El antiguo tesorero del partido, Luis Bárcenas, se ha decidido al fin a tirar de la manta pocos días antes del comienzo del juicio por la financiación ilegal del PP en el que él mismo es el principal acusado. Bárcenas ha escrito a la fiscalía mostrando su disposición a colaborar desvelando las actuaciones corruptas de los máximos líderes de la derecha española durante décadas.

La realidad es que en las nuevas revelaciones hay pocas cosas que no fuesen ya de dominio público. ¿Acaso alguien se sorprende porque el famoso M. Rajoy que percibió pagos ilegales de Bárcenas haya resultado ser Mariano Rajoy? ¿o que se asombre ante la “revelación” de que el PP se financió mediante comisiones multimillonarias entre 1982 y 2009 o de que se confirme que algunas de las “donaciones” empresariales que recibió eran a cambio de contratos de obras o suministros a la Administración Pública?

Al igual que ocurrió con Juan Carlos de Borbón, la corrupción sistemática del PP era un secreto a voces, protegido por el silencio y la complicidad de los tribunales, de los medios de comunicación y del propio sistema de partidos creado en la Transición.

Fue la crisis de 2008, con sus secuelas de profundo malestar y fuerte polarización social, lo que rasgó este muro de silencio oficial y obligó a unos poderes y unas instituciones que veían su supervivencia amenazada a tomar alguna medida formal para evitar el desbordamiento de la rabia popular. Sin embargo, los juicios celebrados desde entonces han dejado sin castigo al PP y a sus máximos responsables políticos, de la misma manera que han protegido al rey Emérito y a la monarquía borbónica.

La corrupción sistémica es parte de la herencia del franquismo que nos coló la Transición

El PP fue creado en 1976 con el nombre de Alianza Popular por un grupo de antiguos ministros y altos cargos de la dictadura franquista, encabezados por Manuel Fraga Iribarne, responsable directo de la matanza de trabajadores ocurrida en marzo de ese año en Vitoria, y de muchas muertes y torturas más.

Bajo las siglas de AP se agruparon una buena parte de los empresarios, financieros y especuladores que medraron en la hedionda ciénaga de corrupción que fue el franquismo, herederos directos de los millonarios enriquecidos gracias al estraperlo y el mercado negro en los conocidos como “años del hambre”, del trabajo esclavo de los prisioneros republicanos, y de las grandes familias de latifundistas y rentistas que habían dominado al país en los últimos dos siglos, manteniendo en la miseria a la gran mayoría de la población trabajadora.

A finales de los 80, en vista de los escasos resultados electorales obtenidos hasta el momento, AP cambia de nombre y de líder. Pero lo que no cambia es su composición social: son los beneficiarios directos de la represión franquista, los que han hecho grandes negocios gracias a la Dictadura de Franco los que siguen constituyendo la espina dorsal del PP e inspirando sus políticas.

Al estallar el escándalo de corrupción que ahora se juzga, el tesorero del partido era Álvaro Lapuerta, antiguo alto cargo de Repsol y del Banco de Crédito Local, y que había presidido nada menos que las comisiones de Obras Públicas y Presupuestos de las Cortes franquistas, auténticas escuelas de corrupción, el lugar desde donde se organizaban los grandes negocios y estafas de la expansión inmobiliaria de los años 60. ¿Cómo sorprenderse de que aplicase en el PP los mismos métodos mafiosos que había mamado durante la era franquista?

El aparato de Estado protege la corrupción del PP

Afortunadamente para el PP, el aparato de Estado franquista, especialmente sus instituciones judiciales y sus fuerzas policiales y militares, se conservaron íntegras en la Transición. Los vínculos creados durante tantos años de ejercicio del poder dictatorial se mantuvieron intactos, y de este modo el PP pudo salir bien librado de las denuncias de corrupción, soborno y compra de votos que le cercaron a partir de 1990. Rosendo Naseiro, el tesorero del PP que organizó esa ristra de delitos, fue absuelto por los tribunales, aunque hay que hacer notar que la petición de condena a la que se enfrentaba era de ¡tres meses de cárcel!

Esa protección ha llegado hasta el día de hoy. El pasado mes de octubre al Tribunal Supremo no le quedó otro remedio, ante la avalancha de evidencias, que ratificar la condena al PP por beneficiarse de una trama corrupta. Pero, a pesar de todo, la sentencia declara que “no se puede afirmar que el PP se financiara ilegalmente” ya que sus dirigentes “ignoraban el origen ilícito de los fondos”.

Esa misma línea de disculpa es la que sigue el acusador público en el juicio que comenzará el 8 de febrero, el fiscal anticorrupción Antonio Romeral, que no considera que el PP haya cometido un delito fiscal y lo exonera de cualquier tipo de responsabilidad penal.

Pero si la complicidad del sistema judicial con el PP es manifiesta – no olvidemos que con sus votos bloquea la renovación de un Consejo General del Poder Judicial cuyo mandato legal expiró hace más de dos años – es aun más escandalosa la colaboración delictiva entre la cúpula del PP y los mandos policiales. La conocida como Operación Kitchen de espionaje ilegal a Bárcenas y robos en su domicilio, por la que están imputados un ex ministro de Interior y una buena parte de la cúpula de la policía, demuestra la putrefacción de un aparato plagado de reaccionarios que actúan como una mafia.

Pero la protección judicial y policial no puede evitar que las declaraciones de Bárcenas deterioren aún más al PP, que se enfrenta a la perspectiva de ser sobrepasado por Vox en las próximas elecciones catalanas.

Como dos perros rabiosos, PP y Vox pelean por la misma franja del electorado en un momento en que sus amos del Ibex-35 se esfuerzan por suavizar la creciente polarización social y política. En los últimos meses, en la moción de censura presentada por Abascal y en la votación sobre las ayudas económicas europeas, PP y Vox han intercambiado sus papeles de oposición feroz y auxiliar del gobierno.

Con la élite empresarial cerrando filas con Pedro Sánchez, la derecha se enfrenta a una grave crisis interna. Este ha sido el momento elegido por Bárcenas para desligarse del PP. Cuando el barco amenaza con hundirse, las ratas son las primeras en abandonarlo.

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