La revolución permanente,   una teoría confirmada por la experiencia
 
Las peticiones democráticas no pueden satisfacer nunca al partido del proletariado. Mientras la democrática pequeña burguesía desearía que la revolución terminase tan pronto ha visto sus aspiraciones más o menos satisfechas, nuestro interés y nuestro deber es hacer la revolución permanente, mantenerla en marcha hasta que todas las clases poseedoras y dominantes sean desprovistas de su poder (...) y hasta que las más importantes fuerzas de producción estén en las manos del proletariado.
Para nosotros no es cuestión reformar la propiedad privada, sino abolirla; paliar los antagonismos de clase, sino abolir las clases; mejorar la sociedad existente, sino establecer una nueva

Marx y Engels, Circular del Comité Central a la Liga Comunista (marzo de 1850)

Recapitulando sobre la ola revolucionaria que sacudió Europa en 1848, Marx y Engels hacían un llamamiento a la clase obrera para que rompiese con los sectores de la burguesía democrática que querían limitar el alcance de la revolución a cambios menores en el aparato del Estado, y para que mantuviese la revolución en marcha hasta subvertir completamente el orden capitalista. De esta manera, señalaban cómo la participación del joven proletariado cambiaba el carácter del proceso revolucionario en curso, ya que las reivindicaciones democráticas, asociadas al período histórico en el que la burguesía había luchado por desplazar a la antigua aristocracia feudal, eran superadas por la defensa de los intereses de clase del proletariado, que chocaban frontalmente con la propiedad privada y el Estado burgués.
Casi 50 años después, León Trotsky, aplicando el método de Marx y Engels, analizaba el carácter de clase de la revolución que se vislumbraba en la Rusia zarista, y señalaba que la participación del proletariado empujaría la revolución más allá del límite de las reivindicaciones democrático-burguesas que la ortodoxia de la II Internacional planteaba como horizonte insuperable de los procesos revolucionarios de los países atrasados. Los acontecimientos de 1905 demostraron las posiciones de Trotsky, y fueron la base práctica sobre la que se construyó una de sus más grandes aportaciones al marxismo: la teoría de la revolución permanente, que presenta una visión completa del carácter y la dinámica de la revolución en los países capitalistas atrasados, de la relación entre el proletariado y otras clases que protagonizan la revolución, y de la inevitable necesidad de expandir internacionalmente la revolución socialista para asegurar su triunfo.

El desarrollo desigual y combinado

El pensamiento social burgués presenta el desarrollo del capitalismo como un proceso de evolución natural, que se desarrolla en etapas que todas las sociedades deben atravesar. Para esta escuela, los países atrasados (los países coloniales y los países que, como Rusia, habían llegado tarde al desarrollo del capitalismo y mantenían estructuras socio-económicas asociadas al feudalismo) se encontraban en una etapa por la cual los países avanzados ya habían pasado con anterioridad, de modo que bastaría con el paso del tiempo para que de forma evolutiva un país como Rusia alcanzase el grado de desarrollo de la Inglaterra capitalista moderna.
Trotsky desmonta esta teoría, explicando que los países atrasados no están en un estadio similar al que los países avanzados vivieron décadas atrás. Estos países, aunque mantienen estructuras precapitalistas, también conocen los aspectos más modernos del capitalismo, debido a las políticas imperialistas de exportación de capital. El desarrollo capitalista de Rusia se estaba produciendo de una manera que nada tenía que ver con el proceso de desarrollo de la producción capitalista que había tenido lugar un siglo antes en otros países de Europa. La introducción en Rusia, al igual que posteriormente ocurrió en otros países coloniales, de la técnica y las formas más innovadoras de la producción capitalista, cambió profundamente su estructura social. De las masas campesinas empobrecidas se separó una nueva clase de proletarios, que en el curso de muy pocos años, educada por el ambiente y la disciplina de la moderna fábrica capitalista, adquirió una fuerza y una conciencia de clase equiparable a la de la clase obrera de los países más avanzados. Esta clase obrera plenamente moderna, y las relaciones sociales que la habían creado, se combinaban con la pervivencia en Rusia de formas primitivas de organización social, que correspondían a la época feudal, formas sobre las que se sustentaba el Estado zarista, y bajo las que vivía la inmensa mayoría de la población, el campesinado.
Esta combinación de sistemas sociales de épocas diferentes tuvo un importante impacto en la formación de la nueva clase dominante. La burguesía rusa, creada al calor de la inversión económica de las potencias imperialistas, no fue capaz de ganar su independencia como clase frente a los grandes terratenientes y frente al Estado zarista. Al revés, su temor ante la naciente clase obrera, ante las primeras huelgas y luchas de sus trabajadores, les echó en brazos de la autocracia, uniendo así su suerte a la del régimen zarista y el orden social precapitalista que lo sustentaba.

