A once meses del golpe de estado, las masas derrotan los planes del imperialismo y la oligarquía

Las elecciones presidenciales del 18 de octubre han supuesto un terremoto político. Once meses después del sangriento golpe de estado que derrocó a Evo Morales, la movilización masiva de jóvenes, trabajadores y campesinos no solo vuelve a llevar al MAS al Gobierno sino que lo ha hace de forma apabullante.

Con el 100% de los votos escrutados y una participación superior al 87% la candidatura del Movimiento Al Socialismo-Instrumento político para la Soberanía de los Pueblos (MAS-ISP), encabezada Luis Arce (ministro de Economía con Morales) y del dirigente indígena David Choquehuanca, obtiene un 55,1% de los votos. Se trata del mayor apoyo electoral conseguido por candidato alguno en la historia boliviana, solo igualado por el que recibió Evo en su primera victoria electoral, tras las insurrecciones populares de 2003 y 2005.

El candidato del MAS supera en más de 25 puntos al expresidente Carlos Mesa (28,83%), en torno al cual intentaron concentrar el voto de derechas los sectores decisivos de la oligarquía. Luis Fernando Camacho, líder de las bandas fascistas autodenominadas como “comités cívicos” y que actuaron como fuerza de choque durante el golpe, consigue un 14% de las papeletas.

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Con una participación superior al 87% la candidatura del Movimiento Al Socialismo (MAS-ISP) obtiene un 55,1% de los votos

No estamos ante una victoria electoral más. Por más que los medios de comunicación intenten ocultar el contenido revolucionario de los acontecimientos, lo cierto es que los trabajadores y campesinos bolivianos han dado continuidad en las urnas a la insurrección contra el golpe que ya protagonizaron en noviembre del año pasado. Y lo han hecho de un modo tan masivo y decidido que los planes de fraude que preparaba la oligarquía del país andino han saltado por los aires, y con ellos toda la estrategia del imperialismo estadounidense para convertir estas elecciones en un mero trámite que les sirviese para legitimar el golpe que organizaron en octubre-noviembre de 2019 y avalar un Gobierno títere.

Las masas derrotan la represión y los intentos de fraude de la oligarquía

Este resultado resulta aún más espectacular porque se produce tras once meses de represión por parte del Gobierno golpista presidido por la senadora derechista Jeanine Áñez. No solo reprimió salvajemente la insurrección contra el golpe, causando decenas de muertos y centenares de detenidos y heridos, sino que se ha dedicado durante todo este tiempo a perseguir, amenazar e intimidar a militantes y dirigentes del MAS, del movimiento obrero y popular y de otros movimientos y partidos de izquierda.

Una de las primeras actuaciones de los golpistas fue precisamente modificar la composición del Tribunal Supremo Electoral (TSE), poniendo al frente a elementos afines para asegurarse el control de cualquier proceso electoral. De hecho, en cuanto los sondeos empezaron a señalar al MAS como favorito, otorgándole entre un 40 y un 43% de intención de voto, el TSE amparándose en la pandemia aplazó en varias ocasiones la convocatoria de estas elecciones. Una vez más, fue la movilización de trabajadores y campesinos, exigiendo elecciones ya y paralizando buena parte del país con cortes de carretera y protestas durante doce días en el mes de agosto, lo que les obligó a celebrarlas finalmente.

Aun así lo hicieron recurriendo a todo tipo de maniobras. El imperialismo estadounidense y los sectores decisivos de la clase dominante “convencieron” a Áñez para que retirase su candidatura y  concentrar el voto de derechas en Mesa. También recurrieron a irregularidades como cambiar la ubicación de los centros electorales en las zonas donde el MAS gana habitualmente para limitar la participación, o excluir del censo a más de 50.000 migrantes pertenecientes a los sectores más humildes de la población y residentes en el extranjero, la mayoría en Argentina. Esto no era casual: en las elecciones del 20 de octubre de 2019 el MAS obtuvo entre los bolivianos residentes en Argentina un 82% de apoyo.

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Este resultado resulta aún más espectacular porque se produce tras once meses de represión por parte del Gobierno golpista presidido por la senadora derechista Jeanine Áñez

La última de estas maniobras fue anular, la noche anterior a las elecciones, el sistema de recuento rápido de votos, que permite conocer resultados parciales y seguir la evolución del escrutinio. El objetivo no podía estar más claro: impedir la victoria del MAS en primera vuelta, apoyándose en el control del poder judicial y electoral para organizar un gigantesco fraude. La fuerza de las masas obreras y populares les ha desbaratado todo.

