La crisis del parlamentarismo burgués que se observa a nivel mundial y el creciente giro de sectores de la burguesía hacia la extrema derecha, hacia el autoritarismo, también está al orden del día en Alemania. El desmantelamiento de la red fascista "Reichsbürger" a principios de diciembre- dirigida por nobles reaccionarios, ex políticos de extrema derecha y representantes del Ejército alemán (Bundeswehr)- por planificar un golpe de Estado lo pone aún más en evidencia. Sin embargo, no es una novedad. Desde hace tiempo, los sucesivos gobiernos y el aparato del Estado han ido intensificando estas tendencias autoritarias ante una polarización mayor en la lucha de clases.

La expresión más reciente de este desarrollo es convertir en delito por "incitación al odio" la negación del “Holodomor”, interpretado como un genocidio ocurrido en la Ucrania soviética a principios de la década de 1930. En solo unas semanas, el Gobierno y el Parlamento alemán han impulsado los ataques más anticomunistas en décadas. Los marxistas debemos denunciar con claridad este intento de criminalización del comunismo y oponernos contundentemente  a esta política.

Endurecimiento del artículo 130 de Código Penal. Nuevas oportunidades de cara a criminalizar las ideas comunistas.

Ya en octubre el Bundestag decidió, mediante una actuación fugaz sin margen para su discusión pública en los medios, endurecer el artículo 130 del Código Penal, concretamente el párrafo referido a la “incitación al odio”. Originalmente dirigido contra “la incitación al odio de clase”, este párrafo ha estado muy lejos de ser un instrumento eficaz contra los discursos de odio racista o xenófobo. Con la reformulación del texto, que ahora incluye, entre otras cosas, que se tipifique como delito "minusvalorar significativamente  y aprobar" el "genocidio, los crímenes de lesa humanidad y los crímenes de guerra", este párrafo servirá como base legal en el futuro, por ejemplo, para enjuiciar a todos aquellos que cuestionen los supuestos "crímenes del comunismo". El punto central es que lo que exactamente se clasifica como genocidio o crímenes de guerra no está legalmente definido y está sujeto a la completa arbitrariedad de cómo lo interprete el propio aparato del Estado.

Un buen ejemplo de ello lo vivimos esta primavera. En varios mítines y manifestaciones, por ejemplo en abril en Frankfurt o el 8 y 9 de mayo en Berlín, símbolos de Rusia y las "Repúblicas Populares" de Donbass, pero también de la Unión Soviética, fueron prohibidos alegando que su utilización resta importancia a la "guerra de agresión rusa en Ucrania". Por otro lado, en las manifestaciones pro-ucranianas, donde se mostraban regularmente símbolos de bandas criminales de guerra fascistas, como el escudo de armas del regimiento neonazi "Azov" o la bandera roja y negra del partido fascista "Sector Derecho", no se planteó ningún problema. La conclusión obvia es que “la incitación al odio” será en el futuro aquello que contradiga la propaganda bélica de los “propios” Gobiernos, en este caso del Gobierno alemán. Cualquiera que esté del lado que consideran acertado tiene poco que temer.

Si atendemos a esta cuestión de forma aislada, prohibir el simbolismo nacionalista ruso o “negar los crímenes de guerra” por parte de Rusia no sería motivo de preocupación para la izquierda y el movimiento obrero. Al fin y al cabo, la invasión rusa de Ucrania es una guerra reaccionaria por ambos bandos desde la perspectiva de la clase obrera. Pero el punto crucial es que estas leyes y medidas no solo sirven a la lucha ideológica del capital alemán contra sus actuales rivales imperialistas de Rusia y China, sino que también son instrumentos para desacreditar y criminalizar cualquier alternativa política de izquierdas frente a nuestro propio Gobierno.

Por ejemplo, sería muy fácil para el gobierno y los tribunales declarar las políticas de los bolcheviques o la Unión Soviética como “genocidio” o “crímenes contra la humanidad” y luego, sobre la base del artículo 130, prohibir y condenar cualquier despliegue público de banderas comunistas, símbolos de izquierda, etc. castigando a quien lo haga como "aprobación, negación y banalización" del genocidio. Una situación que ya es una realidad en países como Ucrania, Polonia y Hungría, con prohibiciones anticomunistas en vigor durante años, incluida la ilegalización de partidos, y que demuestran que no nos encontramos ante una distopía futurista. Con esta nueva legislación respecto al “Holodomor”, Alemania está, al menos potencialmente, más cerca de la legislación autoritaria y represiva de dichos países.

