En los años en que se desarrolla la revolución española los ataques de la burocracia estalinista contra Trotsky llegaban a su apogeo. Los juicios de Moscú fueron una farsa que, a partir de 1936, llevó al paredón de ejecución a la vieja generación de bolcheviques que hizo la revolución de Octubre. La campaña de represión estalinista no se limitó al territorio soviético, se extendió también al corazón de la revolución española. La represión contra el POUM, el asesinato de cuadros y militantes revolucionarios, las calumnias contra las organizaciones anarquistas que no aceptaban el curso reaccionario de los acontecimientos, fueron el sello de la actuación del estalinismo en aquellos años.
A raíz de la apertura de los archivos soviéticos sobre la revolución española se han podido confirmar las denuncias de Trotsky y sus compañeros sobre el auténtico objetivo del estalinismo en España: impedir a toda costa el triunfo de una genuina revolución socialista en este país. Sus escritos tienen el valor de haber sido hechos al calor de la revolución, y la historia le ha dado la razón. Pero además tenían el objetivo positivo y práctico de educar a los cuadros marxistas, forjar el partido revolucionario, proporcionar un programa, una estrategia y una táctica correctas a la clase obrera.

Las tareas de la revolución española

Trotsky abordó la revolución española desde antes de la caída de la monarquía de Alfonso XIII, que marcó el inicio del proceso revolucionario. Desde 1930, sus textos dedicados a España son auténticas tesis de perspectivas para los revolucionarios españoles. Caracteriza la futura crisis revolucionaria, su carácter y el papel de las diferentes clases, dejando claro que el propio desarrollo del capitalismo ha determinado un enfrentamiento abierto entre la burguesía y el proletariado. Este análisis sienta la base que recorre toda la orientación posterior: la clase obrera es la clase llamada a dirigir la revolución social, arrastrando tras de sí a los campesinos pobres y la pequeña burguesía urbana, y no puede haber ninguna confianza en la burguesía, ni en la llamada "burguesía democrática" (mentira que ya había mostrado su cara en la revoluciones rusa y china). Las aspiraciones de cambio social que salieron a la superficie con la caída de la monarquía sólo se podían satisfacer mediante la adopción de medidas socialistas, de expropiación de la banca y los grandes monopolios. Incluso los derechos democráticos más elementales no estaban garantizados si la revolución no avanzaba en este sentido, como efectivamente se demostró.
Pero no basta con la caracterización de los procesos, sino que hay que abordar cómo actuar en ellos. La primera tarea de los marxistas es conquistar a las masas de la clase obrera, empezando por su vanguardia, y más partiendo de la base de la debilidad extrema del pequeño Partido Comunista español. Para ello, pone encima de la mesa el programa de la revolución: en la cuestión agraria, en el papel de la Iglesia, en la cuestión nacional... Y también consideraciones tácticas: el trabajo en los sindicatos; la participación en la elecciones, los derechos democráticos, en definitiva, el papel de las consignas democráticas: "Reducir todas las contradicciones y todos los objetivos a un solo denominador: la dictadura del proletariado, es una operación necesaria, pero completamente insuficiente (...) Ni que decir tiene que las consignas democráticas no persiguen en ningún caso como fin el acercamiento del proletariado a la burguesía republicana. Al contrario, crean el terreno para la lucha victoriosa contra la izquierda burguesa, permitiendo poner al descubierto a cada paso el carácter antidemocrático de la misma. Cuanto más valerosa, decidida e implacablemente luche la vanguardia proletaria por las consignas democráticas, más pronto se apoderará de las masas y privará de base a los republicanos burgueses y a los socialistas reformistas, de un modo más seguro los mejores elementos vendrán a nuestro lado y más rápidamente la república democrática se identificará en la conciencia de las masas con la república obrera" (La revolución española y las tareas de los comunistas).
Sus escritos critican y desmontan los bandazos teóricos y programáticos (del oportunismo a la aventura y vuelta a empezar) que se sucedían por parte de la Internacional Comunista estalinizada desde la proclamación de la Segunda República. A la vez, proporcionan una guía de acción para los núcleos de revolucionarios agrupados en la Izquierda Comunista (ICE, la sección española de la Oposición de Izquierdas).

