Primera derrota de Milei. La “ley Ómnibus” retirada, pero los ataques continúan
La impostura de PSOE y Sumar ante el genocidio sionista
Más de 300 personas en la inauguración del Espacio Rosa Luxemburgo
V. I. Lenin (1924-2024). Retrato de un revolucionario
Genocidio en Gaza: el pueblo palestino solo puede contar con la solidaridad internacionalista
Centenario de Lenin. Los artículos, tesis, manifiestos y trabajos teóricos del líder bolchevique en 1917
Guerra en Ucrania. Washington se enfrenta a una derrota sin precedentes
Documento de perspectivas mundiales aprobado en el III congreso de Izquierda Revolucionaria Internacional
¿Por qué Izquierda Revolucionaria?
III Congreso de Izquierda Revolucionaria Internacional. Hoy más que nunca, ¡socialismo o barbarie!
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Los pasados 8 y 9 de julio Izquierda Revolucionaria celebró una Conferencia Política en Madrid. El presente Documento de Tesis fue discutido durante estos dos días y aprobado por unanimidad de los delegados e invitados presentes.

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Pincha aquí para leer la segunda parte. 

Vivimos una época de liquidación del marxismo en las direcciones oficiales del movimiento obrero. Los prejuicios más vulgares sirven actualmente de doctrina oficial (…) Por el contrario, la voz del marxismo resuena en esta acústica artificial como la voz del “sectarismo”. Con mayor razón es necesario repetir y repetir las verdades fundamentales de la política marxista ante los obreros avanzados (...)

Los grandes fenómenos políticos tienen siempre profundas causas sociales. La decadencia de los partidos “democráticos” es un fenómeno universal que tiene sus razones en la decadencia del propio capitalismo.

León Trotsky, ¿Adónde va Francia?

En los momentos cruciales de los giros históricos, la dirección política puede convertirse en un factor tan decisivo como el de un comandante en jefe en los momentos críticos de la guerra. La historia no es un proceso automático. Si no ¿para qué los dirigentes?, ¿para qué los partidos?, ¿para qué los programas?, ¿para qué las luchas teóricas?

León Trotsky, Clase, partido y dirección

Nueve años después de la irrupción de Podemos, y del terremoto político que supuso para el régimen del 78, la formación morada se encuentra al borde de la desaparición, sus líderes históricos perderán sus actas de diputados en los próximos comicios del 23 de julio y muy probablemente asistamos a una victoria de la derecha y la extrema derecha que abrirá una nueva etapa dura y convulsa de la lucha de clases.

Tras una legislatura marcada por la frustración y la desesperanza con el primer Gobierno de coalición de izquierdas desde 1936, nos enfrentamos a un escenario complejo y condicionado, a corto plazo, por los efectos desmoralizantes y el escepticismo que atravesará a capas de los activistas más combativos, y el desconcierto general entre amplios sectores de las masas. Todo ello nos obliga a tensar las fuerzas del partido y utilizar a fondo nuestro arsenal político para explicar lo ocurrido, armar ideológicamente a toda la militancia y trazar las tácticas más adecuadas para combatir a la reacción. Consolidar las posiciones conquistadas y aprovechar las oportunidades que abre esta crisis de la nueva izquierda reformista es el objetivo central.

La catástrofe a la que se enfrenta Podemos, como analizaremos a lo largo del documento, no se ha producido de un día para otro: es la consecuencia de gravísimos errores políticos y teóricos, y de renuncias a principios esenciales no solo por parte de sus dirigentes actuales, sino especialmente de su principal ideólogo, Pablo Iglesias.

Incapaces de comprender las dinámicas fundamentales de la lucha de clases en esta fase de crisis orgánica del capitalismo, rechazando las lecciones de la historia sobre la naturaleza del fascismo, su avance y cómo combatirlo, ciegos ante el papel crucial del movimiento masas en la batalla por la transformación de la sociedad y renunciando abiertamente a construir una organización militante y combativa con un programa revolucionario y sólidas raíces entre la clase obrera, esta dirección ha sido incapaz de resistir las presiones de la burguesía y de sus agentes socialdemócratas, hasta el punto de protagonizar un suicidio político que tiene pocos precedentes.

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La catástrofe a la que se enfrenta Podemos, no se ha producido de un día para otro; es la consecuencia de gravísimos errores políticos y teóricos y de renuncias a principios por parte de sus dirigentes actuales, y especialmente de Pablo Iglesias. 

Como hemos señalado en declaraciones publicadas anteriormente, las elecciones municipales y autonómicas del pasado 28 de mayo supusieron una victoria rotunda para la derecha y una derrota devastadora para la izquierda parlamentaria y gubernamental. La magnitud del desastre fue tal, que unas horas después de conocerse los resultados Pedro Sánchez anunciaba que adelantaba las elecciones generales al 23 de julio, disolviendo las Cortes y dando por finiquitado el Gobierno PSOE-UP. Pero a pesar de esta maniobra, las perspectivas no pueden ser más sombrías, especialmente tras la infame actuación de Yolanda Díaz y el aborto político en que se ha convertido Sumar. Esta falsa unidad burocrática por arriba, cuyo motor es garantizar los privilegios de una amplia capa de arribistas sin escrúpulos ni principios, y cuyo principal objetivo, a la vista de todos, es enterrar a Podemos y todo lo que ha representado, será incapaz de evitar el abstencionismo de izquierdas y mucho menos desatar el entusiasmo popular.