Los recortes y la gestión capitalista de la pandemia incrementan el malestar social

El masivo rechazo al reaccionario Gobierno de Áñez se ha visto incrementado por las medidas que la oligarquía ha aplicado durante en el último año. El impacto de la crisis económica, los recortes y la gestión de la pandemia han echado más leña al fuego.

En el primer trimestre de 2020, antes de iniciarse la pandemia, el PIB boliviano creció un 0,6%. Un fuerte descenso respecto al 5% promedio de años anteriores. En el segundo trimestre, la economía se desplomó un 16,03% y las previsiones para final de año son de una caída de entre 7% y el 10%. La respuesta de la clase dominante a este colapso, como en todos los países capitalistas, ha sido utilizar la pandemia para saquear las finanzas públicas, justificar recortes y despidos e incrementar escandalosamente sus beneficios mientras el peso de la crisis recae sobre el pueblo.

Tras aprobar un endeudamiento de 1.892 millones de dólares con la banca internacional, el Gobierno Áñez regaló más de 671 millones a los bancos y empresas privadas. Simultáneamente recortaba el gasto social, anunciaba sus planes de privatizar diferentes empresas públicas creadas bajo los Gobiernos del MAS y condenaba a millones de bolivianos a enfrentarse a la crisis sanitaria y económica en condiciones extremadamente precarias. El índice de desempleo reconocido oficialmente ha pasado del 4% al 12% en los once meses de Gobierno de la derecha. La informalidad y precariedad laboral también han aumentado.

El diario El País dedicaba en mayo un artículo a Bolivia —significativamente titulado “Cuando el hambre es más peligrosa que la pandemia”— donde explicaba: “La crisis sanitaria ha puesto en evidencia las profundas desigualdades sociales y económicas en todos los países del mundo. En Bolivia, y pese a la reducción registrada entre 2005 y 2018, estas son aún más importantes: 3,9 millones de personas viven en situación de pobreza y, de ellas, 1,7 millones no logra cubrir ni siquiera el coste de una canasta alimentaria básica (destacado en negrita por el autor)”.

Bajo el Gobierno golpista y proimperialistas, Bolivia se convirtió en el país suramericano que realizaba menos pruebas para diagnosticar la Covid-19: 1.275 por millón de habitantes, 117 diarias frente a las 12.000 de Chile o las 8.000 de Perú. Mientras, miembros del Gobierno protagonizaban escándalos de corrupción con las compras de material sanitario supuestamente destinado a combatir  la pandemia.

Una parte significativa de los sectores populares y de las capas medias que, desmoralizados y desilusionados con las políticas reformistas del MAS y los escándalos de corrupción protagonizados por algunos de sus dirigentes, retiraron su apoyo a Evo Morales en las elecciones municipales de 2015, en el referéndum de 2016 para modificar la constitución (su primera derrota electoral) y en las presidenciales de 2019 (pese a ganar, su apoyo cayó respecto a comicios anteriores) ahora han vuelto a girar a la izquierda.

Nuevo fracaso del imperialismo estadounidense

La decisión de promover el golpe contra Evo Morales fue tomada en Washington y transmitida a las haciendas y mansiones de Santa Cruz, Sucre o La Paz, donde se recibió con entusiasmo. Los objetivos para la Administración Trump estaban claros: conquistar una posición dominante para las multinacionales estadounidenses en la pugna por hacerse con el control del gas, el litio y el resto de riquezas que encierra el rico subsuelo boliviano y enviar, al tiempo, un mensaje de fuerza a todos los pueblos y oprimidos, así como a las potencias imperialistas rivales en su disputa por el control de los recursos del continente: Rusia y, sobre todo, China. 

La necesidad de dar un puñetazo en la mesa en Bolivia era más acuciante para Washington tras el fracaso estrepitoso de la ofensiva golpista que lanzaron en enero de ese mismo año en Venezuela. El apoyo de la cúpula militar boliviana y la renuncia de Evo Morales a encabezar la resistencia popular al golpe, huyendo del país, permitió a Trump cantar victoria. Once meses después esa aparente victoria se derrumba como un castillo de naipes. Un nuevo mazazo para el imperialismo estadounidense que ejemplifica muy gráficamente su debilitamiento objetivo y su decadencia, como ya evidenciaron los fracasos de sus intervenciones militares en Irak, Afganistán y Siria, o el mencionado apoyo al fiasco de golpe de Estado de Guaidó en Venezuela.

Frente a quienes atribuyen al imperialismo un poder inquebrantable, los acontecimientos en Bolivia arrojan luz sobre sus límites cuando se ve enfrentado a la movilización decidida y dispuesta a llegar hasta el final de las masas. La conclusión es clara: su enemigo más poderoso no es ninguna otra potencia imperialista, sino la organización y la movilización masiva de la clase obrera, los campesinos y el conjunto de los oprimidos.

