explicó sin rodeos la naturaleza del conflicto y los intereses que estaban en juego:
“Ninguno de los dos grupos de países contendientes es mejor ni peor que el otro en lo que se refiere a saqueos, atrocidades y crueldades sin fin. Pero, para embaucar al proletariado y desviar su atención de la única guerra verdaderamente emancipadora, es decir, de la guerra civil contra la burguesía tanto de su ‘propio’ país como de los países ‘ajenos’, la burguesía de cada país se esfuerza para alcanzar este sublime objetivo con patrañas sobre el patriotismo, en enaltecer el significado de ‘su’ guerra nacional y en dar fe de que aspira a vencer al adversario en aras de la ‘emancipación’ de todos los demás pueblos, salvo el suyo propio, y no en aras del saqueo y las conquistas territoriales”[1].
La derrota de los imperios centrales, tras cuatro largos años de combates encarnizados, dejó un saldo de diez millones de soldados muertos. En Francia rondaron el millón y medio, a los que hay que sumar tres millones de heridos y más de un millón de mutilados. En Alemania, murieron más de un millón ochocientos mil soldados y hubo más de cinco millones de heridos e inválidos. En Austria-Hungría, los muertos se acercaron al millón y medio. En Rusia, el número fue considerablemente mayor: cinco millones murieron hasta 1920, incluyendo los caídos en los dos años de guerra civil e intervención imperialista contra el Estado obrero soviético. En Gran Bretaña, los muertos ascendieron a setecientos cincuenta mil, cifra que se eleva a un millón si incluimos las bajas de los pueblos coloniales sometidos al imperio británico. En Italia, cerca de ochocientos mil; en Serbia, trescientos sesenta mil; EEUU perdió ciento quince mil soldados.
Más de quinientos setenta mil civiles franceses y en torno a setecientos cincuenta mil alemanes murieron a consecuencia del hambre y las epidemias. La cifra de refugiados por los combates aumentó exponencialmente: más de un millón de alemanes huyeron de Polonia, los países bálticos, Alsacia y Lorena. Hungría recibió más de cuatrocientos mil refugiados; Bulgaria, doscientos mil.
La ocupación de Serbia por las tropas austriacas provocó la deportación de más de ciento cincuenta mil personas. En 1915, más de ocho mil serbios y montenegrinos internados en campos de confinamiento por el ejército austriaco murieron de sarna y tifus. La guerra turco-griega provocó el éxodo de más de un millón de familias griegas y hubo pogromos sangrientos contra ellas en la costa de Anatolia, después de que los ejércitos griegos, que habían avanzado en territorio turco, realizasen su propia política de limpieza étnica contra los turcos. Los armenios fueron víctimas de un genocidio a manos del ejército turco: cientos de miles fueron asesinados. El odio y la destrucción se desparramó en lo más profundo de los Balcanes y el oriente europeo, atizado por las potencias europeas.
Los cuatro años de contienda colapsaron la economía. La producción agrícola se redujo un 30% y la industrial, un 40%. “Los imperios centrales (Alemania, Austria-Hungría, Bulgaria, Turquía) se hallaban reducidos a un hambre genialmente organizado”, escribió Víctor Serge.[2] La destrucción de la economía y el sufrimiento terrible de millones de inocentes tuvo su contrapunto en los fabulosos negocios que la guerra propició. Los dueños de las empresas encargadas del suministro y la producción de armamento, los responsables del acaparamiento y la especulación de alimentos, los traficantes de toda clase de productos amasaron beneficios millonarios.
Pero la guerra también fue la partera de la revolución.

Marxismo contra socialchovinismo
La guerra imperialista colocó a las organizaciones obreras ante la prueba decisiva, y la capitulación de la mayoría de los dirigentes socialdemócratas conmocionó al movimiento obrero mundial.
Pero ¿cómo fue posible llegar a este punto? ¿Qué fuerzas sociales y materiales empujaron a la Segunda Internacional a este colapso?
El auge económico que se había extendido durante las dos últimas décadas del siglo XIX y la primera del siglo XX, facilitó la degeneración reformista de la Segunda Internacional y su abandono del marxismo. La actividad en el parlamento, en los ayuntamientos, en los sindicatos y las cooperativas, absorbía las energías de la dirección y de los cuadros intermedios. El cretinismo parlamentario alimentó todo tipo de privilegios materiales, e infundió un espíritu de respetabilidad y reconocimiento social al aparato socialdemócrata.