"Holodomor ": ¿planifico la Unión Soviética las hambrunas?

El 30 de noviembre, el Bundestag, por iniciativa de los partidos del Gobierno de coalición, SPD, Verdes y Liberales, y de la CDU, aprobó una moción en la que el llamado "Holodomor" tenía como objetivo "matanzas masivas por hambre" y, por lo tanto, llevar adelante un genocidio para "fortalecer el dominio soviético y su modelo económico" y para "reprimir el modo de vida, el idioma y la cultura ucranianos". De esta manera, un mito conspirativo anticomunista muy controvertido incluso entre los historiadores burgueses, y muy difundido por los nacionalistas ucranianos de extrema derecha durante décadas, ha pasado a convertirse en razón de Estado en Alemania.

Detrás de la tesis del "Holodomor" ("asesinato por hambre" en ucraniano) está la suposición de que la hambruna devastadora en el suroeste de la Unión Soviética en 1932/33, que mató a varios millones de personas, fue un genocidio deliberado dirigido por los dirigentes soviéticos desde Moscú, planeado y llevado a cabo para asesinar a tantos ucranianos como fuera posible y para acabar con la nación ucraniana. Así se narra desde las páginas del periódico burgués Der Spiegel.

Es cierto que a principios de la década de 1930 hubo una hambruna catastrófica en partes de la URSS (Ucrania central y oriental, regiones del Volga y Kuban, Kazajstán) que mató a 9 millones de personas. Sin embargo, la tesis del "Holodomor" no se sostiene desde un punto de vista histórico.

En primer lugar, porque no fueron sólo los ucranianos los afectados por esta hambruna (solo en la República Soviética de Kazajstán murieron 1,3 millones de personas, aproximadamente el 40% de la población), ni ha podido probarse que los líderes soviéticos se congratularan de esta situación o que incluso la provocaran deliberadamente por razones políticas. De hecho, todo los datos ponen en evidencia que estas hambrunas fueron el resultado de una combinación de condiciones medioambientales desfavorables (una sequía en 1931/32 que fue seguida por fuertes lluvias e inundaciones, favoreciendo que enfermedades de las plantas se propagaran y perjudicaran notablemente las cosechas)[1] y una política agrícola caótica por parte del estalinismo. De hecho, los burócratas estalinistas se mostraron alarmados tras el estallido de la crisis y trataron de reaccionar para evitarla reduciendo las exportaciones de granos en las áreas afectadas y entregando ayudas contra las hambrunas.[2]

Fracaso de la política agrícola de la burocracia estalinista

Una de las principales causas de la gran hambruna fue la desastrosa política estalinista de colectivización forzosa a partir de 1929. A lo largo de la década de 1920, se había desatado en el Partido Bolchevique un duro conflicto al respecto. En su lucha contra la izquierda proletaria del partido -contra la Oposición de Izquierdas encabezada por Trotsky-, la fracción estalinista se apoyó en aquellas capas sociales que más se beneficiaban de las políticas pro capitalistas de la nueva NEP vigentes en aquel momento, y entre ellos, los campesinos ricos (kulaks). El bloque político en el seno del partido en torno a Nikolai Bujarin, bajo la dirección de Stalin, impulsó la liberalización creciente de la agricultura legalizando la adquisición privada de mano de obra y el arrendamiento privado de tierras, impulsando el debate sobre la posibilidad de profundizar la privatización de toda la propiedad estatal de la tierra y popularizando el famoso eslogan de Burjarin dirigido a los kulaks, lanzado en el Teatro Bolshoi de Moscú en 1925, "¡Enriqueceos!".

Las fuerzas de la Oposición de Izquierdas en torno a Trotsky criticaron duramente este nuevo curso[3], y plantearon la necesidad de una colectivización de la agricultura racional, bien pensada y a largo plazo, una mayor atención al proceso de industrialización y de planificación económica, y una acción más decisiva contra el fortalecimiento de los elementos pequeñoburgués capitalistas que estaban surgiendo tanto en la ciudad como en el campo. Sin embargo, fueron derrotados por la facción Stalin-Bujarin que les acusaron durante este periodo de "superindustrializadores" ultraizquierdistas y "enemigos del campesinado" (un mito antitrotskista que persiste hasta el día de hoy, particularmente en los círculos maoístas).

