¡Es hora de expropiar a los expropiadores!

El mundo entero se prepara para vivir una nueva pesadilla de desempleo, empobrecimiento y desigualdad. Una debacle que no solo golpeará a las naciones despojadas por la codicia imperialista hundiéndolas aún más en la barbarie; la población de las naciones más desarrolladas también sufrirá duramente las consecuencias.

El capitalismo es un volcán en plena erupción. Por eso es importante reflexionar sobre las causas que nos han conducido a esta situación y las alternativas para enfrentarla. ¿Cómo es posible que un sistema capaz de llevar la tecnología y la productividad del trabajo tan lejos, fracase miserablemente a la hora de salvar las vidas de las personas?

Una aparente sinrazón domina el mundo, pero detrás de ella se esconde el pesado tributo que la sociedad paga a la dictadura del capital financiero. Con su lógica implacable, la regla del máximo beneficio asfixia las relaciones sociales, económicas y políticas, somete la salud pública a sus intereses y determina la vida de miles de millones.

No hay salida bajo la economía de mercado. Y la mejor prueba es que cualquier indicador que tomemos, ya sea la producción, la inversión, el desempleo, la deuda o el comercio mundial, sufre una contracción espantosa.

Los Gobiernos capitalistas y los especialistas de las finanzas miran con asombro los datos y se llevan las manos a la cabeza prometiendonos que tomarán las medidas para iniciar cuanto antes la recuperación. Pero creer sus palabras sería un error. Sus políticas son una causa fundamental del actual derrumbe y, mientras se parapetan detrás de llamamientos a la “unidad nacional” y el sacrificio común, están afilando los cuchillos.

No podemos caer en la trampa de la propaganda burguesa sino reconocer los hechos tal como son, empezando porque la clase dominante encara esta fase con las mismas recetas de recortes, austeridad y ataques a los trabajadores que aplicaron tras el desastre de 2008. La diferencia hoy es que su margen de maniobra se ha estrechado, y sus apelaciones a los sacrificios para lograr un “futuro mejor” están cada día más desacreditadas, pese a contar con la entusiasta complicidad de las direcciones de la izquierda reformista.

¿Lecciones aprendidas?

“Se trata de una crisis sin precedentes —señala el informe de abril del Fondo Monetario Internacional (FMI) —. En primer lugar, el shock es enorme. La pérdida de producción relacionada con esta emergencia sanitaria y con las consiguientes medidas de contención eclipsa por completo las que desencadenaron la crisis financiera mundial [de 2008]. En segundo lugar, al igual que en una guerra o una crisis política, la incertidumbre reinante en torno a la duración y la intensidad del shock es persistente y severa. Es muy probable que este año la economía mundial experimente la peor recesión desde la Gran Depresión, que relegará a un segundo plano la recesión registrada durante la crisis financiera mundial hace una década (…)

La última vez que la economía mundial se enfrentó a una crisis de esta magnitud en la década de 1930, la falta de un prestamista multilateral de última instancia obligó a los países a salir en búsqueda de liquidez internacional, para lo cual adoptaron vanas políticas mercantilistas que no hicieron sino empeorar la desaceleración mundial. Una diferencia clave en la actual crisis es que ahora contamos con una red mundial de seguridad financiera más sólida —en cuyo centro está el FMI— que ya está brindando ayuda activamente a los países vulnerables”1. (El resaltado es nuestro).

El pesimismo que trasluce el informe indica la extrema gravedad del momento. Según sus previsiones, el PIB global perderá 9 billones de dólares entre 2020 y 2021. Los “países desarrollados” retrocederán un 6,1% en conjunto. EEUU lo haría en más de un 5,6%, China crecería tan solo un 1,2%, lo que vendría a suponer una recesión para los estándares chinos, y la Eurozona caería un 7,5%. Para el sur de Europa la perspectiva es dramática: Grecia -10%, Portugal -8%, Italia y España podrían contraerse hasta un 12% respectivamente. También Alemania caería el 7% y Francia el 7,2%.

Las conclusiones son desalentadoras. Sin embargo, en el último párrafo que hemos citado de este informe, la demagogia y la mentira más escandalosas tratan de borrar el rastro de las políticas que nos han conducido a este callejón sin salida. Sí, porque tras diez años de rescates empresariales y bancarios a costa de un saqueo sin límite de los recursos públicos, las mismas contradicciones sistémicas que provocaron la Gran Recesión de 2008 se han vuelto a llevar a un límite insoportable.

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"El pesimismo que trasluce el informe indica la extrema gravedad del momento. Según sus previsiones, el PIB global perderá 9 billones de dólares entre 2020 y 2021."

El FMI afirma que una diferencia clave en la actual crisis es que contamos con una red mundial de seguridad financiera más sólida que diez años atrás. Tal afirmación entra en completa contradicción con los hechos.

¿Qué ha ocurrido en realidad? El capital financiero, reforzado por la inyección de liquidez de los bancos centrales, se ha hecho aún más omnipresente y parasitario, sin que ninguna barrera se haya interpuesto para impedirlo. El crecimiento de las cotizaciones se ha hecho exponencial otra vez, en gran medida por el fenómeno de la recompra masiva de acciones de las grandes corporaciones, que no solo catapulta su valor bursátil también atrae una masa creciente de capital cuyos propietarios saben que en la inversión productiva obtendrían retornos muy inferiores.

En este círculo vicioso, la deuda pública y privada han terminado por convertirse en una metástasis que corroe el organismo económico: en 2019 alcanzaron el récord de 253,6 billones de dólares ¡el 322% del PIB mundial! Estos son los logros que se acumulan en el haber, en el debe encontramos una incapacidad orgánica para restablecer un crecimiento sostenido de la economía real, la caída permanente de la inversión productiva y el declive del comercio mundial.

Los beneficios empresariales se han vuelto a levantar mediante el negocio especulativo de la deuda, las privatizaciones y la sobreexplotación de la fuerza laboral; pero la crisis de sobreproducción no ha sido resuelta. Esta es la base objetiva que explica la virulencia del derrumbe, y que desmiente los análisis del FMI.

¿De verdad contamos con una red mundial de seguridad financiera más sólida? Veamos. Según los datos proporcionados en 2019 por el Banco de Pagos Internacionales (Basilea), en 2018 el valor total de derivados financieros2 fuera del mercado bursátil organizado ascendía a 544 billones de dólares, una cantidad equivalente al 640% del PIB mundial de aquel año. ¿En qué se ha avanzado desde la crisis de las subprime en 2007?