Las presiones de la aristocracia obrera, que constituía la base de apoyo de la burocracia reformista, y la constante penetración de ideas de clases ajenas acabaron por convertir a muchos dirigentes de los partidos de la Segunda Internacional, marxistas e internacionalistas en sus orígenes, en lugartenientes obreros de los capitalistas.
El Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), el más poderoso de la Internacional, que reclamaba con orgullo el papel de Marx y Engels en su fundación, encabezó este proceso de degradación y liquidación del marxismo. Las batallas en su seno habían sido ya muy intensas en los años anteriores, entre el ala derechista encabezada por Bernstein, la centrista de Kautsky, y la corriente marxista que lideró hasta su asesinato Rosa Luxemburgo.
En 1914, cuando el SPD se convirtió en un leal servidor del Reich, en un partido del Estado militarista, solo Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo y un puñado de cuadros, que más tarde fundarían la Liga Espartaquista, tuvieron la valentía de denunciar esta ignominia con fuerza y claridad. Karl Liebknecht, que inicialmente voto a favor de los créditos de guerra, rápidamente rectificó, convirtiéndose en el único diputado en votar contra los mismos el 2 de diciembre de 1914. Desde entonces utilizaría la tribuna parlamentaria y la calle para denunciar la guerra imperialista y popularizar su famoso lema internacionalista: “El enemigo principal está en casa”, señalando a la burguesía alemana y a sus cómplices, los dirigentes socialdemócratas y la burocracia sindical, como los enemigos a batir.
También Rosa Luxemburgo fue clara desde el principio:
“¿Y qué presenciamos en Alemania cuando llegó la gran prueba histórica? La caída más profunda, el desmoronamiento más gigantesco. En ninguna parte la organización del proletariado se ha puesto tan completamente al servicio del imperialismo, en ninguna parte se soporta con menos oposición el estado de sitio, en ninguna parte está la prensa tan amordazada, la opinión pública tan sofocada y la lucha de clases económica y política de la clase obrera tan abandonada como en Alemania”.[3]
La impresión que causó esta capitulación fue tan extraordinaria, que el mismo Lenin, exiliado en Zúrich, llegó a pensar que el periódico del SPD, Vorwärts (Adelante) del 5 de agosto de 1914, en el que se anunciaba el apoyo del partido alemán a los créditos de guerra, era una falsificación del Estado Mayor. Pero no, no solo no era una falsificación, la socialdemocracia alemana se convirtió desde ese momento en un campo de concentración donde se perseguía con saña a los militantes marxistas que se mantenían leales a la causa de los trabajadores.

Las organizaciones obreras de Francia, Bélgica, Gran Bretaña, Austria-Hungría, Rusia, Alemania, Italia, etc., fueron arrastradas por sus dirigentes al estercolero del socialchovinismo. La lucha por la revolución fue reemplazada por el frente único con los capitalistas nacionales, el internacionalismo por la unión sagrada bajo una misma bandera con los capitalistas. El llamamiento de Marx y Engels, “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, fue sustituido por el de “¡Proletarios de todos los países, asesinaos en las trincheras en defensa de vuestra burguesía!”.
Frente a esta traición, sólo un pequeño núcleo de socialdemócratas defendió los principios del internacionalismo y luchó sin tregua contra la guerra imperialista. Los bolcheviques rusos, encabezados por Lenin, fueron los más consecuentes en su oposición revolucionaria. Estuvieron acompañados por una minoría de internacionalistas: el irlandés James Connolly, Trotsky y sus partidarios, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, el holandés Pannekoek, el rumano Christian Rakovski, los socialistas serbios encabezados por Lapschewitsch y Kazlerowitsch, las minorías de los partidos socialistas búlgaro e italiano…, en total, un pequeño puñado de revolucionarios intransigentes aislados en un continente en guerra.
La guerra imperialista destruyó lo que había creado el trabajo de generaciones, pero sus efectos políticos fueron aún más devastadores para el orden capitalista. Una gran conmoción recorrió la sociedad de arriba abajo, poniendo en cuestión todas las viejas creencias, todos los prejuicios introducidos por la clase dominante, encendiendo la llama de la revolución socialista por el continente.