Trotsky y el POUM

La relación de León Trotsky con España se remonta a los primeros años de la Internacional Comunista, a sus entrevistas con delegados españoles y la relación que estableció con algunos de ellos, especialmente Andreu Nin, que trabajó varios años en la URSS en la Internacional Sindical Roja y en la Internacional Comunista. Con él trabó una relación estrecha, colaborando en el desarrollo de la Oposición. A su vuelta a España, Nin continuó con esa labor, desarrollando la ICE. La experiencia de la ICE y lo que después sería el POUM constituyen otro de los puntos centrales del proceso de la revolución española. Desde el principio surgieron fricciones y desencuentros entre Trotsky y la dirección de la ICE. Esto no dejaba de reflejar las dificultades de construir una dirección revolucionaria, tanto aquí como en el resto del mundo. La tarea central de este primer núcleo era la clarificación política. Pero, mientras otras secciones de la Oposición de Izquierdas internacional dieron pasos en esta tarea, en la ICE faltaba esa clarificación en muchos aspectos, empezando por la orientación hacia las organizaciones que agrupaban al grueso de la clase obrera. En lugar de seguir el consejo de Trotsky de entrar en las organizaciones socialistas o dirigirse a la base militante anarquista, que agrupaba a lo mejor de la clase obrera, Nin y la dirección de la ICE se orientaban al BOC de Maurín, lo que en última instancia no dejaba de revelar la incomprensión del proceso de construcción del partido. Esto llevó a la ruptura de Trotsky con Nin y la ICE tras los acontecimientos de Octubre del 34, cuando las Juventudes Socialistas estaban girando a la izquierda e invitaron a la ICE a entrar para, literalmente, "bolchevizar" las organizaciones socialistas. Los dirigentes de la ICE caracterizaron ese giro como "maniobras burocráticas" y acabaron fusionándose con el BOC de Maurín para formar el POUM. El calado de este error fue muy profundo, no sólo llevo al POUM unos meses después a firmar el acuerdo de Frente Popular (cayendo en la política de colaboración de clases), sino que fue lo que abrió la puerta al estalinismo para dotarse de una base de masas que no tenía en España. Arropado con la bandera de Octubre, ganó a las Juventudes Socialistas dando lugar a la JSU con la fusión con las Juventudes Comunistas.

La guerra civil y las causas de la derrota

Una de las mayores lecciones que podemos obtener de Trotsky es su identificación de las causas de la derrota. De ninguna manera se puede achacar a la clase obrera o a una supuesta falta de "madurez revolucionaria" que se perdieran la guerra y la revolución. A lo largo de todo el proceso insistió en que la clase obrera dio todo lo que podía dar y más -"Por su peso específico en la economía del país, por su nivel político y cultural, se encontró, desde los primeros días de la revolución, no por debajo, sino por encima del proletariado ruso al comienzo de 1917" (Lección de España: última advertencia)-, y señaló la causa principal de la derrota: la falta de una auténtica dirección revolucionaria. La clase obrera sostuvo cinco años de experiencia democrática y tres años de guerra contra el fascismo (y fue el factor decisivo para detener el golpe de Estado del 18 de julio) sin esa dirección, durante este periodo tuvo varias oportunidades de tomar el poder y lo hubiese hecho si hubiese existido un partido como el bolchevique en Rusia.
Cuando fue asesinado en agosto de 1940, Trotsky estaba trabajando en un artículo sobre la revolución española, Clase, partido y dirección. ¿Por qué ha sido vencido el proletariado español? En este texto inacabado se refiere a esta cuestión decisiva: "El camino de lucha seguido por los obreros cortaba en todo momento bajo un determinado ángulo el de las direcciones y, en los momentos más críticos, este ángulo era de 180º. La dirección entonces, directa o indirectamente, ayudaba a someter a los obreros por la fuerza de las armas (...) Todo lo que se puede decir sobre esto es que las masas, que han intentado sin cesar abrirse un camino hacia la vía correcta han descubierto que la construcción, en el fragor mismo del combate, de una nueva dirección que respondiera a las necesidades de la revolución, era una empresa que sobrepasaba sus propias fuerzas. (...) En realidad, la dirección no es, en absoluto, el ‘simple reflejo' de una clase o el producto de su propia potencia creadora. Una dirección se constituye en el curso de los choques entre las diferentes clases o de las fricciones entre las diversas capas en el seno de una clase determinada. Pero tan pronto como aparece, la dirección se eleva inevitablemente por encima de la clase y por este hecho se arriesga a sufrir la presión y la influencia de las demás clases. El proletariado puede ‘tolerar' durante bastante tiempo a una dirección que ya ha sufrido una total degeneración interna, pero que no ha tenido la ocasión de manifestarlo en el curso de los grandes acontecimientos. Es necesario un gran choque histórico para revelar de forma aguda, la contradicción que existe entre la dirección y la clase. Los choques históricos más potentes son las guerras y las revoluciones. Por esta razón la clase obrera se encuentra a menudo cogida de sorpresa por la guerra y la revolución. Pero incluso cuando la antigua dirección ha revelado su propia corrupción interna, la clase no puede improvisar inmediatamente una nueva dirección, sobre todo si no ha heredado del período precedente los cuadros revolucionarios sólidos, capaces de aprovechar el derrumbamiento del viejo partido dirigente...".
Esta es el punto central. La derrota fue el producto directo de los errores de aquellos dirigentes que se reclamaban así mismos socialistas, comunistas o anarquistas, pero también de algunos de los que en un momento dado se identificaron con Trotsky. Eso demuestra que no vale sólo con proclamar los principios, no vale sólo con la honestidad personal, por muy necesaria que sea. En la revolución no existe ninguna garantía para la victoria, pero sólo construyendo una sólida organización revolucionaria -basada en lo más avanzado que ha dado la experiencia colectiva de nuestra clase, el genuino marxismo revolucionario, y sólidamente arraigada entre la clase obrera- se pueden poner las bases para que en el próximo envite de la revolución podamos acabar con esa pesadilla para el desarrollo de la humanidad que se llama capitalismo. En esa tarea, el estudio de los escritos de León Trotsky sobre la revolución española ocupa un lugar central.


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