La llamada banca en la sombra —la red financiera constituida por transacciones bilaterales, opacas e interdependientes, fuera del sistema bancario regulado— también experimentó un crecimiento espectacular. Según el último informe del Consejo de Estabilidad Financiera (FSB, por sus siglas en inglés), en 2017 movía 51,57 billones de dólares, un 57,3% más que hace diez años. Solo en la UE, el sector de la banca en la sombra representa el 40% de su actividad financiera según cifras del Consejo Europeo de Riesgo Sistémico (CERS).

¿De qué seguridad financiera nos habla el FMI? Es justamente todo lo contrario. En 2008 se hizo ya evidente que la acumulación en base al crédito, el mercado de deuda y la ingeniería financiera había rebasado los límites naturales del ciclo económico. En realidad reflejaban la crisis de sobreproducción que se estaba forjando: los enormes flujos de capital obtenidos del periodo de expansión de los noventa lograban rentabilidades cada vez más bajas del proceso productivo. Así que estos capitales ociosos pujaban sobre el mercado bursátil buscando revalorizarse y acrecentar sus plusvalías, y encontraron el medio de lograrlo a través de la completa desregulación del mercado financiero.

Diez años después, el dominio del capital financiero se ha hecho tan despótico en todas las esferas de la actividad económica, que traspasa cualquier barrera legal sin mayor consecuencia. Todos los Gobiernos del mundo actúan como meros mayordomos de este capital, que moviliza recursos superiores al PIB de muchos países avanzados.

Marx explicó como el capital acumulado tiende a valorizarse sin abandonar la esfera financiera, y lo hace mediante títulos que salen a subasta en las bolsas (acciones y bonos de deuda), y que representan derechos de cobro sobre la plusvalía actual pero también sobre la venidera. Este capital financiero, que va adquiriendo cada vez más fuerza, se convierte en capital ficticio: dinero que produce dinero (D-D’) sin la intervención del proceso productivo y la venta de mercancías.

Pero aunque este capital ficticio, tanto en 2007 como en la actualidad, haya alcanzado un grado de independencia elevadísimo en relación a la economía productiva, en última instancia sigue dependiendo de ella. La materialización de esos derechos de cobro presentes y futuros, que representan los títulos bursátiles y bonos de deuda de todo tipo, depende de la realización de la plusvalía en el mercado —y por tanto de la producción— a una escala que pueda satisfacer a esa masa de capital ficticio que la pretende. Cuanto más elevada sea la brecha entre ese capital ficticio y la producción, el potencial para una explosión descontrolada será mayor.

En estos diez años el proceso de concentración del capital financiero se ha agudizado a una velocidad imparable. Según Mckinsey Global Institute, el 80% de todos los beneficios empresariales que se obtienen en el mundo los genera el 10% de los grupos cotizados en Bolsa. Tres corporaciones, BlackRock, Vanguard y State Street, ya son las mayores accionistas del 40% de todas las compañías estadounidenses, y del 88% de las 500 mayores empresas del país.

El caso del fondo de inversiones BlackRock es emblemático. Creado en 1988 y radicado en la ciudad de Nueva York, su crecimiento ha sido vertiginoso hasta convertirse en el mayor banco en la sombra del mundo gestionando un volumen de seis billones de dólares, el equivalente al PIB combinado de Alemania y Francia. Las inversiones de BlackRock abarcan actividades clave: automoción, banca tradicional, aviación, química, petróleo y es el mayor inversor en la industria del carbón mundial. En el Estado español se ha convertido en el mayor accionista del Ibex 35.3

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"El caso del fondo de inversiones BlackRock es emblemático. Creada en 1988 y radicada en la ciudad de Nueva York, su crecimiento ha sido vertiginoso hasta convertirse en el mayor banco en la sombra del mundo"

Esta es la cruda realidad, por mucho que los dirigentes de la izquierda reformista hablen de tejer una nueva solidaridad con los “empresarios que protegen a los trabajadores”. Tal animal o no existe, o si existe es insignificante. Si los militantes de la izquierda y los trabajadores queremos entender cómo funciona el capitalismo monopolista, el único real, tenemos que volver la vista a lo que el marxismo señala al respecto:

“El capital financiero —escribió Lenin en su libro El imperialismo, fase superior del capitalismo— concentrado en muy pocas manos y que goza del monopolio efectivo, obtiene un beneficio enorme, que se acrecienta sin cesar con la constitución de sociedades, la emisión de valores, los empréstitos del Estado, etc., consolidando la dominación de la oligarquía financiera e imponiendo a toda la sociedad los tributos en provecho de los monopolistas (…) el imperialismo, o dominio del capital financiero, es el capitalismo en su grado más alto, en el que esta separación adquiere unas proporciones inmensas. El predominio del capital financiero sobre todas las demás formas de capital implica el predominio del rentista y la oligarquía financiera, la situación destacada de unos cuantos Estados, dotados de ‘potencia’ financiera, entre todos los demás (…) en la época del capital financiero, los monopolios del Estado y los privados se entretejen formando un todo y, tanto los unos como los otros, no son en realidad más que distintos eslabones de la lucha imperialista que los más grandes monopolistas sostienen en torno al reparto del mundo”.4

Especulación y deuda. El caso del petróleo

El mundo sufre la enfermedad de la deuda a una escala sin precedentes, y es esa deuda la que ha bombeado una especulación financiera que parece no tener límites. Por tanto, nada se ha aprendido, nada se ha corregido.

El mercado de bonos basura en EEUU está en auge. Los tipos de interés bajos, rozando el cero, que patrocinó la Reserva Federal (FED) permitió a las empresas —incluidas las de dudosa solvencia— aprovisionarse de una montaña de liquidez. Lo mismo ocurrió con la “Expansión Cuantitativa” diseñada por el Banco Central Europeo (BCE). Ahora muchos de esos préstamos son de dudoso cobro. Para no asumir riesgos, los bancos que tan alegremente han prestado miles de millones vendieron esas deudas a los grandes fondos de inversión para que los trocearan y, junto a otros títulos de todo tipo, los convirtieran en bonos CLO (collateralised debt obligation). Una vuelta a las subprime, pero en lugar de deuda hipotecaria con deuda empresarial.

Los llamados CLO representan más de 650.000 millones de euros, una masa a punto de estallar y que según la agencia Bloomberg puede provocar una caída pavorosa de Wall Street. ¿Alguien hace algo al respecto? Todo lo contrario. Trump y la FED ya han dejado claro que operarán de la misma manera que en 2008, nacionalizando estas pérdidas y privatizando las futuras ganancias.

En la UE el comportamiento es el mismo. Recientemente el BCE elaboró un informe estratégico que asumía extender sus inyecciones de liquidez a este tipo de fondos de inversión y banca en la sombra. La institución presidida por Christine Lagarde sopesa permitirles el acceso a sus programas de compras de activos, y lo justifica por la “fragilidad potencial del mercado de financiación”.