La perspectiva de una victoria de la reacción en las generales corona el fin de un ciclo que se abrió con el estallido del 15M y una rebelión social sin precedentes desde la Transición, incluyendo la crisis revolucionaria en Catalunya, y que presenció el desarrollo de una fuerza de masas a la izquierda del PSOE como Podemos. Es muy significativo que de las tres formaciones surgidas en este periodo de máxima polarización política, Ciudadanos, Vox y Podemos, la única que ha resistido haya sido el partido ultraderechista de Abascal.

Obviamente los procesos en el Estado español no son algo particular o excepcional, sino parte de una dinámica internacional que tiene como piedra angular la creciente crisis capitalista, la desigualdad social, la descomposición de la democracia parlamentaria occidental y de los partidos tradicionales de la clase dominante, los cambios históricos en la correlación de fuerzas entre las potencias, el avance de las formaciones de extrema derecha nacionalista y populista, y la bancarrota de la nueva izquierda reformista creada al calor de los movimientos de masas, insurrecciones y levantamientos revolucionarios que siguieron a la recesión de 2008.

En el Estado español, en Grecia y en Chile, por poner solo algunos ejemplos, hemos asistido a profundas rebeliones sociales que hicieron peligrar el dominio económico, ideológico y político de la burguesía. En todos estos casos se puso encima de la mesa la cuestión del poder. En todos ellos, las masas oprimidas ofrecieron un apoyo masivo a Podemos, Syriza o el Frente Amplio y el PCCh. Pero las políticas “realistas, posibilistas y pragmáticas" de sus dirigentes condujeron al pantano de la conciliación de clases y al cretinismo parlamentario más desaforado, que era el reverso de la desconfianza y el pavor que les provoca la clase obrera y la juventud en acción. El resultado de esta estrategia ha culminado en el avance de la contrarrevolución y la pérdida de una oportunidad histórica para derrocar el orden capitalista. La desafección de cientos de miles de trabajadores y jóvenes, y la desmoralización temporal de una amplia capa de activistas, son los frutos de una política criminal que ha permitido a la burguesía recomponer sus fuerzas precisamente cuando atravesaban su momento más crítico.

Como escribió León Trotsky: “La época del imperialismo y las revoluciones proletarias ha conocido ya y conocerá aún no solamente un ‘reforzamiento del proceso de radicalización de las masas’, sino también periodos en que las masas se deslizan hacia la derecha; no solamente periodos de fortalecimiento de la influencia de los partidos comunistas, sino también periodos de declive provisional, particularmente en el caso de errores, de derrotas, de capitulaciones”[1].

Estos y muchos otros procesos que han sido descarrilados por la ausencia de una dirección revolucionaria no nos hacen perder de vista que el capitalismo mundial continúa sumido en una crisis económica, política y social sin precedentes desde los años treinta del siglo XX, a la que se añade la hecatombe climática y ecológica. Estas tendencias objetivas de revolución y contrarrevolución marcan las perspectivas de la humanidad.

La lucha por la hegemonía mundial. Imperialismo y guerra

Las contradicciones y desequilibrios que cristalizaron en la Gran Recesión de 2008 se han agravado hasta límites desconocidos. La reciente crisis financiera, que tomó forma con la quiebra del Silicon Valley Bank y con la del gigante bancario suizo Credit Suisse, lo ha vuelto a poner en evidencia. En ningún caso se trata de una anécdota o un fenómeno coyuntural[2]. Otros bancos regionales norteamericanos, como el First Republic Bank, con activos por valor de 559.000 millones de dólares, han quebrado o están seriamente amenazados. Según la Corporación Federal de Seguros de Depósitos (FDIC) de EEUU, en los primeros seis meses de 2023 el número de bancos problemáticos ha pasado de 4 a 43, concentrando 620.000 millones de dólares en pérdidas que aún no han emergido.

Actualmente la masa de capital ficticio es la más grande de la historia, pero incluso su magnitud real es desconocida tal como ha confirmado el Banco Central Europeo (BCE) cuando advierte sobre los graves peligros de la “banca en la sombra”, cuyo crecimiento exponencial podría producir “un efecto dominó” en el sistema financiero[3].

En cualquier caso, ¿genera esto un problema para los estrategas del sistema? Aparentemente no. Tras la crisis del covid, los Gobiernos y los Bancos Centrales han recurrido al mismo recetario que generó esta inmensa montaña de deuda y especulación: otra barra libre de liquidez para garantizar, cueste lo cueste, los beneficios del capital financiero o, como dijo Christine Lagarde, presidenta del BCE, hacer todo lo que “sea necesario”.