Zimmerwald y Kienthal
La lucha de los internacionalistas contra esta degeneración no fue tan solo contra aquellos dirigentes que justificaban la guerra imperialista con entusiasmo y sin tapujos, sino especialmente contra los llamados “centristas”, que fueron mostrándose progresivamente “críticos” ante el creciente malestar que las muertes, las privaciones, y los negocios obscenos provocaban entre amplias capas de los trabajadores y los oprimidos.
Esa crítica era diplomática y de corte pacifista, y como Lenin decía, solo de palabra, pues se negaban a cuestionar la “unidad del socialismo” con esos mismos dirigentes que actuaban de ministros en los Gobiernos capitalistas y apoyaban con entusiasmo el esfuerzo de guerra.
El representante más acabado de esta tendencia fue Karl Kautsky, considerado hasta entonces el principal teórico de la Segunda Internacional y editor de la revista teórica del SPD Die Neue Zeit (La Nueva Gaceta). Con argumentos “elaborados” a los que daba una apariencia consistente, Kautsky se esforzó en justificar y enmascarar la traición de la Internacional adornándola con un lenguaje marxista. No es casualidad que Lenin centrará gran parte de su crítica contra sus posiciones, contribuyendo decisivamente a la clarificación y la educación política de los cuadros internacionalistas. Sus textos contra Kautsky jugarían un papel fundamental, a modo de cimientos ideológicos, en la nueva Internacional que Lenin y los bolcheviques crearían en 1919.
A lo largo de 1915 y 1916, los militantes que se oponían a la guerra celebraron dos conferencias en Suiza, en Zimmerwald y en Kienthal respectivamente.
En la primera de las conferencias, celebrada del 5 al 8 de septiembre con la participación de 40 delegados de 11 países, un ala de derechas, representada por los diputados socialdemócratas alemanes Ledebour y Hoffmann, y Mártov el líder de los mencheviques internacionalistas de Rusia, se negaba a romper con los dirigentes que apoyaban la guerra, y consideraba salvable y reformable la Segunda Internacional. Este sector pronto quedó en minoría.

Dentro de la tendencia internacionalista existían diferentes énfasis y sensibilidades. Por un lado, los representantes de los internacionalistas alemanes de Rosa Luxemburgo, junto a Trotsky y sus colaboradores, condenaban rotundamente la conducta de los “socialistas” que habían votado a favor de los créditos de guerra y entrado en gobiernos burgueses, rechazaban frontalmente cualquier tipo de acuerdo con el socialchovinismo y apelaban al movimiento obrero europeo para luchar contra la guerra y por una paz sin anexiones ni compensaciones. Este sector, sin embargo, consideraba todavía prematuro proclamar una nueva Internacional, aunque había que trabajar por ella.
Dentro de la tendencia internacionalista se agrupó una “izquierda” encabezada por Lenin y los delegados bolcheviques. Su postura era clara: la denuncia de la capitulación de los dirigentes de la Segunda Internacional había que concretarla no solo desnudando el carácter imperialista de la guerra, sino en la necesidad de transformarla en guerra de clases. Además, había que proclamar la completa ruptura con la vieja Internacional, irreformable, y trazar una estrategia firme hacia la construcción de una nueva internacional marxista y proletaria.
El texto de los bolcheviques fue redactado por Karl Rádek:
“Patriotismo social y socialimperialismo representan un enemigo más peligroso para el proletariado que los apóstoles burgueses del imperialismo, ya que, por el mal uso de la bandera del socialismo, se puede perder a las capas menos conscientes de la clase obrera. En Alemania, no sólo la mayoría abiertamente patriótica de los ex dirigentes socialdemócratas, sino también el actual “centro” del partido, que se hace pasar por una oposición, comparte este punto de vista. (…)
El primer requisito para la movilización revolucionaria del proletariado y para la reconstrucción de la Internacional es una lucha irreconciliable contra el socialimperialismo. Esta lucha exige el rechazo de los créditos de guerra, la salida [de los socialistas] de los ministerios de gobierno y la denuncia del carácter capitalista y antisocialista de la guerra en el ámbito parlamentario, en las páginas de las publicaciones legales y, cuando sea necesario, en las ilegales, junto con una lucha franca contra el socialpatriotismo. Cada movimiento popular que surja de las consecuencias de la guerra (contra el empobrecimiento, como reacción ante las bajas en el ejército, etc.) debe ser utilizado para organizar manifestaciones callejeras en contra de los gobiernos, propaganda por la solidaridad internacional en las trincheras, demandas por huelgas económicas y el esfuerzo para tratar de transformar dichas huelgas, donde las condiciones sean favorables, en luchas políticas”.[4]
Finalmente, la tendencia internacionalista aceptó que Trotsky redactara el manifiesto de la conferencia, y Lenin junto a los delegados bolcheviques votaron a favor del mismo, considerándolo un paso adelante en la buena dirección. El manifiesto señaló puntos esenciales:
“¡Proletarios de Europa!