La presión del capital financiero en busca de plusvalías especulativas condiciona la actividad de la economía mundial. El mercado petrolero es un buen ejemplo. Cuando el lunes 20 de abril se conoció que el precio del crudo de referencia en EEUU cotizó en negativo, derrumbándose hasta -37,63 dólares, todas las alarmas saltaron. Parecía una locura, sí, pero sustentada en una lógica aplastante.

Hace mucho tiempo que este sector padece una crisis de sobreproducción, está cubierto de deudas gigantescas y sufre la crítica ecológica por sus daños al medio ambiente. Da igual. Los movimientos especulativos del capital financiero hacia el mercado de futuros del petróleo son una tendencia dominante. Las estimaciones más conservadoras hablan de que el volumen negociado supera entre 15 y 20 veces su producción real. Son los grandes fondos creados por la banca de inversión, como Goldman Sachs, Morgan Stanley, JP Morgan o BP Capital, que se han enseñoreado de esta industria.

Estas firmas, ávidas de plusvalías rápidas, propulsaron la técnica ultracontaminante de la fractura hidráulica, el conocido fracking. En 2018, la producción de este tipo de crudo aumentó hasta los 2,2 millones de barriles por día, y un año después alcanzó los siete millones diarios, con lo que EEUU se transformó de importador neto a exportador neto de petróleo. Los motivos geoestratégicos, derivados de la lucha imperialista por el control de las materias primas, tienen mucho que ver también. Pero en este caso, igual que en sus intervenciones armadas en Afganistán o Iraq, la burguesía estadounidense ha cosechado un fiasco monumental.

Los grandes monopolios petroleros han pedido miles de millones de dólares prestados a la gran banca estadounidense para acometer sus planes de perforación de pozos, construcción de infraestructuras para el transporte y mantenimiento de la maquinaria extractiva. El negocio parecía boyante, pero desde el principio los resultados fueron negativos. Los costes de producción del fracking rápidamente se confirmaron muy superiores al de otros crudos. Pero parar de producir hubiera significado alterar la hoja de ruta de las inversiones especulativas. ¿Cómo hacer entonces para que la rentabilidad de los fondos de inversión no cayese? Fácil, que el Gobierno se hiciera cargo de la factura subvencionando precios y producción.

Según datos de la Oil Change Internacional, entre 2015 y 2016, con Obama todavía en el poder, el Gobierno estadounidense subvencionó con 14.700 millones de dólares anuales a las industrias del petróleo, el gas y el carbón, que también recibieron otros 5.800 millones desde los estados federados. A esto hay que añadir 14.500 millones de dólares anuales en subsidios al consumo. A escala mundial, las ayudas y subvenciones a todo el sector pueden oscilar entre los 500.000 millones y 5,2 billones de dólares anuales, en función de los diferentes informes que circulan.5

Con la administración Trump el apoyo a la industria petrolera se convirtió en una orientación estratégica: ¡Make America Great Again! Personajes como Rex Tillerson, ex presidente de Exxon Mobil designado como primer Secretario de Estado (ministro de Exteriores), ocuparon cargos sensibles en el alto escalafón gubernamental. Aunque las ayudas se han multiplicado en estos cuatro años, el declive y la crisis del sector no han dejado de extenderse.

La decadencia del imperialismo norteamericano, ejemplificada en su incapacidad para ejercer el liderazgo mundial ante la pandemia del Covid-19, tiene otro símbolo en la ruina que atraviesa su potente industria petrolera. En realidad, si vamos al fondo del asunto, es también la confesión de que el capitalismo vuelve a estrellarse con el problema de la sobreproducción y, por muchas artimañas a las que recurra en el mundo del capital ficticio, la vida real termina por imponerse.

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"Con la administración Trump el apoyo a la industria petrolera se convirtió en una orientación estratégica: ¡Make America Great Again!"

Según Moody’s, el 91% de las quiebras empresariales estadounidenses en el último trimestre de 2019 se produjo en la industria del petróleo y del gas, que han perdido en promedio el 45% de su valor bursátil desde comienzos de año. Los títulos de deuda de alto riesgo en el sector representan el 30%.

La consultora Rystad Energy estima que si el barril recupera los 20 dólares, 533 empresas estadounidenses del petróleo podrían declararse insolventes en el 2021. Si los precios no superan los 10 dólares, entonces las quiebras pueden ser más de 1.100, la práctica totalidad de las compañías. Y esto coloca a los mayores bancos de inversión en la picota: JP Morgan Chase, Bank of America, Citigroup y Wells Fargo financiaron cada una con más de 10.000 millones de dólares este negocio.

El FMI afirma que contamos con una red mundial de seguridad financiera más sólida que hace diez años. Pero entre 2020 y 2022 solo las empresas petroleras de EEUU tendrán que afrontar vencimientos de sus deudas por una valor de 137.000 millones de dólares. “Hemos estado observando a estas compañías tambalearse bajo una deuda creciente y flujos de efectivo negativos durante muchos años”, afirmó Kathy Hipple, analista financiera de Energy Economics and Financial Analysis (Ieefa). “Cada vez es más difícil para estas compañías encontrar inversores para mantenerlas a flote y evitar la implosión”.

Por eso mismo el Gobierno Trump pretende rescatar la industria del crudo utilizando 750.000 millones de dólares del paquete de 2 billones que su Gobierno ha aprobado. Lo que está en juego es mucho para el imperialismo estadounidense.

Pero las perspectivas no pueden ser más inciertas. El transporte por carretera ha descendido más del 70% en los meses de confinamiento en Europa y EEUU, lo mismo que el tráfico aéreo. Tan solo en el mes de abril la demanda de gasolina y diésel para automóviles se contrajo un 33%, y la de combustible para aviones un 64% respecto al mismo mes de 2019 en EEUU. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA por sus siglas en inglés), la demanda de petróleo mundial caerá en el segundo trimestre de 2020 en torno a los 23,2 millones de barriles diarios con respecto al mismo período de 2019 —un descenso del 25%—. Es obvio que el pacto alcanzado entre la OPEP y Rusia el pasado 12 de abril para recortar la producción durante el mes de mayo en 12 millones de barriles al día será insuficiente. Los precios del crudo siguen tambaleándose y no hay espacios suficientes para almacenar tanto excedente.

Recapitulando. La financiación de una deuda corporativa descontrolada mediante el crédito barato, dogma de todos los bancos centrales del mundo, además de repetir la historia de especulación que llevó al estallido de 2008 explica las sombrías perspectivas que se ciernen ahora sobre la economía mundial.

Según la OCDE, el monto total de títulos de deuda emitidos por empresas (menos los bancos) ascendió a 13,5 billones de dólares al cierre de 2019, una cifra equivalente al PIB de China. Todo un récord, y justo el doble que la cifra de 2008. Pero este tumor maligno se incubó mucho antes de que la pandemia llamara a la puerta de Occidente.

