El Militante.- El periodo de la Segunda República y la guerra civil ha sido objeto de numerosas publicaciones en los últimos años, ¿qué aporta este nuevo libro?

 

 

Juan Ignacio Ramos.- Sí es cierto, pocos acontecimientos de la historia contemporánea, con la excepción quizá de la Segunda Guerra Mundial, han producido una cantidad tal de literatura, trabajos científicos y ensayos. También hemos sufrido en los últimos años, como fruto de una estrategia cuidadosamente planificada desde la derecha, la avalancha de una masa de libros escritos por conocidos reaccionarios que han puesto su pluma al servicio de la revisión y la justificación de los crímenes del franquismo, materiales de deshecho que no superan la categoría de folletines de propaganda falangista.

 

No obstante, dentro del universo de obras consagradas a la Segunda República y la Guerra Civil hay muchas que destacan por derecho propio. Son aquellas que conceden la palabra a los que combatieron en primera línea por la transformación social, a los que lucharon en las trincheras contra el fascismo o, simplemente, basándose en una investigación concienzuda y rigurosa, retratan el conflicto entre las clases con veracidad. Una parte de éstas, hay muchas más indudablemente, se han utilizado como referencias obligadas para sostener el análisis que he realizado.

 

En Revolución Socialista y Guerra Civil (1931-1939) he intentado abordar la interpretación de aquellos años desde la perspectiva del materialismo histórico y el marxismo revolucionario, situando la lucha de clases como vértice del libro. No es un aspecto secundario. En mi opinión, la historia es en primer lugar un combate por la verdad, y la verdad es siempre concreta. Depende del punto de vista de clase que se adopte. En el Estado español hubo una auténtica revolución social, que se prolongó al menos durante seis años y que finalmente adquirió la forma de una guerra civil. Millones de oprimidos tomaron en sus manos el destino de sus vidas y libraron un combate ejemplar por cambiar de raíz las estructuras sociales, económicas y políticas. La decisión de los trabajadores de la ciudad y del campo fue enfrentada por la burguesía, los terratenientes y la casta de oficiales con un levantamiento armado. De hecho, en el Estado español se produjo una anomalía comparada con lo que sucedió en Europa, en concreto en Alemania e Italia. El triunfo de Mussolini en 1923 y de Hitler en 1933 tuvo unas características diferentes. En julio de 1936, después de intentos fallidos como el de agosto de 1932, el golpe militar fracasa por la tremenda respuesta obrera que se da en las principales ciudades del país, especialmente en Barcelona y Madrid. A partir de ese momento, el Estado burgués republicano se desmorona temporalmente y surge un poder obrero alternativo, en forma de comités obreros que imponen su control sobre la producción y la administración en fábricas y empresas; en las colectividades agrarias; en las patrullas de control y los tribunales populares de justicia; en las milicias obreras... este doble poder representa una amenaza mortal para el sistema capitalista en un momento en que el éxito de la revolución socialista en el Estado español podría haber cambiado la historia de Europa.

 

Durante décadas se ha pretendido ocultar la auténtica naturaleza de aquellos acontecimientos, camuflando una revolución que de verdad existió para darle un sentido equívoco, como si se tratara de una lucha en defensa de la democracia burguesa, cuando es obvio que no fue ese el objetivo por el que peleaban millones de trabajadores y campesinos en las trincheras. Tanto en este primer volumen como en el que le seguirá he tratado de aclarar el hecho central: que los trabajadores y los campesinos protagonizaron una formidable revolución social, y que ésta fue decapitada y traicionada no sólo por los fascistas, sino por aquellos dirigentes de la izquierda que en lugar de ofrecer un programa, una táctica y una estrategia, en el plano político, económico y militar para coronarla con éxito, la ahogaron y asfixiaron por aplicar una política de colaboración de clases con la burguesía, política que ya había conducido al fracaso a otras crisis revolucionarias vividas anteriormente.

 

EM.- El capítulo introductorio del libro se titula "Memoria Histórica". La lucha por la recuperación de la memoria histórica ha adquirido una expresión muy amplia en los últimos años. ¿Qué opinas de esto y qué relación guarda con el libro?

 

JIR.- Tengo un profundo sentimiento de reconocimiento y admiración por miles de personas que con su actuación tenaz y desinteresada, muchas veces sin apenas medios, y sometidos a muchas adversidades, están logrando que la verdad de los crímenes del franquismo se descubran y salgan a la luz. El libro dedica la introducción a la Memoria Histórica, no sólo con el fin de denunciar una represión que se convirtió en una auténtica política de exterminio contra la clase obrera y sus organizaciones, debidamente planificada y sostenida por los militares, por la jerarquía eclesiástica, por los empresarios y banqueros españoles. También insisto en la necesidad de que esos crímenes, que llevaron a los paredones de ejecución a más de 150.000 personas, no sólo deben ser juzgados y castigados, que las víctimas y sus familiares deben ser reparadas moralmente y en todos los sentidos, sino que además es fundamental que se depure a fondo un aparato del Estado incrustado de franquistas, en la judicatura, en la dirección de la policía, de la Guardia Civil, en el Ejército, y que se acabe con la impunidad que la mal llamada Ley de Amnistía de 1977 ha proporcionado a estos crímenes. Una ley que en realidad es de punto y final, y que demuestra las tremendas y dramáticas concesiones que los dirigentes de la izquierda, del PCE y del PSOE, realizaron en los años de la llamada Transición.

 

Esta introducción es un modesto tributo a las víctimas, y una denuncia encendida de la hipocresía y la doble moral de un sistema que pone todas las trabas legales y judiciales posibles para que se juzguen los crímenes horrendos de una dictadura que duró cuarenta años, pero que ha premiados con títulos y honores, ya en los llamados años de democracia, a muchos de los responsables de esas atrocidades.