La revolución de 1905

Aunque en 1905 las condiciones sociales de Rusia ponían en el orden del día las tareas propias de la revolución burguesa (liquidación del feudalismo y reforma agraria, derrocamiento del zarismo y establecimiento de una república parlamentaria, liberación de las naciones oprimidas por el yugo zarista, liberación de Rusia de su subordinación al imperialismo, etc.) la burguesía no estaba en disposición de acometerlas. La única clase que demostraba la determinación necesaria para llevar adelante la revolución, y ocupaba un lugar en la organización social que así se lo permitía, era la clase obrera.
Según Trotsky explica en el prefacio de 1919 a Resultados y perspectivas: "Correspondientemente a sus tareas más próximas, la revolución comienza siendo burguesa, pero luego hace que se desplieguen rápidamente potentes antagonismos de clases y sólo llega a la victoria si traspasa el poder a la única clase capaz de colocarse a la cabeza de las masas oprimidas: el proletariado. Una vez en el poder, el proletariado no quiere ni puede limitarse al marco de un programa demócrata burgués. Puede llevar a cabo la revolución sólo si la revolución rusa se prolonga en una revolución del proletariado europeo. Entonces se superará el programa democrático burgués de la revolución, junto con su marco nacional, y la dominación política temporal de la clase obrera rusa progresará hacia una dictadura socialista permanente".
El desarrollo de la revolución de 1905 confirmó el análisis de Trotsky. A diferencia de las revoluciones burguesas clásicas de los siglos XVII y XVIII (Inglaterra, Holanda, Francia), la burguesía no jugó un papel dirigente. Al contrario, y demostrando el cambio radical que había ocurrido en la sociedad rusa, fue la clase obrera, organizada en soviets (consejos obreros elegidos por los trabajadores) la que protagonizó el movimiento desde el primer momento.
Y así, mientras que en su etapa de clase revolucionaria la burguesía desafiaba al Estado absolutista llamando al pueblo a tomar las armas y formar milicias nacionales, en Rusia la burguesía corría a ampararse detrás de los cosacos y del poder del zar.
El papel dirigente que la burguesía no era capaz de ocupar cayó por su propio peso en manos del proletariado, que se convirtió en la fuerza dirigente de la gran masa de campesinos oprimidos que constituía la mayoría de la población rusa.
Pero al encabezar la revolución la clase obrera no podía limitarse a realizar las tareas que la burguesía era impotente para realizar debido a la debilidad de su peso social: "La dominación política del proletariado es incompatible con su esclavitud económica. Poco importa la bandera política bajo la cual el proletariado haya llegado al poder: estará obligado a proseguir una política socialista" (Resultados y perspectivas, cap. 8).
De modo que era completamente impensable que la revolución rusa pudiese reproducir la dinámica de las revoluciones burguesas. Ya que la revolución sólo podría triunfar bajo la dirección del proletariado, era inevitable que éste pusiese su sello en la marcha de los acontecimientos: "Si los representantes del proletariado entran en el gobierno, no como rehenes sin poder sino como fuerza dirigente, entonces liquidarán el límite entre el programa mínimo y el máximo, es decir, incluirán el colectivismo en el orden del día" (Resultados y perspectivas, cap. 6). En conclusión, Trotsky anunciaba que la era de las revoluciones burguesas había finalizado ya en todo el mundo. La expansión mundial del sistema de producción capitalista había eliminado para siempre la posibilidad de nuevas revoluciones burguesas, y en lo sucesivo "el cumplimiento de las tareas democráticas que se proponen los países burgueses atrasados, les lleva directamente a la dictadura del proletariado" (La revolución permanente, Introducción).