La burguesía olvida pronto las lecciones de la historia. Pero los marxistas no. Por eso vale la pena recordar a Rosa Luxemburgo:

“Cuando la tendencia inherente a la producción capitalista a expandirse ilimitadamente choca con los límites de la propiedad privada o con las restringidas dimensiones del capital privado, el crédito aparece como el medio de superar, de modo capitalista, esos obstáculos. (…) Por tanto, lejos de ser un instrumento de eliminación o atenuación de las crisis, es un factor especialmente poderoso para la formación de las mismas. Y no puede ser de otro modo si pensamos que la función del crédito, en términos generales, es eliminar las rigideces de las relaciones capitalistas e imponer por doquier la mayor elasticidad posible, a fin de hacer a todas las fuerzas capitalistas lo más flexibles, relativas y mutuamente sensibles que se pueda. Con esto, el crédito facilita y agrava las crisis, que no son otra cosa que el choque periódico de las fuerzas contradictorias de la economía capitalista”.6

Los beneficiarios de la crisis

Los Gobiernos capitalistas y sus voceros mediáticos comparan a todas horas la crisis actual con un conflicto bélico. No es casual. Forma parte de la retórica política de la “unidad nacional” con sus apelaciones a que “todos tenemos que arrimar el hombro” o a que “esta batalla la ganamos unidos”. Tampoco lo es que los viejos socialdemócratas, y también los nuevos, se sumen entusiastas a esta “Unión Sagrada”. Al fin y al cabo se consideran los doctores democráticos del capitalismo. Los revolucionarios nos situamos en la barricada contraria, junto a Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo y Trotsky, y continuamos su lucha intransigente contra la colaboración de clases.

Si ayer como hoy la clase obrera pone los muertos, los enfermos, y sufre el azote del desempleo y la miseria, ¿qué nos une a la oligarquía de multimillonarios que con sus decisiones nos han conducido a este desastre? Si se pierde de vista la defensa de una política de independencia de clase, solo se puede aspirar a jugar un papel de comparsa.

Lo que decimos salta a la vista ante las medidas tomadas por las grandes potencias. Al mismo tiempo que Trump, y el puñado de multimillonarios que controlan la industria y la política estadounidense, dejan morir a decenas de miles de sus conciudadanos —trabajadores pobres y afroamericanos mayoritariamente—, no han perdido el tiempo en aprobar un plan de 2,2 billones de dólares para “rescatar la economía”. Para financiarlo, el Departamento del Tesoro anunció el 4 de mayo una emisión de 2,99 billones de dólares de deuda, el doble de la que emitió en todo 2019 (1,2 billones de dólares).

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"Si ayer como hoy la clase obrera pone los muertos, los enfermos, y sufre el azote del desempleo y la miseria, ¿qué nos une a la oligarquía de multimillonarios que con sus decisiones nos han conducido a este desastre?"

¿Adónde irá a parar esa masa de capital? A salvar a las empresas del Dow Jones y el Nasdaq. Incluso dos senadores demócratas (Whitehouse y Doggett), nada sospechosos de bolchevismo, han denunciado en un informe que el 83% de esa cifra beneficiará a las grandes corporaciones y personas con ingresos superiores al millón de dólares anuales, y tan solo en un 3% a los estadounidenses que ingresan menos de 100.000 dólares al año.7

En Europa, más allá de filigranas publicitarias, el grueso de los recursos movilizados tiene el mismo destino, se trate del Gobierno PSOE-Unidas Podemos en el Estado español, del Ejecutivo de Conte en Italia, de Macron en Francia o del Gobierno de coalición CDU-SPD presidido por Merkel en Alemania. En total, más de 6 billones de euros de las naciones más poderosas para salvar al capital financiero y las grandes corporaciones.

Estas medidas “intervencionistas” de los Estados no tienen nada que ver con nacionalizaciones de grandes empresas o sectores productivos en un sentido socialista. Lo que estamos viendo es una operación, de mayor calado aún que en 2008, para beneficio exclusivo de los grandes capitales. No podemos llevarnos a engaño. Es mentira, mil veces mentira, que la clase dominante tenga la intención de variar su estrategia y utilizar al “Estado” para resolver las necesidades sociales, enfrentar el desempleo de masas o mantener el poder adquisitivo y los niveles de vida de la población. Estamos ante un Estado capitalista actuando en defensa de su clase, un método que no es nuevo en la historia. Un Estado, aunque les pese a los reformistas y keynesianos de todo tipo, que no tiene la capacidad de invertir el ciclo depresivo actual.

“A través de las diversas etapas del capitalismo —escribe Trotsky— a través de los ciclos coyunturales, a través de todos los regímenes políticos, a través de los períodos de paz o de los períodos de guerra, el proceso de concentración de todas las grandes fortunas cada vez en menos manos ha continuado y continuará sin fin. Durante los años de la Gran Guerra, cuando las naciones se estaban desangrando hasta la muerte, cuando los propios organismos políticos de la burguesía yacían aplastados bajo el peso de las deudas nacionales, cuando los sistemas fiscales rodaban hacia el abismo, arrastrando con ellos a las clases medias, los monopolistas amasaban beneficios inauditos con la sangre y el lodo.”8

Las palabras de Trotsky parecen escritas hoy. Da exactamente igual la envergadura de la tragedia, las grandes fortunas siguen engordando, completamente indiferentes a la muerte, el hambre y el sufrimiento que padece la humanidad.

Según la revista Forbes, en los EEUU hay 607 plutócratas con una fortuna personal superior a los mil millones de dólares (925 millones de euros), y la crisis actual las está robusteciendo. Las cifras las aporta el último informe del Institute for Policy Studies, con sede en Washington DC: tan solo en las tres semanas que van del 18 de marzo al 10 de abril, estos milmillonarios incrementaron su riqueza en 282.000 millones de dólares (261.000 millones de euros); en ese mismo periodo 22 millones de estadounidenses se apuntaban a las listas del desempleo.

Entre esta élite, Jeff Bezos, fundador de Amazon, incrementó su fortuna en 25.000 millones de dólares gracias a su negocio de suministro durante el gran confinamiento, a pesar de las reiteradas denuncias de sus trabajadores por la clamorosa ausencia de medidas de seguridad sanitaria. Pero, ¿qué vale la vida de la clase obrera ante la expectativa de tamaños beneficios?