¡Hace más de un año que dura la guerra! Millones de cadáveres cubren los campos de batalla. Millones de hombres quedaran mutilados para el resto de sus días. Europa se ha convertido en un gigantesco matadero de hombres. Toda la civilización, creada por el trabajo de muchas generaciones está condenada a la destrucción. La barbarie más salvaje celebra hoy su triunfo sobre todo aquello que hasta la fecha constituía el orgullo de la humanidad.
Cualesquiera que sean los principales responsables directos del desencadenamiento de esta guerra, una cosa es cierta: la guerra que ha provocado todo este caos es producto del imperialismo. Esta guerra ha surgido de la voluntad de las clases capitalistas de cada nación de vivir de la explotación del trabajo humano y de las riquezas naturales del planeta. De tal manera que las naciones económicamente atrasadas o políticamente débiles caen bajo el yugo de las grandes potencias que, con esta guerra, intentan rehacer el mapa del mundo, a sangre y fuego, de acuerdo con sus intereses explotadores. Es así como naciones y países enteros como Bélgica, Polonia, los estados de los Balcanes y Armenia corren el riesgo de ser anexionados en todo o en parte por el simple juego de las compensaciones (…)
Durante muchos años el proletariado socialista ha encabezado la lucha contra el militarismo; con una creciente aprensión sus representantes se preocuparon en sus congresos nacionales e internacionales del peligro de guerra que el imperialismo hacía paso a paso más amenazante. En Stuttgart, en Copenhague, en Basilea, los congresos socialistas internacionales trazaron la vía que debía seguir el proletariado.
No obstante, partidos socialistas y organizaciones obreras de varios países, pese a haber contribuido en su día a la elaboración de estas decisiones, han olvidado y repudiado desde el comienzo de la guerra las obligaciones que les imponían. Sus representantes y dirigentes han llamado e inducido a los trabajadores a abandonar la lucha de clases, el único medio posible y eficaz para la emancipación proletaria. Han votado con sus clases dirigentes los presupuestos de guerra; se han colocado a la disposición de sus gobiernos para prestarles los más diversos servicios; han intentado a través de su prensa y sus enviados ganar a los neutrales a la política de sus gobiernos respectivos; han incorporado a los gobiernos “ministros socialistas” como rehenes para la preservación de la “Unión Sagrada” y para ello han aceptado ante la clase obrera compartir con las clases dirigentes las responsabilidades actuales y futuras de esta guerra, de sus objetivos y de sus métodos. Y de la misma manera que ha ocurrido con los partidos separadamente, el más alto organismo de las organizaciones socialistas de todos los países, la Oficina Socialista Internacional, también ha fallado y faltado a sus obligaciones (…)
En esta situación intolerable, nosotros, representantes de partidos socialistas, de sindicatos y de minorías de estas organizaciones; alemanes, franceses, italianos, rusos, polacos, letones, rumanos, búlgaros, suecos, noruegos, suizos, holandeses, nosotros que no nos situamos en el terreno de la solidaridad nacional con nuestros explotadores, sino que permanecemos fieles a la solidaridad internacional del proletariado y a la lucha de clases, nos hemos reunido aquí para reanudar los lazos rotos de las relaciones internacionales, para llamar a la clase obrera a recobrar la conciencia de sí misma y situarla en la lucha por la paz. (…)
Esta lucha es la lucha por la libertad, por la fraternidad de los pueblos, por el socialismo. Hay que emprender esta lucha por la paz, por la paz sin anexiones ni indemnizaciones de guerra. Pero una paz así no es posible más que con la condición de condenar todo proyecto de violación de derechos y de libertades de los pueblos. Esa paz no debe conducir ni a la ocupación de países enteros ni a las anexiones parciales. Nada de anexiones, ni reconocidas ni ocultas y mucho menos aún subordinaciones económicas que, en razón de la pérdida de autonomía política que entrañan, resultan todavía más intolerables si cabe. El derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos debe ser el fundamento inquebrantable en el orden de las relaciones de nación a nación. (…)