El capitalismo, en su etapa actual de decadencia imperialista, adquiere un carácter crecientemente parasitario y reaccionario. Es el precio a pagar por el dominio absoluto del capital financiero y de los grandes monopolios, que convierten a los accionistas en parásitos sociales. Pero la raíz de la crisis no está solo en el ámbito financiero, sino sobre todo en la economía real, productiva.

Las fuerzas productivas se ven lastradas por la propiedad privada de los medios de producción y el corsé del Estado nacional, y en el momento en que el mercado se satura entran en crisis, se estancan y retroceden y, en consecuencia, las condiciones de vida de las masas se hunden irremediablemente. Esto ocurre no porque falten alimentos, materias primas, manufacturas industriales, medios de transporte o porque carezcamos de tecnología y conquistas científicas. Al contrario. El problema es de otra índole: la abundancia es tan colosal que mientras sea controlada por una minoría de parásitos para acumular beneficio privado, se transforma inevitablemente en privación, precariedad, bajos salarios y desempleo para la inmensa mayoría de población. Las crisis de sobreproducción nacen, precisamente, de esta contradicción irresoluble bajo el sistema capitalista. No surgen como consecuencia de la mala distribución o por una gestión ineficaz de los recursos, sino de la propia organización de la producción y su fin esencial, la acumulación capitalista.

Los récords de beneficios a los que asistimos en todo el mundo no se deben a ninguna crisis de escasez. Es precisamente la especulación concertada por los grandes fondos de inversión, que dominan las principales ramas industriales —en la energía, petróleo y gas, en las materias primas, en el acero, el aluminio o el carbón, en la industria automovilística o en el sector agroalimentario—, el motor de esta escalada. Esto es lo que propulsa la crisis inflacionaria que asola a los países capitalistas desarrollados y hunde las economías de las naciones dependientes, y que también se alimenta de la deuda pública y los rescates financieros a costa del Estado.

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El capitalismo, en su etapa actual de decadencia imperialista, adquiere un carácter crecientemente parasitario y reaccionario. La raíz de la crisis no está solo en el ámbito financiero, sino sobre todo en la economía real, productiva. 

El capitalismo funciona con el fin de maximizar los resultados empresariales a corto plazo, y cuando los capitalistas chocan con unos retornos de beneficios insuficientes en el proceso productivo buscan en la especulación bursátil y en el negocio de la deuda mantener y acrecentar sus ganancias. Es así como se ha elevado hasta un grado superlativo el capital especulativo y ficticio introducido en los engranajes del mecanismo económico. Un peso muerto que tarde o temprano arrastra al conjunto de la economía y la sociedad hacia el abismo.

La crisis de sobreproducción que emergió con toda virulencia en 2008 no ha sido resuelta, y la pérdida de peso e influencia del imperialismo estadounidense en las relaciones internacionales no ha hecho más que agudizar la pugna por la hegemonía mundial. La guerra imperialista en Ucrania es una expresión visible de esta batalla y tendrá consecuencias determinantes en el nuevo orden capitalista que se está fraguando.

China está consolidándose como la gran potencia capitalista del siglo XXI y disputa con éxito la gobernanza global a los EEUU, un  proceso que se basa en el colosal avance de sus fuerzas productivas en un periodo de crisis general. Podemos señalar tres grandes puntos de inflexión en el progreso del capitalismo de Estado chino: la Gran Recesión de 2008, la pandemia del covid y la guerra imperialista en Ucrania.

La emergencia de China como una superpotencia, fenómeno que hemos explicado en profundidad en numerosos materiales[4], confirma el desarrollo desigual de las naciones en la época de decadencia imperialista, un aspecto teórico que Lenin analizó detalladamente en su gran libro sobre esta cuestión, pero que sigue siendo muy poco entendido.

El cambio en la correlación de fuerzas entre las potencias es un hecho incuestionable, con hondas consecuencias políticas, económicas, militares y en la lucha de clases. Y esta realidad explica el completo fracaso de EEUU, la UE y la OTAN en la guerra en Ucrania, y la acelerada pérdida de influencia del imperialismo norteamericano continente tras continente. La actuación concertada de la OPEP con Rusia y con China; la reciente visita de Lula a Beijing para respaldar el plan de paz chino y acordar nuevos intercambios comerciales utilizando el yuan; la venta de petróleo en cantidades astronómicas de Arabia Saudí a China y la ejecución de estos contratos mediante el yuan; el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Irán y Arabia Saudí bajo el patrocinio de China o la negativa de países clave como Israel y Turquía, miembro de la OTAN, a aplicar sanciones contra Rusia… son algunos de los duros golpes que en los últimos meses ha encajado el Departamento de Estado.

