El papa Francisco ha dado un guantazo a todas las víctimas de pederastia que hemos venido de los cinco continentes para pedir explicaciones. Se ha pasado la mitad del discurso hablando de los abusos fuera de la Iglesia. A nosotros nos abusaron dentro de la Iglesia, eran sacerdotes, monjes, profesores católicos.

...Ninguna de nuestras demandas está en el documento final del papa.

Miguel Hurtado, víctima de un monje de Montserrat y portavoz  de la Organización Global de Víctimas (Ending Clergy Abuse, ECA).

Del 21 al 24 de febrero pasado se celebró en el Vaticano la cumbre sobre pederastia, anunciada a bombo y platillo, y que supuestamente pretendía sentar las bases para combatir los abusos sexuales a menores que curas y obispos llevan ejerciendo con absoluta impunidad por los siglos de los siglos, y que en los últimos años están saliendo a luz.

Lo que ha llevado al Vaticano a convocar esta cumbre no es, obviamente, la preocupación de estos monseñores por los niños y niñas violados, sino la necesidad de abordar un escándalo cuya magnitud actual es enorme, y que amenaza la autoridad y posición de poder de la Iglesia.

La jerarquía católica, culpable

Según ECA Global, una organización de víctimas del abuso clerical, hay casi 100.000 víctimas de la pederastia clerical reconocidas en todo el mundo (desde EEUU hasta Australia, pasando por Europa o América Latina), de la cuales la jerarquía de la Iglesia sólo ha sido capaz de aceptar una pequeñísima parte. No sólo eso, sino que como no le ha quedado más remedio que asumir al cardenal Reinhard Marx, presidente de la Conferencia Episcopal alemana, durante el transcurso de esta cumbre: “los archivos que hubieran podido documentar estos actos terribles e indicar el nombre de los responsables fueron destruidos o incluso no se llegaron a crear”, en referencia a la abierta intención de obstaculizar todo lo posible las investigaciones en Alemania.

Estados Unidos, donde más lejos están llegando por ahora las investigaciones, nos da una medida muy clara de la verdadera magnitud de la ocultación. El informe Pensilvania, que estremeció al mundo durante el verano pasado por el volumen y el sadismo de las violaciones, señalaba a más de 300 curas depredadores, que además estaban perfectamente organizados mediante una maquinaria despiadada de tolerancia a la pederastia. Pues bien, ese informe se queda pequeño ante el resultado de las investigaciones preliminares de la Fiscalía General de Illinois que eleva la cifra de curas y religiosos acusados de violación de los 185 —que decían conocer los obispos de las diócesis— a más de 500. Los niveles de encubrimiento y obstaculización están siendo tan escandalosos que las conclusiones de la fiscal general son demoledoras: “las etapas preliminares de esta investigación ya han demostrado que la Iglesia Católica no puede controlarse a sí misma”.

Es imposible que todo esto suceda sin el conocimiento, la participación y la connivencia de todos los estamentos eclesiásticos. Durante los últimos meses hemos conocido lo que ya era obvio: la pederastia es algo habitual entre la alta jerarquía, casos como el del excardenal y arzobispo de Washington DC Theodore McCarrick o el de George Pell, número 3 del Vaticano, así lo han mostrado. Es más, se está desnudando la auténtica naturaleza cínica, sádica, pederasta y criminal de la Iglesia Católica. Y ha dejado en evidencia la enorme debilidad y falsedad de un discurso basado en responsabilizar a los individuos y desvincular a la institución. Por eso han convocado esta cumbre: necesitan lavar su imagen y promover un nuevo discurso.

Humillar a las víctimas y encubrir a los pederastas

Con este objetivo se presentó el papa en la clausura de la cumbre, leyendo 21 propuestas que, como las propias asociaciones de víctimas han explicado, son una serie de generalidades y ambigüedades que buscan cuestionar a las víctimas y proteger a los violadores. Y es que en lugar de anunciar la entrega de archivos canónicos a las autoridades civiles o la notificación automática de cualquier acusación de pederastia a la policía, han optado por “colaborar con medios de comunicación y personas para distinguir y reconocer los casos verdaderos de los falsos” o “proteger la presunción de inocencia en los juicios por abusos sexuales, evitando la publicación de listas de imputados antes de la investigación previa y la condena definitiva”.

Y, por si alguien albergaba alguna esperanza, el Papa en persona se ha encargado de dejar claro que nada va a cambiar. Apenas dos semanas después de la cumbre ha decidido proteger al cardenal y arzobispo de Lyon Philippe Barbarin, condenado a seis meses de cárcel por encubrimiento de abusos a menores (de los que tuvo conocimiento entre 2014 y 2015), no aceptando su dimisión y estableciendo un retiro temporal de su responsabilidad. Pero la cosa no acaba ahí. Esta decisión pretende ocultar la responsabilidad directa del propio Vaticano, ya que el pasado octubre invocó la inmunidad diplomática para Luis Ladaria —actual prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición)—, evitándole así testificar en el juicio contra Barbarin. Este escándalo amenaza directamente al Papa, y puede hacer que los casos de McCarrick y Pell se queden en un simple aperitivo.

Los guardianes de la moral capitalista

Es evidente la absoluta fusión de la Iglesia con los poderes económicos y políticos y el papel central que juega para legitimar la ideología del capitalismo. ¿Cómo se puede interpretar la pasividad total de los aparatos estatales de todos los países ante semejante escándalo? ¿La policía, los jueces o los gobiernos no tienen nada que decir o hacer, no sabían nada de esto? Sabemos que la moral capitalista es el cinismo más absoluto. Y no es casualidad que una de las mayores muestras de hipocresía la esté protagonizando la Iglesia: ellos son los maestros, son los que han formado en sus colegios privados a lo peor del capitalismo putrefacto. Paolo Ruffini, responsable de resumir “los trabajos” de la cumbre sobre pederastia, en un alarde de desprecio y burla hacia las víctimas propuso como medida concreta “establecer una hora santa para rezar por las víctimas de abusos”. Nos resultan muy familiares este tipo de medidas ante los crímenes de los poderosos, son las mismas que las de la patronal ante las muertes por accidente laboral o las del patriarcado ante las muertes machistas, porque son los agresores compadeciéndose cínicamente de sus víctimas.

Que el Vaticano o algún papa tome medidas efectivas contra estos crímenes es completamente utópico. Hay que desmantelar esta maquinaria depravada y criminal que parasita en la Santa Sede y en los aparatos estatales de los distintos países, empezando por hacer pública toda la información y archivos de que dispone el Estado vaticano, enviándola a la justicia civil; por el encarcelamiento inmediato de todos los implicados, abusadores y cómplices, sin excepción; por el procesamiento de la cúpula de la Iglesia por encubrimiento; formación de una comisión de investigación con participación de las asociaciones en lucha contra la pederastia y sus víctimas, y reconocimiento  e indemnización sin demora para las mismas. A la vez, hay que exigir la supresión de todos los acuerdos con la Santa Sede; fuera la religión de la enseñanza; no más dinero público para centros educativos y otros servicios sociales controlados por instituciones religiosas.


Teoria Marxista

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