La lista se completa con otros nombres conocidos: Elon Musk, cofundador, entre otras, de PayPal y Tesla, aumentó su patrimonio en 5.000 millones de dólares (4.627 millones de euros). Eric Yuan, de Zoom, 2.580 millones (2.388 millones de euros); Steve Ballmer, de Microsoft, 2.200 millones (2.036 millones de euros)… Los datos del informe son demoledores, concluyendo con el siguiente: entre 2010 y 2020, la riqueza de la clase milmillonaria de los Estados Unidos se incrementó un 80,6%, pasando de 1,6 billones a 2,9 billones de dólares.

Esto es lo que ocurre en la nación donde los presos cavan fosas comunes para enterrar los muertos no reclamados, o cientos de cadáveres se hacinan en camiones frigoríficos ante la falta de tanatorios en Nueva York. Es lo que ocurre en la nación que carece de sanidad pública, donde más de 40 millones de sus habitantes están excluidos de seguro médico, la pobreza severa golpea a 25 millones, y que ostenta el récord de población carcelaria mundial con más de 2 millones de reclusos (también pobres y afroamericanos en su mayoría).

El sueño americano, como el emperador desnudo, mostrándose como es en realidad. Lo mismo podemos decir la Unión Europea, ofreciéndonos cada día el espectáculo circense de su desunión y la lucha cainita de cada burguesía nacional por proteger su industria, sus bancos y su mercado a costa del vecino. ¡Sálvese el que pueda, pero siempre a costa de la clase obrera!

El Gobierno es el comité ejecutivo de la clase dominante, afirmó Marx. Cualquier Gobierno que respeta la lógica del capitalismo lo es. Muy pronto, mucho antes de lo que se imaginan los dirigentes reformistas de la izquierda, una nueva oleada de recortes salvajes, privatizaciones, ataques a los derechos laborales, rebajas salariales y austeridad se pondrá encima de la mesa en nombre de la “responsabilidad de Estado”. Todo ello acompañado, cómo no, de nuevas leyes para restringir los derechos democráticos y más represión policial.

La lucha imperialista se agudizará

Al referirse al crack de 1929 Trotsky escribió: “En un organismo con la sangre envenenada, cualquier pequeña enfermedad tiende a cronificarse; en el organismo podrido del capitalismo monopolístico, las crisis asumen una forma particularmente maligna.”9 Esta putrefacción está supurando desde hace mucho tiempo, y sus consecuencias serán más terribles que las de aquel estallido.

Todos los sectores productivos se encuentran hoy tocados en su línea de flotación. El transporte completamente paralizado. Las industrias aeronáutica y de automoción suspendidas en el aire, abocadas a un cierre masivo de fábricas y el despido de cientos de miles de trabajadores en todo el mundo. El sector del turismo, que tan solo en el Estado español y en la zona euro aporta respectivamente el 18% y el 10% del PIB, y que es igual de importante en EEUU, Asia o el norte de África, se ha despeñado por un barranco del que tardará mucho en salir. El acero, el cemento, el petróleo, las materias primas metálicas… ahogadas por la sobreproducción y el colapso de la demanda.

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"El sector del turismo, que tan solo en el Estado español y en la zona euro aporta respectivamente el 18% y el 10% del PIB, se ha despeñado por un barranco del que tardará mucho en salir."

Latinoamérica retrocederá un 5,2% en su PIB global, Brasil un 5,3% y México un 6,6%, el resto de las economías de la región seguirán una línea similar. La llamada “unidad nacional” arroja también grandes resultados: entre febrero y marzo la fuga de capitales en el cono sur hacia los bancos norteamericanos y europeos ascendió a 53.000 millones de dólares, más del doble que la salida posterior a la crisis de 2008. En África, Oriente Medio y muchas partes del continente asiático la situación es peor todavía.

Si la deuda empresarial (no bancaria) es un lastre brutal para las principales potencias del mundo, en los países emergentes creció en 80 puntos porcentuales desde 2008, hasta situarse en el 190% del PIB. Los capitales que financiaron el “crecimiento” de estas naciones en la década de 2000, comprando materias primas y deuda pública y corporativa, huyen hacia refugios más seguros (el oro, los bonos americanos o alemanes). El boquete en las finanzas de estos países será imposible de taponar, y obligará a muchos de ellos a una suspensión de pagos (default), como ocurrirá en Argentina.

La llegada de nuevos corralitos para evitar el colapso del sistema financiero está en el orden del día de muchos países ex coloniales. Igual que las devaluaciones de sus divisas, con el consiguiente aumento de la inflación y depreciación de los salarios. En lo que va de año el real brasileño se ha devaluado un -28,5%, el peso mexicano un -24% y el colombiano un -18,9%, penalizados por la caída de la demanda de materias primas, su principal valor exportador. El desplome del petróleo ha supuesto también una depreciación del 17,2% del rublo ruso, mientras que el rand sudafricano ha perdido en torno al 25%.10

El intercambio global de mercancías y servicios se verá seriamente dañado. La OMC prevé una reducción del comercio mundial este año de entre el 13% y el 32%, después de una contracción del -0,1% en 2019. Son datos escalofriantes que indican la lucha encarnizada que librarán las potencias imperialistas por cada palmo del mercado. La guerra económica entre EEUU y China entrará en una fase más convulsa.

La burguesía norteamericana se encuentra en una encrucijada histórica. Las cifras de las que vanamente presumía, el récord de 121 meses de crecimiento ininterrumpido y un índice de paro oficial del 3,6%, no pueden ocultar la decadencia de la gran potencia mundial, materializada súbitamente en un mes y medio. La pandemia tan solo ha destapado una olla podrida.

Si el crecimiento promedio del PIB en la era Trump ha sido del 2,3%, el más bajo de los últimos setenta años, las previsiones para 2020 de diferentes organismos, entre ellos la FED, señalan una reducción de entre el 5 y el 10%, aunque no hay que tener una perspectiva cerrada. Kevin Hassett, asesor económico de la Casa Blanca, ha planteado que durante el segundo trimestre el PIB se puede desplomar entre un 20% y un 30%. Solo los datos de marzo revelan una caída del 5,4% de la actividad industrial en EEUU, la mayor cifra desde que existen datos históricos (a inicios de 1960). La utilización de la capacidad productiva instalada ha descendido en 4 puntos, hasta el 72,7%.

Los estrategas de la burguesía estadounidense están desesperados por evitar perder más terreno. Pero el mecanismo económico de los EEUU está tan limitado, que incluso para abastecerse de material médico tienen que recurrir —como el resto de las potencias occidentales— al mercado chino. De allí han llegado el 42% de las importaciones estadounidenses de equipo de protección personal (EPI) para su sistema sanitario en el mes de abril. Las fábricas chinas producen ahora el 80% de los antibióticos del mundo y los componentes básicos de una gran variedad de medicamentos.