La guerra de Ucrania, preparada y provocada a conciencia por el imperialismo norteamericano, tenía una justificación de primer orden: garantizar su supremacía militar y económica en el viejo continente, disciplinar a sus aliados y romper los fuertes vínculos que en estos años se han tejido entre las economías europeas —destacando Alemania—, con China y Rusia. Pero la estrategia militarista de Washington se ha saldado con un fracaso estrepitoso, aún mayor que en Afganistán. Ahora, las grietas entre los aliados de EEUU en Europa y Asia no hacen más que multiplicarse, especialmente ante la nueva ofensiva comercial y militar del imperialismo estadounidense contra China a la que, como reconocía recientemente el presidente francés Macron, no se quieren ver arrastrados[5].

Esta deriva ha convertido a EEUU en un poder cada vez menos fiable, incluso para gran parte de sus propios aliados, y en el principal factor de inestabilidad en la política mundial. Las perspectivas que ponen en cuestión la victoria militar del bloque occidental, cada vez más evidentes tras el fracaso de la contraofensiva ucraniana, incapaz de obtener ventaja alguna del putsch de Prigozhin, y el rechazo mayoritario entre la opinión pública norteamericana y europea hacia la guerra, están aflorando en las crecientes divisiones en la clase dominante y el aparato del Estado norteamericano sobre cómo poner fin al conflicto salvando lo máximo posible.

Es innegable que la guerra en Ucrania se ha convertido en un nuevo punto de inflexión a favor del ascenso de China como árbitro de las relaciones internacionales y como factor de estabilidad para los intercambios capitalistas. El fortalecimiento creciente de su moneda, el yuan, o que China se haya transformado en el acreedor del mundo, superando por volumen de préstamos concedidos al Banco Mundial, el FMI y el Club de París combinados, son señales de una tendencia que se fortalece.

Esto no significa obviamente que el imperialismo chino o el ruso sean una alternativa para la clase trabajadora, tal y como plantean sectores de la izquierda reformista y del estalinismo, haciendo un fetiche estúpido del multilateralismo en las relaciones internacionales y vaciando de cualquier contenido de clase, internacionalista y marxista el análisis de la lucha interimperialista en curso.

Negar que Putin es el representante de un poder capitalista y bonapartista, que no tiene nada que ver con el socialismo ni con el comunismo, es ponerse una venda en los ojos y hacer el juego al enemigo de clase. Su chovinismo gran ruso es el programa exterior de una oligarquía capitalista depredadora que se levanta sobre las cenizas de la URSS.

Todo esto se ha confirmado con el fracasado putsch del líder del grupo Wagner, Yevgueni Prigozhin, un acontecimiento que hemos explicado a fondo en nuestra web. Al margen de las exageraciones pueriles de la propaganda occidental sobre el riesgo de “guerra civil”, refutadas por la rápida resolución del golpe, este putsch sí ha rebelado las debilidades del régimen bonapartista ruso y la urgencia que tiene Putin de dar pasos adelante en disciplinar a su propia oligarquía capitalista enriquecida con el desmantelamiento de la URSS y el saqueo de la propiedad nacionalizada. El levantamiento militar ha revelado la existencia de sectores importantes de estos oligarcas con poderosas ambiciones que chocan con una “visión de Estado” más amplia, y contradicen los intereses estratégicos del bloque imperialista auspiciado por China y en el que Rusia está integrada.

Estos acontecimientos señalan las diferencias del bonapartismo ruso y chino durante el proceso de restauración capitalista. A diferencia de Rusia, en China el proceso de restauración fue dirigido con mano de hierro por la burocracia del PCCh y del aparato del Estado, sacando las lecciones del caos que vivió la Rusia postsoviética. La burocracia ex maoísta (estalinista) se apoyó en la utilización calculada de su economía estatalizada para favorecer el proceso de acumulación capitalista interna, y abrió sus fronteras a una inversión externa masiva pero de la que obtuvo grandes beneficios en transferencia de tecnología. En esta transición se reservó el monopolio del poder político y del Estado y logró imponer límites a las aspiraciones de la nueva burguesía china (surgida en su inmensa mayoría desde la propia nomenklatura superior del PCCh), como  la de los inversores extranjeros.

Este proceso de contrarrevolución capitalista se apoyó inevitablemente en el crecimiento exponencial de la desigualdad y una explotación feroz de una nueva clase trabajadora surgida de la migración masiva del campo a la ciudad. Pero en esta transición la economía china logró captar una inversión directa extranjera formidable, justo en el momento en que la crisis golpeaba a Occidente, lo que permitió alcanzar al capitalismo de Estado chino tasas de inversión en capital fijo sin precedentes en los últimos sesenta años. El resultado final ha sido la creación de una poderosa industria armada de la tecnología más puntera, una capacidad de exportación de capital extraordinaria, un superávit comercial solo comparable al de EEUU en la época dorada de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, y un poderío militar que se robustece día a día.