Obreros y obreras, padres y madres, viudas y huérfanos, heridos y mutilados, a todos vosotros que estáis sufriendo la guerra y por la guerra, nosotros os decimos: por encima de las fronteras, por encima de los campos de batalla, por encima de los campos y las ciudades devastadas, ¡proletarios de todos los países, uníos!”. [5]
La II Conferencia Socialista se celebró del 24 al 30 de abril de 1916 en Kienthal. A diferencia de la anterior, el ala izquierda actuó más unida y tuvo más fuerza. Gracias a los esfuerzos de Lenin, se aprobó una resolución que además de criticar el socialpacifismo, afirmaba categóricamente que la única manera de terminar con las guerras era que la clase obrera tomara el poder y aboliera la propiedad privada de los medios de producción. El manifiesto y las resoluciones aprobadas en Kienthal fueron un nuevo paso en el desarrollo del movimiento internacional contra la guerra y establecieron un terreno de colaboración que cristalizó definitivamente con la creación de la Internacional Comunista en 1919.
Los horrores de la guerra imperialista generaron las condiciones para el estallido de la revolución socialista. En febrero de 1917 la clase obrera y los soldados de Petrogrado se alzaron contra el zarismo barriéndolo de la historia en cuestión de semanas. Comenzaba la Revolución rusa, que acabaría diez meses después con la toma del poder por parte de la clase trabajadora bajo la dirección del Partido Bolchevique.

Durante todos esos meses, de febrero a octubre, emergió por toda Rusia el poder de los sóviets: comités de trabajadores, soldados y campesinos que pugnaba por imponerse al poder de los terratenientes y burgueses. Primeramente como Gobierno Provisional, y a partir de mayo como Gobierno de Coalición integrado por ministros burgueses y representantes del partido de los socialistas revolucionarios, eseristas, y de los mencheviques, la burguesía rusa y sus aliados “socialistas” fueron incapaces de resolver ninguno de los problemas que la revolución había puesto encima de la mesa: el fin de la guerra imperialista y una paz sin anexiones, el reparto de la tierra y la reforma agraria, el derecho de las naciones a la autodeterminación, la jornada de ocho horas y las mejoras laborales y económicas de la clase obrera…
No es este el espacio para analizar la estrategia política de Lenin y los bolcheviques para enfrentar a los partidarios de la colaboración de clases, y las tácticas y consignas que utilizaron para hacerse con la mayoría en los sóviets. Recomendamos a todos nuestros lectores consultar las obras de Lenin publicadas por la Fundación Federico Engels, comenzando por la reciente edición de Las Tesis de Abril y los tres volúmenes de Escritos en Revolución, que incluyen todos los textos, documentos, proclamas y libros redactados por el líder bolchevique a lo largo de 1917.
La lucha política de los internacionalistas contra la bancarrota de la Segunda Internacional culminó con la fundación de la Tercera Internacional, la Internacional Comunista, a la que se sumaron con entusiasmo los elementos revolucionarios más decididos de los partidos socialistas de todo el mundo, que sufrieron escisiones de masas.
Tras el triunfo de la Revolución de Octubre la batalla contra los dirigentes de la Segunda Internacional se intensificó, y fue especialmente aguda contra Kautsky y los centristas. Este sector, que todavía conservaba una cierta influencia entre los obreros de Occidente, especialmente en Alemania, se posicionó ruidosamente contra el Octubre soviético, calificándolo de golpe de Estado y de dictadura, y apoyaron sin reservas la contrarrevolución armada de los Guardias Blancos y de las potencias imperialistas.