El capitalismo de Estado chino, sui géneris y en ascenso, que puede concentrar amplios recursos financieros y productivos en manos de su aparato estatal y cubrir sus necesidades estratégicas con más celeridad que otros, tiene claras ventajas competitivas frente a EEUU o la UE. Esta crisis lo está poniendo de manifiesto, y no solo en el plano sanitario.
Evidentemente China no saldrá indemne. En el primer trimestre del año su PIB registró una caída del 6,8% interanual, la inversión privada en bienes de equipo se contrajo un 30,4%, en construcción otro 17,8%, mientras la inversión pública lo hacía en un 14,7% (todo en tasas interanuales). También las ventas minoristas se retrajeron un 19% y las exportaciones sufrieron una caída interanual de 13,4%, dato que se asemeja al del período posterior a la crisis financiera del 2008-09.11 En definitiva, el golpe ha sido duro.

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"El capitalismo de Estado chino, sui géneris y en ascenso, que puede concentrar amplios recursos financieros y productivos en manos de su aparato estatal tiene claras ventajas competitivas"

Sin embargo, en el comienzo del segundo trimestre las cifras han repuntado favorablemente. La tasa de paro urbana ha crecido menos de un punto por ciento desde enero, hasta llegar al 5,9% en abril. La demanda de carbón para la producción de electricidad, por ejemplo, se ha recuperado un 20%, aunque se mantiene en torno al 10% menos que en el mismo período del 2019. En todo caso, las proyecciones más negativas hablan de que el PIB chino podría descender un 2% en 2020, lo que es una cifra sensiblemente inferior a la del resto de las potencias.

Estos datos indican también que la capacidad de China para sacar del atolladero a la economía mundial, como ocurrió tras la Gran Recesión de 2008, es limitada. El régimen puede acudir de nuevo a medidas de corte keynesiano y planes de estímulo, pero su eficacia no será como en 2008 y 2009 porque el contexto mundial para mantener su pulso exportador y recibir inversiones es mucho peor. Por tanto, todo conduce a que la lucha imperialista por los mercados aumentará muchos grados.

El imperialismo estadounidense libró una batalla victoriosa frente a Inglaterra tras el final de la Primera Guerra Mundial, y se convirtió en hegemónico tras la Segunda, pero en esta ocasión se enfrenta a una nueva potencia que muestra signos mucho más vigorosos, cuenta con reservas productivas y financieras más sólidas, y ha conquistado una posición privilegiada en terrenos como la tecnología, la exportación de capitales y el comercio mundial.

En estas condiciones generales es inviable que los EEUU de Trump puedan llevar a cabo ningún tipo de Plan Marshall en Europa, como tampoco lo es que Alemania —que sufrirá la mayor recesión de su economía desde la Segunda Guerra Mundial— vaya a optar por ayudar a las economías del sur europeo, tal como ansían los dirigentes reformistas. En lugar de keynesianismo tendremos neoliberalismo 2.0.

En la Casa Blanca entienden perfectamente que China ocupará todo el espacio que ahora dejen libre. Y aunque Trump, y detrás de él la clase dominante, intensifique su campaña contra Beijing por tierra, mar y aire, el gigante asiático va a aumentar su influencia mundial en los próximos años aprovechando las divisiones profundas del bloque occidental.
EEUU se enfrenta al avance chino en condiciones muy complejas. Su producción industrial, antes del desastre actual, no ha dejado de retroceder: si en 1970 suponía el 25% del PIB, esa cifra cayó al entorno del 11% en 2019. Si a finales de la década de los noventa las inversiones en capital fijo y reposición de equipo rondaban el 50% de las inversiones totales, en 2019 se situaron por debajo del 30%.

La clase dominante norteamericana impulsó la deslocalización industrial hacia China y otros países con bajos salarios y condiciones laborales de esclavitud. Este fue un factor muy relevante para sus estratosféricos beneficios de finales de los noventa y principios de la década de 2000, y también para el avance de la globalización económica. Pero con ello contribuyeron al desarrollo productivo y tecnológico del gigante asiático.
Entre 2000 y 2015, China pasó de producir el 3% del acero mundial a totalizar el 50%, y solo entre 2011 y 2013 consumió más cemento que Estados Unidos en todo el siglo XX (International Cement Review). En 1980 sus exportaciones representaban el 1% del total mundial, pero en 2018 se convirtió en la primera potencia exportadora con un 12,8%, seguida de EEUU con el 8,5% y Alemania con el 8%.

China acapara el 30% de las ventas mundiales de automóviles, el 43% en vehículos eléctricos y el 42% de las ventas minoristas de transacciones comerciales, por no hablar de su liderazgo creciente en el mercado de la telefonía móvil, las telecomunicaciones o la inteligencia artificial.12 A través de su megaproyecto de la “ruta de la seda” está llevando a cabo una agresiva política de acuerdos internacionales para desalojar a los EEUU de mercados que eran suyos.

Gracias al superávit comercial y a sus reservas colosales de divisas, China se convirtió en el banquero de los EEUU controlando el 18,7% de su deuda (1,18 billones de dólares en 2019). Por supuesto, el régimen chino adolece de grandes desequilibrios derivados de la sobreproducción latente, y su deuda pública, corporativa y privada que ya superó el 240% del PIB, y no deja de aumentar. Pero sus competidores están mucho peor. La deuda global de EEUU supera ya el 326%.

Este es el trasfondo en que se libra una batalla colosal. Las llamadas de Trump al nacionalismo económico y a la guerra de aranceles reflejan la desesperación colectiva de la burguesía estadounidense. Hay que dejar claro que la internacionalización de las cadenas de producción y de valores no es un capricho, corresponde a la tendencia innata de las fuerzas productivas, y del propio capital, a superar la camisa de fuerza del Estado nacional y la propiedad privada de los medios de producción.

La guerra económica estalla por las contradicciones insoportables del capitalismo en su etapa de decadencia senil. Pero de profundizarse aumentará los costes de producción en EEUU, China y Europa, con un fuerte impacto en mercados que son absolutamente interdependientes. Por ejemplo, China vendió en el sector del automóvil de EEUU vehículos por valor de 250.000 millones de dólares en 2018. Pero el gigante asiático es el cuarto mayor mercado para las exportaciones agrícolas de Estados Unidos (9.300 millones de dólares en 2018).

El 77% de lo que importa EEUU de China corresponde a productos semifacturados utilizados para producir mercancías en las industrias americanas. Y viceversa, entre 2011 y 2016 las compras chinas de tecnología en el mercado mundial estaban repartidas entre tres de sus rivales directos: el 27% provenían de los Estados Unidos, un 17% de Japón y un 11% de Alemania. En China se producen el 75% de los smartphone del mundo y el 90% de los ordenadores, pero el 87% de la electrónica y el 60% de la maquinaria china son fabricadas por empresas de capital extranjero, muchas de ellas de EEUU. Es fácil imaginar lo que supondría un bloqueo comercial a gran escala.