Tras la asonada de Prigozhin, Putin se está viendo obligado a tomar cartas en el asunto para reforzar su régimen, depurar a todos aquellos sectores díscolos del aparato del Estado, como demuestra la reciente detención del general Surovikin, que era conocedor del golpey, sobre todo, meter en cintura a una oligarquía financiera renuente a renunciar a sus inversiones puramente especulativas en paraísos fiscales occidentales. La guerra de Ucrania ha acelerado el proceso de integración económica entre Rusia y el bloque imperialista liderado por China, tanto de cara evitar el efecto de las sanciones como para garantizar el funcionamiento de su economía, que apenas ha retrocedido fruto de la guerra y que incluso crecerá este año. Pero esa tabla de salvación no es gratuita. El Gobierno de Xi Jinping exige que los capitalistas rusos se decidan de una vez por todas a participar activamente en los acuerdos comerciales y de infraestructuras firmados con Putin, y que impulsen a una escala mucho mayor las relaciones comerciales.

En todo caso, y es importante subrayarlo, sería una estupidez establecer un mismo saldo histórico para ambos bloques imperialistas. El mundo no olvida los terribles crímenes del imperialismo norteamericano y europeo, las masacres perpetradas contra los pueblos del mundo colonial, contra la clase obrera de sus respectivos países, sus intervenciones militares y el apoyo a dictaduras sangrientas. EEUU ha sido la mayor fuerza contrarrevolucionaria de la historia, de ahí que su feroz campaña propagandística contra China y Rusia se vea muy desacreditada.

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Putin es el representante de un poder capitalista y bonapartista, que forma parte del bloque imperialista auspiciado por China, enfrentado por la conquista de la hegemonía mundial, a la otra agrupación de expoliadores encabezada EEUU. 

La lucha de clases en el Estado español y el surgimiento de Podemos

La debacle electoral de la izquierda parlamentaria y gubernamental —y la posible desaparición de Podemos— requiere profundizar con seriedad sobre los acontecimientos de la lucha de clases en el Estado español durante la última década. Solo así podremos comprender plenamente cómo se ha podido malograr una oportunidad histórica excepcional, más allá de los argumentos superficiales e interesados que hablan de una ola reaccionaria en abstracto sin analizar qué la ha hecho posible.

La clase obrera y la juventud del Estado español sufrieron duramente la crisis de 2008, pero la respuesta a la agenda de recortes salvajes y austeridad fue un ascenso de la movilización popular sin precedentes desde la Transición: la irrupción del movimiento 15M que abarrotó plazas y calles de todo el país entre mayo y junio de 2011, y que fue el combustible que propulsó las huelgas generales de 2012, las Marchas de la Dignidad, las Mareas Blanca y Verde en defensa de la sanidad y la educación públicas, el levantamiento de Gamonal, huelgas combativas y muy radicalizadas que desbordaron a la burocracia sindical de CCOO y UGT, la lucha del pueblo catalán por la república y el derecho a decidir, las manifestaciones feministas masivas del 8M o las de los pensionistas… han marcado el cuadro político a lo largo de casi una década.

Es en este contexto de rebelión social donde surge y se desarrolla Podemos, apoyándose en un discurso combativo y un programa reformista de izquierdas que cuestionaba a las élites económicas y políticas e impugnaba el régimen del 78. Las condiciones objetivas estaban maduras y la formación morada se convirtió, con una celeridad sorprendente, en un partido de masas. La explosión de participación fue brutal, con círculos brotando por toda la geografía, en los que se debatía vivamente cómo transformar y enfrentar el sistema, y que contaron con la presencia de miles de activistas de los movimientos sociales, vecinales, de la PAH, de los sindicatos...

La primera asamblea de Vistalegre aprobó una plataforma política que marcó una evidente ruptura con el programa de la socialdemocracia tradicional: nacionalización de la banca y el impago de la deuda, contra los recortes y defensa de la sanidad y la educación públicas, prohibición de los desahucios, acceso a la vivienda pública metiendo en cintura a los especuladores, jornada de trabajo de 35 horas semanales y jubilación a los 60 años. El “sí se puede” se volvía una realidad material y tangible.

Todas las alarmas se desataron entonces entre la oligarquía financiera, el aparato del Estado y el PSOE, garante durante décadas de los intereses de la patronal y el IBEX 35. Se pusieron en marcha los mecanismos del poder para aplastar a Podemos y, en consecuencia, al movimiento de masas. Pero las campañas difamatorias desde los medios de comunicación, las denuncias en los tribunales, los montajes sobre financiación venezolana o iraní, los ataques desde las burocracias de CCOO, UGT o IU… no pudieron frenar ni a Podemos ni la ola ascendente en la lucha de clases. La correlación de fuerzas era enormemente favorable gracias a la movilización en las calles, masiva y contundente.

La asamblea de Vistalegre, a pesar de sus puntos positivos, aprobó una forma de organización que distaba mucho de la de un partido militante. Los círculos quedaron reducidos a meros espectadores, sin rendición real de cuentas por parte de los cargos públicos o de la dirección. Pero lo peor es que estas formas organizativas expresaban una regresión política que tardó poco en hacerse visible.

La inmensa mayoría de la dirección, que provenían del ámbito universitario, de extracción social pequeño burguesa, que se autoafirmaron teóricamente negando el marxismo revolucionario, se pusieron manos a la obra para transformar todo ese potencial en una “maquinaria de guerra electoral”, relegando la participación de la militancia a algunas primarias y plebiscitos que, además, fueron en claro descenso. Desde entonces, la falta de democracia real en Podemos ha sido una pata imprescindible para que no se hiciera ninguna autocrítica y se culminara con éxito el giro posibilista e institucionalista, y su abandono de la movilización.