Tres textos fundamentales de Lenin
Los dos primeros textos que presentamos en esta nueva edición, La bancarrota de la Segunda Internacional y El oportunismo y la bancarrota de la Segunda Internacional, fueron escritos por Lenin en 1915 durante su exilio en Suiza, en plena efervescencia chovinista y bélica. En los mismos analiza detalladamente la traición de la Segunda Internacional y de sus dirigentes, destacando a Kautsky, y señalando ya la necesidad de romper definitivamente con todos ellos:
“La época imperialista no tolera la coexistencia en un mismo partido de los elementos de vanguardia del proletariado revolucionario y de la aristocracia semipequeñoburguesa de la clase obrera, que disfruta de las migajas de los privilegios proporcionados por la condición ‘dominante’ de ‘su’ nación”.[6]
El fin histórico de la Segunda Internacional había sido hacer consciente a la clase trabajadora del carácter imperialista de la guerra, y convencerla de los medios prácticos para combatirla a través de la huelga general y la revolución social. Sin embargo, Kautsky y los dirigentes centristas que le apoyaban se justificaban afirmando que la pasividad de las masas hacía imposible una política activa contra la guerra. Como siempre, la culpa era de los trabajadores. Argumentos recurrentes que seguimos escuchando hoy en día.
La propia Internacional había señalado en el Manifiesto de Basilea de 1912 que la guerra imperialista conllevaría una situación revolucionaria, fruto de “un agravamiento, fuera de lo común, de la miseria y de los sufrimientos de las clases oprimidas”. Por esta razón, señalaba Lenin, la burguesía necesitaba contar con los dirigentes reformistas y sindicales, contar con la bancarrota de la Segunda Internacional:
“jamás un gobierno necesita tanto el acuerdo entre todos los partidos de las clases dominantes, o la sumisión ‘pacífica’ de las clases oprimidas a dicha dominación, como en tiempos de guerra”.[7]
Kautsky y compañía trataban de cuadrar el círculo. Querían oponerse a la guerra, pero al recurrir a los argumentos del derecho burgués: “¿quién disparó primero?”, o rechazar su carácter imperialista, se asimilaban a los socialpatriotas. Como señala Lenin acertadamente, Marx y Engels consideraban toda guerra una continuación de la política interna de las potencias implicadas —y de las distintas clases dentro de cada una de ellas—, y por tanto son estos intereses en juego, el de las clases sociales en pugna, los que deben tenerse en consideración para calificar la guerra o no como imperialista.
Lenin plantea de manera concreta las causas políticas y sociales que llevaron a la bancarrota oportunista y chovinista de la Segunda Internacional.
“El oportunismo es el sacrificio de los intereses vitales de las masas en aras de los intereses momentáneos de una minoría insignificante de trabajadores o, en otros términos, la alianza entre la burguesía y un sector de los trabajadores contra las masas proletarias. La guerra ha hecho que esta alianza sea particularmente patente e inevitable.
El oportunismo se ha estado incubando durante decenios por la especificidad de una época de desarrollo del capitalismo en que las condiciones de existencia relativamente civilizadas y pacíficas de una capa de obreros privilegiados los ‘aburguesaba’, les proporcionaba unas migajas de los beneficios conseguidos por sus capitalistas nacionales y los mantenía alejados de las privaciones, los sufrimientos y el estado de ánimo revolucionario de las masas arruinadas que vivían en la miseria.
La guerra imperialista es la continuación directa y la culminación de tal estado de cosas, pues es una guerra por los privilegios de las naciones imperialistas, por un nuevo reparto de las colonias entre ellas, por su dominación sobre otras naciones. Defender y consolidar su situación privilegiada como una “capa superior” pequeñoburguesa o como aristocracia (y burocracia) de la clase obrera: tal es la continuación natural, durante la guerra, de las esperanzas oportunistas pequeñoburguesas y de la correspondiente táctica, tal es la base económica del socialimperialismo de nuestros días”.[8]
Décadas de parlamentarismo y legalismo consolidaron “todo un estrato social, formado por parlamentarios, periodistas, funcionarios del movimiento obrero, empleados privilegiados y ciertas capas del proletariado, que se ha fundido con su propia burguesía nacional, la cual ha sabido apreciarlo y adaptarlo”. ¡He aquí la base material de esta degeneración!