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"La guerra económica estalla por las contradicciones insoportables del capitalismo en su etapa de decadencia senil. Pero de profundizarse aumentará los costes de producción en EEUU, China y Europa"

Trump emplaza a las firmas estadounidenses a desmantelar sus instalaciones en China y traerlas de nuevo a la patria de las barras y estrellas. Pero es más fácil decirlo que hacerlo. Tiene en contra las dimensiones que ha adquirido la concentración del capital en sus grandes corporaciones financieras e industriales y el desembolso estratosférico de capital fijo que supondría una operación de ese calado —justo cuando las empresas se preparan para una caída general de sus beneficios—. Pero algo tienen que hacer, y evidentemente la factura la pagará la clase obrera norteamericana.

El capitalismo ha creado una división internacional del trabajo y un mercado mundial de los que ninguna economía nacional puede desacoplarse. La autarquía y el nacionalismo económico constituyen un sueño reaccionario, como se comprobó en los años treinta del siglo pasado, y tras él se esconde el más agresivo de los imperialismos.

La pretensión de hacer retroceder la rueda de la historia, empleando esta demagogia populista y reaccionaria, refleja lo lejos que han llegado las contradicciones capitalistas: la abundancia de mercancías y servicios, en lugar de ser un medio para satisfacer las necesidades humanas, se convierte en la fuente de crisis, de destrucción de empleo, de miseria y pobreza.

Las fuerzas productivas han madurado tanto que no pueden contenerse por más tiempo en los límites que imponen las actuales formas de propiedad. Esta es la lección más clara de la actual crisis y que confirma el análisis marxista. El problema es, por tanto, quién domina estas fuerzas productivas y las organiza: el capital financiero con el resultado que se presenta ante nuestros ojos, o la clase obrera para planificarlas racionalmente en beneficio de la humanidad. O barbarie imperialista, o socialismo. Esas son las únicas opciones.

Construir una alternativa revolucionaria para expropiar a los expropiadores

La clase obrera se enfrenta a ataques a sus derechos y condiciones de vida a una escala solo vista en la década de los años treinta del siglo pasado. Los datos apabullantes de desempleo y miseria de los organismos internacionales no dejan lugar a dudas.

Según el último informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las horas de trabajo perdidas en el segundo trimestre en el mundo equivalen a la destrucción de 305 millones de empleos, suponiendo una semana laboral de 48 horas. El organismo estima que 1.600 millones de trabajadores pertenecientes a la economía informal corren el riesgo de perder sus fuentes de ingreso, es decir, casi la mitad de la población económicamente activa que es de 3.300 millones. En Europa y Asia central se estima que el riesgo de pobreza alcance al 70% de estos trabajadores. En África subiría al 83%, en las Américas al 84%, y en Asia y el Pacífico al 36%.

Una proyección del Programa Mundial de Alimentos (WFP en sus siglas en inglés) calcula que unos 265 millones de personas se encontrarán bajo seria amenaza de hambre. Una cifra que se puede quedar corta a tenor de que 3.400 millones de personas vivían con menos de 5,5 dólares en 2018, según datos del Banco Mundial.

Refiriéndonos a la principal potencia, en la primera semana del mes de mayo 3,17 millones de estadounidenses habían solicitado el subsidio por desempleo, sumando así más de 33 millones en las últimas seis semanas, según los datos del Departamento de Trabajo del país. La tasa de desempleo de Estados Unidos se disparó más de diez puntos porcentuales, hasta situarse en el 14,7% en abril, lo que supone la mayor alza mensual de la historia con 20,7 millones de puestos de trabajo destruidos en solo un mes y medio. Los datos del Departamento de Trabajo informan de que en el sector del turismo y la hostelería se han arrasado 7,7 millones de empleos, en el comercio 2,1 y en la manufactura 1,3. Estas cifras superan las del crack de 1929.

Los mismos registros están repitiéndose en otros países avanzados en Europa. En el caso del Estado español, cerca de 9 millones de trabajadores están en situación de desempleo en estos momentos (contando con los 4 millones que se encuentran en ERTE y el millón de autónomos que están cobrando prestaciones), y se podría acabar el año con una cifra de parados superior al 40%.

Las escenas de las colas del hambre en naciones donde esas imágenes habían desaparecido de la memoria colectiva resultan apabullantes. Los servicios sociales se encuentran totalmente desbordados, y los planes de contingencia de los Estados son ridículos para enfrentar una catástrofe de estas proporciones.

La burguesía ya prepara una ofensiva contra los salarios, que si han sufrido un hachazo descomunal en la última década se hundirán más. El límite de la supervivencia se rebajará empobreciendo a la clase obrera en activo, por no hablar de la que será arrojada al paro forzoso, confirmando la ley general de la acumulación capitalista que Marx expuso en El Capital: cuanto mayor sea la riqueza social tanto mayor será el ejército industrial de reserva; cuanto mayor sea el ejército industrial de reserva tanto mayor será el pauperismo general.

Los Gobiernos del mundo planifican una desescalada a medida de las grandes empresas, sin que la vida de las personas importe lo más mínimo. En estos meses de pesadilla, y en los que seguirán, se ha puesto en evidencia como la economía de mercado retarda e impide una solución sanitaria aceptable: la búsqueda de una nueva vacuna también está sometida a la ley de hierro del máximo beneficio.

Bajo el capitalismo es imposible la cooperación si eso supone una merma en la cuenta de resultados. Tan solo este año las expectativas de facturación de la industria farmacéutica mundial rozan los 920.000 millones de dólares, una cifra referida solo a los medicamentos de prescripción, suministrados en hospitales o adquiridos en farmacias con receta médica. Si se añaden los de venta libre, la facturación total supera 1,43 billones de dólares (1,32 billones de euros, más que el PIB del Estado español).

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"Los Gobiernos del mundo planifican una desescalada a medida de las grandes empresas, sin que la vida de las personas importe lo más mínimo."

¿Por qué no hay todavía una vacuna disponible? La respuesta es obvia: porque cada multinacional está inmersa en una carrera para llegar primero y registrar una patente que les haga de oro. Las advertencias de los virólogos sobre una posible recaída, con el aumento de la cifra de muertes y un nuevo colapso de los sistemas de salud, es algo secundario frente a los beneficios multimillonarios de una industria dominada por un puñado de monopolios.13

En un momento tan trascendental, suena a un mal chiste los llamamientos de los dirigentes reformistas de la nueva izquierda a favor de un New Deal o un Plan Marshall que nos pueda sacar del agujero. ¿Cómo se puede estar tan ciego, y contribuir así a propagar esta confusión en las filas de la clase obrera?