Es evidente que Podemos y Pablo Iglesias provocaron un escalofrío en la clase dominante. No era la dirección de Izquierda Unida, no era el aparato de CCOO y UGT, no era esa oposición de terciopelo que ya se conocía y estaba asimilada e instalada en la gobernanza del sistema. El desafío era real. Pero oportunidades así, tan excepcionales, hay que aprovecharlas con determinación y con una política correcta. Si millones te brindan la posibilidad de que tu discurso se transforme en realidad mediante la acción, lo peor que puede ocurrir es defraudar y frustrar las expectativas creadas.

De “tomar el cielo por asalto” a la responsabilidad gubernamental

En enero de 2015 Podemos organizó la Marcha del Cambio en Madrid con más de medio millón de personas, la movilización más grande convocada por un partido político en solitario desde la Transición. Un éxito rotundo que mostró el potencial para construir una organización militante y de clase. Sin embargo, fue la última vez que convocaron seriamente a la población en las calles.  A partir de ese momento lanzaron un mensaje muy claro: lo importante son las elecciones, lo importante es acceder a las instituciones y a los gobiernos para cambiar las cosas a través del BOE. La gestión de los más formados académicamente es suficiente. Nuestra habilidad es una garantía mucho mayor que la lucha de masas. Ahora nos toca a nosotros. Volver a casa y dejadnos trabajar.

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Podemos y Pablo Iglesias provocaron un escalofrío en la clase dominante. Pero si millones te brindan la posibilidad para transformar la realidad mediante la acción, lo peor que puede ocurrir es defraudar y frustrar las expectativas creadas. 

Así lo reconocía el propio Pablo Iglesias poco después de las elecciones de junio de 2016, en una charla en la Universidad de verano de Podemos: “Nosotros aprendimos de Valencia y de Madrid que las cosas se cambian desde las instituciones, esa idiotez que gritábamos cuando éramos de extrema izquierda y decíamos que la lucha está en la calle y no en el Parlamento es mentira”.

Esta política pragmática y posibilista es la que llevó un año antes a Pablo Iglesias a cerrar filas con Tsipras y Syriza. La lucha del pueblo griego contra la Troika y la austeridad había sido una auténtica inspiración en el Estado español y en el conjunto de Europa. Syriza ganó las elecciones con rotundidad, a dos diputados de la mayoría absoluta, y cuando el chantaje de la Troika arreció, Tsipras convocó un referéndum sobre el nuevo memorándum de austeridad que el pueblo griego rechazó por más del 60% de los votos. A pesar de todo, y contra el mandato de su pueblo, Tsipras capituló al día siguiente.

Esta decisión tuvo una enorme trascendencia para la nueva izquierda reformista en la que se encuadraba Podemos y que comenzaba su ascenso país tras país. Pablo Iglesias lo justificó todo: Tsipras era “un león que ha defendido a su gente, un león que ha dado la cara por Grecia y Podemos está con él”. Y lo hizo poniendo ya sobre la mesa sus conocidos análisis sobre la correlación de fuerzas: “Cuando se pelea con una relación de fuerzas desfavorable se pueden afrontar situaciones difíciles, pero estoy seguro de que Alexis va a trabajar por un futuro que ya es imparable en Europa”. Hoy la derecha en Grecia gobierna con mayoría absoluta, Tsipras ha dimitido y Syriza continúa su declive electoral y su descomposición como organización[6].

En el Estado español la primera prueba de fuego vino muy pronto, a un año del surgimiento de Podemos. En las elecciones municipales de mayo de 2015, las listas que la formación morada patrocinó salieron vencedoras en las principales ciudades de todo el Estado, incluyendo Madrid y Barcelona. Iban a gobernar sobre más de 10 millones de personas, y podían demostrar que una política municipal alternativa era posible. El día de la constitución de los ayuntamientos, miles se concentraron ante los mismos para celebrar la victoria.

Pero los Ayuntamientos del cambio fueron incapaces de revertir las políticas capitalistas de la derecha y la socialdemocracia tradicional, manteniendo externalizados y privatizados el grueso de los servicios municipales, abandonando a su suerte a los barrios obreros, apoyando operaciones especulativas y pelotazos inmobiliarios, negándose a construir vivienda pública para acabar con los desahucios y unos alquileres cada vez más impagables, o manteniendo a sus trabajadores en la precariedad. Una política que pagaron en las municipales de 2019, con la pérdida de todas las plazas conquistadas  excepto Barcelona, Valencia y Cádiz, y que ahora han caído finalmente.

Los Ayuntamientos del cambio ofrecían una plataforma excepcional para movilizar masivamente a la población, a la clase obrera y la juventud, a miles de familias golpeadas por la pobreza y la marginalidad, en una lucha sin cuartel contra todos los Florentino Pérez del país, esa oligarquía que hace y deshace a su antojo y controla el poder local y estatal con puño de hierro, lucrándose a costa del erario público, de las privatizaciones de los servicios sociales y de los pelotazos inmobiliarios.