A finales de la década de 1920, estas políticas liberalizadoras del bloque Stalin-Bujarin habían enriquecido a los kulaks y otros estratos en las ciudades, los NEPman[4], de tal manera que su influencia económica y su creciente influencia política en las estructuras soviéticas, en el aparato del Estado, trajeron consigo el peligro real de la restauración capitalista y el fin de los privilegios de gran parte de la emergente burocracia soviética. Fruto de ello, a partir de 1928/29, la dirección estalinista llevo adelante un giro de 180 grados. Se deshizo de sus antiguos aliados de derechas (Bujarin y sus camaradas de armas perdieron sus puestos en el Politburó y en el gobierno) y procedió a una inmediata colectivización forzosa de la agricultura y a la “liquidación de los kulaks como clase”. Todas las polémicas de los años precedentes contra los “enemigos trotskistas del campesinado” fueron olvidadas de la noche a la mañana.

En lugar de una colectivización paulatina tal y como planteó la Oposición de Izquierdas, “con un solo gesto, la burocracia trató de sustituir a 25 millones de hogares campesinos aislados y egoístas… por el mando de 200.000 consejos de administración de koljoses, desprovistos de medios técnicos, de conocimientos agrónomos y de apoyo por parte de los campesinos.”[5]  El resultado fueron hambrunas y una situación de guerra civil en el campo: desde la destrucción por los campesinos de sus propios cultivos y ganado para evitar requisas forzosas hasta levantamientos armados que pusieron en peligro la existencia local del poder soviético. “La responsabilidad de todo esto no incumbe a la colectivización sino a los métodos ciegos, aventureros y violentos con los que se aplicó. La burocracia no había previsto nada.”[6]

Revisionismo histórico anticomunista

El desastre político también estuvo detrás de la catastrófica hambruna de principios de la década de 1930 en la URSS, pero no fue consecuencia de un pérfido plan genocida de los diabólicos bolcheviques como el nacionalismo ucraniano ha propagado con su tesis del “Holodomor” durante décadas.

De hecho, la narrativa de las “hambrunas genocidas soviéticas” está estrechamente vinculada a los intereses de la extrema derecha ucraniana. Ya en la década de 1930, elementos fascistas, especialmente en la parte occidental de Ucrania, que no formaba parte de la URSS antes de 1939,utilizaron en líneas ultra reaccionarias el resentimiento que estaba creciendo entre sectores de la población ucraniana contra la política estalinista de colectivización forzosa y contra el creciente abandono de las políticas progresistas en defensa de la nacionalidad ucraniana heredadas del período revolucionario (la lengua y la cultura ucranianas se promovían explícitamente en aquel momento).

Durante la Segunda Guerra Mundial, estas fuerzas formaron un amplio movimiento de colaboración con los ocupantes nazis, que participaron en los asesinatos fascistas masivos de judíos, comunistas y otras minorías nacionales presentes en Ucrania. Su rostro más conocido fue el del líder fascista Stepan Bandera (1909-1959), hoy homenajeado en la Ucrania de Zelensky, que dirigió el “Ejército Insurgente de Ucrania” (UPA), una fuerza paramilitar de choque anticomunista que en numerosas ocasiones actuó como policía auxiliar del régimen nazi en Ucrania. Tras el final de la guerra, la tesis del "Holodomor" fue una herramienta utilizada por estos elementos fascistas para intentar desviar la atención respecto a sus propios crímenes durante el período de colaboración con el régimen de Hitler y tratar de presentarlos como una resistencia legítima contra un " régimen comunista" que había cometido genocidio.

