Nosotros iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte; y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo. Otros nos seguirán.

Augusto César Sandino.

El ‘general de hombres libres’

A diferencia de la mayoría de los dirigentes liberales, Sandino era un hombre de origen humilde que mantenía intactos sus vínculos con los oprimidos. Nacido el 18 de mayo de 1895 en el pueblo de Niquinohomo (departamento de Masaya), en el seno de una familia campesina, desde niño se ve obligado a trabajar: primero como jornalero en la Costa del Pacífico de Nicaragua, más tarde como ayudante mecánico en Costa Rica, obrero en una plantación de la United Fruit en Guatemala y, posteriormente, como petrolero en México. El contacto permanente con la vida de los explotados no sólo de Nicaragua sino de toda Centroamérica aviva en él tanto un férreo sentimiento antiimperialista como una profunda sensibilidad social.

Sandino organiza con los mineros de San Albino el primer embrión de lo que será su ejército guerrillero: el Ejercito Defensor de la Soberanía de Nicaragua (EDSN). Tras establecer durante un tiempo su campamento base en el pueblo de Las Segovias, el EDSN se extenderá por todo el país y luchará heroicamente contra las tropas imperialistas desde 1927 a 1933. Tras empezar con solamente 27 hombres, el EDSN llegará a sumar 6.000 combatientes armados. Pero incluso más importante que el número de guerrilleros movilizados fue el hecho de que la lucha de Sandino contra el gigante imperialista logró catalizar todas las energías que permanecían dormidas en el seno de la sociedad nicaragüense.

Como ha ocurrido en otras ocasiones a lo largo de la historia, el malestar acumulado necesitaba un cauce a través del que manifestarse y un líder en el que encarnarse. Sandino será ese líder. Las masas obreras y sobre todo campesinas (en ese momento la inmensa mayoría de la población nicaragüense) oprimidas durante siglos por el imperialismo y la oligarquía, hartas de miseria, explotación y traiciones, le bautizan como “el general de hombres libres” y depositan en él sus esperanzas de cambio. El ejército sandinista se moverá como pez en el agua en el seno de las masas campesinas.

El nunca del todo consolidado (y de por sí débil) aparato del Estado burgués entra en descomposición. En la práctica, el imperialismo estadounidense se verá obligado a asumir el control del mismo, tanto con el objetivo de evitar su colapso como para intentar transformarlo en un instrumento útil contra la insurrección. El ejército y la policía nicaragüenses son dirigidos directamente por oficiales yanquis. Para proteger los intereses de los acreedores estadounidenses y canalizar directamente los recursos nacionales de Nicaragua hacia el pago de una deuda externa que estaba batiendo records históricos, los EEUU llegan a tomar el control de las aduanas y los bancos emisores de moneda. Pero incluso estas medidas intervencionistas tan descaradas resultan insuficientes. El gobierno estadounidense se ve obligado a destinar más tropas a Nicaragua, hablándose de hasta 12.000 soldados.

El imperialismo no puede

Y, no obstante, las tropas de ocupación, pese a su superior poder militar, se muestran incapaces de derrotar a los guerrilleros y las masas obreras y campesinas que les apoyan. En su intento de sofocar la lucha de liberación del pueblo nicaragüense el imperialismo recurrirá a medidas cada vez más desesperadas y brutales: bombardeos de poblaciones enteras (como el pueblo de Ocotal, donde se calcula que en un solo día el ejército de los EEUU pudo masacrar entre 300 y 3.000 campesinos), torturas y detenciones en masa. Todo este bárbaro despliegue de fuerza sólo despierta un mayor apoyo social a los revolucionarios tanto en Nicaragua como a nivel internacional.

La lucha de Sandino se convierte en un referente latinoamericano e incluso mundial. Diferentes testimonios hablan de pancartas en 1929 en Shanghái solidarizándose con Nicaragua. De toda Latinoamérica e incluso de otras zonas del planeta afluyen voluntarios que quieren luchar en la Brigada Internacionalista del ejército de hombres libres sandinista. El marxista salvadoreño Farabundo Martí, que llega a alcanzar el grado de coronel y trabaja como secretario privado de Sandino, es uno de ellos. Martí regresará a El Salvador y será asesinado tras dirigir la insurrección obrera de 1932, ahogada en sangre por la oligarquía.

Otro revolucionario salvadoreño, Miguel Mármol, en una entrevista que le hace el escritor también salvadoreño Roque Dalton, describe cómo vivían las masas en su país la lucha de Sandino en la vecina Nicaragua. “Hasta las fiestas de cumpleaños de cualquier hija de vecino y las procesiones de la Virgen terminaban con gritos y consignas en favor del gran guerrillero de Las Segovias y en contra de los yanquis asesinos”.