Una batalla seria habría permitido transformar radicalmente, a costa obviamente de una gran confrontación de clase, las condiciones de vida de los barrios y de miles de familias trabajadoras. Pero incluso si se hubiera perdido, si no hubiera sido posible resistir y vencer a la contraofensiva del capital y del aparato del Estado, la lucha habría contribuido a que la conciencia avanzara sólidamente, reforzando la organización, endureciendo a decenas de miles de activistas y preparando el terreno para el futuro. Pero para estos universitarios radicalizados era más sencillo acomodarse a los oropeles del orden burgués, renunciar a cualquier batalla y luego pedir nuevamente el voto.

El problema no ha sido la campaña feroz de los medios de comunicación, una campaña  que comenzó desde la misma aparición de Podemos, sino la renuncia a poner en marcha un programa socialista mediante la lucha de clases.

De hecho, los primeros resultados de Podemos en las elecciones generales de 2015 fueron espectaculares: 5.185.655 votos, que sumados a la candidatura de IU llegaron hasta los 6.112.438, sorpasando al PSOE por medio millón de votos, y en 2016 otros 5.049.734 votos, a tan solo a 375.000 del PSOE.

Los marxistas revolucionarios no hacemos un fetiche del parlamentarismo. En la sociedad capitalista, las elecciones siempre están trucadas por quienes controlan el poder económico y mediático, por una oligarquía financiera que dispone de los medios para imponer sus intereses al Gobierno de turno. Pero incluso en este campo, el más desfavorable para las y los trabajadores, Podemos obtuvo resultados históricos. Sin embargo, despreciando las lecciones de la historia y renegando de las ideas del marxismo, asumieron el peor cretinismo parlamentario e intentaron convencer a su base social de que la soberanía popular reside en las Cortes y que los Gobiernos de coalición de “izquierdas”, con la socialdemocracia como espina dorsal de los mismos, pueden actuar independientemente de la agenda y exigencias de los grandes monopolios, bancos y de un aparato del Estado colmado de reaccionarios. El resultado de estas tesis está a la vista.

La crisis revolucionaria en Catalunya. Una oportunidad perdida

Otro momento crítico, tanto para Podemos como para la nueva izquierda reformista, fue la crisis revolucionaria que se desató en Catalunya en octubre de 2017. Como hemos explicado en otros materiales[7], aquellos acontecimientos se convirtieron en la mayor amenaza para el régimen del 78, el aparato del Estado y el capitalismo en el Estado español. La magnitud del desafío fue tal que tuvieron que sacar al rey Felipe VI a la palestra y, como en Grecia, poner en marcha una campaña del miedo planteando la fuga de grandes empresas y el caos económico.

Hay que recordar que los militantes de Podem en Catalunya decidieron mayoritariamente en una consulta interna apoyar el referéndum, con un tercio reconociéndolo como vinculante. El 1 de Octubre de 2017, la base social de Podemos estaba en las calles enfrentando la represión y defendiendo con las urnas la República catalana. Pero la dirección estatal de Podemos descabezó burocráticamente a su organización catalana y renunció voluntariamente a participar en esta lucha histórica, introduciendo argumentos que finalmente favorecieron a la reacción españolista.

El auge inicial de Podemos en Euskal Herria y en Catalunya, como muestran sus victorias electorales, se marchitó estrepitosamente por su abandono de una política de izquierdas consecuente en lo social, por su clamorosa renuncia a encabezar la batalla por el derecho a decidir y la república catalana, y su equidistancia cobarde ante la represión del Estado.

En ese momento existían condiciones para defender una salida revolucionaria y republicana en Catalunya vinculando la lucha por la liberación nacional con la lucha por la liberación social, por la transformación socialista de la sociedad. Sin embargo, Unidas Podemos y la izquierda reformista española, que tenían la llave para fortalecer este movimiento con un programa clasista y socialista y extenderlo al resto del Estado, cayeron en la más absoluta de las bancarrotas. O bien situándose con el españolismo reaccionario, como hizo un parte del PCE, con Paco Frutos participando en las manifestaciones junto a Vox, el PP y Ciudadanos; señalando que todo era una maniobra de la burguesía catalana, como hizo Alberto Garzón; o poniéndose de perfil y teorizando que aquello no tocaba, que había que rebajar la tensión y llegar a un referéndum acordado porque si no el fascismo podría levantar cabeza.

Así fue. En medio de una crisis revolucionaria de esta envergadura, Pablo Iglesias y otros dirigentes de Podemos como Monedero, volvieron a sacar los viejos y manidos argumentos de la escuela estalinista, planteando que la lucha de millones en las calles había despertado al fascismo. “También fracasaron quienes prometieron algo que no era más que una mentira. Han contribuido a despertar al fantasma del fascismo”, decía Pablo Iglesias. “Hay que decirlo con claridad, no somos una fuerza independentista, gracias a los independentistas se ha despertado la fuerza del fascismo en España”, señalaba Monedero.

