Con un tenso retraso de una semana (en la que los dos candidatos se declararon ganadores), finalmente la comisión electoral egipcia, dominada por los militares, hizo públicos los resultados oficiales de la segunda vuelta de las presidenciales. Según ellos, el candidato ganador es Mohamed Mursi, de los Hermanos Musulmanes, con un 52% de los votos, y por tanto con una diferencia de cuatro puntos con respecto a Ahmed Shafik, el candidato mubarakista. La presidencia islamista abre una nueva fase en la revolución egipcia, en la que su programa se pondrá a prueba ante las amplias masas.

Casi todos (islamistas, militares, medios de comunicación, imperialismo) pretenden, cada uno por sus propios intereses, reducir la situación actual de la revolución a la dicotomía Ejército-Hermanos Musulmanes, y soslayar a un sector importante de las masas revolucionarias, que se enfrenta a los militares y al mubarakismo, mientras desconfía profundamente de los islamistas, de su programa social reaccionario, y de su carácter felón ante la revolución. Sin embargo, esos jóvenes, esos trabajadores, que estuvieron en primera línea para echar a Mubarak, siguen allí, en la lucha, y, aunque no es su terreno (no disponen de organizaciones que les representen), también se han expresado a nivel electoral. Si las elecciones son una fotografía, se han reflejado en el negativo: la abstención masiva, del 48% según los datos oficiales. Esto significa que Mursi ha tenido el apoyo del 27% de la población en edad de votar.
Aun así, es evidente que un gobierno de los que son vistos como los más reprimidos por el régimen militar, crea expectativas ante otro sector importante de las masas. Los discursos de Mursi en la Plaza Tahrir, tras las elecciones son significativos. Por un lado adula la revolución, homenajea a los mártires, recuerda que el poder lo tiene el pueblo. Por otro intenta adormecerlo, intentando crear confianza en que él llevará la estabilidad social a Egipto, acabará con el poder militar, con las “rupturas en el proceso productivo” (es decir, las huelgas) y conseguirá la máxima unidad nacional.
Todo apunta, sin embargo, a que el retraso en la publicación de los resultados electorales tiene que ver con una lucha entre bambalinas, entre la junta militar y la dirección islamista. Hasta el último momento la primera ha presionado para preservar al máximo su poder. Reconocer el triunfo de Mursi, a cambio de más garantías. La Hermandad, como parte de esa negociación, ha estimulado, estos días, y de forma controlada, la movilización en la Plaza Tahrir. Finalmente, el acuerdo era inevitable, pues los militares no podían arriesgarse a proclamar a Shafik presidente, so peligro de una nueva insurrección.
Mohamed El-Baradei, hombre bien conectado con el imperialismo (a quien sirvió desde el Organismo Internacional de la Energía Atómica), ha sido el que ha aportado el lubricante para el acuerdo. Se habla de la posibilidad de que Mursi le nombre primer ministro, como hombre de consenso entre estos dos poderes. Este puesto también lo podría ocupar Hazem El-Biblaui, economista que se autodenomina socialdemócrata. Parece ser que la idea de Mursi es formar un gobierno que contente a todos, con figuras técnicas no muy comprometidas con el régimen mubarakista, pero con una política continuista en el terreno económico y social.
Los Hermanos Musulmanes están controlados por un sector de los capitalistas egipcios, hasta ahora marginados del poder político. Su programa económico está a cargo de dos millonarios: Hasan Malik y Kaiter El-Shater (este último fue el candidato inicial de los Hermanos, pero fue vetado por la cúpula castrense). Sus modelos económicos son Singapur y Malasia, es decir, el liberalismo salvaje. El más conocido economista del movimiento, Gamal Amin, dice: “Tenemos que romper el estrecho círculo de empresarios ligados a Mubarak. Los Hermanos Musulmanes apuestan por favorecer la innovación y la iniciativa egipcia en un mercado libre”. En definitiva, quieren participar del gran negocio, compartir el pastel con los militares y capitalistas más implicados con el mubarakismo, y evidentemente con los imperialistas. Para ello intentan poner en su platillo de la balanza el enorme odio popular acumulado hacia la cúpula del régimen. Su contradicción es que no pueden impulsar la movilización hasta el final (como ya es evidente para sectores importantes de los activistas), desconfían por su carácter de clase de la lucha popular, y eso hace que tiendan hacia el acuerdo con el Estado posmubarakista. La base popular de su movimiento, su programa reaccionario, su tendencia hacia la conciliación con la oligarquía, la imposibilidad de satisfacer las necesidades sociales dentro del capitalismo, y el empuje del movimiento revolucionario, son los ingredientes para futuras tensiones internas.

Golpe de Estado ‘blando’

Mientras tanto, el Ejército también mueve sus peones, o mejor dicho sus torres. Cuatro días antes de las elecciones, sorprendió con su decisión de clausurar el Parlamento (elegido en el invierno, y con mayoría islamista), aprovechando para ello una sentencia judicial que declaraba ilegal la elección de una parte de dicha asamblea. Esto implicaba la recuperación inmediata, sin tapujos, de todo el poder político, por parte de los militares. Impusieron de nuevo, en la práctica, la ley marcial, que implica la represión de las protestas a través de tribunales militares, y la tutela sobre la comisión que está elaborando una constitución, para garantizar directamente sus intereses en la futura carta magna y mantener el poder después de su aprobación. En la práctica, sus maniobras implican el vaciamiento de gran parte de las atribuciones del presidente y su futuro gobierno. Para demostrar su determinación, durante la semana del 18 al 24 de junio, los centros de las grandes ciudades fueron tomados por el Ejército, con la excusa de prevenir posibles disturbios.
Pueden pasar muchas cosas en Egipto… salvo un período de estabilidad social. La revolución pondrá a prueba el gobierno islamista, como lo está haciendo ya en Túnez, donde el gobierno de unidad nacional, con mayoría islamista, se enfrenta a un índice de popularidad escaso y a una oleada de huelgas y de movilización contra los ataques salafistas al movimiento sindical y revolucionario. Los Hermanos intentarán demostrar a imperialistas y militares que son capaces de controlar el movimiento revolucionario, acabando con las huelgas y manifestaciones…, pero no podrán. Las masivas manifestaciones contra la farsa del juicio a Mubarak, a principios de junio, (aunque condenaron a perpetuidad al dictador, absolvieron a su familia y a los jefes policiales), son un aviso. De hecho, Mursi ha tenido que prometer la repetición del juicio, y que los colaboradores del régimen anterior acaben en la cárcel; promesa que va a traicionar y que sólo ayudará a enervar más la lucha. Tampoco va a poder mejorar las condiciones sociales, ni acabar con la tutela militar, ni denunciar el acuerdo con Israel. La revolución es exigente: el islamismo no pasará su examen.


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