La revolución de 1917

La revolución de febrero de 1917 volvió a poner sobre el tapete el problema del carácter de la revolución. Mientras que las tendencias reformistas (mencheviques y socialrevolucionarios) seguían insistiendo en que la clase obrera debía limitar sus reivindicaciones y ceder el poder a la burguesía, los acontecimientos reales se encargaron nuevamente de demostrar la corrección de la perspectiva de Trotsky.
Apenas transcurridas las primeras semanas de la revolución, la situación de dualidad de poder entre el Gobierno Provisional , subordinado a la burguesía, y los soviets que la clase obrera había de nuevo levantado en toda Rusia, indicaba que la revolución burguesa había agotado ya su recorrido, y que no podía llegar más allá.
La principal reivindicación de las masas campesinas, la reforma agraria, que hubiera sido imprescindible para el desarrollo capitalista de Rusia, se empantanó ante el terror de la burguesía y sus auxiliares reformistas a enfrentarse al zar y a la aristocracia terrateniente, poniendo de manifiesto que el campesinado sólo podían confiar en la clase obrera para conseguir su liberación.
Las Tesis de Abril, redactadas urgentemente por Lenin para clarificar la posición y la estrategia del Partido Bolchevique, reconocen esta situación y reafirman el punto de vista de la revolución permanente: "La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado".
También la perspectiva internacionalista que se desprende de la teoría de la revolución permanente fue asumida por los bolcheviques. Conscientes de que sin el triunfo de la revolución en algunos de los países capitalistas avanzados la revolución rusa estaba abocada al fracaso, los bolcheviques se plantearon como tarea vital la organización del partido mundial del proletariado, la Internacional Comunista.

Los acontecimientos posteriores y la revolución permanente hoy

Los acontecimientos posteriores en Rusia son conocidos. La derrota de la revolución en Europa, y muy especialmente en Alemania, dejó a la revolución rusa aislada. Una capa burocrática se desarrolló hasta apropiarse del Estado soviético en su propio interés, destruyendo en el camino a los cuadros bolcheviques que habían protagonizado la revolución.
Bajo la dirección de Stalin, la Internacional Comunista abandonó su política revolucionaria y se convirtió en un apéndice de la política exterior de la Unión Soviética. Para congraciarse con sectores de la burguesía a los que la burocracia veía como potenciales aliados, la perspectiva de la revolución permanente fue doblemente abandonada.
Por un lado, Stalin resucitó la perspectiva menchevique de la revolución por etapas. De este modo, los comunistas en los países coloniales se subordinaron a unas supuestas "burguesías nacionales" que deberían encabezar la primera fase de las revoluciones. El Partido Comunista Chino, siguiendo esta orientación, supeditó su política a la del reaccionario Kuomintang, con el resultado de la derrota de la revolución en 1927 y la destrucción de las organizaciones comunistas en Shangai y Cantón.
Además, la política internacionalista bolchevique, que reflejaba la necesidad objetiva de que la revolución proletaria se extendiese internacionalmente, fue traicionada. En su lugar se proclamó la teoría del "socialismo en un solo país", que era la justificación ideológica que mejor se adecuaba a los estrechos intereses de la burocracia soviética.
Pero el vigor teórico de la teoría de la revolución permanente resistió estos embates. Todas y cada una de las revoluciones que durante el S. XX sacudieron a países capitalistas atrasados fueron una nueva confirmación de que el tiempo de las revoluciones burguesas ya ha pasado, y que incluso en países con fuertes remanentes del antiguo orden feudal, el desarrollo de la clase obrera hace inevitable que la revolución, aunque intente mantenerse inicialmente en le marco del capitalismo, evolucione finalmente hacia el socialismo. Todo el capítulo sexto de Resultados y perspectivas, escrito en 1906, anticipa brillantemente la dinámica que 54 años más tarde desarrolló la revolución cubana.


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