El apoyo de las masas a Sandino, el rechazo internacional a la intervención imperialista en Nicaragua y el riesgo de que la insurrección de los campesinos nicaragüenses pudiera extenderse a los países vecinos obligan finalmente a EEUU a firmar un acuerdo de paz, el 1 de enero de 1933, en el que se compromete a retirar sus tropas. Sin embargo, esto no significará el fin de la expoliación del país ni de la injerencia yanqui.

El ejército nicaragüense había sido entrenado por los EEUU durante décadas. Miles de lazos —como decía Lenin en El Estado y la revolución, “visibles e invisibles”— unían a sus oficiales no sólo con la oligarquía sino con el propio Departamento de Estado de EEUU. En particular la Guardia Nacional, formada bajo férrea dirección estadounidense, constituía una guardia pretoriana cuyo único objetivo era salvaguardar los intereses del imperialismo y la oligarquía una vez salidas las tropas estadounidenses del país. En un primer momento hasta el nombre de este cuerpo estaba en inglés (la Constabulary). El cambio de nombre y la inclusión del término “Nacional” no modificarán en nada ni su carácter ni sus métodos y objetivos.

Los errores de Sandino

Reflejando la corrección de la teoría de la revolución permanente, la lucha de los sandinistas y las masas obreras y campesinas que les apoyaban, que había comenzado como un combate por la expulsión de las tropas de ocupación, empezaba a adquirir cada vez un contenido social más evidente. Como explica el comandante del FSLN Bayardo Arce, en una entrevista en los años 80: “Sandino consideraba que la tierra debía ser del Estado, que la forma de organización social debía ser la cooperativa” (G. Invernizzi, F. Pisani y J. Ceberio, Sandinistas). De hecho, poco antes de ser asesinado había organizado en el norte del país cooperativas de campesinos para explotar de manera colectiva la tierra.

El ejemplo victorioso de la Revolución de Octubre en Rusia y el llamamiento de los bolcheviques, bajo la dirección de Lenin y Trotsky, a la revolución mundial era en esos momentos un poderosísimo punto de referencia para todos los revolucionarios del mundo. Intuitivamente, en base a su experiencia, Sandino y muchos de los revolucionarios que le acompañaban estaban sacando conclusiones avanzadas en el sentido de contemplar la lucha por la liberación de Nicaragua del dominio estadounidense como parte de la lucha internacional de todos los explotados contra cualquier tipo de opresión.

“Me sirve de mucho placer —decía Sandino— manifestarle que nuestro ejército esperará la conflagración mundial que se avecina para principiar a desarrollar su plan humanitario que se tiene marcado en favor del proletariado mundial (...) Muy luego tendremos nuestro triunfo definitivo en Nicaragua conque quedará prendida la mecha de la explosión proletaria contra los imperialistas de la tierra” (citado en Entrevista a Bayardo Arce, del libro Sandinistas).

Sandino también veía a los obreros y a los campesinos como los protagonistas fundamentales de la guerra de liberación. No obstante, su error fue no extraer las últimas conclusiones y quedarse a medio camino. De hecho, pensaba que era posible liberar al país del dominio imperialista y resolver muchos de los problemas sociales sin expropiar a la clase dominante. “Ni extrema derecha ni extrema izquierda, nuestra consigna es el frente unido. En este caso no es ilógico que nuestra lucha acepte la colaboración de todas las clases sociales sin “ismos” o clasificaciones” (Claudio Villas, Nicaragua: Lecciones de un país que no completó la revolución). Este error lo pagarán caro tanto él como las masas que le siguen.

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Somoza con Sandino en 1933

Según algunas fuentes, Sandino expulsó a los miembros de la sección de la Internacional Comunista en Nicaragua de su movimiento. Esto ha sido utilizado por algunos para presentarle como anticomunista. Sin embargo, hay versiones contrapuestas sobre este hecho y es necesario tener en cuenta que el periodo durante el cual se desarrolla la lucha de Sandino (1925-1934) coincide con la aplicación por parte de la Internacional Comunista, bajo la nefasta dirección de Stalin y Molotov, de la política ultraizquierdista del “tercer periodo”. Esta política tachaba a cualquier movimiento o partido de masas no controlado por ellos de fascista y agente del imperialismo. Los errores del “tercer periodo” separaron a los partidos comunistas (estalinistas) de las bases revolucionarias en todos los países y les granjearon el rechazo de no pocos luchadores antiimperialistas. Seguramente Nicaragua y Sandino no fueron una excepción.