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La necesidad de dar un puñetazo en la mesa en Bolivia era más acuciante para Washington tras el fracaso de la ofensiva golpista que lanzaron en enero de ese mismo año en Venezuela

Si golpistas asesinos como Áñez y Mesa, o un títere patético de EEUU como el presidente de la OEA, Luis Almagro, se han visto obligados a reconocer la victoria del MAS, antes incluso de que se  hicieran públicos los resultados oficiales, no es por casualidad. Mucho menos porque se hayan vuelto demócratas. Han visto la magnitud de la movilización obrera y popular y temen, justificadamente, que cualquier intento de no reconocer esa victoria o de tratar de impedirla por métodos violentos —como pretenden los sectores más reaccionarios de la clase dominante encabezados por el fascista Camacho— desate una nueva insurrección. Y con una decisión y una fuerza superior, incluso, a las desplegadas el pasado noviembre.

Lecciones de la insurrección de 2019

Como explicamos entonces, entre los días 11 y 25 de noviembre del año pasado la clase obrera y los campesinos bolivianos hicieron todo lo que estaba en sus manos para derrotar el golpe y tomar el poder: organizaron asambleas populares, cabildos abiertos y grupos de autodefensa para enfrentar la represión ordenada por el Gobierno golpista y los jefes del ejército y la policía; tomaron en sus manos el control efectivo de la segunda ciudad del país, El Alto, y avanzaron hacia la capital, La Paz, y otra de las principales ciudades, Cochabamba, expulsando a las bandas fascistas de ambas.

Fruto de ese avance, muchos soldados llegaron a confraternizar con los manifestantes, se negaron a reprimir, e incluso sectores de la tropa participaron en protestas. En la propia Santa Cruz, donde las bandas fascistas lideradas por Camacho sembraban el terror en los barrios populares, trabajadores y campesinos indígenas, alentados por el avance de la insurrección en el resto del país, se organizaron para recuperar la iniciativa y combatirles.

Lo único factor que impidió la victoria de la insurrección fue que los dirigentes del MAS y de la Central Obrera Boliviana (COB, principal central sindical) en lugar de ponerse al frente de la misma —organizando una huelga general, unificando y extendiendo todas las asambleas, cabildos y milicias de autodefensa en una asamblea nacional unificada que detentara el poder obrero y popular— se negaron a organizar la lucha.

Evo Morales huyó del país y llamó a la desmovilización. Los dirigentes del MAS y la COB firmaron un vergonzoso acuerdo con el Gobierno golpista de Áñez para desconvocar las movilizaciones a cambio de que se convocasen elecciones. Lo que no había conseguido la represión lo consiguió la firma de aquel acuerdo, que cayó como un jarro de agua fría sobre las masas y frenó temporalmente la insurrección en las calles.

Esta actuación de los dirigentes reformistas del MAS y la COB podría haber supuesto la desmoralización total del movimiento y una derrota trágica y sangrienta, como las sufridas en la propia Bolivia y otros países latinoamericanos en otros momentos de la historia. Si no fue así es por la memoria histórica, por el instinto revolucionario y el avance en la conciencia que han experimentado las masas durante las últimas décadas. La profundidad de la crisis capitalista, la evidencia de que no queda otra alternativa que luchar ante la barbarie capitalista y el incremento de la fuerza numérica del proletariado, en Bolivia y en todo el continente, hace que la correlación de fuerzas sea más favorable para la clase obrera y que a la oligarquía le cueste mucho más que en el pasado llevar hasta el final sus planes contrarrevolucionarios.

Perspectivas para el Gobierno del MAS

Las elecciones bolivianas demuestran que la correlación de fuerzas sigue siendo favorable para llevar adelante la transformación socialista de la sociedad en Bolivia y en toda Latinoamérica. Pero la experiencia de los 14 años de Gobierno del MAS y de los procesos en otros países del continente demuestra que todo ese potencial revolucionario y fuerza que están mostrando las masas necesita un programa, un plan de acción y una dirección revolucionaria que lo lleve a la victoria. De lo contrario, antes o después, la oligarquía podrá recomponer sus fuerzas e imponerse.

Tras reconocer la victoria de Luis Arce, muchos de los responsables del golpe —la propia Áñez o Mesa— le han exigido “respeto a la democracia” y que “gobierne para todos los bolivianos”. ¡Qué cinismo! ¡Estos criminales, con sus manos manchadas de la sangre de los trabajadores y campesinos masacrados hace un año, hablando de reconciliación y democracia!