Con la restauración capitalista de la década de 1990, la narrativa del "Holodomor" se convirtió en un instrumento político por parte de un sector de la nueva burguesía ucraniana: una especie de mito histórico victimista que pretende contribuir a la formación de una conciencia nacional ucraniana que rompa definitivamente con cualquier aspecto del pasado soviético creando una nueva identidad nacional sobre estas bases. No es ninguna casualidad que esta apropiación política de la hambruna experimentara su gran avance después de la llamada “Revolución Naranja” de 2004, en la que los sectores prooccidentales de la burguesía ucraniana se hicieron violentamente el poder. Desde entonces se han erigido docenas de monumentos conmemorativos del "Holodomor", se han cambiado los planes de estudios para reinterpretar estos acontecimientos, y la hambruna ha sido reconocida como genocidio por más de 20 países, incluida ahora Alemania.

Los actuales gobernantes de Ucrania utilizan esta cuestión con un arma de propaganda política, no como un medio para conocer la historia. Algo que se puede ver ahora con la utilización del termino "Choldomor" ("Asesinato frío") para referirse a la estrategia militar rusa de ataques con cohetes contra la infraestructura energética de Ucrania, que se está llevando a cabo desde principios de octubre. Un término planteado por el asesor de Zelensky, Andriy Yermak, y cuyo objetivo es vincular esta estrategia militar rusa con el "Holodomor" y construir la idea de un "segundo genocidio por parte de Rusia”, esta vez mediante el frío en lugar del hambre.

Las graves acusaciones de genocidio se convierten así en un instrumento de propaganda política diaria. Algo alejado de cualquier tipo de criterio científico serio a la hora de examinar tanto los hechos históricos como los acontecimientos actuales. Si los ataques militares que tienen por objetivo infraestructuras, cuyas consecuencias sufre inevitablemente la población civil, constituyen genocidio, entonces casi todos los estados en guerra cometen genocidios permanentes perdiendo este término cualquier significado específico.

La decisión del Parlamento alemán (Bundestag) de reconocer el "Holodomor" como genocidio es un completo escándalo ya que interpreta una terrible hambruna desde el punto de vista de un mito nacionalista conspirativo de la extrema derecha y convierte oficialmente este mito en una razón de Estado para Alemania. Con el endurecimiento del artículo 130, tanto los partidos del Gobierno  como la oposición han creado los instrumentos legales para declarar esta interpretación como la única admisible, con consecuencias penales para aquellos que se salgan de esta concepción. Por supuesto, nada de esto tiene nada que ver con una crítica marxista legítima del estalinismo. Los Verdes, la CDU y compañía solo están preocupados por establecer un gran acuerdo general anticomunista en torno a los que fue la Unión Soviética y respecto al legado del movimiento obrero revolucionario, realizando una nueva interpretación ideológica de nuestra historia y estableciendo potencialmente nuevos medio de represión contra la izquierda revolucionaria actual.

Nosotros, los marxistas revolucionarios, siempre hemos criticado las políticas desastrosas del estalinismo y no asumimos ninguna responsabilidad por sus crímenes. Pero entendemos que este tipo de ataques no buscan condenar las acciones criminales de la casta burocrática estalinista, sino el legado de la Revolución Rusa, de la URSS, y sus logros históricos. Lo que se busca es condenar la legitimidad de un sistema alternativo al capitalismo por medio de burdas calumnias anticomunistas. Las últimas semanas demuestran que esta lucha ideológica es una tarea urgente y decisiva.

 

[1] Tauger, Mark B.: Natural Disaster and Human Actions in the Soviet Famine of 1931–1933, in: The Carl Beck Papers, Nr. 1506, Pittsburgh 2001, S. 8–20.

[2] Tauger, Mark B.: Natural Disaster and Human Actions in the Soviet Famine of 1931–1933, in: The Carl Beck Papers, Nr. 1506, Pittsburgh 2001, S. 40-45.

[3] Trotsky analizó en profundidad todos estos procesos a partir de 1923 cuando escribió el texto El nuevo curso. https://www.marxists.org/espanol/trotsky/eis/el-nuevo-curso-2da-ed-trotsky-1923.pdf

[4] Sectores de la clase media urbana y la burocracia estatal emergente que aprovecharon las oportunidades para el comercio privado y la fabricación a pequeña escala proporcionadas por la Nueva Política Económica (NEP, 1921-1928) para convertirse en pequeños empresarios.

[5] La revolución traicionada, Leon Trotsky, Fundación Federico Engels, pp. 49-50.

[6] La revolución traicionada, Leon Trotsky, Fundación Federico Engels, p. 50.


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