Las formaciones de la nueva izquierda reformista, como Podemos, Syriza, Bloco de Esquerda, Die Linke y otras similares, nos prometieron que una vez en el Gobierno serían capaces de meter en cintura a la oligarquía. Rechazaron el programa del marxismo revolucionario reemplazándolo por una mezcla de ideas pequeñoburguesas “radicales” a favor de la democracia avanzada y el control de los mercados, que desembocan en un sitio conocido: hacer un capitalismo de rostro humano, algo que la experiencia práctica ha refutado.

La burguesía está utilizando su Estado para salvarse así misma y aplastar al pueblo, y solo permitirá cierta caridad siempre que no afecte a sus intereses fundamentales. Pero no queremos caridad, ni filantropía, ni las sobras menguantes de la riqueza que generamos con nuestro trabajo y esfuerzo. Queremos que nuestras necesidades inaplazables sean resueltas de una vez por todas.

Todo lo que adormezca nuestra conciencia, nuestra capacidad de lucha y de organización es munición para nuestros enemigos. La política de colaboración de clases es un cáncer en la izquierda, y hay que combatirla levantando una alternativa socialista consecuente, que mire de frente a los hechos y proponga una solución realista a la catástrofe que nos amenaza.

Basta de apelar al mal menor, de intentar gestionar las migajas que se caen de la mesa de los poderosos y presentarlo como si fueran políticas sociales rupturistas. Lo que necesitamos es poner las fuerzas productivas mundiales bajo la dirección de la clase obrera, y que esta se haga con el poder desplazando a la plutocracia parasitaria. Tenemos que expropiar a los expropiadores, nacionalizar los medios de producción, el sistema financiero, la industria farmacéutica y sanitaria bajo la gestión y el control democrático de los trabajadores. Esta es la única manera de enfrentar el caos actual en beneficio de la población, combatiendo el desempleo y la pobreza.

Los acontecimientos que vivimos sacudirán la conciencia de millones, y abrirán el camino para que las ideas del marxismo revolucionario se hagan poderosas y conecten con la experiencia viva de nuestra clase. Pero no tenemos tiempo que perder. Hoy la amenaza de un descenso a los infiernos llama a nuestra puerta con fuerza, y no podemos minimizar que las fuerzas de la reacción derechista velan sus armas seguras de que la crisis del parlamentarismo burgués les asfalta el camino. Confiar en que las políticas pro-capitalistas pueden conjurarlas y derrotarlas, o que el régimen del 78 y su Estado suponen un antídoto, es faltar a la verdad y dar la espalda a la experiencia histórica.

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"Los acontecimientos que vivimos sacudirán la conciencia de millones, y abrirán el camino para que las ideas del marxismo revolucionario se hagan poderosas y conecten con la experiencia viva de nuestra clase."

La lucha de clase de los próximos meses y años entrará en una fase explosiva. Lo que el año pasado nos enseñó con la revolución chilena, las insurrecciones en Ecuador, en Sudán, en Argelia, las grandes huelgas en Colombia y en Francia, las movilizaciones masivas de la mujer trabajadora, de la juventud contra el cambio climático, de los pensionistas, del pueblo catalán por la república y la autodeterminación… es un anticipo de lo que está por llegar.

Es hora de prepararse seriamente para las grandes batallas; necesitamos construir un partido revolucionario que se ligue a los trabajadores en sus luchas, que impulse el sindicalismo combativo, que organice a la juventud precarizada y explotada, a los más oprimidos, a las mujeres trabajadoras y a los jóvenes estudiantes. Es hora de construir una organización que pueda resistir las presiones con el programa del marxismo, y luche decididamente por la transformación socialista de la sociedad.

¡Únete a Izquierda Revolucionaria!

 

Notas:

1. https://www.imf.org/es/Publications/WEO/Issues/2020/04/14/weo-april-2020

2. Un derivado financiero o instrumento derivado es un producto financiero cuyo valor se basa en el precio de otro activo. Existen derivados sobre productos agrícolas y ganaderos, metales, productos energéticos, divisas, acciones, índices bursátiles, tipos de interés, etc. Se liquidan en una fecha futura y pueden cotizarse en mercados organizados (como las bolsas) o extra bursátiles (OTC). En un mercado OTC se negocian todo tipo de instrumentos financieros (acciones, bonos, materias primas, swaps o derivados de crédito) directamente entre dos partes.

3. “El ascenso vertiginoso del poder de la banca en la sombra: el caso de BlackRock”, Manuel Gabarre https://www.lamarea.com/2020/02/06/el-ascenso-vertiginoso-del-poder-de-la-banca-en-la-sombra-el-caso-de-blackrock/

4. V.I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, FFE. Madrid 2016, pp 52, 59 y 72.

5. Covid-19, el petróleo, el virus de Wall Street y Estados Unidos, Tom Kucharz, Luis González Reyes, Ivan Murriay Mas y Luis Flores, www.elsaltodiario.com

6. Rosa Luxemburgo, Reforma o revolución, FFE Madrid 2018 pp.39 y 40

7. El 82% del tercer paquete de ayudas de Trump para la pandemia será para los ricos y las grandes empresas https://www.publico.es/politica/ayudas-trump-82-tercer-paquete-ayudas-trump-pandemia-sera-ricos-grandes-empresas.html

8. León Trotsky, El marxismo en nuestro tiempo, en Fundamentos de economía marxista, FFE. Madrid, 2019, p 50.

9. Ibid, p. 60

10. Actualidad Emergentes. Abril 2020 https://www.bankiaestudios.com/estudios/es/publicaciones/actualidad-emergentes-abril-2020.html

11. China / Fuerte contracción del PIB en el 1T20 a causa del virus
https://www.bankiaestudios.com/estudios/es/publicaciones/china-fuerte-contraccion-del-pib-en-el-1t20-a-causa-del-virus.html

12. Según el informe China and the world: Inside a changing economic relationship, de McKinsey Global Institute.

13. “Las diez primeras compañías copan en torno al 40% del mercado mundial, con una facturación de 437.257 millones de dólares (404.812 millones de euros) en 2017 (…) A la cabeza de ese oligopolio se encuentra el gigante estadounidense Pfizer, cuyos productos farmacéuticos le reportaron aquel año 52.540 millones de dólares (48.630 millones de euros). El segundo puesto lo ocupa la suiza Roche, con 44.368 millones de dólares (41.110 millones de euros), y el tercero en el podio es la francesa Sanofi, con 36.663 millones de dólares (33.971 millones de euros). (Vicente Calvero, Industria farmacéutica: un negocio de más de un millón de euros, que engorda gracias al coronavirus. https://www.publico.es/economia/industria-farmaceutica-negocio-billon-dolares-engorda-gracias-coronavirus.html

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