Pero su táctica sigue una lógica. Este sector de la oligarquía pretende ganar tiempo y presionar a los dirigentes del MAS para que, en lugar de basarse en la enorme fuerza de las masas para aplicar medidas socialistas que mejoren verdaderamente sus condiciones de vida y supongan una verdadera transformación social, se mantengan dentro de los límites del capitalismo y gestionen la crisis del sistema aplicando los recortes, despidos, privatizaciones… que tiene la clase dominante en su agenda. Si los dirigentes del MAS escuchan estos cantos de sirena, el resultado será, de nuevo, asfaltar el terreno a una nueva ofensiva contrarrevolucionaria.

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Las elecciones bolivianas demuestran que la correlación de fuerzas sigue siendo favorable para la transformación socialista de la sociedad en Bolivia y en Latinoamérica

Los resultados en Santa Cruz de la Sierra, bastión de todas las tentativas golpistas desarrolladas por la oligarquía boliviana y el imperialismo, representan un reto y una advertencia para la izquierda. El fascista Camacho consigue un 45% de los sufragios en esta región. Tras conocerse los resultados, la ultraderecha ya ha mostrado sus intenciones, organizando movilizaciones contra la victoria del MAS, agrediendo y amenazando a sus partidarios, negándose a aceptar el resultado de las urnas, y amenazando, incluso a los seguidores de Carlos Mesa por haber reconocido los resultados. Los sectores más reaccionarios de la oligarquía cruceña siguen estimulando un discurso racista y regionalista con el objetivo de convertir Santa Cruz en la punta de lanza de una nueva ofensiva.

Pero hay que señalar también que, en un resultado histórico, más del 35% del electorado en Santa Cruz ha votado al MAS. Centenares de miles de trabajadores, campesinos e indígenas han dicho con su voto que están dispuestos a parar los pies a los fascistas. Estos podrían ser fácilmente barridos, como ha ocurrido en el resto del país. Pero para hacerlo hay que actuar con decisión desde ya. Los dirigentes del MAS, la COB y las organizaciones obreras y populares deben organizar inmediatamente movilizaciones masivas en Santa Cruz y en todo el país para frenar a los fascistas y demostrarles quién tiene la fuerza, así como organizar comités y milicias de autodefensa para responder a las agresiones fascistas y su intento de malograr por medios violentos el resultado electoral.

Construir una dirección revolucionaria y aplicar un programa genuinamente socialista

Las primeras declaraciones de Luis Arce han sido afirmar que el suyo será un “Gobierno de unidad nacional” y que “gobernará para todos los bolivianos”. Al mismo tiempo, varios de sus colaboradores han hablado de aumentar los impuestos a los superricos y dejar de pagar la deuda externa durante dos años, con el objetivo de poder cumplir sus promesas de aumento del gasto social, precisamente en un contexto donde la crisis económica recorta el margen para hacerlo sin tocar los beneficios y propiedades de los capitalistas.

Pero incluso estas medidas limitadas supondrían un enfrentamiento con la oligarquía. Lo mismo que poner fin a otra serie aplicadas durante el Gobierno de Áñez, como la detención, inhabilitación y procesamiento de centenares de activistas obreros y populares, la prohibición de que Morales regrese al país o las reformas económicas neoliberales, privatizaciones y recortes que aprobaron.

Es imposible gobernar para “todos los bolivianos”. Arce y el MAS solo tienen dos alternativas. O ceden a las exigencias de los oligarcas, abriendo el paso a una nueva ofensiva contrarrevolucionaria y enfrentándose a los obreros y campesinos que les han votado, que no aceptarán sin lucha nuevos retrocesos en sus condiciones de vida. O responden a las necesidades de los millones de trabajadores, jóvenes y campesinos que les han llevado al poder combatiendo decididamente a la oligarquía. Pero esto solo es posible acometiendo medidas socialistas como la nacionalización de la banca, las principales empresas y los latifundios para ponerlos bajo la administración de los trabajadores y el pueblo y llevar adelante una planificación democrática de la economía. Junto a ello es imprescindible hacer un llamamiento internacionalista a todos los oprimidos del resto del continente a seguir ese mismo camino.

Los sectores más conscientes y combativos del movimiento obrero, campesino y juvenil boliviano, de la COB, de las organizaciones populares y movimiento sociales, deben levantar un frente unitario de lucha llamando a las bases del MAS a unirse para luchar por este programa socialista, demandando a sus dirigentes que lo apliquen y al mismo tiempo organizar la movilización frente a todas las presiones y maniobras que ya están preparando el imperialismo y la oligarquía boliviana para impedirlo. Ahora más que nunca es imprescindible que los activistas más conscientes y combativos construyan una dirección revolucionaria armada con el programa y los métodos del marxismo. 

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