Eran los mismos argumentos, y tanto Monedero como Pablo Iglesias lo saben, que Carrillo y el PCE utilizaron durante la Transición para frenar las aspiraciones de transformación socialista de millones de jóvenes y trabajadores, pactando con los antiguos gerifaltes del franquismo y con un aparato del Estado plagado de represores y torturadores. Cuando Pablo Iglesias, en una de sus salidas izquierdistas, nos saca a colación la cuestión de la República, no podemos más que preguntarnos: ¿por qué no defendiste la República catalana, y la extensión de esta batalla al resto del Estado, cuando millones estaban luchando en las calles para hacerla posible?

Una dirección y una organización se definen, para mal o para bien, en los momentos decisivos. Podemos, que había ganado las elecciones generales en Catalunya, tuvo la llave para dar una salida distinta a esta crisis, pero renunció a ello y contribuyó al avance del nacionalismo españolista y de la reacción, dejando el terreno abierto al PP, Ciudadanos y Vox, y a un PSOE entregado a la bandera rojigualda y a la represión policial y judicial más salvaje.

Pablo Iglesias nos habla ahora de la necesidad de dar la batalla ideológica, pero cuando era más importante darla no solo verbalmente, en las televisiones e intervenciones públicas, sino mediante la acción en las calles, renunció a ello. Y lo peor de todo es que se ha negado en redondo a reconocer ningún error y a   sacar ninguna conclusión.

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El auge inicial de Podemos en Euskal Herria y en Catalunya, se marchitó por su abandono de una política de izquierdas real en lo social, por su renuncia a luchar por el derecho a decidir y la república catalana, y su equidistancia ante la represión del Estado. 

En una reciente entrevista con Gabriel Rufián, explicó sin pestañear su tesis de por qué fracasó el levantamiento del pueblo catalán. Con esa actitud de sabio universitario nos contó que aunque tengas a la “masa”, si no tienes al Estado no puedes cambiar las cosas: “ahí vimos lo que implica alguien que tiene todos los dispositivos estatales y alguien que lo que tiene es mucha gente”. ¡Qué manera más cínica, pero sobre todo ignorante, de negar la historia de las revoluciones y del movimiento obrero en el Estado español!

Iglesias olvida interesadamente como la lucha revolucionaria de los obreros y los campesinos impuso la Segunda República, y como los trabajadores, con las armas en la mano, combatieron el fascismo durante tres años. Y también olvida, y esto sí que es lamentable, que los trabajadores y la juventud se levantaron contra la dictadura franquista, desafiaron a su aparato policial y militar y con su sacrificio abnegado arrancaron las libertades democráticas que hoy disfrutamos y nos están arrebatando. No fue Juan Carlos I, no fue el Parlamento el que conquistó la democracia, fue la sangre de los trabajadores, luego traicionados en los pactos de la Transición por sus dirigentes, lo que trajo los derechos democráticos y los avances sociales.

La crisis en Catalunya puso a prueba a todas las organizaciones, y también al programa pequeñoburgués del independentismo de izquierdas. La actual crisis en la izquierda reformista no solo afecta a Podemos, aunque en su caso está siendo demoledora. En Catalunya, ERC ha sufrido un durísimo varapalo y la CUP también ha retrocedido.

Catalunya fue clave en la victoria electoral de la izquierda en 2019 y también de cara a la conformación del Gobierno de coalición. Pero la traición al mandato del 1 de octubre y a la lucha por la república que han protagonizado los dirigentes de ERC y Junts, la “pacificación” de las calles de la mano del PSC y del PSOE después de una oleada represiva brutal, la gestión capitalista del Govern, manteniendo los recortes y las privatizaciones de la derecha catalanista… han generado una enorme desafección y un reflujo inevitable del movimiento de masas. La abstención se ha disparado en las elecciones municipales, lo que ha permitido avanzar incluso a la derecha más reaccionaria, a Vox y al PP. Una situación que puede profundizarse de cara a las generales.

 Notas:

[1] León Trotsky, La Internacional Comunista después de Lenin, Akal, 1977, pp. 58-59.

[2] La crisis financiera se extiende por el mundo y nos conducirá a la ruina

[3] El BCE urge a hacer reformas ante los riesgos de la ‘banca en la sombra’

[4] La guerra de Ucrania y la lucha imperialista por la hegemonía

COVID en China y la batalla interimperialista. El papel de la propaganda occidental

Un Bonaparte para conquistar el mundo. El capitalismo chino y la lucha por la hegemonía

[5] Hemos publicado una gran cantidad de declaraciones y artículos sobre la guerra imperialista en Ucrania que constituyen la línea política de la organización. Remitimos a estos materiales que están recogidos en nuestra web.

[6] Grecia. La derecha gana las elecciones, Syriza se hunde, y el KKE avanza posiciones

[7] Catalunya. Balance de una crisis revolucionaria

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Pincha aquí para leer la segunda parte. 

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