 

EM.- El libro aborda una parte considerable de la historia contemporánea del Estado español, ¿en qué medida ha condicionado este periodo el proceso posterior, de revolución y guerra civil?

 

JIR.- Una de las lagunas más importantes en muchos de los materiales que abordan la crisis revolucionaria de 1931-1939 es que no consideran, o lo hacen de manera muy superficial, las luchas de clases que recorren las décadas precedentes y que explican la naturaleza explosiva de los años de la Segunda República. Comprendiendo la configuración del régimen burgués español, y la alianza estratégica de la nueva clase capitalista emergente con la aristocracia terrateniente, la Corona y la Iglesia, se puede entender por qué cualquier reforma democrática, cualquier concesión a las masas, siempre chocó con una oposición visceral desde el poder económico y político. Esto es lo que explica los sucesivos abortos de la revolución burguesa en España, la persistencia del problema nacional, de la gran propiedad terrateniente, del poder omnipresente de la Iglesia, del papel de primer orden que el ejército jugó en la vida política del país, y sobre todo, la dureza que adoptó la lucha de clases.

 

Desde la crisis del sexenio revolucionario (1869-1874) y la Primera República; en la Semana Trágica de Barcelona en julio de 1909; en la gran huelga revolucionaria de agosto de 1917, en el trienio bolchevique y los movimientos jornaleros y obreros de aquel periodo, se cimentaron las bases políticas y organizativas de las grandes organizaciones obreras, no sólo de las socialistas, sino del gran movimiento anarcosindicalista, se establecieron sus tradiciones y sus raíces en la vanguardia campesina y proletaria, y se moldeó la conciencia del movimiento. Creo que analizando todos estos antecedentes se comprende mucho mejor el movimiento revolucionario que culminó con la proclamación de la Segunda República, el fracaso del gobierno de conjunción republicano-socialista (1931-1933) y el posterior triunfo de la CEDA en noviembre de 1933, con lo que este primer volumen acaba, y el desarrollo de la lucha de clases entre 1936-1939 que ya abordaré en el segundo libro.

 

EM.- Entre la gente de la izquierda, especialmente entre la juventud, hay una creciente identificación con la bandera de la república como símbolo de protesta, ¿qué conclusiones se pueden sacar de la experiencia de la Segunda República para su aplicación en la situación actual?

 

JIR.- La identificación con la bandera tricolor es un fenómeno inevitable por varias razones. Aunque es cierto que aquellos años han sido mitificados por la historiografía progresista, presentando poco menos que la Segunda República como un paraíso para la clase obrera cuando de hecho no fue nada semejante, lo importante es que en la conciencia colectiva la bandera republicana va aparejada a la lucha contra el fascismo y a las realizaciones revolucionarias. La conclusión de aquella experiencia es evidente. Como señalaba Lenin, cualquier república, por muy democrática que aparente ser, si deja intacto el poder de los capitalistas, si se basa en la propiedad privada de los medios de producción, en la economía de mercado, y conserva un aparato estatal controlado por los burgueses aunque se califiquen de republicanos, Sarkozy es un buen ejemplo de a lo que me refiero, no podrá satisfacer las necesidades ni las aspiraciones de los trabajadores, de la juventud, de los oprimidos. Llegados a un punto crítico, la Segunda República, o mejor dicho, los líderes republicanos y socialistas, para no "provocar" a los terratenientes y a los capitalistas dejaron a medias sus intentos de reformas, o directamente las abandonaron. La burguesía española, como hoy hacen los capitalistas en Venezuela, sabotearon la economía y se opusieron con uñas y dientes a cualquier intento de depuración del ejército, de poner fin al poder económico e ideológico de la Iglesia, de resolución del problema nacional, de reforma agraria, o de mejora en las condiciones de vida de la clase obrera, por citar lo más significativo, preparándose para el golpe definitivo. Lo que defiendo es que todas estas dificultades se podrían haber superado enfrentado el golpe fascista en las mejores condiciones, si los trabajadores hubieran tomado el poder, como en Rusia en octubre de 1917, instaurando una República obrera. Los trabajadores dieron la pelea en este sentido, no en una sino en muchas ocasiones; pero sus dirigentes, incluidos socialistas y estalinistas, obraban en una dirección opuesta, planteando que no había que derrocar a la burguesía, que no había que instaurar una república socialista, que no había que provocar y asustar a los aliados "democráticos", a Francia y Gran Bretaña. Los resultados de esta colaboración de clases, de este frente populismo, a pesar del heroísmo de la clase obrera española, es conocido: la derrota más espantosa.

 

La lección por tanto es clara. La crisis del capitalismo mundial pone en el orden del día la transformación de la sociedad. Por supuesto, eso significa acabar con las formas políticas de la dominación burguesa: sí, queremos república, pero no una república capitalista, sino una república de los trabajadores, socialista e internacionalista.

 

EM.- ¿Qué tiene previsto la Fundación Federico Engels para dar a conocer el libro? ¿Para cuándo la segunda parte?

 

JIR.- El libro se acaba de editar y lo vamos a distribuir, como todas las publicaciones de la Fundación, de una manera militante, en actos públicos, manifestaciones, Ferias del Libro. Ahora vamos a comenzar una labor de propaganda y a partir del mes de febrero de 2011 organizaremos una amplia campaña de presentaciones públicas en una buena cantidad de ciudades y localidades, coincidiendo con el ochenta aniversario de la proclamación de la Segunda República. Las presentaciones las realizaremos en locales sindicales, universidades y a ellas queremos invitar a las Asociaciones de la Memoria Histórica. En cuanto al segundo volumen, empezaré a fondo con él a partir de mediados del próximo año.

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