No podemos saber a ciencia cierta si, con una política y un programa correctos por parte de la URSS y la Komintern, Sandino podría haber sido ganado para el marxismo pero, como mínimo, miles de los obreros y campesinos que le apoyaban y evolucionaban hacia la izquierda sí podían y debían haberlo sido con un programa y una estrategia como los defendidos por los bolcheviques en la Rusia de 1917.

Como hemos visto, la burguesía nicaragüense era absolutamente dependiente del imperialismo y estaba unida a éste por miles de lazos. La liberación nacional de Nicaragua sólo era posible como parte de la una revolución social que acabase con el dominio del país de latifundistas y capitalistas nacionales y de los imperialistas, expropiando y estatizando los bancos y las principales industrias y repartiendo la tierra a los campesinos.

El carácter eminentemente campesino del ejército de Sandino será otro elemento que influya de forma importante en el desenlace de los acontecimientos. La clase obrera —por el papel que juega en la producción— es la única clase que puede edificar una estructura estatal revolucionaria alternativa a la maquinaria represiva reaccionaria creada por la burguesía. El campesinado, los desempleados, etc., desempeñan un papel importante en la lucha revolucionaria. Los motines y estallidos insurreccionales protagonizados por estas capas son fundamentales a la hora de descomponer el aparato estatal burgués; pero los campesinos —debido a la dispersión a que les somete el propio modo de producción capitalista— encuentran muchos más obstáculos para desarrollar formas de conciencia y organización colectiva (consejos formados por voceros elegibles y revocables, asambleas, etc.). En cambio los métodos y formas organizativas de la clase obrera son las asambleas masivas, huelgas, comités elegidos y revocables, etc. Estos organismos, empezando como instrumentos para organizar la lucha, pueden y deben transformarse en medio de una situación revolucionaria en los organismos a través de los cuales la clase trabajadora, agrupando en torno a sí al resto de los oprimidos, ejerza el poder y edifique un Estado revolucionario.

Reflejando estas carencias, una vez que la guerra civil campesina liderada por Sandino logró expulsar a las tropas estadounidenses el poder no pasará a manos del ejército campesino sandinista ni éste será capaz de forjar un gobierno y un Estado revolucionario sino que será la burguesía liberal la que siga detentando el poder.

Del asesinato de Sandino al golpe de Somoza

Sin una perspectiva y un programa marxista, y una vez retiradas las tropas extranjeras, Sandino acepta desmovilizar su ejército (manteniendo únicamente a cien hombres armados) y abrir una negociación con el gobierno burgués del liberal Sacasa. Su esperanza era que, una vez retiradas las tropas invasoras, sería posible llegar a un acuerdo para consolidar un régimen democrático bajo el cual luchar pacíficamente por las transformaciones políticas y sociales pendientes en el país.

Sin embargo, para la clase dominante esta negociación no era más que una trampa. El imperialismo y los sectores decisivos de la burguesía nicaragüense habían firmado la sentencia de muerte de Sandino hacía tiempo. El 24 de febrero de 1934, la misma noche que el líder revolucionario acudía al Palacio de Gobierno a reunirse con el presidente Sacasa, el jefe de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza García, organizaba su asesinato y el de varios de sus colaboradores, incluidos su padre y su hermano, a sangre fría.

El exterminio de los líderes revolucionarios era el primer paso para intentar recomponer el orden capitalista en Nicaragua. Tras verse obligados los imperialistas a abandonar el país, la Guardia Nacional se encargará de desempeñar ese mismo papel de árbitro entre los distintos sectores de la clase dominante que jugaba antes el ejército estadounidense. El nuevo hombre fuerte del régimen será el jefe de la Guardia Nacional, Somoza García. Somoza era un aventurero que, tras estudiar en EEUU y fracasar en su intento de convertirse en empresario, se las había arreglado para casarse con la hija de una de las principales familias de la oligarquía nicaragüense, los Debayle. Considerado por el imperialismo estadounidense su hombre de confianza en el país, encabezará primero la ofensiva contrarrevolucionaria y posteriormente, en 1936, dará un golpe de Estado contra su propio tío político, el liberal Sacasa, tras el cual se proclama nuevo presidente de Nicaragua. Durante 43 años “la larga noche de la infamia” somocista, como la describe en una de sus poesías el escritor argentino Julio Cortázar, dominará el país.

Marxismo Hoy
Este artículo ha sido publicado en la revista Marxismo Hoy número 18. Puedes acceder aquí a todo el contenido de esta revista.

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