El renegado Kautsky
El tercer texto de este libro fue redactado por Lenin entre octubre y noviembre de 1918, en plena ofensiva de la contrarrevolución burguesa y terrateniente y de la intervención militar de 21 potencias imperialistas contra el Estado obrero soviético.
Convertido en un texto clásico de Lenin, el líder bolchevique aborda una amplia y mordaz respuesta al libro que escribió Kautsky en el verano de 1918 bajo el título La dictadura del proletariado. Erigiéndose en portavoz “democrático” del socialismo internacional, el viejo centrista denigra la democracia obrera soviética calificándola como una burda dictadura. Repitiendo los lugares comunes de la propaganda burguesa, en el momento en que la Revolución Rusa era atacada militarmente por todos los flancos, Kautsky intenta dar una cobertura “socialista” a los esfuerzos de la contrarrevolución.
A la contestación de Lenin se sumaría después la de Trotsky, con la obra Terrorismo y comunismo[9] escrita durante los combates de la guerra civil en el tren blindado que le llevaba de un frente a otro.
En cualquier caso, La revolución proletaria y el renegado Kautsky no es una mera polémica partidaria. Constituye un tratado de teoría marxista destilado, en que Lenin aborda de manera magistral la concepción marxista del Estado y la “democracia”, frente a las tergiversaciones idealistas y reformistas de Kautsky.

Tal y como señala Lenin, Kautsky sigue la estela de un vulgar liberal cuando abandona el método científico del materialismo histórico, y contrapone a la democracia soviética la idea de la “democracia pura”. Un concepto que pasa por alto el contenido de clase no solo del Estado, sino de la propia democracia.
La democracia burguesa, explica Lenin, “sigue siendo siempre —y no puede dejar de serlo bajo el capitalismo— estrecha, amputada, falsa, hipócrita, paraíso para los ricos y trampa y engaño para los explotados, para los pobres”. Una concepción plenamente actual, pues bajo el capitalismo el Gobierno de turno siempre garantiza los intereses de la oligarquía financiera y los monopolios.
Lenin también disecciona con todo detalle la campaña de calumnias de la socialdemocracia respecto a la disolución de la Asamblea Constituyente, “clave de todo el panfleto de Kautsky”. La consigna de la Asamblea Constituyente burguesa siempre fue secundaria en la agitación política de los bolcheviques. Desde abril de 1917, Lenin enfatizó la necesidad de traspasar todo el poder a los sóviets, “una forma de democracia superior a la república burguesa ordinaria con su Asamblea Constituyente”.
* * *
Creemos que la lectura de estos trabajos de Lenin despertará un enorme interés en la nueva generación de militantes revolucionarios. Las ideas aquí contenidas no solo tienen relevancia para una época pasada, proporcionan una brújula para interpretar la nueva dinámica de la lucha de clases, desde la pugna por la hegemonía entre los bloques imperialistas, la vuelta del militarismo y la guerra, la descomposición de la democracia parlamentaria, o el auge de la extrema derecha y el Estado totalitario…
Los análisis de Lenin y sus rescates teóricos se hacen imprescindibles para comprender los acontecimientos explosivos de la actualidad, y son de una ayuda inestimable para levantar la resistencia obrera y construir la organización comunista.
[1] V. I. Lenin, La guerra y la socialdemocracia de Rusia, 11 de octubre de 1914 (marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/28-ix-1914.htm).
[2] Víctor Serge, El año I de la revolución rusa. Siglo XXI Editores, México, 1983, p. 183.
[3] Rosa Luxemburgo, La crisis de la socialdemocracia. Fundación Federico Engels, Madrid, 2006 p. 11
[4] Karl Radek, Proyecto de Resolución sobre la Guerra Mundial y las tareas de la socialdemocracia (marxists.architexturez.net/espanol/radek/1915/0001.htm).
[5] Manifiesto de Zimmerwald, 8 de septiembre de 1915, redactado por León Trotsky (www.marxists.org/espanol/trotsky/1915/septiembre/08.htm).
[6] Página 96 de la presente edición.
[7] Página 40 de la presente edición.
[8] Páginas 76-77 de la presente edición.
[9] Existe edición de la Fundación Federico Engels.



















